Friday, January 25, 2008

Balanza

Soy un guerrero de la divinidad, quebrado, pero guerrero al fin se puede decir. Yo esperé paciente la respuesta, nunca llegó, quizás es que formulé la pregunta de manera errada, es posible que no existan respuestas para mi. Aquí hay solo una oportunidad, la tomas o la dejas, mejor debería decir la aguantas o te escondes, las oportunidades no se tratan solo de esperanzas, simplemente allí están, en una lista y te llegan, se te vienen encima para llevarte con la corriente, para que pases a engrosar el volumen de aquel mar de lágrimas.

“Policarpio, Policarpio” gritaba mi madre tratando de despertarme de aquel sueño, dormir es una cosa, soñar es otra. Recuerdo que logré ponerme en pie, la luz de la mañana brillaba en las paredes, simplemente para recordarte que quieras o no las horas pasan. “Mira Policarpio”, decía mi madre, “me quieres acompañar al mercado, tienes como tres semanas que no sales de aquí.” Paciente esperaba una respuesta, yo hice una seña que no se entendía, sin pensarlo mucho me incorporé y asentí con la cabeza, después de todo no es culpa de mi madre que el planeta sea cagalitroso.

La soledad te lleva a hacer cosas que nunca hubieras soñado, pero igualmente te define. El ruidoso mercado apenas comenzaba a tragarnos, la cotidianeidad que aburre se abría paso entre la gente que albergaba aquel recinto. Mi madre hacía comentarios sobre las maravillas que se podían encontrar en aquel conjunto de toldos con vendedores desesperados, era Diciembre eso creo recordar, era simplemente el final de un año mas. Morir en vida o vivir sin alma es lo mismo, solo que si mueres no te ven y sin alma te proteges.

En el bullicioso mercado la gente iba y venía, parecían encomendados a una misión, sus miradas se perdían entre el sonido de la esperanza y la realidad. Me llamó la atención ver a un grupo muy distintivo, llevaban unas cajas gigantes, las cuales iban llenando de una variedad de productos de alta calidad, mientras mi madre compraba lo necesario para el almuerzo mi mente se interesaba por la peculiar manera de comprar de aquellos personajes quienes sin pensarlo gastaban cantidades exorbitantes en cada puesto que caía rendido a sus pasos. Sin nada que hacer y aburrido de la cadencia existencial que gobierna mi razón seguí con detenimiento aquel extraño acontecimiento.

Parada al frente de un kioskito de quesos trataba de luchar contra la avalancha del grupo que compraba todo lo habido y por haber. “Señor, por favor” le gritaba al portugués vendedor de quesos que en ese preciso instante solo tenía ojos para los emperifollados compradores que llenaban cajas de productos variados. “Señor, ay por favor señor, señor usted no me va a atender” dijo la pobre dama que con sus ojos amarillentos y ya furiosos trataba de no perder la compostura. El portugués hacía caso omiso a los pedidos de lamento de la dama que solo quería un kilo de queso blanco para mantener su eterna dieta cual buen habitante del Valle aquel donde conté mi historia.

“Mira portugués del coño” le dije, “tu no ves que ella también tiene derecho a comprar queso”, el infernal vendedor de quesos volteó su mirada y me dijo “eu estoy vendiendu eu mucho queso, no me jodais”. Quitándole el dinero de la mano a la dama lo puse en el mostrador y metiendo la mano en la nevera de refrigeración agarré el pedazo de queso y lo metí en una bolsa. El portugués seguía insultándome y la dama aún sin poder creer mi acto de valentía y locura no sabía si reírse o llorar. “Tu tienes las manos limpias” me preguntó, yo no pude evitar soltar una carcajada y decirle que mi mamá no me dejaba salir con las manos sucias a la calle, ella tomó el queso y me dijo “gracias, galán de mercado.” Yo me quedé ahí parado pues en realidad creo que yo había sido de todo en mi vida pero nunca un “galán de mercado.”

Ella se volteó y se perdió entre la muchedumbre, así como se pierde el todo y la nada en el acontecer diario del existir. Como un rayo recordé que esa noche era la celebración de la onomástica de Arturo Yandiola, el gran magnate de fortuna desconocida y reputación dudosa que brindaría una gran fiesta para darle a conocer al mundo que en este país hay que tirar la casa por la ventana para obtener el reconocimiento de las multitudes. También recordé que mis amistades me obligarían a salir de mi casa aquella noche pues todos eran parte de aquella celebración, mucha gente había esperado ese día, yo en realidad no esperaba desde hace tiempo, muchas veces no sabemos cuando llega el momento.

Las piezas ahora cuadraban, mi madre que seguía peleando para tratar de comprar los alimentos del almuerzo no entendía de que se trataba aquel revuelo en el mercado, simplemente los secuaces de Yandiola compraban el obsequio para la fiesta nocturna. Se lo hice saber a mi madre quien inmediatamente desistió de comprar cualquier cosa, y con sus hombros caídos se limitó a decirme que compraríamos algo en el camino, en ese camino que seguimos sin tomar en cuenta que las horas no vuelven y los recuerdos se aferran.

Mi mente estaba inquieta y finalmente y a sabiendas que me vería obligado a asistir a aquella celebración puse un plan en práctica. Corriendo a toda prisa llegué a la ventanilla del estacionamiento, el hombre que cobraba me miró con recelo al explicarle que tenía que permitirme ser el “tickero” por unos minutos, después de llorar y convencerle que uno de mis sueños infantiles mas preciados era marcar el ticket en aquella maquinita y cobrarle a la gente por el uso del estacionamiento. Le ofrecí comprarle una botella de ron, en aquel lugar donde crecí todo se resuelve con ron y un soborno, hay lugares de lugares pero aquel es único.

Allí estaba, mirándome sin poder creer que ahora de galán de mercado había pasado a cobrador de tickets de estacionamiento, bajo la ventanilla y soltó una leve sonrisa, me entregó el ticket en el cual rápidamente escribí una nota, le devolví el cambio con el ticket, así como quien devuelve una esperanza. Ella no pudo evitar mirar el ticket, y me dijo “tu si eres bien chimbo y atrevido, darme tu teléfono, y tu crees que te voy a llamar?, no me hagas reír balurdete, y además invitarme para una fiesta esta noche, además ya yo tengo con quien ir a esa fiesta y no eres exactamente tu” y aceleró con potencia su pequeño carrito plateado.

Al ver que mi madre se acercaba en el carro salí disparado de la caseta de tickets y le toqué la puerta del carro. Ella mirándome me dijo “me pareció ver a alguien parecido a ti de cobrador de tickets, debe ser que me estoy volviendo loca.”, sin pensarlo le dije “pues si loca debes estar madre pues yo simplemente andaba distraído en el mercado y te me perdiste”. Ella quien conocía mis andanzas se limitó a callar, yo hice lo mismo y dejé que los minutos pasaran para simplemente olvidar, el silencio y el olvido siempre me han apasionado, el silencio por ser único el olvido por ser salvador. En mi casa y sentado en el borde mi cama pensaba, cuando sonó el teléfono, pero no podemos pedirles peras al olmo, no era ella, pero si era un amigo para recordarme que pasarían por mi, que inevitablemente aquella noche era parte de mi.

Mirando por la ventana de mi cuarto mi mente volaba sin destino conocido, “El existir está lleno de situaciones repetidas, es solo que las repeticiones también llevan la marca de la imperfección y eso las hace distintas. Así pues nos manejamos entre situaciones repetidas que siempre llevan un toque de aquello que desconocemos…”, en realidad no podía olvidar aquella cara que me había hecho sentirme vivo, aún no la olvido, la puedo ver en todas las paredes blancas, en las cuatro guardias que acompañan mi andar, siempre presente, sin poder borrarla.

Vestido de payaso, perdón de traje quise decir, entré al salón de aquel majestuoso club de la capital, los adornos importados y la batalla de los perfumes y colonias se hacían sentir, aquella era un noche distintiva, mas de lo mismo pero con la huella de lo ostentoso, Yadiola, se había asegurado que su fiesta de cumpleaños fuera recordada en los anales de la historia, que nadie nunca pudiera decir que Yadiola no pertenecía, que todos estuvieran claros que de pisar en pisar se logra alcanzar un status de envidiar, o eso es lo que en el planeta muchos pretenden lograr.

Sentado en una escalera, como suelo hacer cuando mi aburrimiento alcanza límites nunca antes visto conversaba con mi amigo imaginario, ese que siempre me acompañó desde tiempos inmemoriales y que nunca me abandona. Su preocupación era que no veía una piñata, ni regalos de salida, ni niños que jugaban alrededor de una silla, tampoco había payasos ni su música preferida de Xuxa, molesto me decía que nos fuéramos de allí, que no pertenecíamos a aquello, que en realidad y en sus palabras es mejor tener un solo juguete para jugar que un montón de personas jugando a ser juguetes.

Desestimé los intentos de mis vísceras de sacarme de aquel lugar, caminé por espacios colmados, reducidos, llenos de risas y volatilidad, cargados de mentiras y falsedades, me desplacé junto a lo malo y a lo bueno, si es que aquello existe, miré con detalle, buscando, en mi afán de encontrar algo que desde hace tiempo atrás sabía que no llegaría, que no era parte de mi suerte o que simplemente era la suerte mía que actuaba a su placer. De espaldas en el bar donde tomaba agua de coco, escuché como una voz femenina relataba una historia increíble en sus palabras, un atrevido había metido la mano en el mercado y le había dado un pedazo de queso, que de paso no se había comido pues le parecía asqueroso que esas manos cochinas hubieran tocado su comida. Proseguía la dama que aquel atrevido se había disfrazado de “ticketero” para invitarla a esta misma fiesta donde ella estaba ahora y para completar su historia señalaba al hombre que la acompañaba el cual respondía con una sonrisa mientras su amiga le decía “hay que bello ese tipo.”, a lo que ella respondía “si, tu te imaginas, cambiar a eso por ese mono del mercado.”

“Disculpe señorita” dije, la cara de sorpresa de aquella dama nunca podré olvidar, aunque debo reconocer que no es la sorpresa lo que no olvido, es su cara simplemente. “Hola, que haces tu aquí”, preguntó con un tono que no tenía ninguna definición, yo le dije “bueno chica, tu sabes, yo soy galán de mercado y ticketero de día y de noche me transformo en personaje de la sociedad”, ella todavía sin poder creer lo que veía le preguntó al barman que si me conocía o si yo trabajaba con él, el barman muy amable le dijo que no, pero que sin a lugar a dudas yo era todo un conocedor del baseball, eso por aquello de mi mala manía de hablar con porteros y barmans en las fiestas por encontrarlos mas agradables y sinceros que aquellos caracteres que pululan en esos lugares.

“Bailamos” pregunté y sin dejar que pudiera pensar la tomé de la mano para llevarla a la pista de baile en donde mi amigo imaginario se divertía bailando al son de aquel merengue viejo mientras me reclamaba que no se sabía la letra del mismo por culpa mía. “Y tu novio?, le pregunté, ella quien no sabía en realidad si la había pisado un camión o había sido secuestrada por extraterrestres se limitó a mirarme sin proferir palabra alguna, hoy día supongo que muchas preguntas pasaron por su mente aquella noche, y yo solo espero que el silencio me permita escuchar dentro de su razón y que el olvido no se lleve mi osada decisión.

Alrededor de aquella mesa, Arturo Yandiola miraba con deseo las velas que anunciaban la llegada de un nuevo año, el coro de aquella canción muy conocida estremecía cualquier rincón del lugar. Al momento del último “cumpleaños feliz” la torta explotó, reconozco que me reí en un principio, pues pensé que se trataba de una broma pesada, al ver los cuerpos regados de los jalamecate que se habían posado alrededor del bandido Yandiola, al igual que el de su persona, comprendí que un atentado acaba de ocurrir en aquella noche capitalina, para mis adentros comprendí finalmente que tarde o temprano la vida equipara, a su manera, a su macabro estilo, y deja todo en el estado como comenzó.

La gritería en el lugar era ensordecedora, la gente corría de un lado a otro mientras los centros de mesa también explotaban, me quedé parado mirando todo aquello, esperando que llegara mi momento, el terror reinaba en aquel lujurioso establecimiento, esta vez peleaba contra un enemigo invisible, como aquel que siempre he perseguido, y que sin lugar a dudas te hace o te acaba…

Thursday, October 04, 2007

El Coquito


Día a día, hay que tomarse las cosas. La verdad es que pueden pasar horas, días, meses, años, siglos, y siempre habrán recuerdos que no se amilanan al pasar del tiempo, día a día, un día a la vez o con paciencia infinita hay cosas que no puedes borrar. Eran tiempos distintos de la historia, de una historia que como muchas tuvo un comienzo pero que no termina, los cambios inminentes se aproximaban con pereza, eso pues, los hace penetrar con mayor fuerza. Aún a veces me pregunto como terminé entre las cuatro paredes blancas.

La respuesta a las cuatro paredes blancas la supe desde siempre, es simplemente que a veces variamos nuestras propias respuestas para buscar sentido en el andar, la vida te puede pasar pero sin pasar por ella bien podemos estar. Es así como me acuerdo, como empezó aquel momento, en el cual decisiones tomé y del cual no me puedo arrepentir pues sería traicionar a mi memoria, la cual vuela entre la realidad y la cordura pues la realidad no es simplemente otra cosa que la locura.

Un grito en la noche me despertó, aún no logro recordar si era propio o del vacío, hacía frío aquella noche en el valle que me vió crecer, las gotas de sudor corrían por mi almohada, la tela no era suficiente para contener el terror que puedes sentir en sueños, sueños que pasan de un plano a otro con sutil facilidad. Estaba escondido en aquellos tiempos, alejado del jugar, mirando a lo lejos el ir y venir de lo mundano y temiendo cual sería el momento justo para regresar.

El gato que tocaba mi ventana se había ido, finalmente entendí que nuestros miedos los creamos, muchas cosas pueden quitarme pero volveré sigiloso a cobrar lo mío, puramente a crear el miedo que trataron de arrebatarme. Una luz intermitente de color rojo alumbraba mi cuarto, la policía podrían pensar, era Nabor Cheltinsky, amigo de mi infancia, a quien su padre le había puesto una luz de policía en su camioneta para que ahuyentara a los bandidos, o los atrajera en su defecto.

Gritó, “Policarpio, estás?, asomándome por la ventana hice una seña para que no despertara a mis familiares, camino a la calle mi padre me miró e hizo una seña de desaprobación con su cabeza, era tarde, la ciudad peligrosa, la maldad nunca descansa mientras la bondad se duerme placentera. En el carro Nabor contaba su desgracia, una de esas típicas, comunes entre sentimientos, de aquellas que pueden burlar tus sentidos, acabar con ilusiones y cercenar para siempre a un ser viviente.

“Mira Policarpio, tu tienes que ayudarme” repetía Nabor con la firme creencia que yo tenía una vara mágica que lo quitaría su dolor con el toque en su hombro. “Me dejaron Policarpio, me dejaron, y yo que he hecho de mal”, seguía con su letanía mientras manejaba con un objetivo fijo, sus ojos pálidos y vidriosos miraban fijamente el pavimento, recuerdo que llovía, a cántaros, en aquella noche como otras, como todas aquellas que entran al ponerse el sol, como esas que no se olvidan.

Entramos en aquel lugar, lo mismo de siempre, escenas que repetimos pues no sabemos de otras, lo mismo, una vez mas. Nabor llevaba su cruz encima, la cual no se veía, pero aplastaba su espalda. “Coño no puede ser” soltó Nabor, “ahí está, ahí está”. Nunca entendí porque no nos enseñan a dejar ir, nos ahorrarían dolores. “Ahora que hago?, que coño hago ahora? preguntó Nabor, yo me limité a sonreír como suelo hacer cuando me enfrento a lo inexplicable, a todo aquello que los humanos inventaron para torturarnos. Nabor esperaba mi respuesta pero yo para variar estaba distraído hasta que Vanessa y Joaquín, quien vestía un elegante frac en aquella noche capitalina, el nuevo, el de turno, se acercaron. Nabor trató de evitarlos pero estaban enfrente. “Hola Nabi” dijo la causante de su dolor, Nabor no podía hablar, el acompañante saludó de manera educada y se limitó a esperar.

“Vanesa, tenemos que”…..las palabras fueron cortadas por la voz de Joaquín quien dijo “mira payaso de pueblo, déjanos tranquilos y lárgate”. A todas estas yo no podía dejar de mirar a aquella transeúnte nunca antes vista, de ojos amarillos, pose altanera y dominio total de la escena. Creo que Nabor esperaba por mi ayuda, a veces ni siquiera los superhéroes podemos con el cauce del río humano, las cosas pasan y que hay aceptarlas, o llevarlas a cuestas, olvidarlas quizás, pero pasan sin embargo. Me llevé a Nabor y lo coloqué delante del bar, hay quienes ahogan sus penas otros dan simplemente pena.

Aquella noche pensaba en mis días con capa, corriendo con medias en el frío piso de mi hogar, luchando contra bandidos y ladrones imaginarios, viviendo diría yo. Me acerqué con cautela y me miró feo, posiblemente no la enseñaron a mirar de otra forma o se protegía de los zamuros en busca de carne. La tropecé, a propósito quien sabe, o mi torpeza casual. “Perdón” alcancé a decir cuando su voz sin mediar razones contestó “bueno mijo tu no ves por donde caminas, uy estos bichos, todos iguales, todos tratando de buscar llamar la atención, lo mismo, lo de siempre, zapatea para otro lado”. Sonriendo le dije “caerás como un coquito” y me fui. A lo lejos logré escuchar como furiosa decía “coquito tu abuela, pasado, malandro.”

Olía a lluvia aquella noche, a tierra mojada, sin pensar mucho me paré en el balcón de aquella casa donde todos jugaban, Nabor me buscaba desesperado pues yo era su único ancla en aquel mar revuelto. Me reía solo al pensar que hubiera sido un buen contador de estrellas profesional, contarlas, enumerarlas, darles nombres, sin algún motivo escondido, solo por el placer de darles importancia. El mundo es menos complicado de lo que pensamos, pero hacerlo difícil es el arte de los humanos. Nabor finalmente se paró a mi lado, “no puede ser Policarpio, tu viste eso?, tu viste?, yo me voy a tirar al Guaire a ver si me muero de una vez”.

“Yo tu Naborcito” le dije “me le paro enfrente y le canto sus cosas, sin pasiones, le dices todo, todo lo que llevas adentro, no importa si el bicho ese está jamado, no importa nada”, Nabor quien no podía creer que yo estuviera diciendo eso me dijo “tu estás jodiendo no?, no pude evitarlo y sonreí de nuevo, por supuesto que estaba jodiendo, yo creo en dejar seguir y no en impedir, mi sonrisa fue interrumpida por la cara de pocos amigos de la dama de ojos amarillentos que por casualidad pasaba por ahí y pensó que le sonreía a ella, de nuevo volteó su cara e hizo un gesto a sus amigas de desprecio.

La vi parada a lo lejos, en el bar, me acerqué y pedí agua de coco, el barman me dijo “con whiskey?, “no, no hermanazo, solita” le respondí. Después de mi conversación obligada con el barman acerca de todos los imbéciles que pululaban en aquel lugar y sin poder evitar reír al ver que la dama no se podía ir del bar por estar esperando su trago rebuscado le dije “agua de mar, agua de coco ni tu me paras ni yo tampoco”. “Como es eso que voy a caer como un coquito? preguntó, mi risa estremeció el lugar, y volví a decir “como un coquito” y me alejé sin chistar media palabra mas.

Nabor seguía debatiéndose entre el dolor y la irracionalidad, yo por mi parte caminaba en silencio, saludando a todos aquellos de siempre, los mismos, lo mismo. Nabor se hablaba a si mismo, se daba fuerzas, buscaba entender lo incomprensible de aquella noche, mis pensamientos divagaban, pero había uno recurrente que me incomodaba, Nabor sudaba frío al pensar que las cosas habían cambiado, yo hace tiempo había entendido que el cambio no es necesario pero nos obliga a aceptarlo.

Siempre me he preguntado como puede ser tan fácil convertirse en una estadística, no he conseguido la respuesta. El grito sordo acompañado de un tiro al aire hizo que el disc jockey apagara la música. Me lo habían contado pero no lo creía, una banda de ladrones, liderada por Armando Yael se dedicaba a atracar fiestas de “niños bien” en el valle de cemento. Armando y sus secuaces entraron vestidos de frac, con bolsas de plástico en mano para obligar a todo el mundo a entregar sus pertenencias.

Nabor quien solo tenía un propósito en mente ya había comenzado a moverse, sin darse cuenta de lo que sucedía se topó con uno de los secuaces de frac, pensando Nabor que se trataba de aquel que le había arrebatado su mas preciado tesoro le echó un vaso de vodka en la cara y lo retó a una pelea. El ladrón sin pensarlo le disparó, una bala fría atravesó el cuerpo de Nabor, el terror y la confusión se apoderaron del lugar, Armando Yael trataba de calmar el ambiente para proseguir con el robo pero el disc jockey tenía en mente otra cosa.

La música estridente golpeó mis oídos, siempre he aprovechado los momentos de caos para obtener lo que deseo. Saqué mi china y disparé a la frente de Armando quien cayó al suelo sin entender que sucedía. La multitud se tomó justicia en sus manos y comenzaron a linchar a los hampones. Dos pensamientos cruzaron mi mente, Nabor herido y la dama de ojos amarillos, parece mentira como nuestra mente no sabe como ordenar las prioridades cuando de aquello se trata.

De un brinco salté a la pista de baile donde la banda de ladrones, “Los Manhattan”, como eran conocidos eran ahora birlados por la multitud. Agarré a Nabor y corrí hacia la puerta, sus ojos pálidos y vidriosos ahora parecían abandonarle, su mirada fijada en el firmamento me recordaban mi trabajo de contador de estrellas, su dolor aún latente esbozaba la fiel verdad del momento. “Nabi, Nabi” gritaba Vanessa, mientras yo de reojo veía como su acompañante la ponía en su sitio. Al levantar la mirada alcancé mi objetivo, la agarré de la mano y la saqué de la fiesta.

Afuera y con Nabor delirando nos subimos al carro, la sorprendida dama quien reclamaba mi osadía de haberle sacado de aquel lugar además de seguir preguntando como era la historia del coquito gritaba que Nabor se estaba muriendo, Nabor quien no entendía que pasaba gritaba “si yo lo que quiero es morirme”, yo miraba hacia delante, y trataba de explicarle a la dama de ojos amarillos que era por su bien que la había sacado de la fiesta. Ella aún sin convencerse exigía respuestas inmediatas. Nabor moría, de una bala y de un sentimiento, la dama gritaba pues no solo estaba en presencia de aquel hombre que poco a poco se apagaba sino que yo no contestaba su pregunta acerca del coquito.

En la sala de emergencia de aquel hospital un médico se acercó y me informó que Nabor viviría, la bala simplemente le había quitado un poco de grasa de su prontuaria barriga. Sus familiares llegaban y hacían las mismas preguntas y los mismos comentarios, en eso vivimos en lo mismo que sucedió ayer. Me despedí de Nabor quien todavía en su delirio no lograba poner las piezas del rompecabezas en orden, trató de hablarme de su pena pero me retiré para que pudiera descansar.

Afuera aquella dama aún esperaba por una respuesta, tomándole de la mano caminamos hacia el carro, después de mirarla de arriba abajo me limité a decir “como ves caíste como un coquito, menos mal que te tengo la mano agarrada para que no te pegues con el suelo……”

Friday, July 20, 2007

Caminandito...

Salí, simplemente me deslicé, sin que nadie se diera cuenta, así como había aprendido años atrás, mientras ellos planeaban su venganza yo me escapaba en silencio. Su mirada perdida buscaba aquello que le arrebataron, su paso pausado y sin rumbo se mezclaba con el atardecer, su odio inclemente se veía por doquier. Llevaba encima el dolor de la verdad, andaba sola, contando una a una las cosas que había robado, tratando de darse respuestas y preguntándose por siempre si en realidad la estafa cometida había dado frutos. El que hace el mal busca ver la producción de aquello que ha sembrado, si solo encuentra tierra seca entonces enfurece.

Eran días iguales de la historia, de esos donde no hay mucho que decir y mas bien hay que esperar. Desde pequeño me gustó observar las nubes, sus formas y movimientos, aún desconozco la razón, quizás es que desde arriba se ve todo mejor, pero sin dejar de olvidar que igualmente perdemos la cercanía. Aquella nube tenía un color distinto, un halo de misterio, de no ser tan distraído me hubiera dado cuenta de inmediato que esbozaba una forma de flecha, una flecha que sin dar lujo de detalles me indicaba hacia donde ir, donde buscar, como siempre algún secreto que develar. La nada me ha perseguido o simplemente yo la encontré.

A un paso pausado me dirigía sin rumbo definido, pude ver de reojo como aquel camión le pasaba por encima a aquel transeúnte, dejándolo frisado al piso, asfalto y maldad en un solo cuadro. La curiosidad me invadió, a veces creo que es mejor seguir sin preguntar, pero de no preguntar perdemos la capacidad de reclamar. Como quien no quiere la cosa me acerqué para ver su maletín escachado, lleno de dinero, de dinero que seguramente había robado, pues al ver su cara maltratada supe de inmediato de quien se trataba. Pensé por unos instantes si en realidad se hace justicia o la suerte no es más que el orden en que nos pasan las cosas.

La multitud miraba con asombro aquel dantesco espectáculo, “alguien lo conoce? gritaba un viejo sin dientes, “estará vivo? decía una dama emperifollada, una madre alejaba a su niño mientras le decía que eso le pasaba a las personas malas, en efecto, eso le pasa a las personas malas, malas como aquel ladrón, ladrón educado y reconocido, de buena familia y delicados modales, pero ratero al fin. Una ambulancia propia de los años cincuenta se acercó, sus dos integrantes se bajaron y parecían perder la vida al ver todo aquello, el cuerpo inerte miraba hacia el cielo, posiblemente adonde no irá o quien sabe si le perdonarán en su viaje, su mano aún sujetaba el maletín, a veces pienso que negociaba con aquel querubín que lo había venido a recoger para comprar su entrada, su pase al infinito.

El chofer de la ambulancia perdía la vista al ver aquella cantidad de dinero, nunca antes había puesto sus ojos en una suma tan grande, con cuidado y fingiendo tratar de resucitar a aquel cuerpo se acercaba el maletín, por un momento pensé dejarlo escapar con el botín, en definitiva yo conocía al personaje de la fatalidad y no me importaba en lo mas mínimo su legado. Fue allí cuando el chofer se levantó y trato de correr con el maletín, directo hacia mi persona, me clavó el maletín en el pecho y por si fuera poco resbaló y terminó en la acera con un hueco en la cabeza, en ese instante aparecía uno de los primos del hombre fallecido y su mirada se posó en mi, el maletín estaba en mis manos, y estos personajes que desde tiempos inmemoriales me han odiado lanzaron su cacería de inmediato. “Coño” pensé, “porqué estas vainas me pasan a mi?

Mis instintos se apoderaron y no me quedo otra que seguirlos, corrí. Por plena Avenida Fuerzas Armadas iba acelerando, con un maletín en mis manos, de aquel que me había robado tiempo atrás, sería esta mi venganza, finalmente había llegado la hora de devolverme lo sustraído. El primo del difunto y dos monigotes mas avanzaban detrás de mí, “suéltalo odiado Policarpio” les escuchaba gritar mientras comenzaba a sentir las gotas de sudor corriendo por mi espalda, pisé a unos cuantos buhoneros en mi carrera hacia la libertad, y sin muchas opciones para esconderme decidí tomar una decisión rápida, sin lugar a dudas la batica blanca de “chefito” o vendedor de perros calientes me quedaba muy bien.

Desde niño soñé con hacer aquello, preparar perros calientes en la calle, llenar los vasitos de Coca-Cola con aquellas maquinitas, usar las pinzas para poner la cebolla, el repollo y la zanahoria encima de la salchicha, y como olvidar los potes de salsas que adornaban aquel majestuoso platillo occidental. No me costó mucho convencer al dueño del carrito de perros, saqué unos de los fajos de billetes del maletín y le dije que ser “chefito” por un día era uno de mis mayores anhelos en la vida, el hombre extrañado pero feliz por la cantidad de dinero me prestó su bata y así comencé a despachar perros por doquier.

Aún puedo recordar su mirada, una de esas que no pertenecía a ese lugar, su acento sifrino clásico y su andar rápido, preocupado. “Me das una Pepsi? dijo con desprecio en su tono peculiar. No pude evitar mi posición de “chefito” para decirle algo típico, algo que sabía le molestaría pero este era mi única oportunidad de ser perrocalentero en esta vida, “como no mi nubecita de Parque del Este” le dije, a lo que ella me miró muy feo y me dijo “dame mi Pepsi, balurdo, atrevido, pasado, yo no soy nubecita de nadie”. “Por cierto” le dije “ aquí no hay Pei-si, solo Kolita o Chinotto”, ella con desdén me dijo “ay no chico, que chimbo eres, me voy”. En ese preciso instante y con mi racha para las desgracias apareció el primo, el primo del difunto quien después de correr atrás mío había decidido tomarse un refresco.

Traté de bajar la cabeza sin aval, de inmediato me reconoció y sacó su pistola, sin pensarlo agarré un cuchillo que usaban para cortar el pan y tomé como rehén a aquella dama, con la otra mano sostenía el maletín y amenacé con cortarle la yugular sino me dejaban escapar en paz. El primo del difunto solo pensaba en el dinero, yo solo quería escapar y aquella mujer posiblemente se preguntaba como era posible que su cuerpo le hubiera pedido una Pepsi en ese lugar feo y sucio, que además tenía un “chefito” pasado que la secuestraba con un cuchillo y por si fuera poco perseguido por tres monigotes armados.

“Vamos para tu carro” le dije a la dama, sus ojos amarillentos brillaban de rabia, creo que prefería a los matones en busca del botín que a mi, pero yo tenía el cuchillo en su garganta. “Y como sabes que yo tengo carro”, en ese momento y ya hablando en mi voz normal, sin el acento de “chefito” le dije “ todas las sifrinas como tu tienen carro, así que vamos”. “Ah, míralo a él” dijo “y tu que haces vestido de ‘chefito’?, un estudio socio-económico acerca de la realidad de los perrocalenteros venezolanos?, la verdad me hubiera gustado contestarle, pero en ese momento mi vida corría peligro, simplemente me limité a decir “deja el peo.”

Arrastrándola logré hacer que se montara en el carro, el cual prendí después de quitarle la llave y escuchar algunas tonterías de cómo le iba a dañar su precioso Volkswagen Golf si no tenía cuidado. Acelerando a todo lo que daba me interné en las calles del centro de la ciudad. “Y entonces?, dijo ella “ahora vas a pedir un rescate por mi?, de nuevo la miré fijamente con ganas de estrangularla, pero muy decentemente le dije “que secuestro ni que nada, simplemente voy a escapar de los bichos esos y te devuelvo tu carro, tu vida, tu todo, es mas y hasta te doy unos reales del maletín este”. Ella hizo cerca de trescientas sesenta y ocho preguntas en cuestión de cinco minutos, yo solo me concentraba en la carretera, ya en el espejo retrovisor veía como el primo del difunto y sus monigotes se acercaban.

“Me vas a chocar el carro de mi papi” gritaba enfurecida la niña mientras trataba de hacerme frenar, igualmente me decía que tenía que volver a la oficina pues la temporada estaba en pleno auge, yo la única temporada que conocía era la del baseball así que no le presté ninguna atención. A la altura de la Base Aérea Francisco de Miranda decidí tomar una medida radical, era ahora o nunca y sin pensarlo atravesé la reja que resguarda la base militar en pleno corazón de Caracas, corriendo por la pista de despegue mientras los soldados del régimen disparaban sin saber que ocurría la dama me seguía insultando y además ahora me golpeaba con su cartera. El primo del difunto usó el hueco que había dejado en la reja para continuar la persecución, para ese momento los soldados habían tomado posiciones y dispararon un mortero que dio directo en el capó del nuevo Mercedes Benz que manejaba aquel monigote, el carro incendiado y los hombres huyendo fue lo último que alcancé a ver antes de huir por el lado opuesto donde había penetrado la base.

“Eres de lo peor” gritaba la dama, “suéltame y vete de mi vida”, de que vida pensaba yo, si solo la conocía por accidente y por solo veinte minutos, “todos los hombres son iguales” decía ella, “si claro, todos igualitos”. “Disculpa” alcancé a decir mientras ella continuaba con su letanía, “necesito un favor mas”, “otro?, otro? que atrevido de verdad”, pero sin darle oportunidad a que dijera que no enfilé el carro hacia la sede las Hermanitas de la Caridad Escondida, coloqué el maletín en el buzón, ellas sabrían que hacer con ese dinero, esa noche sin dudas que un milagro iba a suceder en aquel lugar, algún santo se llevaría el crédito por ese hecho insólito, a mi solo me quedaba sonreír.

Me bajé del carro y la dama me dijo “y entonces?, aquí se acaba el secuestro?, de nuevo pedí disculpas y seguí por mi camino, por el que siempre vine y debo ir, aquel que me tracé y debo continuar, quizás uno que no puedo escapar o que no quiero perder, con altos y bajos, llantos y risas, pero mío al fin. Después de unos pasos sentí como un carro se paraba a mi lado, bajó la ventana y dijo “me invitas una Pepsi?, “yo no tomo Pepsi” dije, “pero te invito una Coca-Cola”, es que a veces, muchas veces, el camino tiene sus sorpresas.

En la televisión se podía ver el magno evento, las Hermanitas de la Caridad Escondida inauguraban la nueva obra, la misma llevaba el nombre de aquel ladrón pues su maletín lo tenía impreso, “Guardería Infantil Abelardo Yepez”, la madre superiora daba las gracias a aquel hombre por su generosidad y lo invitaba a dar la cara para que el mundo supiera que existía. En el más allá Abelardo se revolvía, aún su alma no se acostumbraba a no poder disfrutar la materia, su dinero en manos de esas monjas que tanto odiaba, su urna con bolsillos llena de gusanos y no de verdes, suspiró pues sus riquezas no lo devolverían al terreno, sonrío pues esta vez trataría de engañar a las deidades celestiales para comprar su boleto al cielo…

Thursday, February 08, 2007

Si alguna vez...

Si buscas venganza, cava dos tumbas de una vez. “Policarpio, Policarpio, es tu hora, ya no puedes escapar, tu tomaste tus decisiones y debes vivir por ellas”, gritaba aquel monstruo de colores que se me venía encima. Sudando desperté, agradeciendo que solo se trataba del subconsciente sin saber que la realidad sería aún mas aterrante que mis sueños. Suelo recordar que era sábado, el día en que inocentemente me sacaron de mi casa, pero unido a ese recuerdo siempre viene el peso de la libertad, y como decía aquel monstruo de colores, yo tomé mis decisiones.

Frente a mi estaba, leyendo un libreto escrito por otro, con odio encendido e ira guardada intentaban de todas llevarse mi alma, el precio no establecido por la misma los hacía dudar, sus esfuerzos malignos por el destrozar, vetusta y siniestra reía sentada pedía reverencias y por la espalda apuñaleaba. Amenaza latente con vicios de crueldad, llevaban contados mis pasos en falso, su meta era clara entendí en aquel tiempo, obtener una manera y luego salir huyendo, no sin antes tomar lo que no les pertenecía su venganza planeada a la orden del día, al voltear por última vez comprendí finalmente y para siempre que soy lo que soy y que no puedo pertenecer al lado negro del existir, prefiero morir sonriendo que vivir una mentira por complacer.

Llovía a cántaros aquella noche, cuando pasaron por mi, simplemente son esos días que resultan insignificantes a simple vista pero que te van a cambiar el rumbo para siempre. En aquella casa anaranjada descansaba aquello que mas tarde me traicionaría, había algo allí, yo lo sabía, pero de igual forma seguí tratando de arar en el mar, buscando la forma de terminar lo que yo estaba por iniciar. Sigo sin entender la razón por la cual me dejaron entrar, capricho seguido o capaz dejadez, las horas pasaron, los días también, son meses y años de un trato amargo, por mas que tratemos imposible es cambiar.

Llevaba años luchando en contra de mi mismo, sin entender realmente de que se trataba todo aquello, las razones que me daban no despertaban, los motivos inclementes solo sirven para hacerte paciente. De esa forma di aquel paso, hacia mi humanidad por tiempo escondida, si nos hicieron sin alas es que no somos aptos para volar, o eso me hicieron creer. Aquel día dejé mi china en la casa, mi capa ya no me servía, lo que algún día fue sinceridad se había tornado en oscuridad, todos sucumbimos aquí o allá, aceptamos mas bien y seguimos la corriente del río.

Resulta penoso, quizás debería decir incómodo para la conciencia saber que te estás adentrando en la boca del lobo, que tarde o temprano serás víctima de una fuerza arrolladora que no puedes detener, o entras por el carril o comienza tu sufrir. A la llegada al teatro mi cuerpo se movía por la presión del momento a veces creo que no deseaba morir en el intento. Conversaciones y saludos, halagos y sorpresas, presentaciones y distinciones, un cúmulo llamado a darle forma a la invitación a la realidad, a mi realidad, que todos tarde o temprano son sometidos, aún cuando muy lejos veamos nuestro reflejo arrodillarse.

Recuerdo haber inhalado el aire con fuerza, llenando mis pulmones para poder seguir, no podemos engañarnos, al menos yo no puedo, nunca pertenecí, se dice muy fácil, sus consecuencias nefastas, al arrepentimiento lo llaman cobarde pero al valiente lo despojan sin suerte. Huir, eso pensé hacer, mejor hacerlo ahora que después, pero es que todos, todos tenemos que tocar ese halo de estabilidad que nos venden desde niños, a veces creo que nunca debí haber salido de mi casa, no aquella noche, pero entonces no sabría distinguir entre la maldad y la bondad, por eso y solo por eso abrí aquella puerta, para convencerme que efectivamente hay dos lados para todo y cada quien está donde le corresponde.

No logro recordar de que trataba la obra, lo que si puedo pintar en mi mente es la voz de aquel macabro personaje que ordenaba a la sangre de su sangre a mantener su nombre, proféticamente anunciaba el futuro nada lejano, el destino se puede manejar a placer si se tiene un súbdito que desee obedecer. Allí sentado observaba, pero esta vez no de lejos, inmiscuido en el mero hoyo negro de las relaciones, jugando un juego que yo no inventé, sin reglas y que en definitiva fue ideado para enredar y no para solventar. Los aplausos que marcaron el final de la velada retumbaban en mis oídos, de pie soñaba que todos me aplaudían, por ser un valiente mas, pero pronto me di cuenta que solo eran para los actores, aquellos que fingen ser y estar en vez de padecer en el andar.

A veces creo, aunque no se si se trata de creer o de sentir, que se me fueron las ganas de salvar, entonces me pregunto si estoy desempleado o es que todos pasamos por allí alguna vez. Me hago sugerencias dentro de mis cuatro paredes blancas, allá donde me llevaron por contar mi legado, siempre me ha quedado la duda si los ladrones se llevaron algo que no puedo palpar, que por siempre permanecerá a mi lado sin estar. Cansancio, aún los superhéroes podemos sentirle, es solo que no se nos perdona, un juzgado instalado en donde el poeta arruinado ha comprado sus integrantes, lo justo tiene dos vertientes, es solo que a veces no hay cabida para ello, entonces se gana o se pierde, se gana un segundo se pierde la vida.

He podido constatar que tratar de entender lo que no se debe es abrir un camino a la duda, hay cosas que sabemos, otras que deseamos saber, algunas olvidamos y otras escondemos, pero lo que ocurre en el andar no podemos predecir, a veces aquí o a veces allá podemos estar pero nuestra esencia está llamada a estancar, pensamientos cruzados, ambiguos y claros, se mezclan tranquilos buscando intenciones, agradezco por dentro que me dejaran ir, dolor y alegrías son solo una parte del existir.

La guillotina cegadora me fue lanzada encima, los ladrones, todos ellos y como siempre reían bocones, se daban razones y teorías probadas, su victoria clamaban con jolgorio procesado, detrás de una risa hay lágrimas escondidas, liquidarme buscaron y no me encontraron, por siempre la duda invadirá su tristeza y nunca entenderán que la diferencia eterna salió del corazón solo que en forma de decisión.

Viendo aquello me limité a pensar por un instante que por siempre el silencio será mi venganza y al no escucharlo les debilitará a ultranza, olvidaron sin duda una pieza importante del asunto, cavaron una sola tumba y como era de esperarse las medidas de la misma eran equivocadas…

Saturday, December 23, 2006

Inentendible...

Después de la tormenta viene la calma, para otros. Con su cabello largo, cual poeta arruinado y su barriga de mero se volteó para observar mis pasos, esa era su obsesión, seguirme hasta el fin de todas las eras para hacer lo que él mejor sabía hacer, robar. He conocido dos clases de enemigos, los payasos y los sinceros, la diferencia entre ellos es básica, pero la mezcla los hace peligrosos. Hay situaciones y momentos que debemos aceptar, nos seguirán por siempre, no importa si tratas de esconderte son parte de tu ser, es que tenían que hacer este planeta divertido de alguna manera, entonces inventaron las repeticiones, las repeticiones de lo que llamamos el mal.

El viento toca mi cuerpo, eso puedo sentir, al menos eso me hago creer. Todo se ve distinto desde aquí, la calma ha reemplazado a la duda, la agonía de saber que algo falta por hacer se desvanece cuando entiendes que los ladrones actuaron como lo hicieron pues no saben otra cosa, lo llevan impreso en sus almas, son timadores de nacimiento, rateros por convicción, violadores de la palabra, ingenieros de la maldad, bastiones del odio, guías del desprecio. Ya no debe importar, el entendimiento es la píldora para el descanso eterno, una vez que interiorizas las razones nada te puede detener, es solo cuestión de tiempo, del pasar de las horas para verles caer en su propia trampa.

A lo lejos veo como pasa el tiempo, si es que lo quieren llamar así, desde aquí se puede ver su andar, su dulce y amargo transitar por las vidas ajenas, las cuales no le importan. Es que es distinto acá, se sabe de motivos y quereres, lo desconocido es fácil y lo conocido te acompaña, la claridad alumbra la razón, y no hay quejas para el pobre corazón, descansas en una cama sin sueños frustrados, tus sueños no en vano nacen para vivir a tu lado. No existe la traición ni el dolor, el enemigo camina de frente, no busca agredirte es simplemente diferente.

Me incorporo dentro mi soledad, aquella en donde el silencio me acompaña para nunca traicionarme, la idea que traspasa mi quietud me hace dudar acerca de lo real y lo borroso, simplemente me recuerda que el camino es largo y los enemigos nunca descansan. La historia continuaba como siempre, las paredes blancas que rodeaban mi existencia se mantenían a raya, esperando el momento para actuar, a veces protegiendo, a veces asfixiando. La diferencia entre el sol y la lluvia es solo materia de percepciones, la brillantez de uno puede ser confundida con la opacidad de la otra, como les miramos las dota de matices distintos, es que nunca aprenderemos a darnos cuenta.

Me muevo entre la brisa y la quietud, zozobro entre el llanto y la virtud, resulta difícil estar sin estar, es como esperar sin cambiar. “Señor? Señor?, pregunta el mesonero, subo la mirada y recuerdo donde estoy, no se que hago allí pero estoy, “desea algo de tomar? continúa el hombre vestido de traje, “se siente bien? prosigue, hago una seña de aprobación y pido un vaso de agua, el hombre la sirve de inmediato, y yo la deposito con más velocidad, estoy sudando pero hace frío, estoy rodeado y aún así la soledad es parte del legado, nuevamente trato de procesar que estoy haciendo en ese lugar, es que a veces se me olvida el transcurrir.

Caminando entre la muchedumbre y la algarabía puedo sentir como no están pendientes de sus vidas, pero de las de otros. El ruido es inclemente, el reflejo de las joyas nocturnas se hace latente. Me siento en una mesa en la cual discuten sobre la realidad, es decir, sobre su realidad, observo y escucho, hablan de la bonanza económica del momento, uno que otro hace un comentario sobre las damas de la fiesta, todos ríen, celebran la gracia, y continúan con su tema. Vuelven la mirada hacia mi, me conocen por supuesto, y están esperando mi opinión, les digo algo, lo que quieren escuchar, hablo de factores internos y externos, de causas y consecuencias, de probabilidades y estadísticas, de nuevo otro comentario sobre las damas hace que todos estallen en carcajadas, nunca termino lo que empecé, me paro, hago una reverencia y me despido.

De mesa en mesa voy danzando, buscando razón de todo aquello, aún no se como llegué a este lugar, solo puedo reconocer que hay una alegría sonante. A lo lejos distingo a unos viejos conocidos quienes se asombran al ver mi ser, me hablan de la gran sorpresa de la fiesta, y ponen en duda que yo no supiera nada, me toco el bolsillo del traje de payaso que llevo puesto, mi china ha sido olvidada. Todos tenemos algo que nos hace sentir seguros, hay quienes ponen esa tarea en alguien, distintas maneras de afrontar y en definitiva razones para escapar, para escapar de lo que no podemos evitar.

Tiempo atrás le vi, no se en que dimensión o si fue en el automercado, pero de algún lugar le recuerdo, lleva la misma sonrisa, la cual esconde algo que no desea mostrar, sube la mirada y sigue mis pasos, mi duda entre socializar y salvar aumenta a sus niveles críticos, si tratas te frenan, si no intentas te excluyen. Paso con cuidado y hago un gesto al cual recibo una respuesta, una mirada que vuela junto a una media sonrisa desinteresada, debe ser que muchos atacan, sin conseguir lo que quieren, posiblemente no saben que es todo muy fácil si se sabe como se hace.

Mi objetivo se encuentra a unos cuantos pasos, la puerta de salida de aquel lugar, centro mi mirada en las grandes visagras que adornan la madera, pienso que nada me puede detener, por un segundo olvido que aunque todos sabemos que al final del existir nos vamos a ir debemos transitar para llegar. Aquel olor hace que frene en seco, no solo es el olor es lo que llego a escuchar, se puede hablar por hablar, pero mentir para excusar no goza de perdón ni ahora ni jamás.

En una mesa están todos juntos, sus caras de sorpresa no pueden ocultar, no quieren verme allí, como he podido osar. La voz de la razón se enfrenta a la corneta de la irracionalidad, veo pasar momentos en segundos, siento como aún tratan de llevarse algo. “Pero que descaro” dice uno de ellos, “vamos a llamar al abogado” dice otro de los idiotas sin subir la mirada, los otros siguen con algunos comentarios nada felices, él mas zángano de todos se pone de pie y me ofrece unos golpes, yo espero paciente para simplemente seguir, desde un primer instante mi reacción ha sido el silencio, pues el mismo es eterno, no se compra no se vende y desde del comienzo de todo ha hecho lo que sabe hacer, permanecer callado.

En la tarima todos cantan y bailan, cuando aquel funesto personaje toma el micrófono y anuncia a todo gañote que pretende dirigir unas palabras con motivo de la ocasión. Comienza con las salutaciones de rigor, divaga un poco y luego dispara una confesión que más bien suena a una búsqueda de perdón. “Quisiera me disculpen por esta interrupción en tan magnífica rumba, pero es que el peso de la conciencia no me deja dormir, ni siquiera los tragos que me echado hoy alivian el plomo que habita en mi debilitado disco duro, ciertamente se trató de un robo, y quiero que estas palabras apologéticas lleguen a su destino….le quitan el micrófono y se la llevan entre llantos y murmullos, hay quienes gritan “nos cagaste la fiesta” y otros simplemente “vete no jodas”, yo sonrío, por dentro como suelo hacer, los remordimientos son armas infalibles, a pesar que digan lo contrario.

A lo lejos escucho los gritos propios del momento, esos que inundan el ambiente festivo con su carga de severidad, la conciencia ha acabado con una celebración, a veces ella misma termina con el existir. Me pregunto si esa era la sorpresa de la que hablaban los conocidos, pero no tendría sentido, sigo caminando hacia donde iba, para desaparecer una vez mas, para irme por donde vine, para recordarme que aquí sigo a pesar de todos sus intentos. Ahora comprendo que estaba equivocado, hay tres tipos de enemigos, los payasos, los sinceros y aquellos que yo conocí a las faldas de la montaña…

Friday, October 20, 2006

Invitación


Eran días normales de la historia, de esos que pasan por ti pero no pasamos por ellos. Recuerdo haber despertado cansado, alguna que otra pesadilla me había mantenido en vilo toda la noche, el espectro de los ladrones es difícil de borrar, te queda la idea que siempre estarán allí para acechar, para intentar llevarse algo nuevo, aún sin necesitarlo, simplemente por tomar lo que no les pertenece, solo para marcar tu alma con su símbolo de putrefacción.

Todavía con los rastros de una noche mala, y con algunas preguntas sin responder me dirigí a la cocina en donde conversé un rato con mis padres, de la nada y del todo, de cómo ellos veían mi futuro, de cómo a mi no me interesaba el mismo, de aquello que la gente habla, a sabiendas que las cosas tomarán su camino sin mucho que podamos hacer. Me siento al frente de mi computador, quizás esperando encontrar las razones, consciente que no va a suceder, y allí lo veo, aquel correo electrónico con aquella invitación.

No me extraña, la gente sigue su vida normal mientras yo vivo la mía, es la normalidad latente dentro del sinfín de dolores que acaparan a la humanidad. Es una fiesta, como otras, ni mas ni menos, de disfraces, algo así creo recordar, algunos aún recuerdan que existo, no se si por maldad o por curiosidad, o quizás por algún rastro de bondad. Me quedo viendo aquellas letras que me dicen algo, que no son más que parte de un conjunto de relaciones que unen a los habitantes, a veces se me olvida que la gente se relaciona.

Ciertamente es importante para mi estar allí, hay cosas que no debo decir, a veces ni atreverme a pensar, y de pensarlas debo resguardarlas, lejos de aquello que han llamado el dulce existir. Suena el teléfono, a veces quiero que solo sean llamadas para mi hermano, o que simplemente equivoquen el número, no se si llaman por esperanza o por costumbre mas bien. A lo lejos escucho su voz, hay cosas que trascienden el tiempo, que se mueven en el espacio para recordarnos que lo que hacemos hoy nos perseguirá mañana.

Me habla de lo cotidiano, me recuerda que respiro. Estoy siguiendo la conversación, mi mente vuela, puedo hablar de lo mundano y pensar en lo sublime, si solo supieran de que se trata todo esto. Todos tenemos pretensiones, objetivos, motivos. Ella quiere verme, y yo debo seguir, pero mi mente procesa rápido y la compañía no estaría fuera de orden, a veces necesito acercarme, sentir lo sentido, admirar lo corriente, buscar mil razones, andar en su paso, mirar la esperanza, dejarme llevar.

El momento es perfecto, le hablo de la invitación, ella desea acompañarme, para eso me ha hablado. Afinamos los detalles, es que les gusta tener el control total del futuro, sin saber que la relación entre el tiempo y los acontecimientos se mueve a un ritmo distinto a nuestros deseos, si es que se mueve en realidad. La buscaré esa noche, jugaré el juego humano una vez más, la lejanía trae consigo muchas cosas, protección y soledad, hay que saber balancearles so pena de nunca darles su lugar inmediato.

Me estoy preparando, para muchos un rito lleno de experiencias pasadas, para mi un andar en lo andado, el vacío de lo ya experimentado, de lo antes pisado, del sudor derramado. Estoy listo, eso creo, de vez en cuando hay que asomarse, reservar un puesto en primera fila, mirar la realidad, sentir la humanidad. Doy tiempo al tiempo para que pase, leo unas cosas y ordeno en mi mente mis ideas procesadas, entiendo que hay momentos para todo, que hay cosas que llegan, tarde o temprano y que una vez encontradas las enfrentas o serán tu pasado.

Algo me dice que revise de nuevo, y efectivamente allí está, se trata de otro correo electrónico, esta vez en donde me retiran la invitación, piden disculpas, indican que ha sido un error, que han dado un paso en falso, que no debí haber sido invitado, que mi presencia no es necesaria, que no soy bienvenido, que siga, que siga solo por mi camino. Estudio aquel papel con detenimiento, alguna razón debe haber, invitado por error o retirado por conveniencia, en realidad la gente no ha entendido que no necesito reverencias.

Me apego a mi plan y me lanzo a la noche, Lairene, así se llama, me espera tranquila, buscando su oportunidad, moviendo las piezas. Ella habla de aquello que fue y no pudo ser, yo sabía de antemano por donde esperar, sus ojos de color raro me miran fugaces, me traen recuerdos enterrados por siglos, ahuyentados de las sensaciones, dominados por la fuerza de la razón, escondidos en un cofre, en donde guardo la realidad del estar. Le indico que ha habido un cambio de planes, me han retirado la invitación, Lairene hace preguntas, ella siempre pregunta por todo.

Quiere saber, pero yo no tengo intenciones de responder, yo se porqué me han obviado son esas cosas, tonterías del pasado. En este caso no importa el lugar, no para ella, simplemente se conforma con poder realizar. Mi mente está dividida, yo se lo que quiero pero no entiendo de sentimientos encontrados y mucho menos despedazados, nos sentamos a la luz de la noche, esa que han dejado de ver, aquella que ilumina el camino de aquellos que lejanos estamos, la guía de los que al mar hemos sido lanzados.

Conversamos, hay tantas cosas que aclarar, al menos eso dice ella. Nos entendemos, una señal clara que horas han transcurrido, días eternos, meses solitarios, años sin nombre. Una sonrisa me hace volar, a aquellos días en que solía jugar, hay situaciones que debo configurar, el pasado vuelve silente, envolvente, sin huellas visibles, ataca al presente. Como le explico, como explicar aquello que no tiene cabida en el manual ya inventado, la simpleza del mundo ha sido olvidada, lo necesario para cuadrar siempre está al frente, nuestras narices huelen pero no saben de mirar, es así como aquel nombre retumba en mi mente, debo actuar y rápidamente.

Ella me mira disgustada, no puede creer que tenga que correr, es solo un reflejo de lo que ha sucedido, no entiende como puede ser que esté todo perdido. Prometo volver, pero en dos lugares al mismo tiempo no puedo estar, ella quiere que la lleve conmigo, pero si es que supiera que hay jugadas del destino. A toda prisa, como un loco, corro por las calles y avenidas, puedo escuchar su llanto a lo lejos, el miedo de pensar que he decidido escapar, si solamente supieran que hay que confiar, creer en lo desconocido y dejarse llevar.

Ahora me acuerdo que se trata de una fiesta de disfraces, yo no llevo ninguno, quizás solo la máscara de mi largo caminar. Entro desesperado por la puerta, mi presencia no es bienvenida, pero hay cosas que debo hacer así me cueste la vida. La primera cara que veo es alguien que viste de diabla, de inmediato reconozco su acento, es Tribeke, la noruega sin destino, me detiene y hace preguntas, quiere saber que hago allí si soy solo un intruso despreciable, mi mirada busca otros horizontes, trato de ser amable y explicar con motivos fundados mi osadía de estar allí, finalmente y cansado le agarro el tridente que lleva en su mano y lo lanzo al otro lado de la sala, su mirada de odio me causa gracia, pero su vida ordenada necesita el todo, sin tridente no está disfrazada, me deja por fin, se siente burlada.

Una finlandesa me rodea, de nuevo me miran feo, ahora me da por reírme y es que al verle disfrazada de traficante de drogas no puedo hacer otra cosa. Su novio se acerca y me ofrece unos golpes, yo sigo riendo y le doy la mano, el hombre desconcertado mira al techo, yo de un salto sigo mi trecho, gordita y gozona aparece la inca rabiosa, me mira de lado y me detalla buscando deseos, de nuevo me dicen que no debo estar allí y es cuando veo al Ojú, ese viejo animal gitano, que se encuentra en una jaula haciendo su clásico chirrido, me dirijo a contemplarle, y finalmente a lo lejos puedo mirarle.

Mis miedos florecen, delante de ella está aquel monstruo pedante, le dicen “El Doctorcito” y es muy arrogante. Todo cuadra en segundos, su nombre en el correo electrónico, aquel demoníaco ser se lleva a su paso la vida palpitante. Me acerco, las miradas se clavan sobre mi, aquel siniestro hombre y ella, María Gracia, es ese su nombre. La furia de este personaje se pierde de vista, él piensa que he venido a quitarle su presa, a cambiar el destino, a moverle el sentido. María Gracia me observa con odio en sus ojos, si ella supiera que en mi mundo no hay eso, que crezco del bien y no daño consciente.

“El Doctorcito” que además muy poco original va disfrazado de médico, me invita a salir por la puerta, me ofrece miserias y penas eternas, molesto y salido de sus cables toma el estetoscopio en una mano y comienza a batirlo en el aire haciendo que retroceda hacia la puerta, sus gritos y alaridos se escuchan por doquier, hay gente que baila, otros que beben, algunos conversan jugando a la vida. Ha llegado la hora, hay momentos en que debemos aceptar lo que nos viene, hay tiempos en donde no queda mas remedio que actuar.

Mi china en mi mano, el garbanzo a la frente y aquel mastodonte de conocimientos cae a la tierra, ante el asombro y disgusto de los presentes, muchos ofrecen aniquilarme, se ensañan en mi contra, me curan con roña. María Gracia observa al hombre caído, todavía lleva el trago en su mano, aquel que le ha servido “El Doctorcito”, se me para al frente y me dice que no quiere verme nunca más, que desaparezca, que vuele a tierras lejanas, que no vuelva a su andar. Yo asiento con la cabeza, he aprendido a obedecer, pero no sin antes tomar su trago y echarlo en el piso, el cual se derrite de inmediato, el vodka derramado, un lindo trago de vodka con ácido muriático, ante la mirada atónita de los presentes, ahora entienden porque estaba allí, y tratan de disculparse, no saben donde resguardarse.

Me volteo y acepto, espero que entiendan, estar o no estar no es importante, es solo cuestión de saber cuando hay que estar, yo se por donde vengo y hacia donde voy, mi paso no lleva un ritmo cadente, es simplemente mi manera, así sea inclemente. Afuera hace frío, eso creo recordar, me dispongo a caminar, solo como siempre, cuando veo su sombra, luego su ser, es la misma mirada de años atrás, le tomo de la mano y sigo con mi andar…

Thursday, October 05, 2006

Seré

Me despierto de un brinco, salto en la cama buscando escapar del sueño, es solo quizás que escapo de una realidad latente. Solo puedo combinar partes de lo que mi mente procesaba, la veo a lo lejos, sonriente, con una sonrisa falsa, el dolor le agobia, el peso de la mentira falsiforme la invita a autocomplacerse, a darse razones para justificar el robo, los ladrones perduran en mis sueños, es solo otra de las realidades grisáceas que no se pueden borrar, que te persiguen por siempre, que te acostumbras a llevar por doquier, que a pesar de su poder destructivo tienes que caminar sorteando su invitación a desplomarte.

Ahora, al incorporarme entiendo que era solo otro proceso del subconsciente, uno de esos que te quitan el sueño aunque te encuentres durmiendo, de aquellos que pertenecen a la biblioteca de los miedos, en donde te aferras a las sábanas con la esperanza que te salven de aquellas abominables figuras, de esa mezcla de olores putrefactos que solo una camada de rateros puede emitir, ciertamente recuerdo que me ofrecían un mundo nuevo, las maravillas del poder, la tristeza de ser un peón, la soledad que ese conjunto de seres mefistofélicos te hacen sentir al rodearte.

Ha llegado el día, ese que mis padres han esperado por años, finalmente me han curado, o eso piensan todos ellos, es el momento de salir al mundo de los humanos, a la extensa gama de juegos encontrados, en donde hay que ganar o perder y donde simplemente olvidaron que es mejor andar a un lado que por encima o por abajo. Aún con el terror que produce el simple hecho de soñar con seres despreciables, me disfrazo, esta vez no como en mi infancia con mi capa, llevo un traje de payaso, con corbata y pantalones de fina tela, mi madre me mira orgullosa, yo sonrío, no quiero que sepa que simplemente esto lo hago por darles una satisfacción.

Avanzo a mi paso, miro alrededor, el olor de esa flor que cae de aquel árbol me recuerda mi infancia, a lo lejos veo la puerta de entrada, el boquete hacia la realidad, es un túnel negro, sin luces, que espera silente para tragarte hacia sus dominios. Me dirijo a la recepción, sentada puedo ver a esta mujer que con desparpajo se pinta las uñas, a un lado la cajetilla de cigarros, y en conjunto toda una gama de tristezas y frustraciones la hacen un espectáculo a la desgracia. Saludo, de buena manera, apenas alza la mirada, el peso de su vida no le permite mirar directo a los ojos, sin hacer muchas preguntas me entrega un carnet, de visitante, ni siquiera pregunta a que he venido, como siempre estoy solo en un lugar desconocido, solitario es la verdad.

Encuentro maneras, me muevo hacia donde me esperan, finalmente soy recibido por una mujer, regordeta, con ojos claros y poca clase, me mira de arriba abajo, a leguas se puede ver que busca un tesoro perdido. Me indica que me dará un tour de las instalaciones, y comienza a hablar, repite como un loro algo que no me interesa, mezcla su discurso con problemas personales que tampoco me interesan, ella habla y yo observo, lleva un anillo en su mano derecha, y ahora habla de su marido, un cantante de rancheras o algo así, de como no lo soporta, de como quisiera una vida distinta, de su infelicidad eterna por no poder bajar esos kilos que la hacen ver como una ballena azul. Yo educadamente voy respondiendo a lo que considero debo, el tour se acerca a su final, he estrechado varias manos, he visto un sin fin de miradas, todas con la misma expresión, odas al aburrimiento.

Pasa por mi lado, hace un gesto con la cabeza, sigue de largo sin detener su andar, antes de cruzar a la derecha voltea de nuevo, yo no he dejado de mirarle, creo que deja ir una sonrisa, el mundo está lleno de ellas, es solo que nunca sabremos si son sinceras o no. La mujer del tour se despide, me deja en manos de otra dama, esta vez dentro del departamento al que me han asignado, ésta me dirige a mi oficina, me pide que me sienta cómodo, se da la vuelta y se despide. Estoy sentado viendo un ramo de flores, lo han traído para darme la bienvenida, subo la mirada y está parada allí, se presenta, en pocas palabras deja claro que ella manda, es muy blanca, casi transparente, de ojos claros, y personalidad perversa, eso se puede ver sin conocerla.

Me da algunas indicaciones, me pide que la acompañe a conocer al Presidente, “el manda más” dice tratando de ser graciosa, pero su gracia se ha quedado en donde la fabricaron, yo sonrío para no causar molestias, en cuestión de minutos estoy sentado frente a aquel hombre calvo, con mirada profunda, de maldad, llena de sed por el poder, de destrucción feroz. Me agradece haber aceptado el trabajo, sus palabras gozan de la mentira de la altura, la mujer se encuentra allí y hace algunas preguntas, sin sentido, solo por molestar, simplemente para impresionar, buscan envolverme, en realidad nunca me conocerán.

Sentado en un escritorio me entregan miles de papeles, al mirarlos simplemente recuerdo como me quejaba en mi niñez cuando algo contenía muchas “letras”, sin pensar resuelvo, tomo acción y encamino aquel mastodonte de errores hacia un mundo nuevo. Mi estómago me recuerda que debo depositarle de vez en cuando, me levanto y me dirijo a la cafetería, ordeno algo del menú, me siento en una mesa, alejado como siempre, en donde nadie me pueda ver. Siento una sombra aproximarse, es la misma sonrisa de un tiempo atrás, se excusa y pide permiso para sentarse, yo accedo con un gesto de mi mano, hay cosas que nunca cambiarán.

Se presenta, su nombre no logro recordar hoy en día, será posible que nunca lo dijo?, ella habla y yo escucho, demuestra lo que tiene, lo que lleva, no es su culpa, su mundo le ha enseñado a relucir, sus ojos brillan con el pasar de sus palabras, sus gestos demuestran el interés en lo desconocido, su discurso se alimenta del dolor de las experiencias pasadas, su búsqueda es eterna, delicada, minuciosa y lleva un destino fijo. Ahora quiere saber de mi, como le explico que no se que hago allí, que soy un superhéroe sin capa, que mi vida no gira en torno a mi, que ellos quieren proteger su individualidad y yo por el contrario me muevo en pro de la humanidad.

Yo puedo hablar, alimentar su deseo de saber, de intentar conocer, eso hago, con tranquilidad y pausa, ella me mira dudando de aquello que cuento, es mi historia y no pretendo cambiarla, las mentiras son parte de la vida, las verdades nos la hacen vivir. Ella sonríe, juguetea con su cabello, es algo ondulado, simplemente se vende sin querer, intenta lo que hacen todas, busca, busca ese halo de estabilidad que le permita discernir entre la noche y el día. Me interrumpe y me dice que realmente tengo una imaginación extensa, dice algo de como le he hecho el almuerzo agradable, comenta que no se conocen “locos” como yo en un día cualquiera, ella no cree en mi historia, es que no la han enseñado a creer.

Bajo el tono de mi conversa, me limito a decir lo que se quiere escuchar, me centro en sus ojos, algo amarillentos, puedo oler su perfume, es una mezcla rara, no puedo distinguir si es su piel o una fragancia extraña. Entre dimes y diretes ella me pregunta que planes tengo para el fin de semana, es lunes, de aquí hasta ese momento pueden pasar tantas cosas, mi respuesta no es la que espera escuchar, se excusa y dice “perdón, no sabía que tenías novia”, ella asume algo que no es, no está acostumbrada a que le rechacen, yo me limito a esbozar una sonrisa, luego de una pausa le digo “ya veremos, la paciencia es una virtud que tarda en desarrollarse.”

En una tarima que se encuentra al fondo de la cafetería se abren unas cortinas, allí aparece el Presidente, quien según me cuenta la dama que me acompaña va a dar su discurso de principio de semana. El hombre de mirada farsante se acomoda su corbata y su traje, mira a todos lados y saluda con sus aires de grandeza, comienza a hablar de la productividad de la compañía, de sus ires y venires, se encuentra escoltado por la mujer regordeta y por la otra de ojos claros, ellas atentas aplauden la información que sale de la boca de aquel discípulo de lo oscuro. El discurso toma una dirección inesperada, el hombre se torna profundo y conciso, ahora habla de como solo las almas buenas podrán guiar a la corporación por una senda de éxitos.

Me incorporo en la silla, y le presto atención, un ser lleno de odio como este calvo personaje no puede hablar de esto sin tener un objetivo macabro. Se arregla sus lentes y sonríe, la mujer regordeta le entrega unos papeles, el lee por unos segundos y luego dice “que comience la función”. Desde la parte inferior de la tarima sale una especie de altar, no puedo dar crédito a lo que mis ojos observan, los allí reunidos se emocionan al ver como el Presidente se coloca una capa negra con rastros de sangre, sus ojos brillan, los ojos de sus acompañantes hacen lo mismo, la fiesta está por comenzar, la hora del sacrificio ha entrado en su lugar.

“Oh Satán! grita el viejo ahora endemoniado, “Oh Belcebú, a quien rindo pleitesía, indícanos a quien debemos inmolar en tu nombre Oh sagrado”. En un principio quiero correr, luego me da por reírme, la dama que me acompaña en la mesa no me mira a los ojos, se encuentra sumida en una especie de pánico placentero que en realidad asusta. El Presidente lleva en una mano un bastón, en la otra un timón de barco, y en la cadena que usa como correa se puede ver una daga que tiene unas letras que no logro distinguir, ahora grita “Oh tu Demonio que guías mi vida a quien deseas para complacerte”, sin mediar palabras toma el bastón y señala hacia la mesa en donde estoy sentado, sin poder reaccionar unos hombres con características de enfermeros de hospital nos toman por los brazos y nos suben a la tarima.

“Mis dulces discípulos” dice el viejo calvo, el Presidente para otros, “quien de ustedes nos entregará su alma para deleitar a mi Padre Lucifer?, quien será?, ahora suelta el bastón y toma el timón de barco que tiene una especie de punta, el hombre en su delirio prende un tabaco y comienza a mover el timón, de pronto se detiene frente a mi, y grita con odio “Tu, tu, tu, Policarpio, eres el elegido”, la cafetería ruge en gritos y aplausos, yo por mi parte solo puedo recordar aquellos días en que corría libremente con mi capa, en aquella época donde entendí lo que era, donde acepté mi misión.

El hombre le entrega la daga a la dama que me acompañaba a almorzar y le dice “tu tendrás el honor, tu eres la que debe sacar el alma de este discípulo para alimentar a mi todopoderoso guía Luzbel”. Ella me mira, sus ojos reflejan sentimientos encontrados, su vida pasa delante de la mía, mi vida sigue su curso normal. Los hombres con apariencia de enfermeros me sientan en el altar, allí estoy yo, viendo como todo esto sucede sin saber el porqué, pero hace tiempo dejé de preguntar, es solo cuestión de actuar, actuar y aceptar. Me vienen a la mente los ladrones, a quienes prometí que podrían llevarse todo menos mi alma, es una promesa que debo cumplir, sino como puedo mirarme al espejo por el resto de mi existir.

La dama está parada detrás mío, levanta la daga y hace un movimiento fuerte, la misma en vez de ir a parar a mi nuca, se entierra en su estómago, escucho un gemido de dolor, escucho al Presidente gritar algo que no entiendo, la regordeta corre despavorida, pero mi china ya está en mis manos, y un garbanzo en la parte trasera de su coco la hace caer, la mujer de ojos claros se abalanza sobre mi, al igual que hacen los tipos que me han llevado allí, chinazos precisos eliminan a los “enfermeros”, pero la mujer de ojos claros logra alcanzarme con sus manos, sus uñas pútridas se clavan en mi cara, siento como la carne se queda pegada, entiendo que las cicatrices son canciones sin letra que se encumbran en nuestras almas para siempre acompañar a la orquesta de nuestro andar.

Su fuerza no es total, sin pensarlo y sin hacer uso de mi fuerza le recuerdo con mis palabras que todo su poder está basado en la mentira, que la materia desaparece mientras lo intocable perdura en la eternidad, que llevarse lo ajeno te alimenta en el momento pero luego solo te queda el intento, mirando fijamente a sus ojos derrotados me volteo pues en ese momento entiendo que mi enemigo ha descansado y ella rendida ante la verdad no puede hacer otra cosa que sentarse a llorar.

Me muevo con velocidad, puedo ver al Presidente huyendo, haciendo lo que sabe hacer, me quito la corbata, uso la misma para detener la sangre que brota de aquella dama, la cargo y salgo corriendo de aquel infierno, ella va perdiendo la conciencia, ha puesto en juego su vida por la mía, me muevo rápidamente con su cuerpo lánguido en mis brazos, su aliento pierde fuerza, sus ojos miran al vacío de la inmensidad de aquella mañana, yo no detengo mi paso, no puedo, le debo mi existir, entro por la puerta de emergencias, en una camilla depongo su ser, es la última vez que le veo, estamos en este mundo y todo puede suceder.

El médico sale y me entrega la corbata ensangrentada, me informa que la situación es complicada pero que debe estabilizarse, vuelvo a respirar por primera vez en horas, quieren saber cual es mi relación con la dama, no es ninguna, y eso no lo entienden, trato de explicar que ha pasado, y me muestran el camino hacia el pabellón psiquiátrico, no esta vez, no lo puedo permitir, escapo, dejando atrás a aquella dama, dejando una parte de mi todo guardada en ese ser, mientras avanzo pienso en todo aquello que he tenido que dejar, que simplemente me han hecho desechar.

Muestro mi ser en mi casa, mi madre ha escuchado la noticia en la televisión, mi corbata ensangrentada le pongo en su mano, ella lleva un pedazo de tela viejo en su otra mano, es mi capa, la capa que usé, me la entrega y sus palabras me dan a entender que finalmente ha aceptado lo que soy, yo por mi parte siempre lo he sabido, superhéroe incomprendido, un humano con misión o simplemente uno más…

Sunday, September 24, 2006

Repetir

“Vuelve!, regresa Policarpio, te ordenamos que regreses, demasiado desbalance has causado, retorna de inmediato, es acaso que no extrañas?, es acaso que no sientes?, donde te has escondido?, da la cara, solo queremos una parte que nos faltó por llevarnos, tu alma triste paladín. Ven de nuevo, aquí te esperamos para tratar de partirte poco a poco. La muerte te queda corta, tu estás solo y los que podrían defenderte han sido aniquilados.” Siento que mi cuerpo está tenso, casi tieso podría decir, mis manos dormidas y mi franela sudada, abro finalmente los ojos, es otro de esos sueños, uno más en donde me desposeen, en donde intentar llevarme, otro en el cual logro escapar al sentir la realidad en mi piel, y allí sonrío, no me queda otra pues liberarse de la suciedad no tiene precio.

Allí me quedo estático, viendo las sombras a las cuales ya no temo pues son parte de mi existir, me cercioro que es solamente un juego en mi mente, que no se trata de algo factible, que simplemente debo levantarme, lavarme la cara y mirarme al espejo, los ladrones solo pueden aparecer en mis sueños, es que nunca han existido. Me incorporo y siento como las gotas de sudor corren por mi espalda, a veces creo que siento su respiración engañosa cerca de la mía, por momentos dudo, dudo de mi mismo, pero ya para ese momento es tarde, no hay tiempo para dudas, la ciudad se mueve constante, la maldad se encuentra suelta, atenta a cualquier resbalón, jugando, escondida en las esquinas, esperando, en su eterna espera del perdón.

A lo lejos escucho un grito que pide auxilio, me levanto hacia mi ventana para darme cuenta que nadie llama a un superhéroe desterrado, el pasado es la realidad de la tristeza. Mi almohada da muestras de la batalla, mi sudor la baña por doquier, librar batallas con ojos cerrados, es que cuantas veces el planeta puede ser despiadado?. Prendo la luz de la mesa de noche para escuchar la queja de mi hermano, el comprende que mi existencia está marcada pero su vida tiene derecho a no ser perturbada. Me hace una seña rogando que apague la luz, mis ojos demuestran el miedo propio de una noche de esas, él también ha sido alcanzado por la asquerosidad de los insultos, por la intrusión agobiante de una desquiciada constante, ahora comprende de nuevo que soy su sangre, cierra sus ojos y perdona la necesidad de la luz brillante.

Es jueves, eso creo recordar, el aparato del juego maligno se pone en marcha, sin pensarlo mucho me lanzo a la calle, aún mi conciencia no me permite olvidar que mientras pasen los segundos en algún lugar del universo un ser humano pide a gritos justicia, la mía, la de ellos, pero nunca la poderosa. Hace frío esa noche en el valle, quizás es la manera de recordarnos que necesitamos el calor, es solo un pensamiento que cruza mi mente, quizás es el recuerdo de aquello que no fue. Mi perro Alerón me acompaña, fiel a sus principios, en su mundo no hay cabida para traiciones, si solo supiera que pasa en el mío. Finalmente decido bajarme en una plaza, no se como he llegado allí, es Diciembre y un pino adornado me llama la atención, me recuerda que los ladrones iniciaron su plan apertrechándose en la vulnerabilidad de ese mes, aprovechando que la sorpresa siempre lleva las de ganar.

Me pasa por delante un heladero, es un viejo calvo, con mirada perdida, con su carrito lleno de promesas para niños, la campanita atrae a los infantes quienes después de obtener su premio se acercan para jugar con Alerón, el gigante de dos colores se regocija con la capacidad inmensa que tienen los pequeñuelos para compartir, me hacen preguntas, simples y directas, de esas que comprendo y que se contestar, más bien que deseo contestar, sus sonrisas me trasladan a un tiempo distinto y entonces comienzo a hablar, de seguro ellos no van a juzgar mi historia, escucharán para luego irse a sus casas, para continuar con su camino, simplemente para nunca olvidar que las cosas toman su puesto, y que nadie se puede llevar nuestro lugar en el universo.

Mi vida apenas comenzaba, es decir, mi vida después de haber sido como ustedes, le digo al grupo que me mira con atención, al decirles que soy un superhéroe se les ilumina la cara, no preguntan si les estoy mintiendo o trato de timarlos, simplemente aceptan que hay cabida para todo. Era una noche muy clara, y debí haberme quedado en mi casa, pero como siempre decidí darle una oportunidad a la humanidad, o quizás ella me la brindaba a mi. La insistencia de mis amigos me hizo ir a aquel lugar, para ese entonces no había sido robado, todavía quedaba en mi la esperanza de encontrar el camino. Dentro de aquel local las cosas se movían a toda prisa, los humanos no han comprendido que el juego del terror se debe jugar con paciencia y no con insistencia.

Era un lugar distinto debo reconocer, un bar con un jardín al fondo en el cual había aparatos de diversiones, juegos para obtener algún premio y hasta una pista para patinar sobre hielo. El grupo con el que salí aquella noche todavía se sorprendía de mi presencia, a veces pienso que algunos me temían, otros desconfiaban y los que mis aliados eran simplemente no se preocupaban. Estaba sentado en un banquillo, solo, todos se habían dispersado, pensaba en todo aquello que no se debe pensar, en esas cosas que te pueden resquebrajar. La ví pasar, esa es la historia de las vidas, siempre vemos pasar a quien no nos corresponde, pero es que sino las viéramos pasar entonces donde estaría nuestro punto para comparar.

Iba sonriendo, acompañada de un muñeco de torta, de esos impensables de la genética humana, ella juraba que tenía el mundo a sus pies, lo que no sabía es que el mundo te puede parar de cabeza en un dos por tres. Mi mirada se perdió al ritmo de sus pasos, mi cuerpo se lanzó a verle, es que en aquella época todavía creía en ciertas cosas, no era difícil soñar con el futuro. Caminaban agarrados de las manos, yo por mi parte me sentía como un bribón que persigue botines, ocultos para las sensaciones humanas, pero latentes para los fantasmas. Su destino era claro, el teatro situado al final de aquel hermoso jardín, en donde una obra empezaría en pocos instantes, en donde su vida cambiaría para siempre.

Dudé por momentos entrar al recinto, nunca me han gustado las obras de teatro, me aburren, si quieren actuar que lo hagan en la vida real, y que sus intenciones sean sinceras, pero he de respetar, algo que me costó lograr aceptar. Sentado a una fila de aquella pareja veía como sus rulos amarillentos se movían con el aire, su risa aún puedo recordar, su llanto me acompaña en mi largo caminar. Se abrieron las cortinas para dar paso a una dulce damicela que lloraba por la desdicha de haber perdido a su amado, o eso creo recordar, el dolor reflejado en su cara hacía a todos delirar, aplausos muy fuertes su actuación podía generar, mi mirada seguía centrada en aquella dama a la cual no podía dejar ir, sin ser mía o de nadie, simplemente en mi fantasía estaba allí para resguardarle.

Los minutos pasaban cuando de pronto las cortinas se cerraron, una voz invitó a subir al escenario a los sentados en los asientos mencionados, como siempre y con mi marca genética para no poder escapar el desastre, en cuestión de segundos estaba yo en el escenario, con la dama de rulos, su novio muñeco de torta y otra mujer que me miraba como pensando que se había sacado la lotería, ciertamente ella no sabía que yo estaba mas cerca del manicomio que de su desesperación por ser consentida. Nos explicaron que tendríamos que participar en la obra, yo de verdad pensaba en la razón por la cual esas cosas me suceden a mi, por seguir a aquella dama, por buscar lo que no se me ha perdido, por soñar en un futuro, por haber existido.

Para ese momento las cortinas se abrieron, creo que nos habían dado unas instrucciones acerca de lo que debíamos hacer, yo como siempre distraído y sin prestar atención a lo que no me interesa no sabía como proceder. El público gozaba de la presencia de los “no actores”, creo que mi cara de desubicado les alegraba su existir, la obra continuaba andando es que muchas veces no nos damos cuenta que el mundo no espera por nuestros pasos. Confieso que no le había prestado atención a la obra, solo se que unos guardias con lanzas nos mantenían prisioneros, cuando de pronto uno de ellos enterró la lanza en el pecho del muñeco de torta quien cayó vencido ante la punta de metal.

Por supuesto que todos pensaban que el pobre hombre estaba actuando, mi sorpresa sobrevino cuando vi su sangre derramando, su acompañante, aquella dama por la cual yo estaba subido en una tarima en donde al parecer se tomaban el teatro demasiado en serio sonreía pensando que todo estaba preparado, la expresión en blanco de los ojos de aquel hombre cuando lo vinieron a recoger me heló mi interior, allí algo extraño sucedía, y sinceramente averiguarlo no quería. La dama me miró y sonrió complacida por la buena actuación de su pareja, es que ella no tenía la más mínima idea que la realidad llega y simplemente balancea.

El ruido estruendoso de las puertas del teatro hizo que todos subieran las miradas, los actores se dispersaron dando paso a un siniestro hombre calvo, con mirada perdida que subió a la tarima. Tomó la palabra y dijo a los presentes, “acaban de presenciar algo nunca antes visto, se trata del teatro de la realidad en donde todo sucede y no es mas que la verdad”. Con la misma y sonriendo de manera macabra dijo “que siga la función, la muerte nos acerca, la vida nos une”. En ese momento de pánico algunos gritaban, otros lloraban, y yo jugando al prisionero en una tarima solo podía imaginar que mi última aventura terminaría en ese preciso instante, por momentos quise pensar que se trataba de una broma, pero al ver una guillotina que salía de utilería supe que mi destino era morir decapitado en aquel macabro teatro, en donde mi realidad era igual a la de todos, donde mi humanidad parecía encarnecerse.

Los actores que no eran más que secuaces de aquella retorcida banda de aniquiladores sonreían al ver nuestras caras de terror, el público inerte se aferraba a sus sillas, aún recuerdo la mirada de aquella dama, con sus ojos miel de abeja, con la esperanza que algo sucediera. Colocaron a la otra mujer en la guillotina, dos verdugos bien vestidos se acercaron y después de pedir al público que disfrutaran del espectáculo se dispusieron a bajar la hojilla afilada. En ese momento mi mano se movió hacia el bolsillo trasero de mi pantalón, mi china siempre lista disparó el primer garbanzo a la frente de un verdugo, al mismo instante disparé un segundo al ojo del otro verdugo, por suerte el público que todavía no sabía si se trataba de una broma o de la triste realidad se subió al escenario para ayudarme en mi cruzada, los actores corrían para no ser linchados, y yo disfrutaba del caos, como siempre, en el desorden encuentro razones, motivos y hasta me veo a mi mismo reflejado.

Con rapidez saqué a la mujer de la guillotina, ella trató de aferrarse a mi persona, pero yo con suavidad y destreza me moví no sin antes decirle que olvidara su pensamiento, tomé de la mano a la bella dama de rulos amarillos, y salí disparado hacia la parte trasera de la tarima, el público enardecido se encargaba de los actores quienes por querer jugar a la realidad ahora enfrentaban a una distinta, a una realidad que ellos mismos habían creado. La dama me preguntó por su muñeco de torta, yo solo pude hacer una seña con mi cabeza que le reiteraba que efectivamente había pasado a otro plano, corriendo nos topamos de frente con el viejo que había hecho el anuncio, quien al vernos salió despavorido, de un chinazo lo tumbé y al acercarme pude ver su expresión de insanidad, sus deseos de poder, su pasión por destruir.

Algo atontado todavía pude amarrarlo para que si en algún momento las autoridades llegaban pudieran apresarlo, es solo que aquel día supe que personajes así me perseguirían toda la vida, que lo que vemos una vez se repite a menudo. En las afueras del teatro las personas no daban cuenta de lo que acaba de suceder, la multitud de personas que salían del teatro pululaban el sitio con la historia apenas vivida, a lo lejos escuchaba las sirenas, de cerca podía escuchar el miedo. “Betina, ese es mi nombre, y el tuyo?, yo que aún sostenía su mano quise decirle que la había seguido hasta el teatro, quise contarle mi cuento, prometerle el infinito, pero callado me quedé, hace tiempo que prefiero callar, el dolor no es realmente un manjar.

Ella quien esperaba al menos obtener mi nombre no soltaba mi mano, yo ni corto ni perezoso me acerqué y le miré, con sutileza cerré sus ojos, solté su mano y me largué. En mi lejanía no volteé a mirar, pues realmente no sabía como podía reaccionar, apenas aprendía, por instantes empezaba a comprender lo que me sucedía, olvidar es solo una manera de vivir una vida. Los niños me miraban con atención, creo que no comprendían aquella historia, pero al menos allí sentados estaban, haciéndome compañía en una noche de esas, en aquella noche donde entendí que mi vida se repetía…

Friday, August 11, 2006

Pobre Niña Rica...





Pierina Carolina Piñeiro Gómez nació en los meses centrales del año 1978, así creo recordar, pues cada vez que pienso en esta historia mi infalible memoria parece resquebrajar. Hay quienes mantienen que los seres humanos nacen buenos o malos, otros difieren diciendo que es lo que los rodea lo que les hace ser unas cagadas o unas monjas de la caridad. Yo simplemente pienso que cada quien sabe que es lo que está bien y que es lo que está mal, y si bien es cierto que las circunstancias pueden jugar un papel importante, todos los que aquí habitamos y por mas poca conciencia que tengamos estamos al tanto de si estamos caminando por la senda correcta o por el contrario nos estamos defecando en la madre de los demás.

Pierina, si es que me desvío a veces, la linda muchachita abrió sus ojos a un mundo lleno de injusticias, que ella no había construido, pero del cual ahora formaba parte. A veces hay gente que se dedica a hacer justicia, o lo que ellos piensan es justo. Cuenta la historia que a Pierina sus acaudalados padres le enseñaron lo que era la justicia, y por eso siguiendo al pie de la letra los consejos de tan dotados seres ella hizo justicia. Pierina era hija de un ladrón afamado, no ladrón de carros, ni atracador de viejas, simplemente de esos ladrones que pululan el planeta, uno más de esos. Su madre, una vieja sin destino pero con todo el poder que el dinero podía comprar era un asalto a la razón de cualquier ser pensante, pero a fin de cuentas era su madre.

Creció teniéndolo todo, si es que podemos darle a la definición de tener todo un matiz que implique que no pasaste trabajo de ningún tipo, puesto que siempre nos falta algo, y usualmente la fuerza arrolladora de las posesiones no puede comprar ese pequeño detalle. Esta historia no es divertida, mucho menos entretenida, es solo un reflejo de aquello que fue, de cómo en un dos por tres te cambia el existir, no es mas que darse cuenta que hacen falta muchas cosas para aprender a vivir. Artes distintas se van aprendiendo a lo largo de todos los momentos, algunas duraderas otras perecederas, y otras capaces de mover la tierra entera, si Pierina pudiera volar en el tiempo cambiaría solo una cosa, su existencia digo yo pues la verdad es muy penosa.

Luego de una aventura pasajera en la cual aprendió los placeres de estar libre el poder de su ascendencia le hizo regresar, voluntades encontradas, a la jaula encerrada. Parece mentira, pero aún los más poderosos en este mundo necesitan una llave que les permita abrir el cofre, encontrarla no es tan fácil, es solo que una vez en sus manos, pues se llevan por enfrente a todo, incluyendo al ser humano. Pierina estaba consciente que era un títere de sus padres, pero vendió una promesa a cambio de volar, de irse lejos para nunca regresar. Sus deseos escuchados, pues sin mucho esfuerzo consiguió lo que quería, una visa para un sueño, un pasaje a la hipocresía.

En aquella iglesia y con el Altísimo como testigo, Pierina sellaba su destino, una vida lejos del agobio incesante de unos padres intolerables, un sueño esquivo hecho realidad, conseguir lo que se quiere a toda costa y sin mirar, es que somos lo que somos y no vamos a cambiar. Ya me extrañaba a mi que viniendo de una estirpe de bandidos Pierina no hubiera tenido una agenda oculta para avivarle los sentidos, una vez obtenido el trofeo lo que venía era una cortina de humo, un vaivén en alta mar, ver los días pasar hasta que llegara el momento de alzar las velas y nunca más mirar atrás.

Como todo en este planeta, siempre hay una caída, esa piedra en el zapato que nos fastidia el existir. Engañando como le habían enseñado ya tenía su preciado, pero es que el poder no ha entendido que su fuerza arrolladora puede con todo lo que está a su paso pero no con la voluntad del ser humano. A Pierina poco a poco le fueron haciendo ver que en la vida la materia viene y va pero hay cosas por encima, son sublimes, intocables, y por ende entrañables. La lucha interna no se hizo esperar, es que a donde pertenezco le escuchaba preguntar, es acaso que el vacío es bandera de mi seguir o por el contrario aquello que no puedo ver pero que siento en mi andar es el ancla de mi vida es el todo es estar.

Hago un alto en la historia y me pregunto que sentirá Pierina, humanamente no lo puedo saber pues no he estado allí, que será de aquellos sueños y de su venganza al caminar. Su transporte nuevo llenará sus horas ciertas o por el contrario agobiará su recordar. Sus mentiras a su lado o quizás en el pasado, de que ha servido destruir si al final te han dejado ir. Lo que tienes no es tuyo, de eso puedes estar seguro, agárralo con fuerza pues el viento soplará y sin darte cuenta el futuro que planeaste desaparecerá. Yo no se si allá piensan o recuerdan es solo que hay momentos en que quisiera saber si el odio que llevabas se ha ido al trascender.

Sin ninguna explicación y con visa en la mano Pierina decidió ponerle fin al legado, hizo gracia y morisqueta le salió, puedes tener todo el poder pero aquí hay quienes no se dejan joder. Contenta y feliz por haber diseñado un plan para aplacar lo indomitable regresó por el camino que le había enseñado su madre. De haber sabido Pierina que hay almas incomprables sin lugar a dudas que caso omiso hubiera hecho a las ordenanzas de sus padres, pero así es este planeta no sabemos ni siquiera cuando tendremos que dejarle, mucho menos si estamos o somos algo imaginable.

Un tiempo transcurrido y segura de haber logrado su trazado Pierina se regocijaba de haber amedrentado al ser de su lado, con poder todo se logra pensaba para ella, equivocada estaría pues la mente vuela alto, mas allá de las fronteras, de las trampas de sus padres, es que Pierina no sabía que la libertad no es domable. Esbozando un segundo plan para salirle al paso a la asonada del culpable, inquirieron a la justicia para borrar lo desagradable, lo correcto es una cosa lo sinverguenza es ya otra, el robar está penado no aquí abajo como creen, despojar sin compasión no es amigo del perdón.

Lograr lo que había siempre anhelado le costó solo unos años de desagrado, la permanencia es efímera la maldad es constante, para Pierina vengarse era sumamente importante. Despojando poco a poco de todas sus posesiones Pierina reía al compás de los bemoles, es muy fácil hacer justicia cuando se miente al contrincante. Después de haber obtenido su visa del futuro el desecho estaba listo a la orden y no es todo, pues no es solo un bocado de la torta que se quiere, es llevarse cantidad sin pensar en si se hiere, destruir, romper también, la decencia se desvanece en segundos si te escudas en otros para complacer tus malas obras.

Pierina hizo lo que tenía que hacer, no se le podía pedir otra cosa, complació a sus padres y a ella misma. Robar, es un término suave, para lo que realmente hizo Pierina, pero así me han contado la historia, robar al prójimo, aún a sabiendas que no está bien. La conciencia pesa, y sobretodo en las noches, cuando la cabeza encuentra la almohada, cuando el silencio se acostumbra a acompañarte. Caminando sigilosamente hacia el baño y siguiendo las instrucciones de un prestidigitador del futuro se encaminó a la bañera llena de agua de rosas, con pétalos que adornaban el ambiente, lentamente entró a la misma para seguir con su vida. A veces olvidamos lo que somos en el fondo, puede ser que lo ocultemos, o que simplemente lo camuflamos, pero quien a hierro mata a hierro muere, así el jabón hizo que Pierina volara para caer en aquella cama de rosas, en donde su sangre se confundió con los pétalos para volverse uno, para hacer justicia…

Friday, August 04, 2006

Difuntos


Todo empezó una calurosa noche, de esas en las cuales debes quedarte en tu casa y simplemente dejar que las horas pasen, todo empezó aquella noche en que bajé del puesto en donde me había escondido para llevarme a mi mismo y lidiar con lo incompresible del andar humano. Desde ese primer día en donde veo todo aquello se que ese es mi destino, que he de morir allí, que hay situaciones que aún a sabiendas que atentarán contra nuestras fibras vamos a tener que enfrentarlas, o no?, sería mejor huir, esconderse, refugiarse bajo las sábanas, evitar lo inevitable. Hay días en que me reclamo a mi mismo haber dado el paso con conocimiento de causas, hay otros en que acepto que soy un ser humano.

Abrí los ojos al compás del ruido de la respiración de esas voces que siempre me acompañaron, esas voces que te recuerdan que hay gente que nunca te abandonará. A los pies de mi cama, un periódico, como todos, con un titular, es solo que esta vez llevaba un mensaje claro. Una centella enviada para recordarme el porqué de mi estadía, todos los mundos, cualquier galaxia, tiempo o espacio poseen un equilibrio, hay quienes juegan con los buenos, otros defienden a los malos, un gran grupo solo observa, plácidamente, la manera como se mueven las fichas, en la búsqueda infinita de regocijarse al enterarse del veredicto final entre los que luchamos por el bien y los que propagan el mal por doquier.

La anciana del vicio, el ladrón de almas y la mentirosa traslúcida habían escapado, eso decía el titular, esa realidad hizo que brincara de la cama, el trío enfermizo vendría a buscarme, con su clásica sed de venganza, esta vez para una batalla final. Los superhéroes siempre creamos enemigos a lo largo de nuestras vidas, corrijo, ellos son creados en la fábrica de mierdas desechables del universo, es solo que usualmente tienen larga vida y todo el poder magnánimo del dolor humano para inyectar gasolina a sus deseos de destrucción. Enemigos de vieja data, mercaderes del mal, capitanes de la irracionalidad, monumentos al terror natural, eso eran, el trío asqueroso, son uno, son todos, y muy belicosos.

Estoy sentado en una silla, solo llevo una lista, siempre me han gustado las listas, más aún cuando contienen elementos para defenderme. Vienen uno a uno, esperan su turno revolcándose en la mierda de su existir. Recuerdo como me han hecho saber que el mal se canaliza fácilmente, el bien es solo cuestión de algunos. Yo se a que han venido, ellos saben porqué estoy allí, es solo que hay momentos en los cuales preferiría haberme escondido, pero allí me doy cuenta que alguien debe prestarse para recordarles a los bandidos que no están solos en el universo, que habemos quienes no nos doblegamos ante tanta maldad junta.

Siento el viento clásico que solo hacen las brujas cuando se acercan a toda velocidad en sus escobas malolientes, bazofia andante, pedazo de hiel, cerebro ausente en todo su ser. “Mi nombre, exijo me llames por mi nombre” dice la vetusta escaramuza, yo observo cada movimiento que hace con detenimiento, “sabes porque estoy aquí?, pregunta la vieja podrida, no me deja contestar y prosigue “quiero todo, todo de ti, llevármelo, para esconderlo en el basurero de mis sueños, para destruir tu andar.”

Hago el intento de hablar pero no me lo permite, enciende un tabaco oloroso, y despide su fétido humo hacia mi cara, grita con desesperación al ver que no llama mi atención, “porqué no te doblegas?,” vuelve a gritar mientras clava sus amarillentas y putrefactas uñas en mi cachete. “Para que has venido?, logro decir, “ya te lo dije” grita la viciosa. “Podrías decirme para que has venido? repito nuevamente, “mi nombre, quiero que me llames por mi nombre, que digo, quiero todo, todo, eso creo, mi nombre” grita desconcertada la anciana, vuelve a atacar con gritos aguerridos “todo, todo, debo llevarme todo, lo que no es mío pero me pertenece, lo que es tuyo pero no mereces tener”. “Vuelvo a preguntarte, para que has venido? le digo, ya la enfermiza y descerebrada solo balbucea que quiere la llamen por su nombre, el cual desconozco, le miro a sus ojos tristes y acabados, solo alcanzo a decirle “vuela lejos y no vuelvas, en mi mundo no hay cabida para el odio de tu nombre.”

Estoy sentado en una silla, solo llevo una lista, siempre me han gustado las listas, más aún cuando contienen elementos para entretenerme. Escucho los pasos falsiformes del ladrón, a veces rápido, a veces sigiloso, pero nunca mostrando su verdadero caminar. Saca cuentas a toda prisa pues no puede perder, acaso sabe lo que es ganar?, me insulta mientras sonríe, su odio se ve reflejado en su mirada vengativa. Saca unas monedas de su bolsillo, me pregunta en tono burlón, “cuanto vales?, me limito a mirarle, no respondo, aún no, “cuanto cuesta tu alma Policarpio?, vuelve a preguntar el ladrón, no obtiene mi respuesta, “cuanto cuesta comprarte Policarpio?, cuanto por ser el dueño de tu existir?, yo tengo muchas monedas como ves, cuanto vales amiguito?" continúa diciendo en tono asqueroso, convencido que seré uno más de sus secuaces, otra alma comprada por su poder.

Me saco una moneda de mi bolsillo, la última que me queda, se la entrego, el ladrón se regocija de tener una moneda más en sus arcas, ahora me dice, “la quieres?, quieres la moneda?, te la devuelvo pero si vendes tu alma, a mi persona, mi avaricia es ilimitada, soy una cagada, pero cagada con monedas, te vendes Policarpio?”. Contemplo aquel espectáculo doloroso, aquel pobre espíritu frente a mi, midiendo en monedas, buscando comprarme. Me pregunta si tengo más monedas para darle, revisa las suyas y las cuenta de nuevo, tiene una nueva se siente mejor, tener más es su condición, pisar y humillar es su diversión, le miro a los ojos y digo tranquilo “te olvidas imbécil que las urnas no tienen bolsillo, me quitas ahora, te llevas después, es solo que tu infelicidad límites no tiene, por más que trates siempre sabrás que nunca pudiste usar tus monedas en pro de llevarme”.

Estoy sentado en una silla, solo llevo una lista, siempre me han gustado las listas, más aún cuando contienen elementos para hacerme feliz. Escucho la voz de la mentirosa traslúcida, engañosa, tenebrosa, llena de elementos que ella sabe se alejan de la verdad pero que debe evocar con el fin de dañar. Es un títere manipulable, un peón a las órdenes de la cochinada. Ha crecido en la venganza, ha usurpado la esperanza, ha movido la balanza, ha molestado al que al final tocará la danza. Aparece de pronto, para amenazarme, su alimento constante, “Policarpio he venido a robarte, quitarte, desposeerte, todo he de llevarme, mi fuerza es directamente proporcional a la materia que tenga, adentro vacía, por fuera hermosa, dame tus cosas insolente paladín, no puedo arriesgarme en caso de sobrevivir.”

“Tómalo todo sucia piltrafa” alcanzo a decir, “llévalo lejos, muy lejos de mi, mío no ha sido pues no crezco de la posesión, mi espíritu crece en otra dimensión, tu necesidad palpitante por lo inanimado ha hecho sin dudas que me escape de tu sudoroso lado”. “Mutuo acuerdo has engañado, no me esperaba menos soldado, el plan con cuidado has desarrollado, la trampa mortal has querido poner, sin darte cuenta te has pisado el papel, tu truco vencido sobre ti caerá, no esperes venganza pues no llegará, lo mío era tuyo, lo tuyo del diablo, doy gracias al cielo de no verte más, yo espero tranquilo, sin mucho afán, pasado es pasado y así quedará.”

Estoy en el novenario, en el noveno rito, el último, la despedida a los difuntos que se han ido, pido una vez más por sus almas putrefactas, sonrío en mi interior al saber que no están. Finalmente venzo al sueño y despierto, ha sido una pesadilla, no podía ser de otra manera, en el mundo de los humanos no existen seres tan macabros, aunque debo confesar que yo los conocí. Solo me quedó sonreír pues la mentirosa traslúcida, el ladrón de almas y la anciana del vicio han permanecido en el olvido, al menos, en el olvido de la realidad, desde que comprendí que la justicia humana es de todos pero la divina es de quien la espera con paciencia…