Hace unos segundos me he quedado dormido, después de batallar con esos demonios que me persiguen cada vez que recuesto mi cabeza, en cada momento que se que el mundo sigue girando y la maldad está suelta por los caminos y yo sin más ni menos debo descansar. Mi tarea no ha sido fácil pero creo que de esto ya he hablado con anterioridad, la acumulación de villanos intentando tomar una parte de mi ser causa mella en el alma, si es que a veces me acuerdo del robo siniestro al que me sometieron pero eso es otra historia y sus bandidos no merecen mis letras.
Entonces sueño, con un niño que corre libremente en un campo lleno de matorrales, se aleja, se pierde de mi vista, escucho voces que lo llaman, que lo invitan a volver, a regresar a la seguridad de aquello palpable. Continúa su camino, salta y corretea sin mirar atrás, hace caso omiso a los gritos ya desesperados de las voces que entonan su nombre, acelera el paso, como si supiera que hay enemigos que le persiguen, buscando aquello que nunca encontró pero sabe debe estar al final del camino. De pronto se detiene, un precipicio lo hace dudar, mira con precisión todo aquello que está allá abajo, no es otra cosa que el mundo que le han puesto para existir, “Policarpio, Policarpio te vas a caer” se escuchan los gritos de nuevo, el pequeño no espera ni un minuto más y salta.
Logro abrir los ojos, hace tiempo acepté que había caído, no necesitan recordármelo, ya ha pasado mucho viento por mi cara desde que comprendí que el planeta tiene sus razones y no debo preguntar. Estoy allí, en mi cama, solo como siempre, a lo lejos escucho a mi perro Alerón aullar, es posible que también extrañe su mundo, todos hemos dejado algo atrás que nos hace suspirar. Me pongo en pie, mi cuerpo quiere seguir descansando, mi mente sabe que es hora de ponerse en movimiento, mientras haya humanos habrán buenos y malos, ahí es donde entro yo, para equilibrar este espacio mundano.
Estoy ahora subido en el carro, dando vueltas por el Valle en donde crecí, sin destino ni sentido, solo para matar horas, disfrutar de la nada. Se trata de un día en el cual la gente sale, se lanza a la calle a vivir, a ahogar las penas, a revivir alegrías, quizás es solo la búsqueda de un rayo de esperanza, la felicidad viene dada por querer lo que se hace, no hacer lo que se quiere. Alerón ladra de pronto, creo que mi perro todavía sabe lo que es sentir, vuelvo la mirada hacia la acera y puedo ver a una dama con paso acelerado, sus ojos verdes me recuerdan mi color preferido, la angustia que refleja en su cara me recuerda el porqué he venido.
No tengo ganas de detenerme a ver de que se trata, es uno de esos momentos en donde simplemente me provoca dejar que los humanos jueguen sus tretas dañinas y yo ser simplemente un espectador, a veces detesto el día donde me entregaron la conciencia, de veras, que fácil sería todo si la perdiera por unos minutos. Detengo el carro, ya para ese momento la dama ha entrado a un local, una especie de bar, algo así, lugares que no frecuento para no irritar mis ojos con el cigarrillo y deprimirme al ver lo banal en que nos hemos convertido.
La puerta del establecimiento es de madera, huele a historias, a decepciones enfrascadas, a promesas alteradas. Mi vestimenta no es la más adecuada para el momento, yo solo había salido a dar una vuelta, el portero no me quiere dejar entrar, le quito su chaqueta y le digo “ves?, ya cumplo con los requisitos”, el hombre sorprendido me abre la puerta no sin antes decirme “hermano me la devuelves al salir”. No he venido ha buscar nada, no quiero nada de allí, simplemente trato de localizar a la dama en cuestión, la veo, sentada en la barra, creo que ha ordenado un Cosmopolitan, me siento a su lado, ella no me mira, está concentrada o más bien asustada.
“Otro moscón más” me dice con mala cara, cara que refleja que ha llorado, quizás más de lo que ella hubiera querido, probablemente más de lo que se llora en toda una vida. No puedo evitar decirle que la he visto apurada en la calle, que su angustia me ha hecho detenerme y seguirla. “Además me vas a perseguir?, me dice con fuerza, “tu crees que yo tengo un cartel de neón en la frente que dice ‘Pase, con confianza, aquí hay un corazón para exprimir al máximo’”. No me queda otra que sonreír al escuchar esto, yo no estoy allí buscando corazones, pero ella no lo sabe, yo simplemente estoy.
El ruido es ensordecedor, siempre pensé que la gente va a los bares a desconocerse, porque si la idea es llegar a saber con quien hablamos el ruido de las cornetas se lleva la mitad de las palabras dejándonos tan perdidos como cuando entramos por la puerta. Aún me inquieta saber porqué aquella dama de bellas manos y ojos espectaculares corría a toda prisa por la calle, ella baja la mirada, se muere de la pena, se pone roja cuando le pregunto que hace una linda damicela como ella corriendo, así como tratando de escapar de algo, es entendible que yo escape, para eso estoy, pero ella?, simplemente no lo entiendo.
“Bailemos” me dice, me toma de la mano sin mediar palabras, al parecer algo la ha puesto en alerta, yo sigo el juego, su olor me recuerda días pasados, aquellos en que creí en los humanos. Su mirada ahora muestra pánico, pero a la vez se nota que es de aquellas que quieren transparente, sin malicia, hay un instante sublime en donde me dejo llevar, pero la sombra de aquel robo me hace despertar. “La Flaca” así me dicen, me susurra cercano al oído, mi nombre no te lo doy por ahora, no se si eres un atrapador, un galán de pueblo o cualquier cosa”, vuelvo a sonreír, su desconfianza es eterna, hay heridas que nunca cierran.
Finalmente me habla, una historia de esas que ya he escuchado, de esas que ha muchos han marcado. A lo lejos entra un hombre, dos más cuidan su espalda, ella lo ve de reojo y me dice “tenemos que irnos de aquí”. Yo, si no la debo no la temo, entonces simplemente no veo porqué hay que huir, salvo que ella también se haya cansado del olor a cigarro y el ruido macabro. Los hombres se acercan asechando, sin duda alguna la están buscando, aún creo no la ven, sin pensarlo y ahora siendo yo el que quiere huir empezamos a correr.
Una puerta en la parte trasera del establecimiento nos abre la magia hacia la noche que con suave viento roza nuestras caras. Algo me dice que esto no quedará allí, los hombres del bar no parecen bien intencionados. “Y entonces?, le digo “quienes son esos?, ella no quiere decir, pero siente que al menos me debe eso, “mi ex -novio y sus patanes”, no dice más nada, ahora yo que solo salí a pasear para olvidar estoy perseguido por un ex novio malencarado y sus gorilas muy despiadados. Pienso, hoy es uno de esos días donde me provoca dejarle allí y que la vida se encargue de acomodar la situación, pero no puedo, sus ojos, eso es, son sus ojos que no me dejan irme, reconozco que me pierdo por momentos, ahora es cuando escucho el grito de aquel hombre enfurecido.
El trío nos ha detectado, sin que se de cuenta le quito los tacones a los zapatos de “La Flaca”, me golpea y me dice que como me atrevo, sus manos son suaves, quizás fue princesa en otros tiempos. Le señalo a los tres monigotes, ahora comprende que con tacones no va a llegar lejos, trata de disculparse, se pone roja de nuevo, no hay tiempo para eso, la tomo de la mano y corremos hacia la oscuridad, los pasos se aceleran, la presión es constante, es que ahora me acuerdo que la adrenalina es la gasolina de mi vida delirante, de pronto escucho que ella va tarareando una canción “Laura no seas tan sifrina, que es muy desagradable calarse tus maneras”, tenía años sin escuchar aquello, tampoco entiendo porqué canta en medio de aquel caos, de nuevo me río, a veces se me olvida que la risa cura el alma.
La vida tiene paredes, es solo cuestión de saberlas saltar, a una pared llegamos, solo que esta vez no tiene un lado más bonito. Atrapados, sin salida, ahí estamos, una desconocida, tres hombres molestos y yo, el diario de mi existir, el cantar de mis seguir. Creo que nos damos un tiempo para recuperar el aliento, luego el ex novio saca una navaja de su bolsillo, los otros dos hacen lo propio, “te voy a cortar H” así la llama “H”, “te voy a dejar una cicatriz para que nunca te olvides de mi, lo que me hiciste no se le hace a nadie”. Dudo, ahora no se quien es el bueno y quien es el malo, la furia del hombre, el miedo de la mujer.
De igual forma me dice que me va a cortar también, por el simple hecho de estar allí, miro al cielo sin entender porqué me suceden estas cosas, es acaso que nunca llevaré una vida normal?, ahora la miro a ella, hago lo mismo con el tipo, de nuevo pienso en escapar y dejar que se cobren sus penas, entre ellos, yo no tengo vela en ese entierro, es que si, es uno de esos días. Sus ojos me dicen la verdad, su verdor no puede mentir, eso lo entiendo y mido las opciones, recuerdo sus palabras del cartel, de lo exprimido que está su corazón, en frente mío lo que tengo es a un aprovechador.
Empuño mi china para la risa de aquellos hombres, sus navajas brillan en la noche, su reflejo se acerca con prisa. El primer chinazo va directo a la frente de uno de los monigotes, sin lugar a dudas no saben lo poderoso que puede ser un garbanzo, el segundo a la frente del segundo que cae también como una hoja que ha cumplido la función de proteger al árbol. El individuo que queda en pie es aquel que ha robado en un algún momento de la historia el corazón de aquella dama, que lo ha robado para exprimirlo y dejarlo botado sin siquiera saber de que se trata.
“Pídele disculpas”, le grito al tipo, “pide perdón por haber herido”, el hombre hace caso omiso y se abalanza sobre nosotros mientras grita que el no le pide perdón a nadie en este mundo, es posible que se le olvidó que errar es de humanos, rectificar es de sabios. Dos chinazos precisos y certeros lo dejan fuera de combate, siento algo mojado en mi mano, es una lágrima que ha rodado por la mejilla de ella, no se si llora de alegría o de tristeza, aquel día tampoco pretendo averiguarlo.
La noche está calmada, en realidad no se siente nada, caminamos midiendo los pasos, por aquella acera donde le vi por primera vez, diviso mi carro con Alerón adentro de él, “La Flaca” hace un gesto, se acerca, creo que quiere agradecer, o simplemente que tenía tiempo sin ver a quien da por dar, sin esperar a recibir, se deja llevar y cierra sus ojos, ahí aprovecho y rozo sus labios con mi mano y con la misma escapo hacia la noche, ella se queda tranquila, esperando algo que sabe no llegará, de lejos la veo, buscándome, preguntándose si en realidad ha sucedido o no, es que simplemente era un día de aquellos, que de seguro ella olvidará en su ajetreada vida, pero que yo debo recordar como alimento de mi seguir, es verdad, era solo un día más de esos donde me acerqué para darme cuenta que las cosas siguen igual…
Thursday, June 01, 2006
Tuesday, May 30, 2006
Escobas
La bruja vieja y arrugada conversaba con otra bruja pasada de peso y algo ordinaria, una no pensaba la otra menos podía, hablaban y hablaban sin parar de una venganza a perpetrar sin nunca tomar en cuenta a la tercera bruja del clan quien dormía placidamente, soñando sin pestañear. La idea era acabar con un héroe venido de lejos, quien no cree en terrores sembrados ni mucho menos en gatos alados. Con escobas pueden volar, el daño pueden hacer, su cabello se cae con el viento, si solo supieran que la mejor respuesta a su venganza fue tan solo mi silencio.
Mi existir continuaba su curso normal, el sol calienta y la noche es fría, sentado en el techo de mi hogar recordaba tiempos pasados, mejores quizás, sin nunca olvidar que lo que sucede tiene razones, con validez o no, pero inscritas en el libro de aquellos bastiones de nuestro andar, se puede reír se puede llorar pero de algo podemos estar seguros que nunca podremos escapar. Muchos enemigos he debido enfrentar, a lo largo de la carrera por llegar, de diversos matices y rencores guardados, pero nunca tan fuerte como el odio que aquellas tres brujas habían acumulado.
Con sus trajes negros y sombreros puntiagudos planeaban con precisión cada paso a seguir, la ira reinante se vuelve detonante, la miseria baldía está palpitante. Una de ellas pulía la hebilla característica de las mujeres que vuelan montadas sobre escobas, la otra trataba de quitarse una verruga en su nariz con una pócima preparada por ella misma, la tercera dormía rendida en Morfeo, tratando de huir de aquel arrebato, un ojo abierto ahora tenía pues miedo llevaba encajado en su seno, terror infundido por tanto cretino, su vida cuidaba que no fuera robada.
Mi maestro me lo había advertido, que a lo largo de un viaje se consiguen todo tipo de manos, amigas sinceras, odiosas traicioneras, sin esfuerzo se extienden buscando atrapar a todo lo que pase cerca de su radio de acción, se buscan amigos para soportar las andanzas, se buscan humanos para odiar con rencores. Como distinguir las variadas clases de manos es una tarea de milenios vividos, se trata y se trata en vano encontrar, las huellas marcadas tienen su historia, no todos fenecen buscando la gloria, si miras arriba y encuentras la nada avisa con prisa pues vuela ahuyentada.
En aquel cuarto tres brujas y un duende enano se alistaban calmados para brincar al terreno, es acaso que no sabían que por cada tres brujas hay un duende villano?, con cara de niño y mente deforme brindaba ideas el muy falsiforme. En el caldero preparaban una sopa de frutas, aquello sabía a rayo podrido, la urraca mascota chillaba al sentir aquel olor que podía destruir cualquier porvenir, el plan bien trazado habían pintado con creyones de cera en un pizarrón, despojarle de todo era la meta, humillarle y pisarle sin dispararle, misión anhelada por tantos minutos, el odio finalmente daría sus frutos.
Yo lo sabía, lo sentía venir, de antes, de mucho tiempo atrás. El que planea venganza debe cuidar todos sus pasos sin desesperar, muchos detalles me fueron abiertos, desde siempre consciente estuve de aquello, su plan bien macabro pude seguir sin duda no entiendo a veces porqué destruir. A veces despierto muy tarde en las noches, en esas que duermo con mis ojos abiertos, aquellas que surcan lentas y solas, recuerdos latentes que vienen y van, muchos se piensan que yo estoy muy loco, pero es que no me queda otra que reír cuando me acuerdo de aquellas tres brujas montadas en moto.
A toda velocidad venían a mi encuentro, la bruja vieja no había logrado despegar con su escoba por el peso de su conciencia, la gordita partió el palo de la misma al subirse por el peso corporal, la tercera seguía durmiendo y el duende decidió quedarse pues no le convencía aquel plan. Yo por mi parte y a pesar de haber descubierto el plan para aniquilarme con antelación no pude saber lo que me esperaba, enfrentarse al odio degenerado no es un juego de niños, había visto enemigos fuertes pero este trío me iba a mover las fibras.
Había salido a pasear, contando los pasos desde mi casa hasta el puesto de periódicos, los mismos ciento veinte y siete pasos de siempre, hay cosas que nunca cambian en la vida. Permanecer es tarea de algunos, otros simplemente estamos para volar libremente, no somos ni más ni menos por ello, simplemente nos han hecho distintos, no por ellos debemos ser estigmatizados, el problema reside en que les enseñan a sentir por lo que ven y no por aquello que se mueve adentro. Escuché a lo lejos el tenebroso estruendo de unas brujas sedientas, buscando venganza como busca agua el perdido en el desierto.
El vendedor del kioskito me miró a los ojos, como quien dice “por favor no me vayas a destruir el puestito de periódicos”. El me conocía desde años atrás, y algunas historias había escuchado, en esas tardes donde surcaba la vida anhelando que todo terminara donde había empezado. El hombre asustado por el viento que comenzó a soplar trataba de cerrar las portezuelas del pequeño establecimiento, algunas revistas volaban para el beneplácito de aquellos que las recogían y sabían que no pagarían por ellas, Manolillo, así era el nombre del vendedor, encendía un cigarro mientras con su acento portugués me decía “Policarpio bastante te he aguantado y ahora me vas a destruir todo por lo que he trabajado.”
Al frente mío estaban paradas, en sus potentes motos, dos motos y un carrito lateral para ser exactos, en donde la tercera bruja dormía placidamente sin saber a donde le habían llevado. Sus ojos brillaban aún más que sus hebillas pulidas, sus sombreros puntiagudos me reafirmaban que si existen y tal cual como mi madre las había pintado cuando era un infante, sus botas y medias de rayas las hacían verse hasta divertidas, pero al sentir el odio encarnado en tanto pecado comprendí finalmente que del cuento a la realidad existe un gran trecho, tenía que pensar rápido o sería desecho.
La bruja vieja atacó de primera, rayos mal olientes trazaban el viento, chocolates y dulces brincaban sin muerte. El primer rayo fue a parar al kioskito, de un golpe destrozó medio establecimiento, un olor mezclado a azúcar quemada con papel periódico ensalzaba el ambiente, el segundo rayo rebotó en el piso, de inmediato saltó y estalló las bolsas de comida de una señora que por allí transitaba, que al ver el espectáculo quedó demacrada, llorando sentada con su boca pintada. El tercer rayo me alcanzó a mi, a pesar de todos mis esfuerzos por huir, era un rayo potente, lleno de poca brillantez, opaco en su andar, capaz de acabar.
Mi razón se vio ennegrecida por aquel rayo sin sentido, carente de toda lucidez y que me dejó perplejo y a la merced de aquel grupo asesino. Tirado en el suelo y aún sin saber como alguien podía arremeter con tanta ira, mi cerebro asaltado por aquella bruja no sabía que hacer, mirar hacia arriba, taparse el costado. La segunda bruja entró en acción, su movilidad era escasa, pero su odio gigante, de un brinco llegó a mi lado, moviendo cimientos, causando estragos, la tierra temblaba herida de muerte, el peso del caos parado a mi lado, yo ciego y sin fuerzas muy debilitado “que he hecho?” grité al cielo “para merecer este legado?
Metía sus manos en mis chamuscados bolsillos, no se que buscaba, no llevo riquezas, no llevo tesoros, tan solo mi alma con mucho decoro. Su peso inclemente aplastaba mi pecho, resentimiento latente clavado en mi frente, con sutil maldad buscaba llevarse todo aquello que a su paso encontrase. Gritando con fuerza me llamaba por nombres desconocidos, quizás me confundía con su ascendencia bandida, sus manos macabras pasaba por mi cara, buscaba y buscaba pero no encontraba. De un brinco hacia atrás salió de mi ser, la tercera bruja apenas veía el atardecer.
Sorprendida por aquel desbarajuste, la bruja que dormía abrió sus ojos ante la inclemencia de los rayos solares que se despedían de aquel día. Se acomodó su sombrero y miró a las otras brujas quienes explicaban las razones del odio, la piedra angular de una venganza planeada por tiempo y largas las horas, a veces de verdad no entiendo que llevaban en la cabeza aquellas señoras. Se acercó a mi persona, yo apenas podía moverme, el terror infundido mellaba el destino, hay veces entonces que no encontramos nuestro verdadero camino.
Estaba parada allí entre las otras dos brujas y yo, miraba hacia los dos lados, debatiéndose en sus decisiones, seguir al rebaño u optar por perdones. Venimos marcados por hebras entrelazadas, construidas muy lejos y no a desparpajo, somos lo que somos adentro y afuera, los genes relucen sin mucho pensar, hay historias que solo pueden acabar. De un salto certero brincó hacia mi, un daño potente pretendía hacer, un simple adelanto bastó sin querer, sorpresa tendida encontró a su ser cuando yo con tranquilidad y pausa simplemente la dejé entender.
Buscaban venganza y eso obtuvieron, el proceso es lento pues cura de a poco, el fuego con fuego solo deja cicatrices, a su ataque a mansalva esperé como quise, yo todo sabía por un simple error, cargadas de odio volvieron sus caras, se habían llevado materia y más nada, hay fuentes externas que se pueden perder, lo que adentro llevamos permanece en mi ser, no soy más ni menos, estoy lleno de errores más solo perdono no llevo rencores, la vida es muy corta muy larga a la vez, en serio me río al ver tanta insensatez, tres almas que odian buscando seguir, yo sigo tranquilo con mi existir, un día y muchos otros tendrán que pasar, mi eterno silencio las hará por los siglos de los siglos desesperar...
Mi existir continuaba su curso normal, el sol calienta y la noche es fría, sentado en el techo de mi hogar recordaba tiempos pasados, mejores quizás, sin nunca olvidar que lo que sucede tiene razones, con validez o no, pero inscritas en el libro de aquellos bastiones de nuestro andar, se puede reír se puede llorar pero de algo podemos estar seguros que nunca podremos escapar. Muchos enemigos he debido enfrentar, a lo largo de la carrera por llegar, de diversos matices y rencores guardados, pero nunca tan fuerte como el odio que aquellas tres brujas habían acumulado.
Con sus trajes negros y sombreros puntiagudos planeaban con precisión cada paso a seguir, la ira reinante se vuelve detonante, la miseria baldía está palpitante. Una de ellas pulía la hebilla característica de las mujeres que vuelan montadas sobre escobas, la otra trataba de quitarse una verruga en su nariz con una pócima preparada por ella misma, la tercera dormía rendida en Morfeo, tratando de huir de aquel arrebato, un ojo abierto ahora tenía pues miedo llevaba encajado en su seno, terror infundido por tanto cretino, su vida cuidaba que no fuera robada.
Mi maestro me lo había advertido, que a lo largo de un viaje se consiguen todo tipo de manos, amigas sinceras, odiosas traicioneras, sin esfuerzo se extienden buscando atrapar a todo lo que pase cerca de su radio de acción, se buscan amigos para soportar las andanzas, se buscan humanos para odiar con rencores. Como distinguir las variadas clases de manos es una tarea de milenios vividos, se trata y se trata en vano encontrar, las huellas marcadas tienen su historia, no todos fenecen buscando la gloria, si miras arriba y encuentras la nada avisa con prisa pues vuela ahuyentada.
En aquel cuarto tres brujas y un duende enano se alistaban calmados para brincar al terreno, es acaso que no sabían que por cada tres brujas hay un duende villano?, con cara de niño y mente deforme brindaba ideas el muy falsiforme. En el caldero preparaban una sopa de frutas, aquello sabía a rayo podrido, la urraca mascota chillaba al sentir aquel olor que podía destruir cualquier porvenir, el plan bien trazado habían pintado con creyones de cera en un pizarrón, despojarle de todo era la meta, humillarle y pisarle sin dispararle, misión anhelada por tantos minutos, el odio finalmente daría sus frutos.
Yo lo sabía, lo sentía venir, de antes, de mucho tiempo atrás. El que planea venganza debe cuidar todos sus pasos sin desesperar, muchos detalles me fueron abiertos, desde siempre consciente estuve de aquello, su plan bien macabro pude seguir sin duda no entiendo a veces porqué destruir. A veces despierto muy tarde en las noches, en esas que duermo con mis ojos abiertos, aquellas que surcan lentas y solas, recuerdos latentes que vienen y van, muchos se piensan que yo estoy muy loco, pero es que no me queda otra que reír cuando me acuerdo de aquellas tres brujas montadas en moto.
A toda velocidad venían a mi encuentro, la bruja vieja no había logrado despegar con su escoba por el peso de su conciencia, la gordita partió el palo de la misma al subirse por el peso corporal, la tercera seguía durmiendo y el duende decidió quedarse pues no le convencía aquel plan. Yo por mi parte y a pesar de haber descubierto el plan para aniquilarme con antelación no pude saber lo que me esperaba, enfrentarse al odio degenerado no es un juego de niños, había visto enemigos fuertes pero este trío me iba a mover las fibras.
Había salido a pasear, contando los pasos desde mi casa hasta el puesto de periódicos, los mismos ciento veinte y siete pasos de siempre, hay cosas que nunca cambian en la vida. Permanecer es tarea de algunos, otros simplemente estamos para volar libremente, no somos ni más ni menos por ello, simplemente nos han hecho distintos, no por ellos debemos ser estigmatizados, el problema reside en que les enseñan a sentir por lo que ven y no por aquello que se mueve adentro. Escuché a lo lejos el tenebroso estruendo de unas brujas sedientas, buscando venganza como busca agua el perdido en el desierto.
El vendedor del kioskito me miró a los ojos, como quien dice “por favor no me vayas a destruir el puestito de periódicos”. El me conocía desde años atrás, y algunas historias había escuchado, en esas tardes donde surcaba la vida anhelando que todo terminara donde había empezado. El hombre asustado por el viento que comenzó a soplar trataba de cerrar las portezuelas del pequeño establecimiento, algunas revistas volaban para el beneplácito de aquellos que las recogían y sabían que no pagarían por ellas, Manolillo, así era el nombre del vendedor, encendía un cigarro mientras con su acento portugués me decía “Policarpio bastante te he aguantado y ahora me vas a destruir todo por lo que he trabajado.”
Al frente mío estaban paradas, en sus potentes motos, dos motos y un carrito lateral para ser exactos, en donde la tercera bruja dormía placidamente sin saber a donde le habían llevado. Sus ojos brillaban aún más que sus hebillas pulidas, sus sombreros puntiagudos me reafirmaban que si existen y tal cual como mi madre las había pintado cuando era un infante, sus botas y medias de rayas las hacían verse hasta divertidas, pero al sentir el odio encarnado en tanto pecado comprendí finalmente que del cuento a la realidad existe un gran trecho, tenía que pensar rápido o sería desecho.
La bruja vieja atacó de primera, rayos mal olientes trazaban el viento, chocolates y dulces brincaban sin muerte. El primer rayo fue a parar al kioskito, de un golpe destrozó medio establecimiento, un olor mezclado a azúcar quemada con papel periódico ensalzaba el ambiente, el segundo rayo rebotó en el piso, de inmediato saltó y estalló las bolsas de comida de una señora que por allí transitaba, que al ver el espectáculo quedó demacrada, llorando sentada con su boca pintada. El tercer rayo me alcanzó a mi, a pesar de todos mis esfuerzos por huir, era un rayo potente, lleno de poca brillantez, opaco en su andar, capaz de acabar.
Mi razón se vio ennegrecida por aquel rayo sin sentido, carente de toda lucidez y que me dejó perplejo y a la merced de aquel grupo asesino. Tirado en el suelo y aún sin saber como alguien podía arremeter con tanta ira, mi cerebro asaltado por aquella bruja no sabía que hacer, mirar hacia arriba, taparse el costado. La segunda bruja entró en acción, su movilidad era escasa, pero su odio gigante, de un brinco llegó a mi lado, moviendo cimientos, causando estragos, la tierra temblaba herida de muerte, el peso del caos parado a mi lado, yo ciego y sin fuerzas muy debilitado “que he hecho?” grité al cielo “para merecer este legado?
Metía sus manos en mis chamuscados bolsillos, no se que buscaba, no llevo riquezas, no llevo tesoros, tan solo mi alma con mucho decoro. Su peso inclemente aplastaba mi pecho, resentimiento latente clavado en mi frente, con sutil maldad buscaba llevarse todo aquello que a su paso encontrase. Gritando con fuerza me llamaba por nombres desconocidos, quizás me confundía con su ascendencia bandida, sus manos macabras pasaba por mi cara, buscaba y buscaba pero no encontraba. De un brinco hacia atrás salió de mi ser, la tercera bruja apenas veía el atardecer.
Sorprendida por aquel desbarajuste, la bruja que dormía abrió sus ojos ante la inclemencia de los rayos solares que se despedían de aquel día. Se acomodó su sombrero y miró a las otras brujas quienes explicaban las razones del odio, la piedra angular de una venganza planeada por tiempo y largas las horas, a veces de verdad no entiendo que llevaban en la cabeza aquellas señoras. Se acercó a mi persona, yo apenas podía moverme, el terror infundido mellaba el destino, hay veces entonces que no encontramos nuestro verdadero camino.
Estaba parada allí entre las otras dos brujas y yo, miraba hacia los dos lados, debatiéndose en sus decisiones, seguir al rebaño u optar por perdones. Venimos marcados por hebras entrelazadas, construidas muy lejos y no a desparpajo, somos lo que somos adentro y afuera, los genes relucen sin mucho pensar, hay historias que solo pueden acabar. De un salto certero brincó hacia mi, un daño potente pretendía hacer, un simple adelanto bastó sin querer, sorpresa tendida encontró a su ser cuando yo con tranquilidad y pausa simplemente la dejé entender.
Buscaban venganza y eso obtuvieron, el proceso es lento pues cura de a poco, el fuego con fuego solo deja cicatrices, a su ataque a mansalva esperé como quise, yo todo sabía por un simple error, cargadas de odio volvieron sus caras, se habían llevado materia y más nada, hay fuentes externas que se pueden perder, lo que adentro llevamos permanece en mi ser, no soy más ni menos, estoy lleno de errores más solo perdono no llevo rencores, la vida es muy corta muy larga a la vez, en serio me río al ver tanta insensatez, tres almas que odian buscando seguir, yo sigo tranquilo con mi existir, un día y muchos otros tendrán que pasar, mi eterno silencio las hará por los siglos de los siglos desesperar...
Monday, May 01, 2006
Debes
Los días pasaban en su consecución normal, nada de cambios en su orden, después del domingo viene el lunes, no es así?, eso pensaba yo, eso pensamos todos, es solo que a veces no logramos distinguir entre uno y otro, se vuelven iguales, nos hacen sus presas. Todos pedimos u ofrecemos en algún momento, por ende debemos devolver o cumplir con la obligación. No se trata de un pacto nocturno, no es más que el deber intrínseco pegado al simple hecho que lo necesario en un momento puede ser requerido en otro, simple, si pedimos pagamos, si ofrecemos damos, es solo que hay maneras de pagar, hay maneras de dar. No se trata de un hombre especial, es acaso que era normal, su paciencia su eterna virtud, tan fuerte como un alud, centrado en su andar, fijado en su despertar, es un hombre común, y es muy trabajador, no es otro que el gran cobrador.
Hago el intento de armar el rompecabezas en mi mente, los recuerdos pueden ser armas mortales, quizás puedan salvarnos en otras oportunidades. Jugaba con mi china sentado en la mesa, mi madre al verme me pidió que me quedara tranquilo, mis ojos me delataban, tenía esa mirada clásica, esa que pongo cuando persigo al fantasma, el espectro de mi existir, aquel por el cual debo seguir, la razón desconocida que me hace vivir, la nada, el vacío que busco a diario y no encuentro, la noche sin luna que agobia mi mente, todo aquello que no está bien y debo enfrentar, no es más que la condena que debo pagar por decir la verdad y mi cabeza no bajar por no dejarme opacar por la suciedad de este triste estar. En un principio no entendí por qué a mí, pero hace tiempo dejé de preguntar, simplemente avanzo, sin mirar atrás. Aquel radiante día de abril iba a aprender muchas cosas, igualmente nuevas dudas invadirían mi ser, pero entendí una vez más que debo permanecer tranquilo ante la espera, que las situaciones se mueven de acuerdo a como las manejemos, y por sobre todo que debo ser constante, no cambiante, con lo que creo y se me ha encomendado.
Me pierdo, lo reconozco, y disculpen, a veces cuando mi mente procesa que los humanos odian para seguir, cuando siento que todos buscan venganza para subsistir. El cobrador, de eso empecé a hablar, un viejo y lastroso personaje, pero del cual no podemos escapar, de una manera u otra siempre tenemos algo en nuestro pasado que no ha quedado saldado. Mario Becerra, ese es su nombre, algunos dicen que nació en el Perú, otros dicen que en Paraguay, hay quienes aseveran que es Salvadoreño pero en realidad su acento no lo delata, es más bien un ciudadano del mundo, un ser del planeta, que está aquí y allá y que viene a cobrar las deudas desconocidas por la humanidad, aquellas que solo pocos saben que existen, aquellas que debemos honrar so pena de ser llamados ladrones por el resto de nuestra existencia, hay deudas de muchos tipos, hay ofrendas de distintas índoles, pero al final hay que subsanarlas, hay que borrarlas de nuestro existir.
La historia cuenta que era un farsante astrólogo, que agobiado por la mentira que suponía el hablar del futuro sin siquiera saber que era el presente aceptó el trabajo de cobrador, de enlutador del ayer, discapacitador del hoy, pesetero del futuro. Pero no hablo de un cobrador cualquiera, este hombre trabajaba en pro de la desgracia humana, llevaba las instrucciones directas de un algo superior, de aquello que vemos y no distinguimos. Sus facciones particulares le hacían visual a distancia, su lento caminar, su maletín en el cual guardaba aquella lista, una base de datos infinita, que manejaba a placer, sin orden causal ni lógica aplicada, simplemente la desfachatez encarnada. “Sabía que vendrías” dijo con su acento desconocido, sus ojos me miraban de arriba abajo, sus manos se movían nerviosas. “Aquí estoy” dije sin quitar mi mirada de su raído traje que hubiera estado de moda en los años setentas, “recibí su carta, y he venido a saldar, aquello que usted pretende cobrar, aún sin entender que he podido dejar sin pagar”. El hombrecillo sonrió, se sopló la nariz con un pañuelo que olía a hollín y se sentó al frente de mi. “Es que no debes dinero Policarpio, tu debes otra cosa”, yo ponía cara de no saber de que hablaba, sabía que no se trataba de dinero, yo sabía perfectamente a que se refería el astrólogo convertido en cobrador.
Abrió su fétido maletín y sacó un pequeño sobre color crema, me lo entregó y dijo “lee Policarpio, tu deuda con el planeta, claro está, recordada a nuestra institución por un viejo enemigo tuyo, el cual no puedo mencionar”. Detenidamente leí aquellas dos líneas llenas de incongruencias insalvables, de ataques a mansalva, de venganzas idolatradas, de dolor irreparable. “Como se supone que pague esto?, le dije al hombrecillo, “pues eso no es mi problema” respondió, “yo solo estoy aquí para cobrar”. Mi plan era hacer tiempo, distraer si era posible al mañoso y hábil cobrador, la forma de pagar era clara y precisa, solo que yo no estaba dispuesto a ofrendar mi existir por el triste transcurrir de algunos que olvidaron que el valor de las cosas viene dado por su intención y no por su peso en oro.
“La persona que ha incluido tu nombre en la lista de deudas desea que te destruya sin piedad” dijo el cobrador, “entonces Policarpio, como hacemos?, con sufrimiento o sin él?” agregó el farsante cobrador. Mirando fijamente al pequeño hombrecillo le dije “pues bien detestable figurilla, tengo tiempo sin sentir el dolor, así que vamos a hacerlo con sufrimiento incluido”. El maléfico enanillo se frotó las manos dando indicios de su placer por el dolor ajeno, sin mediar palabras echó un polvo mugriento sobre mi cara que no pude evitar, en pocos segundos los sueños más detestables del universo pululaban en mi mente, soñaba con aquel olor fétido que siempre salía al enfrentar a mis enemigos, veía el sutil color de sus cabellos que no lograban poblar su enorme cabeza, escuchaba las risas propias de la desesperación, de aquellas dudas que siempre quedarán. Rendido y a la merced de aquel siniestro personaje me trasladaba a su recinto enfermizo, a su casa, en la gran vereda del Valle Verde.
Los gritos infernales me hicieron despertar, no eran míos, solo de otros que como yo debían algo, que pagaban lentamente por sus culpas, o así te lo hacían sentir. Cuartos divididos por telas colgadas hacían de aquella experiencia algo devastador, cerca de mí le cobraban a una madre por haber pedido clemencia al juez que le entregó sus hijos al padre, en otro rincón un pequeño niño sufría al sentir el soplete en sus manos por haber pedido unas barajitas del album de moda y no haberlas devuelto, la vieja, aquella vieja devastada lloraba mientras le ensartaban alfileres en sus brazos por haber pedido hilo y agujas a una amiga los cuales nunca retornó.
La cuestión no paraba allí, estos eran simples casos, de la vida diaria, del quehacer normal del universo, del juego terrible de los humanos, de la violencia y venganza desatada por los poderosos. El enano enfermizo se acercó y me propinó una cachetada, su risa vacía y sin destino retumbaba en aquella casa llena de odio y desolación, caminando hacia otro cuarto me topé con un hombre que apenas podía caminar, era llevado por uno de los secuaces del cobrador, el “gordo traición”, personaje asqueroso, de uñas largas y barriga colgante que se dedicaba a torturar individuos bajo las órdenes del cobrador. Sentado en una silla y el sudor corriendo por mi frente pude ver como le taladraban las rodillas a un joven que según se podía leer en la pizarra que contenía la orden del día debía pagar por haber vendido unas promesas de matrimonio a algunas damas de la sociedad.
Pude ver con mis ojos como el hombre que vendió a su madre sufría la dureza de un martillo en sus pies, la mujer que traicionó su palabra era ensartada entre gritos y sollozos, pude ver, tantas cosas pude ver. La violadora del mutuo acuerdo lloraba desconsolada por la presión en su pecho de un yunque gigante, el mutilador de la palabra yacía inerte en el piso, y así otros tantos más que pagaban, con razón o sin razón, que simplemente pagaban por el hecho de existir. De golpe se abrió una puerta, el “gordo traición” con sus dientes separados hizo su entrada, lo mismo hizo el cobrador, pero mi sorpresa llegó cuando vi frente a mi a aquel que me había tendido la trampa, aquel detestable enemigo que vendió mi nombre al cobrador, esto iba en contra de las reglas, pero que sabe de reglas el que las rompe, con el simple hecho de llamarse humano.
Sus risas sonoras hicieron que yo también sonriera, para su sorpresa por supuesto, como todo dueño de la irracionalidad, el que ríe cuando siente que otro no debe reír pues se disgusta con facilidad. Los nefastos personajes me veían fijamente, yo hacía lo propio, murmuraban cosas entre si, discutían acerca de mi vida, sin darse cuenta que ellos ni siquiera son parte de ella. “Pues bien Policarpio” se acercó diciendo el cobrador, “con tu existir debes pagar estas tantas deudas que tienes con el mal, con dolor has elegido, y por eso te he traído, puedes cerrar tus ojos para no ver lo que te espera, como ves tres contra uno es demasiado, esta vez no sales de esta pequeño soldado”.
“Por no haber bajado la cabeza ante la injusticia reinante en el planeta, debes Policarpio, nos debes a los mercaderes del mal, debes por no ser un fiel cordero que sigue al rebaño, por no haber cedido ante las órdenes de la malevolencia unificada, nos debes Policarpio, por intentar quebrar la irracionalidad del curso normal del existir, por no seguir los pasos indicados por el manual, por querer ser en vez de ser lo que queremos que seas, nos debes, nos debes, por haber nacido, por venir al planeta a no seguir nuestros dictámenes, por desestabilizar el equilibrio que te habíamos impuesto, te ordeno que pagues odiado Policarpio, por no haberme obedecido” sentenció mi enemigo gritando con todas sus fuerzas, mientras se acomodaba sus lentes y arreglaba el poco cabello que le quedaba.
El “gordo traición” se acercó, pude calcular que tenía unos dos meses sin bañarse, tomó un alicate y empezó a apretar mis dedos de los pies uno a uno, el dolor era poco tolerable, pero en esos momentos es cuando el espíritu abandona al armatoste, de lejos veía como era torturado por mi famosa “deuda”, sin piedad me golpeaban, pero no lo sentía, somos ajenos al dolor inflingido por el mal, sentimos lo que queremos sentir, lo demás se lo dejamos al planeta, a los recolectores de sentires, a aquellos que tienen otra tarea. De nuevo dentro de mi y con el dolor palpitante pude ver como mi enemigo se acercaba, traía en su mano, su arma, afilado papel, de color, y de forma rectangular, procedió a hacerme pequeños cortes en mi cara, sin darse cuenta se acercó más de lo debido y mirándole a los ojos le recordé que mi deuda era su invención y que él por el contrario si me debía más que la intención.
El asombrado hombre, quien se había olvidado que la palabra puede más que todo su peso se enfureció levantando sus manos, creando una ventana de oportunidad, tapándole la vista al “gordo traición” y al cobrador, de mi bolsillo, mi china, con rapidez, un garbanzo a la frente del cobrador quien cayó al suelo, otro a los genitales del “gordo traición” quien no sintió nada pero de la sorpresa cayó al suelo, y simplemente me lancé a un lado dejando la silla vacante, en donde los brazos cortos y peludos de aquel hombre chocaron con el metal partiéndose como caramelo de torta. Un chinazo en la cabeza calva y sucia de aquel hombre lo dejó fuera de combate, me acerqué al “gordo traición” y después de recordarle que no es bueno desear lo que no es tuyo y menos si se trata de una persona le propiné una sonora patada en la espinilla que se la resquebrajó de inmediato, caminando hacia el cobrador me acordé que la venganza no es buena, nunca, bajo ningún motivo, que no vine al mundo a cobrarle a los demás por lo que me han hecho, sino que estoy aquí para recordarles que dormimos más tranquilos sino hemos hecho el mal a sabiendas que lo estamos haciendo.
El pequeño hombrecillo, el cobrador, otrora farsante astrólogo me miraba con ojos llorosos, con rapidez buscó afanosamente en una de sus listas, allí estaba el nombre, el nombre de aquel sucio mercader de almas que yacía en el piso unos metros más allá y que tenía una vieja deuda conmigo. El cobrador me ofreció hacerle pagar de inmediato a cambio de que le dejara ir, sin pensar le dije “ni tu ni yo nos encargaremos de ese asqueroso ser, su deuda no es conmigo, es con él mismo, el simplemente le debe a su conciencia…”
Hago el intento de armar el rompecabezas en mi mente, los recuerdos pueden ser armas mortales, quizás puedan salvarnos en otras oportunidades. Jugaba con mi china sentado en la mesa, mi madre al verme me pidió que me quedara tranquilo, mis ojos me delataban, tenía esa mirada clásica, esa que pongo cuando persigo al fantasma, el espectro de mi existir, aquel por el cual debo seguir, la razón desconocida que me hace vivir, la nada, el vacío que busco a diario y no encuentro, la noche sin luna que agobia mi mente, todo aquello que no está bien y debo enfrentar, no es más que la condena que debo pagar por decir la verdad y mi cabeza no bajar por no dejarme opacar por la suciedad de este triste estar. En un principio no entendí por qué a mí, pero hace tiempo dejé de preguntar, simplemente avanzo, sin mirar atrás. Aquel radiante día de abril iba a aprender muchas cosas, igualmente nuevas dudas invadirían mi ser, pero entendí una vez más que debo permanecer tranquilo ante la espera, que las situaciones se mueven de acuerdo a como las manejemos, y por sobre todo que debo ser constante, no cambiante, con lo que creo y se me ha encomendado.
Me pierdo, lo reconozco, y disculpen, a veces cuando mi mente procesa que los humanos odian para seguir, cuando siento que todos buscan venganza para subsistir. El cobrador, de eso empecé a hablar, un viejo y lastroso personaje, pero del cual no podemos escapar, de una manera u otra siempre tenemos algo en nuestro pasado que no ha quedado saldado. Mario Becerra, ese es su nombre, algunos dicen que nació en el Perú, otros dicen que en Paraguay, hay quienes aseveran que es Salvadoreño pero en realidad su acento no lo delata, es más bien un ciudadano del mundo, un ser del planeta, que está aquí y allá y que viene a cobrar las deudas desconocidas por la humanidad, aquellas que solo pocos saben que existen, aquellas que debemos honrar so pena de ser llamados ladrones por el resto de nuestra existencia, hay deudas de muchos tipos, hay ofrendas de distintas índoles, pero al final hay que subsanarlas, hay que borrarlas de nuestro existir.
La historia cuenta que era un farsante astrólogo, que agobiado por la mentira que suponía el hablar del futuro sin siquiera saber que era el presente aceptó el trabajo de cobrador, de enlutador del ayer, discapacitador del hoy, pesetero del futuro. Pero no hablo de un cobrador cualquiera, este hombre trabajaba en pro de la desgracia humana, llevaba las instrucciones directas de un algo superior, de aquello que vemos y no distinguimos. Sus facciones particulares le hacían visual a distancia, su lento caminar, su maletín en el cual guardaba aquella lista, una base de datos infinita, que manejaba a placer, sin orden causal ni lógica aplicada, simplemente la desfachatez encarnada. “Sabía que vendrías” dijo con su acento desconocido, sus ojos me miraban de arriba abajo, sus manos se movían nerviosas. “Aquí estoy” dije sin quitar mi mirada de su raído traje que hubiera estado de moda en los años setentas, “recibí su carta, y he venido a saldar, aquello que usted pretende cobrar, aún sin entender que he podido dejar sin pagar”. El hombrecillo sonrió, se sopló la nariz con un pañuelo que olía a hollín y se sentó al frente de mi. “Es que no debes dinero Policarpio, tu debes otra cosa”, yo ponía cara de no saber de que hablaba, sabía que no se trataba de dinero, yo sabía perfectamente a que se refería el astrólogo convertido en cobrador.
Abrió su fétido maletín y sacó un pequeño sobre color crema, me lo entregó y dijo “lee Policarpio, tu deuda con el planeta, claro está, recordada a nuestra institución por un viejo enemigo tuyo, el cual no puedo mencionar”. Detenidamente leí aquellas dos líneas llenas de incongruencias insalvables, de ataques a mansalva, de venganzas idolatradas, de dolor irreparable. “Como se supone que pague esto?, le dije al hombrecillo, “pues eso no es mi problema” respondió, “yo solo estoy aquí para cobrar”. Mi plan era hacer tiempo, distraer si era posible al mañoso y hábil cobrador, la forma de pagar era clara y precisa, solo que yo no estaba dispuesto a ofrendar mi existir por el triste transcurrir de algunos que olvidaron que el valor de las cosas viene dado por su intención y no por su peso en oro.
“La persona que ha incluido tu nombre en la lista de deudas desea que te destruya sin piedad” dijo el cobrador, “entonces Policarpio, como hacemos?, con sufrimiento o sin él?” agregó el farsante cobrador. Mirando fijamente al pequeño hombrecillo le dije “pues bien detestable figurilla, tengo tiempo sin sentir el dolor, así que vamos a hacerlo con sufrimiento incluido”. El maléfico enanillo se frotó las manos dando indicios de su placer por el dolor ajeno, sin mediar palabras echó un polvo mugriento sobre mi cara que no pude evitar, en pocos segundos los sueños más detestables del universo pululaban en mi mente, soñaba con aquel olor fétido que siempre salía al enfrentar a mis enemigos, veía el sutil color de sus cabellos que no lograban poblar su enorme cabeza, escuchaba las risas propias de la desesperación, de aquellas dudas que siempre quedarán. Rendido y a la merced de aquel siniestro personaje me trasladaba a su recinto enfermizo, a su casa, en la gran vereda del Valle Verde.
Los gritos infernales me hicieron despertar, no eran míos, solo de otros que como yo debían algo, que pagaban lentamente por sus culpas, o así te lo hacían sentir. Cuartos divididos por telas colgadas hacían de aquella experiencia algo devastador, cerca de mí le cobraban a una madre por haber pedido clemencia al juez que le entregó sus hijos al padre, en otro rincón un pequeño niño sufría al sentir el soplete en sus manos por haber pedido unas barajitas del album de moda y no haberlas devuelto, la vieja, aquella vieja devastada lloraba mientras le ensartaban alfileres en sus brazos por haber pedido hilo y agujas a una amiga los cuales nunca retornó.
La cuestión no paraba allí, estos eran simples casos, de la vida diaria, del quehacer normal del universo, del juego terrible de los humanos, de la violencia y venganza desatada por los poderosos. El enano enfermizo se acercó y me propinó una cachetada, su risa vacía y sin destino retumbaba en aquella casa llena de odio y desolación, caminando hacia otro cuarto me topé con un hombre que apenas podía caminar, era llevado por uno de los secuaces del cobrador, el “gordo traición”, personaje asqueroso, de uñas largas y barriga colgante que se dedicaba a torturar individuos bajo las órdenes del cobrador. Sentado en una silla y el sudor corriendo por mi frente pude ver como le taladraban las rodillas a un joven que según se podía leer en la pizarra que contenía la orden del día debía pagar por haber vendido unas promesas de matrimonio a algunas damas de la sociedad.
Pude ver con mis ojos como el hombre que vendió a su madre sufría la dureza de un martillo en sus pies, la mujer que traicionó su palabra era ensartada entre gritos y sollozos, pude ver, tantas cosas pude ver. La violadora del mutuo acuerdo lloraba desconsolada por la presión en su pecho de un yunque gigante, el mutilador de la palabra yacía inerte en el piso, y así otros tantos más que pagaban, con razón o sin razón, que simplemente pagaban por el hecho de existir. De golpe se abrió una puerta, el “gordo traición” con sus dientes separados hizo su entrada, lo mismo hizo el cobrador, pero mi sorpresa llegó cuando vi frente a mi a aquel que me había tendido la trampa, aquel detestable enemigo que vendió mi nombre al cobrador, esto iba en contra de las reglas, pero que sabe de reglas el que las rompe, con el simple hecho de llamarse humano.
Sus risas sonoras hicieron que yo también sonriera, para su sorpresa por supuesto, como todo dueño de la irracionalidad, el que ríe cuando siente que otro no debe reír pues se disgusta con facilidad. Los nefastos personajes me veían fijamente, yo hacía lo propio, murmuraban cosas entre si, discutían acerca de mi vida, sin darse cuenta que ellos ni siquiera son parte de ella. “Pues bien Policarpio” se acercó diciendo el cobrador, “con tu existir debes pagar estas tantas deudas que tienes con el mal, con dolor has elegido, y por eso te he traído, puedes cerrar tus ojos para no ver lo que te espera, como ves tres contra uno es demasiado, esta vez no sales de esta pequeño soldado”.
“Por no haber bajado la cabeza ante la injusticia reinante en el planeta, debes Policarpio, nos debes a los mercaderes del mal, debes por no ser un fiel cordero que sigue al rebaño, por no haber cedido ante las órdenes de la malevolencia unificada, nos debes Policarpio, por intentar quebrar la irracionalidad del curso normal del existir, por no seguir los pasos indicados por el manual, por querer ser en vez de ser lo que queremos que seas, nos debes, nos debes, por haber nacido, por venir al planeta a no seguir nuestros dictámenes, por desestabilizar el equilibrio que te habíamos impuesto, te ordeno que pagues odiado Policarpio, por no haberme obedecido” sentenció mi enemigo gritando con todas sus fuerzas, mientras se acomodaba sus lentes y arreglaba el poco cabello que le quedaba.
El “gordo traición” se acercó, pude calcular que tenía unos dos meses sin bañarse, tomó un alicate y empezó a apretar mis dedos de los pies uno a uno, el dolor era poco tolerable, pero en esos momentos es cuando el espíritu abandona al armatoste, de lejos veía como era torturado por mi famosa “deuda”, sin piedad me golpeaban, pero no lo sentía, somos ajenos al dolor inflingido por el mal, sentimos lo que queremos sentir, lo demás se lo dejamos al planeta, a los recolectores de sentires, a aquellos que tienen otra tarea. De nuevo dentro de mi y con el dolor palpitante pude ver como mi enemigo se acercaba, traía en su mano, su arma, afilado papel, de color, y de forma rectangular, procedió a hacerme pequeños cortes en mi cara, sin darse cuenta se acercó más de lo debido y mirándole a los ojos le recordé que mi deuda era su invención y que él por el contrario si me debía más que la intención.
El asombrado hombre, quien se había olvidado que la palabra puede más que todo su peso se enfureció levantando sus manos, creando una ventana de oportunidad, tapándole la vista al “gordo traición” y al cobrador, de mi bolsillo, mi china, con rapidez, un garbanzo a la frente del cobrador quien cayó al suelo, otro a los genitales del “gordo traición” quien no sintió nada pero de la sorpresa cayó al suelo, y simplemente me lancé a un lado dejando la silla vacante, en donde los brazos cortos y peludos de aquel hombre chocaron con el metal partiéndose como caramelo de torta. Un chinazo en la cabeza calva y sucia de aquel hombre lo dejó fuera de combate, me acerqué al “gordo traición” y después de recordarle que no es bueno desear lo que no es tuyo y menos si se trata de una persona le propiné una sonora patada en la espinilla que se la resquebrajó de inmediato, caminando hacia el cobrador me acordé que la venganza no es buena, nunca, bajo ningún motivo, que no vine al mundo a cobrarle a los demás por lo que me han hecho, sino que estoy aquí para recordarles que dormimos más tranquilos sino hemos hecho el mal a sabiendas que lo estamos haciendo.
El pequeño hombrecillo, el cobrador, otrora farsante astrólogo me miraba con ojos llorosos, con rapidez buscó afanosamente en una de sus listas, allí estaba el nombre, el nombre de aquel sucio mercader de almas que yacía en el piso unos metros más allá y que tenía una vieja deuda conmigo. El cobrador me ofreció hacerle pagar de inmediato a cambio de que le dejara ir, sin pensar le dije “ni tu ni yo nos encargaremos de ese asqueroso ser, su deuda no es conmigo, es con él mismo, el simplemente le debe a su conciencia…”
Wednesday, April 05, 2006
Carta a quien la quiera...
Ahora me acuerdo, recuerdo donde comenzó todo, al menos eso creo, quizás eso me hago creer, simplemente eso me permito decirte. Era una tarde como todas, de esas que pasan al olvido sin siquiera saber que existieron, uno de esos días en donde se nos pasa por alto que cada minuto cuenta, que cada hora es parte de nosotros, que los días no vuelven y que venimos una sola vez. A los rencores y molestias no les importa cuanto tiempo les llevemos, esa es su profesión, a eso se dedican, debemos erradicarlos so pena de cargarlos eternamente, mientras pasa el tiempo nos alejamos de aquello que un día soñamos.
Me vienen a la mente trazos de aquellos días, todos tenemos un pasado, todos tenemos un futuro en algún lado, es solo que si lo dejamos ir por no hacer un esfuerzo, tarde será cuando tratemos de alcanzarle de nuevo. Hay lugares específicos, hay momentos determinados, pero los problemas no se resuelven escondiendo la cabeza y mirando hacia otro lado, hay situaciones claras, hay espacios vacíos, pero las diferencias hay que hablarlas y no dejarlas guardadas en un cajón para que crezcan hasta romper la cerradura.
A veces, solo a veces debemos bajar la guardia, mirar hacia delante y retomar el camino por donde vinimos. Cuando pensamos que no tenemos nada que perder y nos da por ser presas de la definitiva es cuando usualmente cometemos los errores más costosos. Nadie dijo que iba a ser fácil, sería aburrido, sin sentido, los obstáculos son solo piedras en el camino, y esas piedras hacen que el camino sea más humano, adornan nuestro andar, es solo que debemos aprender a esquivarlas, o quizás a tropezar con ellas, varias veces, hasta que en el fondo de nuestros seres aprendamos, nos convenzamos que la vida es corta pero se nos hace larga.
Yo no he venido a recordarte que existo, no estoy aquí para obligarte, no pienso rogar, no tengo intenciones de molestar. Si muy lejos me enviaste es por algo que lo has hecho, si tu tienes tus razones, yo las mías guardo aquí, en tu mundo no hay cabida para seres de mi estirpe, no te aflijas, ya no llores, este peculiar lugar tiene una forma de jugar, no preguntes de que trata, pues no se su validez, cada vez que pienso en ti y veo mi mundo al revés solo puedo sonreír pues no eres más que la razón de mi existir.
Como ves ni yo me entiendo, es por momentos que disuelvo, interiorizo muy adentro que yo se que es lo que siento. Si el mundo me lo quita yo devuelvo la visita, sin embargo si me dan solo debo agradecer, no es perder, no es hacer, es tan solo un querer, de esos locos y eternos, bien sabidos y testarudos, amigables y rozagantes, desde ahora al infinito, de un paso a un brinco. No me trates de entender, yo solo he venido a ser, desde lejos tu desprecio hace mella en mi andar, si un momento recordaras en aquello que creíste no dudarías ni un segundo en buscarme como aguja en el pajar, es mejor estar sin ver que pasar el resto escondidos con pesar.
Muchas letras he escrito, en mi largo caminar, nunca buenas, nunca sabias, solo reflejo de mi andar. Muchos sueños he tenido, unos rotos, otros completos, solo que mentiría si te digo que no sueño contigo. Cuando mires a la noche y veas esa estrella pasar recuerda que hubo alguien que nunca te dejó de amar. Si en tu risa ronca y gruesa sientes que falta un pedazo, no preguntes, mira al cielo, y allí estaré prendido. Hace tiempo que dejé de preguntar, eso ha aliviado mi pesar, solo quisiera hacer una pregunta más, pero mi promesa he de reservar, si la hago no sería, de no hacerlo duda eterna, hoy prefiero ver adentro que mañana no poder.
Lo infinito no se define, más bien carece de esa cualidad del fin, este dulce trabalenguas tiene un comienzo sin final, eso creo, eso siento, y aún no aprendo a esperar. Te agradezco que me avises si un minuto has pensado, desde un lado o del otro, y porqué me has abandonado, yo sigo parado en mi lugar, al igual que en mi pasado, sin promesas ni esperanzas solo recordando que se fue, entender sería mucho, el saber es de los dioses, si tu sabes y yo se porqué dañar lo ya creado, que no quede en el pasado lo que es nuestro futuro, poco a poco, paso a paso, te alejas lentamente, hoy no sientes, quien sabe mañana, y ni siquiera ha pasado una semana.
Como ves ya me voy, he robado tu ocupado tiempo, me encargado de quitarte un minuto del pensar. Si tu crees que está bien pues continúa bien derecho, solamente te recuerdo que escriben líneas rectas sobre nuestro camino maltrecho. Sin dudar has decidido que el pasado es mejor, no olvides ni recuerdes, pues ave de paso soy, pido disculpas por haberme inmiscuido en tu perfecto sazonar, nunca fue mi intención herir ni menos hacerte llorar, cuando busques algún día a mi sombra en tu costado, no podrás determinar si estoy o no a tu lado…
Me vienen a la mente trazos de aquellos días, todos tenemos un pasado, todos tenemos un futuro en algún lado, es solo que si lo dejamos ir por no hacer un esfuerzo, tarde será cuando tratemos de alcanzarle de nuevo. Hay lugares específicos, hay momentos determinados, pero los problemas no se resuelven escondiendo la cabeza y mirando hacia otro lado, hay situaciones claras, hay espacios vacíos, pero las diferencias hay que hablarlas y no dejarlas guardadas en un cajón para que crezcan hasta romper la cerradura.
A veces, solo a veces debemos bajar la guardia, mirar hacia delante y retomar el camino por donde vinimos. Cuando pensamos que no tenemos nada que perder y nos da por ser presas de la definitiva es cuando usualmente cometemos los errores más costosos. Nadie dijo que iba a ser fácil, sería aburrido, sin sentido, los obstáculos son solo piedras en el camino, y esas piedras hacen que el camino sea más humano, adornan nuestro andar, es solo que debemos aprender a esquivarlas, o quizás a tropezar con ellas, varias veces, hasta que en el fondo de nuestros seres aprendamos, nos convenzamos que la vida es corta pero se nos hace larga.
Yo no he venido a recordarte que existo, no estoy aquí para obligarte, no pienso rogar, no tengo intenciones de molestar. Si muy lejos me enviaste es por algo que lo has hecho, si tu tienes tus razones, yo las mías guardo aquí, en tu mundo no hay cabida para seres de mi estirpe, no te aflijas, ya no llores, este peculiar lugar tiene una forma de jugar, no preguntes de que trata, pues no se su validez, cada vez que pienso en ti y veo mi mundo al revés solo puedo sonreír pues no eres más que la razón de mi existir.
Como ves ni yo me entiendo, es por momentos que disuelvo, interiorizo muy adentro que yo se que es lo que siento. Si el mundo me lo quita yo devuelvo la visita, sin embargo si me dan solo debo agradecer, no es perder, no es hacer, es tan solo un querer, de esos locos y eternos, bien sabidos y testarudos, amigables y rozagantes, desde ahora al infinito, de un paso a un brinco. No me trates de entender, yo solo he venido a ser, desde lejos tu desprecio hace mella en mi andar, si un momento recordaras en aquello que creíste no dudarías ni un segundo en buscarme como aguja en el pajar, es mejor estar sin ver que pasar el resto escondidos con pesar.
Muchas letras he escrito, en mi largo caminar, nunca buenas, nunca sabias, solo reflejo de mi andar. Muchos sueños he tenido, unos rotos, otros completos, solo que mentiría si te digo que no sueño contigo. Cuando mires a la noche y veas esa estrella pasar recuerda que hubo alguien que nunca te dejó de amar. Si en tu risa ronca y gruesa sientes que falta un pedazo, no preguntes, mira al cielo, y allí estaré prendido. Hace tiempo que dejé de preguntar, eso ha aliviado mi pesar, solo quisiera hacer una pregunta más, pero mi promesa he de reservar, si la hago no sería, de no hacerlo duda eterna, hoy prefiero ver adentro que mañana no poder.
Lo infinito no se define, más bien carece de esa cualidad del fin, este dulce trabalenguas tiene un comienzo sin final, eso creo, eso siento, y aún no aprendo a esperar. Te agradezco que me avises si un minuto has pensado, desde un lado o del otro, y porqué me has abandonado, yo sigo parado en mi lugar, al igual que en mi pasado, sin promesas ni esperanzas solo recordando que se fue, entender sería mucho, el saber es de los dioses, si tu sabes y yo se porqué dañar lo ya creado, que no quede en el pasado lo que es nuestro futuro, poco a poco, paso a paso, te alejas lentamente, hoy no sientes, quien sabe mañana, y ni siquiera ha pasado una semana.
Como ves ya me voy, he robado tu ocupado tiempo, me encargado de quitarte un minuto del pensar. Si tu crees que está bien pues continúa bien derecho, solamente te recuerdo que escriben líneas rectas sobre nuestro camino maltrecho. Sin dudar has decidido que el pasado es mejor, no olvides ni recuerdes, pues ave de paso soy, pido disculpas por haberme inmiscuido en tu perfecto sazonar, nunca fue mi intención herir ni menos hacerte llorar, cuando busques algún día a mi sombra en tu costado, no podrás determinar si estoy o no a tu lado…
Thursday, March 30, 2006
Sumarial
Dices, tantas cosas dices, lo gritas a los cuatro vientos, pero no quieres que nadie lo sepa. Es tu secreto, que has revelado al decírmelo, pero sigue siendo tu secreto, o quizás es de los dos, pero es que no hay secretos de dos, o si?. Ahora tu secreto es mío, forma parte de lo que se y puedo entender, quien sabe si realmente entiendo, aquí en este planeta hay horizontes llamados a solo ser vistos sin comprender su esplendor.
Me siento, a conversar conmigo mismo, tengo tiempo sin hablarme, a veces se me olvida que existo. Me hago algunas preguntas, las contesto sin pensarlo mucho, sonrío, usualmente cuando mis respuestas carecen de profundidad quiere decir que mi mente está en otro lado. Indago un poco más, aún no deseo responderme, o quizás me he respondido y no me he escuchado, estoy frente a un espejo, el reflejo de mi alma.
Ordenas que me calle, so pena de incurrir en un delito infinito, tu secreto, debo guardar, pero donde lo pongo?, me pregunto, ese tipo de secretos van a lugares muy precisos, en donde solo llegan pocos, donde habita la razón de nuestra existencia. Los secretos pueden tornarse prohibidos pueden ser la causa del olvido, nos liberan de presiones, nos exigen decisiones, son secretos, eso son, conocidos a una parte, incansables en su andar.
Cuéntame, eso me digo, pero me rehuso a declarar, me exijo que me concentre, demando atención a mis preguntas certeras y precisas. Pretendo descubrir de una vez de que se trata, pero me niego a dejarme entrar, mi distracción es benevolente, por qué habría de dejarla ir, por un capricho de mi razón empecinada?, como explicas todo eso que no está en los libros, que escapa lo mundano, que te hace más humano.
No entiendes la base en donde se sustenta tu secreto, me permito decirte que los secretos son trozos de viento que penetran nuestros tímpanos haciéndonos sonreír, o por el contrario llorar, pero ellos no saben de reglas, ni destinos, solo conocen su verdad, y por eso son secretos, para lograr su cometido, para llegar a puerto firme, para alcanzar sueños perdidos, para cimentar en uno, lo que dos han convenido.
Me miro a los ojos, ellos no podrían mentirme, llevan tatuado el saber de mi existir. Apenas pestañean, permanecen incólumes ante mi asecho, no pretenden hablar de más, no quieren ser cómplices de jugar con la verdad. Mantengo esa sonrisa que pocos saben disfrutar, pretendo hablar, pero solo cuando pueda expresar, a veces es mejor callar, aún corriendo el riesgo de naufragar.
Nace en ti, sale, regresa, regalas en tu mirada el sabor de ese secreto, ahora lo he probado, estoy consciente de lo que significa, le puedo ver. Como ves el secreto ya es divisible, se comparte, tiene principio y final, lo podemos guardar y proteger, podemos verle crecer. Agradezco que lo hayas entregado, disfruto que lo hayas compartido, es puro como el agua en el nido.
Ahora todo es una mezcla, un sin fin de colores que nublan los sentidos, no pretendo hacerme más preguntas, las respuestas ya las conozco. Te acercas y me tomas de la mano, me invitas a volar en la inmensidad del resto de la existencia, tu secreto me has dado, el mío he liberado, y de ahora y para siempre somos uno reflejados en nuestro espejo, en el espejo de aquello que llaman vida…
Me siento, a conversar conmigo mismo, tengo tiempo sin hablarme, a veces se me olvida que existo. Me hago algunas preguntas, las contesto sin pensarlo mucho, sonrío, usualmente cuando mis respuestas carecen de profundidad quiere decir que mi mente está en otro lado. Indago un poco más, aún no deseo responderme, o quizás me he respondido y no me he escuchado, estoy frente a un espejo, el reflejo de mi alma.
Ordenas que me calle, so pena de incurrir en un delito infinito, tu secreto, debo guardar, pero donde lo pongo?, me pregunto, ese tipo de secretos van a lugares muy precisos, en donde solo llegan pocos, donde habita la razón de nuestra existencia. Los secretos pueden tornarse prohibidos pueden ser la causa del olvido, nos liberan de presiones, nos exigen decisiones, son secretos, eso son, conocidos a una parte, incansables en su andar.
Cuéntame, eso me digo, pero me rehuso a declarar, me exijo que me concentre, demando atención a mis preguntas certeras y precisas. Pretendo descubrir de una vez de que se trata, pero me niego a dejarme entrar, mi distracción es benevolente, por qué habría de dejarla ir, por un capricho de mi razón empecinada?, como explicas todo eso que no está en los libros, que escapa lo mundano, que te hace más humano.
No entiendes la base en donde se sustenta tu secreto, me permito decirte que los secretos son trozos de viento que penetran nuestros tímpanos haciéndonos sonreír, o por el contrario llorar, pero ellos no saben de reglas, ni destinos, solo conocen su verdad, y por eso son secretos, para lograr su cometido, para llegar a puerto firme, para alcanzar sueños perdidos, para cimentar en uno, lo que dos han convenido.
Me miro a los ojos, ellos no podrían mentirme, llevan tatuado el saber de mi existir. Apenas pestañean, permanecen incólumes ante mi asecho, no pretenden hablar de más, no quieren ser cómplices de jugar con la verdad. Mantengo esa sonrisa que pocos saben disfrutar, pretendo hablar, pero solo cuando pueda expresar, a veces es mejor callar, aún corriendo el riesgo de naufragar.
Nace en ti, sale, regresa, regalas en tu mirada el sabor de ese secreto, ahora lo he probado, estoy consciente de lo que significa, le puedo ver. Como ves el secreto ya es divisible, se comparte, tiene principio y final, lo podemos guardar y proteger, podemos verle crecer. Agradezco que lo hayas entregado, disfruto que lo hayas compartido, es puro como el agua en el nido.
Ahora todo es una mezcla, un sin fin de colores que nublan los sentidos, no pretendo hacerme más preguntas, las respuestas ya las conozco. Te acercas y me tomas de la mano, me invitas a volar en la inmensidad del resto de la existencia, tu secreto me has dado, el mío he liberado, y de ahora y para siempre somos uno reflejados en nuestro espejo, en el espejo de aquello que llaman vida…
Friday, March 03, 2006
Noches
Que saben ustedes de esperas?, quisiera escuchar sus versiones, quisiera que alguien me indique como se espera una espera?. Han sido varias las noches en donde solitario divagué por el planeta, ciertamente nunca sin perder el norte de mi misión, salvar, pero igualmente todas esas horas llenas de incertidumbre y desasociego se acumulan en el la tarjeta de la vida.
Parado debajo de un poste de luz me encontraba. Dándole vueltas a mi mente, quizás teniendo el ridículo sueño que la luz emanada del poste iba a hacer claro el camino, la vía de mi oscuridad interior. Era otra de esas noches donde un triste superhéroe trataba de darle sentido a su existencia, una noche en un lugar extraño a pesar de conocerlo por doquier, una noche donde mi vida cambió para siempre.
Hay esperas con búsquedas, hay otras que se alimentan del descanso, pero el cierto hecho de mantenerse a la merced de aquello que no sabemos puede suceder, nos intranquiliza al punto de hacernos creer que nos hemos equivocado de planeta y que pronto despertaremos en nuestro mundo, la pesadilla se habrá extinguido, la luz nos volverá a parecer la misma de siempre, nuestra voz nos suena de nuevo a la costumbre.
Veo venir los fantasmas del pasado, ese pasado que no es más que momentos que se niegan a morir, que en su transición de presente a pasado dando paso al futuro nos capturan dejándonos inmortalizados. Pasan al frente de mi, algunos me provoca retenerlos, otros borrarlos para siempre, pero allí están y se repiten con la facilidad con la que el verde pasto crece cuando la lluvia obra su mágico milagro.
Me muevo, comienzo a caminar, método usado desde tiempos inmemoriales para tratar de dejar atrás lo que nos atormenta en nuestro interior. Ya no hay luz, me adentro a las sombras de esa canción de cuna que recitaba cuando pequeño, es solo, es solo que la letra ha cambiado, ya no me hace sonreír, simplemente me invita a revisar antes de conciliar el sueño todo aquello que gané y que perdí.
Quien gana o pierde en una batalla contra la nada?, esa guerra que he librado en mi interior desde que acepté mi condición. El ínfimo intento de alcanzar la estabilidad a costa de malgastar la sanidad. Decisiones debemos tomar, esas que llevan impresa la sanción impuesta por haber nacido en este suelo, sin olvidar que lo que decides hoy mañana puede ser aquello que te salve, o por el contrario te elimine.
Me desdibujo con la niebla de aquella noche, no pertenezco a ella, pero tampoco he sido expatriado. Enfrentarme, la confrontación eterna, la vitamina de mi existir, la aguja que marca la pauta de mi correr, el estigma que llevo por saber que debo hacer. Siento que me miran, a lo lejos, alguien con menos fortuna desea cambiar mi soledad por la suya, simplemente para verla distinta, para recordar sin saber que va a pasar.
No he parado de caminar, ya se adonde voy, entiendo la razón por la cual abandoné la luz para andar en la oscuridad. Recuerdo que todo empezó con una espera, de la cual no sabía como esperar, de esas que te llevan de la mano, bailan contigo y te dejan para seguir su camino, no sin antes invertir su futuro en tu existir. Ahora empiezo a verle, sabía que tenía que llegar.
Me siento al frente de ella, la respiración suena como un trueno, se muestra, afuera de su escondite por primera vez. Se sabe conocida, pero olvida que adentro todavía salta su inocencia. Aún se protege, de aquello desconocido, de esas verdades que le han planteado y que se fueron con el viento, con todo aquello que estaba a su lado. Mira fijamente, me mira fijamente, el control no es necesario cuando empiezas a sentir.
Estudia y prueba, así le han enseñado a medir, es que debe salvar su existir. Hay momentos que desea compartir, pero callada permanece en su halo de seguridad, al hablar delataría las razones, exponerse no es su fuerte, es que nunca le han visto, pobres ciegos insolentes, ahora solamente les exijo, no se atrevan a mirar, a todo aquello que es mío.
En la tranquilidad de la desesperación reposo al verle pasar, yo no espero eso entiendo finalmente, no pregunto sino es cierto, yo me muevo al compás de la existencia. No podemos prometer lo que está por suceder, nuestras mentes vuelan alto y allí se encontrarán, nunca es tarde, es mi llanto lo que escuchas a lo lejos en tu dulce amanecer, si pudieras tu buscarme estaría agradecido, solamente yo te pido que te quedes a mi lado, no te vayas, no te vuelvas, una simple espera más..
Parado debajo de un poste de luz me encontraba. Dándole vueltas a mi mente, quizás teniendo el ridículo sueño que la luz emanada del poste iba a hacer claro el camino, la vía de mi oscuridad interior. Era otra de esas noches donde un triste superhéroe trataba de darle sentido a su existencia, una noche en un lugar extraño a pesar de conocerlo por doquier, una noche donde mi vida cambió para siempre.
Hay esperas con búsquedas, hay otras que se alimentan del descanso, pero el cierto hecho de mantenerse a la merced de aquello que no sabemos puede suceder, nos intranquiliza al punto de hacernos creer que nos hemos equivocado de planeta y que pronto despertaremos en nuestro mundo, la pesadilla se habrá extinguido, la luz nos volverá a parecer la misma de siempre, nuestra voz nos suena de nuevo a la costumbre.
Veo venir los fantasmas del pasado, ese pasado que no es más que momentos que se niegan a morir, que en su transición de presente a pasado dando paso al futuro nos capturan dejándonos inmortalizados. Pasan al frente de mi, algunos me provoca retenerlos, otros borrarlos para siempre, pero allí están y se repiten con la facilidad con la que el verde pasto crece cuando la lluvia obra su mágico milagro.
Me muevo, comienzo a caminar, método usado desde tiempos inmemoriales para tratar de dejar atrás lo que nos atormenta en nuestro interior. Ya no hay luz, me adentro a las sombras de esa canción de cuna que recitaba cuando pequeño, es solo, es solo que la letra ha cambiado, ya no me hace sonreír, simplemente me invita a revisar antes de conciliar el sueño todo aquello que gané y que perdí.
Quien gana o pierde en una batalla contra la nada?, esa guerra que he librado en mi interior desde que acepté mi condición. El ínfimo intento de alcanzar la estabilidad a costa de malgastar la sanidad. Decisiones debemos tomar, esas que llevan impresa la sanción impuesta por haber nacido en este suelo, sin olvidar que lo que decides hoy mañana puede ser aquello que te salve, o por el contrario te elimine.
Me desdibujo con la niebla de aquella noche, no pertenezco a ella, pero tampoco he sido expatriado. Enfrentarme, la confrontación eterna, la vitamina de mi existir, la aguja que marca la pauta de mi correr, el estigma que llevo por saber que debo hacer. Siento que me miran, a lo lejos, alguien con menos fortuna desea cambiar mi soledad por la suya, simplemente para verla distinta, para recordar sin saber que va a pasar.
No he parado de caminar, ya se adonde voy, entiendo la razón por la cual abandoné la luz para andar en la oscuridad. Recuerdo que todo empezó con una espera, de la cual no sabía como esperar, de esas que te llevan de la mano, bailan contigo y te dejan para seguir su camino, no sin antes invertir su futuro en tu existir. Ahora empiezo a verle, sabía que tenía que llegar.
Me siento al frente de ella, la respiración suena como un trueno, se muestra, afuera de su escondite por primera vez. Se sabe conocida, pero olvida que adentro todavía salta su inocencia. Aún se protege, de aquello desconocido, de esas verdades que le han planteado y que se fueron con el viento, con todo aquello que estaba a su lado. Mira fijamente, me mira fijamente, el control no es necesario cuando empiezas a sentir.
Estudia y prueba, así le han enseñado a medir, es que debe salvar su existir. Hay momentos que desea compartir, pero callada permanece en su halo de seguridad, al hablar delataría las razones, exponerse no es su fuerte, es que nunca le han visto, pobres ciegos insolentes, ahora solamente les exijo, no se atrevan a mirar, a todo aquello que es mío.
En la tranquilidad de la desesperación reposo al verle pasar, yo no espero eso entiendo finalmente, no pregunto sino es cierto, yo me muevo al compás de la existencia. No podemos prometer lo que está por suceder, nuestras mentes vuelan alto y allí se encontrarán, nunca es tarde, es mi llanto lo que escuchas a lo lejos en tu dulce amanecer, si pudieras tu buscarme estaría agradecido, solamente yo te pido que te quedes a mi lado, no te vayas, no te vuelvas, una simple espera más..
Saturday, February 25, 2006
Arabesco
Decido usar la medida extrema de uno de mis aliados en la Tierra, aliados, amigos, lo mismo, esos que se paran al lado tuyo aún a sabiendas que estás equivocado. La medida no es otra que acostarme a dormir para olvidar, el truco legendario, caer víctima de Morfeo para no sentir, al menos no conscientemente. Olvidamos, si, pero estamos hechos distintos, por ende, soñamos, las realidades no se pueden escapar, soñar no cuesta nada, la realidad nos cuesta el existir, soñar puede curar pero es capaz de herir en las profundidades, cuando estamos indefensos, descansando, o simplemente recordando.
Puedo ver mi sombra reflejada en la pared, me asusta, desde niño nunca me han gustado las sombras, y pensar que allí he tenido que vivir. Aún recuerdo el día que corría desesperado en el garaje de la casa con el sol a plena luz, mis padres pensaban que correteaba como cualquier otro niño, yo huía de mi sombra, y por más que traté ahí se mantuvo, de eso pueden estar seguros. Coloco mi cabeza en la almohada, por este día todos los remedios han sido gastados, todas las técnicas para escapar se han agotado, dormir o morir, es que a veces no entiendo y me desespero.
Me rindo, mis ojos se cierran, me entrego al oscuro océano de mis sueños, abro la puerta de lo desconocido, lo que está por venir es solo una historia más. Su orgullo es infinito, así empieza mi sueño, le veo a lo lejos, desesperada pero burlándose, mezcla por demás que ataca cualquier lógica humana. Lleva un vestido color naranja, me recuerda el pasado, la mitad de su cara sonríe, la otra llora desconsoladamente. Su parte feliz habla de cómo me ha olvidado y desechado fácilmente, la otra me dice que me extraña y que piensa en mi a cada instante. Yo permanezco sentado, en una especie de estrado, creo, me juzgan, por haber sido fiel a lo que creo, por haberle querido como nunca nadie le querrá.
Brinco de la cama, justo en el momento en que ella se acerca y me pide que la tome y la lleve lejos, ni en sueños puedo permitirme ese retazo de alegría, me traicionaría a mi mismo, vendería a la humanidad. El dormir no me ha ayudado, más bien se ha volteado en mi contra, ahora solo en mi cuarto, son las dos de la mañana, y puedo escuchar el retumbar de mi músculo bombeador acelerado a la enésima potencia, bebo agua y me sabe a ella, me paro, sin pensarlo estoy vestido, debo actuar de inmediato, mezclarme, perderme entre la gente, a ella no puedo buscar, pero tiene que haber una forma de escapar.
Me acuerdo que es Viernes, la ciudad apenas se levanta, puedo hacer una aparición, habrá quien se alegre de verme, otros mirarán recelosos. Me subo al carro sin pensar, mi fiel amigo Alerón va a mi lado, el tampoco duerme, creo que extraña algo, no se que será, quizás solo me cuida, todos tenemos que tener alguien que nos cuide. Me dirijo al lugar de moda en la ciudad, no se todavía porque lo hago, yo no pertenezco, pero la soledad me hace buscar vías, entro al sitio, Vodka Bar, así se llama, eso creo recordar, de inmediato me siento aún más solo, pero ya estoy allí, me desplazo entre la gente, soy uno de ellos.
Se me acercan, es que mi cara no parece la misma que ven todos los fines de semana, lo nuevo encandila, lo viejo aburre, lo diferente hace estragos, yo marco para siempre. Me disculpo, no he venido a bailar, ni a tomar, ni a fumar, es que no bebo, no fumo. He venido a sentir que me parezco a todos los que me rodean, al menos tienen brazos y piernas como yo, los uso como espejos, no de mi realidad, pero de mi eterna búsqueda entre el bien y el mal. Siempre hay otros que se encuentran en lo mismo, siempre habrá historias que contar, vidas que entrelazar, momentos que recordar.
Me siento, alejado, en un rincón, ya no tengo sueño, ni quiero soñar. Pido una Coca-Cola, el mesero me mira feo, yo sonrío, se va, en lo que se quita de enfrente, la veo, sentada, sola por igual, en una mesa, en un rincón, sin sueño, sin querer soñar. Medito por unos instantes, es tarde, estoy solo, nada nuevo, pero hay algo en sus facciones, quizás un recuerdo, no lo sé, nunca me ha gustado parecer un aprovechador, menos de una dama sola, pero solo con solo se anulan, así que me muevo, observo, me cercioro que no hay novio celoso, hombre herido, marido matón, o cualquier animal que luego tenga que combatir.
Me siento a su lado, ella se muestra sorprendida, luego sonríe, “si como no, ponte cómodo” dice en tono irónico. La miro, me disculpo, luego ataco, “bueno pensé que como estabas sola podíamos hacernos compañía”, que frase más infeliz he dicho, debe ser que estoy dormido, cansado, no lo se. Ella se ríe, esta vez con sinceridad, “no tenías una línea mejor?, yo me quedo callado, bajo la mirada, la subo, “líneas tengo muchas, pero soledad solo una”. Su cara cambia, mueve su mano, me la estrecha firmemente, Carolita Nah...., no puedo escuchar bien su apellido, la música la interrumpe, “Policarpio” digo, “y como puedes ver más solo que la una.”
Nuevamente sonríe, mueve sus manos con gracia, bonitas sus manos, eso recuerdo. “Sabes que no estoy sola” dice ahora, “solo espero por mi acompañante”, me paro de la mesa, ella hace una seña para que me siente, yo no quiero problemas. Comenzamos a hablar, de esas cosas que salen solas, de aquí y de allá, insisto sus facciones me recuerdan mi sangre, pero lo dejo pasar, me cuenta que está algo cansada, cansada del planeta, música para mis oídos, pero la dejo continuar, la persona que ha salido con ella, se ha encontrado con algo del pasado, le ha dejado allí sola, ella no lo puede creer, por eso allí permanece, esperando que regrese, aunque sabe que es solo una ficción.
Quisiera irme de ahí, con ella, pero me recuerdo que no estoy para eso. Aparece una figura, se trata de su acompañante asumo yo, está tomado, su mano agarra la mano de otra mujer, pero igual regresa a buscar lo que cree le corresponde. “Quien es este?, grita el furioso desconocido, para mi por supuesto, ella no sabe que responder, “no se, un loco que se sentó aquí, que voy a saber yo Alberto”, estoy acostumbrado a que la humanidad me niegue, es parte de la cruz que debo llevar. El tipo, quien tal cual como Pancho Villa, con sus dos mujeres a la orilla, se ha envalentonado, me da dos segundos para pararme e irme de la mesa, no me gusta que me amenacen, a nadie, la negación como parte de una amenaza es simplemente la admisión de lo que queremos hacer.
Me levanto, como ya he dicho, no quiero problemas, me despido de Carolita, también me despido de Pancho Villa, Alberto o como se llame, hago lo propio con la dama que acompaña al tipo. Debí haberme quedado en mi casa, dejar que mi sueño me doliera en el fondo, mañana sería otro día no?, me vuelvo a mezclar, siento que me miran, es solo que no deseo voltear. A lo lejos veo como Alberto se lleva a Carolita, de mala manera, así no se trata a una mujer, al menos no en mi libro, no en mi presencia. Me detengo, estoy cansado, si el mundo no quiere aprender, pues yo no pretendo enseñarle, me siento dividido, mi dolor, mi misión.
No me queda otra que ser fiel a mi mismo, los sigo, eso debo hacer, aquellos ojos de rasgos árabes me dicen algo. Camino, agarro a una niña de la mano, no quiero levantar sospechas, la damita se alegra, cree que ha hecho la noche, recorro el local hasta la puerta, allí suelto a la niña quien se queda con la mirada perdida, otro sueño roto, un cuento más que echar entre sus amigas. Alberto y Carolita me llevan ventaja, corro, los veo de nuevo, se suben a un carro, yo hago lo propio, me parece increíble lo que veo, el tipo, la otra mujer y Carolita en el carro, ahí hay algo que no me cuadra, y para cada situación donde las cosas no tengan sentido, estoy, para eso he venido.
Se bajan en un edificio de oficinas, no es hora de trabajar, son las cuatro de la mañana. Alerón se quiere ir a dormir, mi perro está cansado, lo suelto, el sabe el camino a casa. Sigo al trío, sin que se den cuenta no dejo que la puerta que abren se cierre, penetro en aquel lugar, frío, sin luz, desconocido. Salen de un cuarto vestidos con unas batas blancas, máscaras, todos cubiertos, me introduzco al cuarto y me disfrazo, ahora soy uno de ellos, al menos eso les haré pensar. Hay un olor extraño, no puedo descifrarlo, son esos olores que nunca olvidarás.
Logro ver un letrero que dice “Corporación M&M”, aún sigo sin saber de que se trata, allí me doy cuenta que he olvidado mi china, estoy desarmado. Me deslizo por el suelo, siento la presión en mis venas, finalmente entro a un cuarto en donde hay unas botellas de vidrio que contienen un líquido de variados colores. Escondido tras un mueble veo como Carolita ha sido amarrada a una silla, Alberto y la otra dama se disponen a sacar unos tubos de ensayo, eso parecen, contenedores. Se ríen, hablan pero no logro descifrar que sale de sus bocas exactamente.
Alberto saca una muestra de una de las botellas, la dama desconocida hace lo propio, se inyectan el uno al otro el contenido. En cuestión de segundos comienzan a besarse, se despojan de la ropa, y se detienen. Gritan eufóricos, se abrazan, Alberto dice “lo hemos logrado, la fórmula de la química, de la química entre humanos, ahora quien quiera simplemente por un precio elevado podrá tener a la mujer que desee, y viceversa, mujeres con hombres imposibles, hombres con las mujeres de sus sueños”. Mis oídos no dan crédito a lo que escuchan, con esto se perdería la magia, seríamos robots sin saber que lo somos, sueños rotos, relaciones destruidas, el caos dentro del juego macabro de los humanos.
Carolita suelta unas lágrimas, al parecer le han utilizado para lograr las fórmulas mágicas, sus ojos, miran desesperadamente. Me siento, solo allí en el piso de aquel laboratorio, por un minuto mi mente vuela, la recuerdo, con esa pócima todo sería factible, entregarse para siempre, pero el curso del viaje, no debemos jugar, aunque me duela en el fondo lucharé hasta demostrar que sin fórmulas químicas ella aún me extraña, lo siento, es que no puedo dejar de sentirlo. Vuelvo en mi, de mi pequeño episodio, debo actuar, esto no puede salir a la calle, perdería la gracia, a pesar que los humanos se dañan a diario con su jueguito, hay todavía algunos que creemos en él, que queremos ciegamente, sin parámetros ni dudas, que simplemente amamos.
Me paro, enfrento a Alberto y la dama, estoy disfrazado, no pueden ver mi cara, él grita “quien eres tu?, a estas horas nadie debe estar en el laboratorio”, yo simplemente avanzo, amenazadoramente, la dama que lo acompaña empuña un revólver, sus ojos se cruzan con los míos, brinco hacia un lado y se escucha un disparo, el mismo da con una de las botellas, el líquido derramándose me recuerda mis lágrimas, aquellas que llevo dentro de mi, me quito la máscara y me arrastro, los dos furibundos científicos me buscan, me vuelvo a asomar y un nuevo disparo, otra botella que se rompe, Alberto enfurecido le quita el revólver a la dama.
Alberto se detiene frente a Carolita, dice “si no sales la mato”, yo le devuelvo un “a mi no me importa ella, haz lo que quieras”, con la misma brinco hacia la puerta, un tiro roza mi brazo, pero estoy afuera. Veo un extintor en la pared, lo tomo, Alberto corre hacia la puerta y se encuentra con un humo blanco que lo cubre por completo, luego lo golpeo con el extintor en el coco, cae abatido, la dama sale y le echo más espuma, la voy a golpear con el extintor pero recuerdo que a las damas ni con el pétalo de una rosa, simplemente la agarro fuerte, la llevo al piso, presiono su cuello y cae desmayada.
Entro al cuarto y libero a Carolita, ella quiere darme explicaciones, no las necesito. Agarro una silla y me cercioro que cada una de las botellas quede destruida por completo. Salimos del cuarto y pasamos por encima de los abatidos malhechores, Carolita nuevamente empieza a hablar queriendo explicar de que se trata todo, sus ojos me dicen que ella ha sido obligada, no le dejo continuar, salimos de aquel lugar, está amaneciendo, yo solo salí a olvidar y me encuentro que hay gente que quiere cambiar el curso normal.
Carolita me dice que tiene que llevarme al médico, la bala ha rozado mi brazo y sangro, miro la herida y me río, si ella supiera el dolor que llevo adentro entendería que no hay comparación. Carolita se acerca, huele muy bien, sus ojos brillan, me abraza, siento su calor, yo permanezco inmóvil, se separa y vuelve a acercarse, esta vez cierra los ojos y aprovecho ese instante para desaparecer, ella besa al viento, seguramente se siente mejor que rozar la carne de este superhéroe, que es solo uno más, otro muerto en vida.
Camino lentamente hacia mi casa, mi brazo va regando el suelo con sangre, mi mente va soltando lágrimas, nunca lo sabrás pero aquella noche y en medio de todo aquello no pude dejar de pensar en ti...
Puedo ver mi sombra reflejada en la pared, me asusta, desde niño nunca me han gustado las sombras, y pensar que allí he tenido que vivir. Aún recuerdo el día que corría desesperado en el garaje de la casa con el sol a plena luz, mis padres pensaban que correteaba como cualquier otro niño, yo huía de mi sombra, y por más que traté ahí se mantuvo, de eso pueden estar seguros. Coloco mi cabeza en la almohada, por este día todos los remedios han sido gastados, todas las técnicas para escapar se han agotado, dormir o morir, es que a veces no entiendo y me desespero.
Me rindo, mis ojos se cierran, me entrego al oscuro océano de mis sueños, abro la puerta de lo desconocido, lo que está por venir es solo una historia más. Su orgullo es infinito, así empieza mi sueño, le veo a lo lejos, desesperada pero burlándose, mezcla por demás que ataca cualquier lógica humana. Lleva un vestido color naranja, me recuerda el pasado, la mitad de su cara sonríe, la otra llora desconsoladamente. Su parte feliz habla de cómo me ha olvidado y desechado fácilmente, la otra me dice que me extraña y que piensa en mi a cada instante. Yo permanezco sentado, en una especie de estrado, creo, me juzgan, por haber sido fiel a lo que creo, por haberle querido como nunca nadie le querrá.
Brinco de la cama, justo en el momento en que ella se acerca y me pide que la tome y la lleve lejos, ni en sueños puedo permitirme ese retazo de alegría, me traicionaría a mi mismo, vendería a la humanidad. El dormir no me ha ayudado, más bien se ha volteado en mi contra, ahora solo en mi cuarto, son las dos de la mañana, y puedo escuchar el retumbar de mi músculo bombeador acelerado a la enésima potencia, bebo agua y me sabe a ella, me paro, sin pensarlo estoy vestido, debo actuar de inmediato, mezclarme, perderme entre la gente, a ella no puedo buscar, pero tiene que haber una forma de escapar.
Me acuerdo que es Viernes, la ciudad apenas se levanta, puedo hacer una aparición, habrá quien se alegre de verme, otros mirarán recelosos. Me subo al carro sin pensar, mi fiel amigo Alerón va a mi lado, el tampoco duerme, creo que extraña algo, no se que será, quizás solo me cuida, todos tenemos que tener alguien que nos cuide. Me dirijo al lugar de moda en la ciudad, no se todavía porque lo hago, yo no pertenezco, pero la soledad me hace buscar vías, entro al sitio, Vodka Bar, así se llama, eso creo recordar, de inmediato me siento aún más solo, pero ya estoy allí, me desplazo entre la gente, soy uno de ellos.
Se me acercan, es que mi cara no parece la misma que ven todos los fines de semana, lo nuevo encandila, lo viejo aburre, lo diferente hace estragos, yo marco para siempre. Me disculpo, no he venido a bailar, ni a tomar, ni a fumar, es que no bebo, no fumo. He venido a sentir que me parezco a todos los que me rodean, al menos tienen brazos y piernas como yo, los uso como espejos, no de mi realidad, pero de mi eterna búsqueda entre el bien y el mal. Siempre hay otros que se encuentran en lo mismo, siempre habrá historias que contar, vidas que entrelazar, momentos que recordar.
Me siento, alejado, en un rincón, ya no tengo sueño, ni quiero soñar. Pido una Coca-Cola, el mesero me mira feo, yo sonrío, se va, en lo que se quita de enfrente, la veo, sentada, sola por igual, en una mesa, en un rincón, sin sueño, sin querer soñar. Medito por unos instantes, es tarde, estoy solo, nada nuevo, pero hay algo en sus facciones, quizás un recuerdo, no lo sé, nunca me ha gustado parecer un aprovechador, menos de una dama sola, pero solo con solo se anulan, así que me muevo, observo, me cercioro que no hay novio celoso, hombre herido, marido matón, o cualquier animal que luego tenga que combatir.
Me siento a su lado, ella se muestra sorprendida, luego sonríe, “si como no, ponte cómodo” dice en tono irónico. La miro, me disculpo, luego ataco, “bueno pensé que como estabas sola podíamos hacernos compañía”, que frase más infeliz he dicho, debe ser que estoy dormido, cansado, no lo se. Ella se ríe, esta vez con sinceridad, “no tenías una línea mejor?, yo me quedo callado, bajo la mirada, la subo, “líneas tengo muchas, pero soledad solo una”. Su cara cambia, mueve su mano, me la estrecha firmemente, Carolita Nah...., no puedo escuchar bien su apellido, la música la interrumpe, “Policarpio” digo, “y como puedes ver más solo que la una.”
Nuevamente sonríe, mueve sus manos con gracia, bonitas sus manos, eso recuerdo. “Sabes que no estoy sola” dice ahora, “solo espero por mi acompañante”, me paro de la mesa, ella hace una seña para que me siente, yo no quiero problemas. Comenzamos a hablar, de esas cosas que salen solas, de aquí y de allá, insisto sus facciones me recuerdan mi sangre, pero lo dejo pasar, me cuenta que está algo cansada, cansada del planeta, música para mis oídos, pero la dejo continuar, la persona que ha salido con ella, se ha encontrado con algo del pasado, le ha dejado allí sola, ella no lo puede creer, por eso allí permanece, esperando que regrese, aunque sabe que es solo una ficción.
Quisiera irme de ahí, con ella, pero me recuerdo que no estoy para eso. Aparece una figura, se trata de su acompañante asumo yo, está tomado, su mano agarra la mano de otra mujer, pero igual regresa a buscar lo que cree le corresponde. “Quien es este?, grita el furioso desconocido, para mi por supuesto, ella no sabe que responder, “no se, un loco que se sentó aquí, que voy a saber yo Alberto”, estoy acostumbrado a que la humanidad me niegue, es parte de la cruz que debo llevar. El tipo, quien tal cual como Pancho Villa, con sus dos mujeres a la orilla, se ha envalentonado, me da dos segundos para pararme e irme de la mesa, no me gusta que me amenacen, a nadie, la negación como parte de una amenaza es simplemente la admisión de lo que queremos hacer.
Me levanto, como ya he dicho, no quiero problemas, me despido de Carolita, también me despido de Pancho Villa, Alberto o como se llame, hago lo propio con la dama que acompaña al tipo. Debí haberme quedado en mi casa, dejar que mi sueño me doliera en el fondo, mañana sería otro día no?, me vuelvo a mezclar, siento que me miran, es solo que no deseo voltear. A lo lejos veo como Alberto se lleva a Carolita, de mala manera, así no se trata a una mujer, al menos no en mi libro, no en mi presencia. Me detengo, estoy cansado, si el mundo no quiere aprender, pues yo no pretendo enseñarle, me siento dividido, mi dolor, mi misión.
No me queda otra que ser fiel a mi mismo, los sigo, eso debo hacer, aquellos ojos de rasgos árabes me dicen algo. Camino, agarro a una niña de la mano, no quiero levantar sospechas, la damita se alegra, cree que ha hecho la noche, recorro el local hasta la puerta, allí suelto a la niña quien se queda con la mirada perdida, otro sueño roto, un cuento más que echar entre sus amigas. Alberto y Carolita me llevan ventaja, corro, los veo de nuevo, se suben a un carro, yo hago lo propio, me parece increíble lo que veo, el tipo, la otra mujer y Carolita en el carro, ahí hay algo que no me cuadra, y para cada situación donde las cosas no tengan sentido, estoy, para eso he venido.
Se bajan en un edificio de oficinas, no es hora de trabajar, son las cuatro de la mañana. Alerón se quiere ir a dormir, mi perro está cansado, lo suelto, el sabe el camino a casa. Sigo al trío, sin que se den cuenta no dejo que la puerta que abren se cierre, penetro en aquel lugar, frío, sin luz, desconocido. Salen de un cuarto vestidos con unas batas blancas, máscaras, todos cubiertos, me introduzco al cuarto y me disfrazo, ahora soy uno de ellos, al menos eso les haré pensar. Hay un olor extraño, no puedo descifrarlo, son esos olores que nunca olvidarás.
Logro ver un letrero que dice “Corporación M&M”, aún sigo sin saber de que se trata, allí me doy cuenta que he olvidado mi china, estoy desarmado. Me deslizo por el suelo, siento la presión en mis venas, finalmente entro a un cuarto en donde hay unas botellas de vidrio que contienen un líquido de variados colores. Escondido tras un mueble veo como Carolita ha sido amarrada a una silla, Alberto y la otra dama se disponen a sacar unos tubos de ensayo, eso parecen, contenedores. Se ríen, hablan pero no logro descifrar que sale de sus bocas exactamente.
Alberto saca una muestra de una de las botellas, la dama desconocida hace lo propio, se inyectan el uno al otro el contenido. En cuestión de segundos comienzan a besarse, se despojan de la ropa, y se detienen. Gritan eufóricos, se abrazan, Alberto dice “lo hemos logrado, la fórmula de la química, de la química entre humanos, ahora quien quiera simplemente por un precio elevado podrá tener a la mujer que desee, y viceversa, mujeres con hombres imposibles, hombres con las mujeres de sus sueños”. Mis oídos no dan crédito a lo que escuchan, con esto se perdería la magia, seríamos robots sin saber que lo somos, sueños rotos, relaciones destruidas, el caos dentro del juego macabro de los humanos.
Carolita suelta unas lágrimas, al parecer le han utilizado para lograr las fórmulas mágicas, sus ojos, miran desesperadamente. Me siento, solo allí en el piso de aquel laboratorio, por un minuto mi mente vuela, la recuerdo, con esa pócima todo sería factible, entregarse para siempre, pero el curso del viaje, no debemos jugar, aunque me duela en el fondo lucharé hasta demostrar que sin fórmulas químicas ella aún me extraña, lo siento, es que no puedo dejar de sentirlo. Vuelvo en mi, de mi pequeño episodio, debo actuar, esto no puede salir a la calle, perdería la gracia, a pesar que los humanos se dañan a diario con su jueguito, hay todavía algunos que creemos en él, que queremos ciegamente, sin parámetros ni dudas, que simplemente amamos.
Me paro, enfrento a Alberto y la dama, estoy disfrazado, no pueden ver mi cara, él grita “quien eres tu?, a estas horas nadie debe estar en el laboratorio”, yo simplemente avanzo, amenazadoramente, la dama que lo acompaña empuña un revólver, sus ojos se cruzan con los míos, brinco hacia un lado y se escucha un disparo, el mismo da con una de las botellas, el líquido derramándose me recuerda mis lágrimas, aquellas que llevo dentro de mi, me quito la máscara y me arrastro, los dos furibundos científicos me buscan, me vuelvo a asomar y un nuevo disparo, otra botella que se rompe, Alberto enfurecido le quita el revólver a la dama.
Alberto se detiene frente a Carolita, dice “si no sales la mato”, yo le devuelvo un “a mi no me importa ella, haz lo que quieras”, con la misma brinco hacia la puerta, un tiro roza mi brazo, pero estoy afuera. Veo un extintor en la pared, lo tomo, Alberto corre hacia la puerta y se encuentra con un humo blanco que lo cubre por completo, luego lo golpeo con el extintor en el coco, cae abatido, la dama sale y le echo más espuma, la voy a golpear con el extintor pero recuerdo que a las damas ni con el pétalo de una rosa, simplemente la agarro fuerte, la llevo al piso, presiono su cuello y cae desmayada.
Entro al cuarto y libero a Carolita, ella quiere darme explicaciones, no las necesito. Agarro una silla y me cercioro que cada una de las botellas quede destruida por completo. Salimos del cuarto y pasamos por encima de los abatidos malhechores, Carolita nuevamente empieza a hablar queriendo explicar de que se trata todo, sus ojos me dicen que ella ha sido obligada, no le dejo continuar, salimos de aquel lugar, está amaneciendo, yo solo salí a olvidar y me encuentro que hay gente que quiere cambiar el curso normal.
Carolita me dice que tiene que llevarme al médico, la bala ha rozado mi brazo y sangro, miro la herida y me río, si ella supiera el dolor que llevo adentro entendería que no hay comparación. Carolita se acerca, huele muy bien, sus ojos brillan, me abraza, siento su calor, yo permanezco inmóvil, se separa y vuelve a acercarse, esta vez cierra los ojos y aprovecho ese instante para desaparecer, ella besa al viento, seguramente se siente mejor que rozar la carne de este superhéroe, que es solo uno más, otro muerto en vida.
Camino lentamente hacia mi casa, mi brazo va regando el suelo con sangre, mi mente va soltando lágrimas, nunca lo sabrás pero aquella noche y en medio de todo aquello no pude dejar de pensar en ti...
Friday, February 24, 2006
Carta de Amor # 5
En algún lugar sobre el océano, 10 de Octubre de 1994
Así tomo mi papel y mi pluma, abro la bandeja del asiento delante de mí, son las seis y cuarenta y siete, el sol se está ocultando, lo puedo ver desde la ventana, tu me conoces, mi pasión por el vuelo es infinita, a treinta y tres mil pies de altura me siento liberado de cualquier presión, bueno salvo la vieja que está sentada al lado mío que husmea cada vez que puede pues quizás el hecho que yo escriba algo le recuerda sus tiempos de juventud, cuando ella recibió una carta así, o quien sabe, de repente es una chismosa más que no soporta la idea de no saber que escribo en este papel gastado, con mi pluma vieja, con mis recuerdos añejados y que simplemente escribo para decirte que te extrañé.
Ya basta de hablar de la vieja, ahora debemos concentrarnos en ti, pues para eso uso mi tiempo aquí en las alturas. En cuestión de horas te veré, eso creo, más bien es un deseo, tantas cosas que debo decir, es que me he puesto a pensar y créeme no es fácil darse cuenta que he pasado en una ceguera total los últimos nueve meses de mi existir. La lejanía acerca me decía mi madre, yo la miraba y me reía, ahora la entiendo, ella sabe de eso, habiendo crecido lejos de su tierra, teniendo que existir a base de recuerdos que cada día se vuelven distintos pues los acomodamos a nuestras necesidades. Como ves me distraigo, así soy, y por eso en mi distracción eterna he dejado que te vayas sin siquiera haberte dicho que te quiero.
Hay algo que nunca te he dicho, soy un superhéroe, vamos, ahora puedes reírte un rato, pero eso soy. Quizás no logras sonreír por la confusión que causan estas letras errantes en tu muy educado y recto cerebro. Las palabras extrañar y querer no han sido pronunciadas de mi boca en alguna conversación que hayamos tenido, al menos no en el contexto tuyo y mío, es que nunca fuimos tu y yo, eras tu atrás de un niño malcriado, y yo viviendo el dulce sabor del saber que le importas a alguien. Pero discúlpame, es que yo no se de esto, mi vida es racional y fría, mis pensamientos lineales, mi sentir es fuerte pero no permite altibajos propios del querer, bueno, estoy hablando tonterías, pues todo esto se me ha caído después de darme cuenta que me encantas.
Ahora le toca el turno al párrafo de las disculpas, debes seguir pensando que esto parece una carta escrita por un robot, siguiendo un modelo predeterminado, dentro de poco te darás cuenta que no es así. Perdóname, de verdad, cuantas cagadas he puesto, ya se, no te gusta que diga groserías, pero es que son cagadas las que he puesto, contigo, no se me pudo ocurrir ponerlas con otra persona, tenía que ser contigo. Herirte de esa manera tan cruda y vasta, es que a veces pienso que te veía como una especie de enemigo, como un monstruo malvado que trataba de robar algo de mi, que intentaba quedarse con mis pensamientos y seducirlos para llevarlos a la máxima expresión de aquello que llaman sentimientos, pues no me queda otra que ponerme de rodillas y disculparme, me porté como una mezcla de bebé de tres años, con adulto malcriado, niño retrechero y por si fuera poco esa combinación maligna confundida en un adorar que se transformaba por momentos en mal trato y en otros en cariño desmedido.
Ahora por primera vez siento lo que se me viene encima, estos días que debo enfrentar, como hacer que me creas que todas esas veces que te dije amistad debí haber dicho cualquier otra cosa, pues cada vez que estabas parada a mi lado mi interior se inflaba, tonto yo que pensaba que eso era sentir de amigos, es que vuelvo a repetirte yo no se de esto, me educaron para reflexionar sobre la base de la razón, me guiaron para que fuera una pared incólume, para nunca ser perturbado, para crecer, avanzar sin detener, para pensar, sobrevivir, combatir, ser fuerte, duro, no me dijeron que había lago que se llamaba sentir, lo siento, pero no me lo dijeron, pero aquí estoy sintiéndote.
Me robas el sueño, me quitas el tiempo, te llevas mi aire. Pienso, como un cretino amarrado, en ti, a toda hora, has secuestrado mi cerebro quien al no entender que está sucediendo le ha dado por ponerse idiota también y se divierte pensando en ti. Mi existir se ha centrado en otro ser, increíble pero cierto, yo pensaba que estábamos para vivir nuestras vidas solitarias sin molestarnos los unos a los otros, yo pensaba que, yo solo se que te llevo adentro, pegada, clavada, yo pensaba, de pensamiento en pensamiento salto a ti nuevamente, es que esto de pensar y pensar en una persona me debilita, con lo que me gusta pensar, pero en ti?, pensar en ti?, debo reconocer es lo mejor que he descubierto del pensar, he pensado, te lo dije?, he pensado que te amo.
Mi vida no tiene mucho sentido sino estás aquí, eso lo pude comprobar, tu te acostumbraste a quererme, yo a ser querido, es solo que tu sabes querer, yo solo probé una pizca de lo que es ser querido por otro ser humano. Por primera vez me enfrento a mi mismo, a todas mis decisiones pasadas, mis errores, mi caminar devastador, el llevarme por el medio al planeta, no me gusta lo que veo, mi arrogancia, mi burla, mi soberbia, todas esas veces que pensando que hería solo me abría un hueco gigante en mi ser, mientras más insistí en alejarte, más me alejaba de mi mismo, me desfiguré tratando de obviar lo simple, lo eterno, lo sano, lo puro. Soy mi propia burla, he sido un inconsciente, hay cosas con las cuales se juega, hay otras que debemos tratarlas con seriedad, nos duela o nos llene, nos mate o nos haga crecer, he aprendido que el burlarse de algo tan puro solo puede tener consecuencias nefastas, pero aún así me atrevo, y me tomo la confianza de decir un te quiero de nuevo.
Se me acaba el papel, y no he dicho ni siquiera un pedazo de lo que quiero decir, siempre me queda la esperanza de poder decirte esto, y mucho más, frente a frente. Aquí estoy solo como siempre, tratando de explicarme que me pasa, buscando razones donde no las hay, dándome respuestas que se no tienen base alguna. Sabes?, nunca fue mi intención llegar a tu vida, he jugado con ella y eso no se hace, más bien he jugado el juego que se jugar, el de existir porque es así, el de vivir pues me lo dieron, he usado tu cariño para sanar las heridas de mi pasado, me mostraste un lado desconocido, me has enseñado que es mejor dejar sentir que reprimir, me has hecho ver finalmente que soy tan humano como tu y que todos esos días que llorabas mientras yo reía no me los va a devolver nadie para llorar junto a ti.
Esto es una declaración, la primera que hago en mi andar, ojalá y fuera la última, que sabroso es soñar. Yo se que me espera, haciendo uso de mi racionalidad he llegado a una respuesta, solo que quisiera que esta vez el mundo hiciera una excepción y perdonara mi vasto error. Pido mucho, poco di, eso sé, el tiempo se volverá mi amigo, eso que creí era tuyo, voy a necesitar de él, eso también lo sé. Ahora me sorprendo a mi mismo cuando miro el papel y se ha mojado, una gota de mi ser, impregnada en el papel, por suerte ha caído entre palabras, no distorsionará mi sentir, es posible se seque, pero lleva la marca de la primera vez que sentí y sin más que decir solo puedo repetir que te quiero y te querré, en la tierra y en el cielo, en un mundo y en el otro, por ahora, para siempre, en un lado y en el otro, con mi alma y todo yo, solo queda para mí el dolor de la derrota pero debo agradecer que por ti vivo ahora.
Policarpio
Nota: Para los curiosos esto lo escribí hace muchos años, nunca la entregué, se la iba a dar, pero la vi con su novio, el que encontró mientras estuve afuera, el que si supo valorarla y no la trató de amigos. La carta se la di a mi hermano, quien la guardó sin abrirla y me la entregó días atrás, la había encontrado en unos papeles viejos y cumpliendo con lo que le pedí aquel día me la retornó cuando fuera tiempo. La vieja del avión lloró conmigo, increíble, par de idiotas llorando subidos en un avión, me dijo que si ella no se enamoraba con mis palabras pues nunca me había querido, creo que se equivocó, si me quiso, yo simplemente puse la torta. Al abrir la carta me reí, busqué el lugar donde cayó mi lágrima y ya no estaba allí, se secó, o simplemente un ángel la tomó prestada para usarla en otra situación…
Así tomo mi papel y mi pluma, abro la bandeja del asiento delante de mí, son las seis y cuarenta y siete, el sol se está ocultando, lo puedo ver desde la ventana, tu me conoces, mi pasión por el vuelo es infinita, a treinta y tres mil pies de altura me siento liberado de cualquier presión, bueno salvo la vieja que está sentada al lado mío que husmea cada vez que puede pues quizás el hecho que yo escriba algo le recuerda sus tiempos de juventud, cuando ella recibió una carta así, o quien sabe, de repente es una chismosa más que no soporta la idea de no saber que escribo en este papel gastado, con mi pluma vieja, con mis recuerdos añejados y que simplemente escribo para decirte que te extrañé.
Ya basta de hablar de la vieja, ahora debemos concentrarnos en ti, pues para eso uso mi tiempo aquí en las alturas. En cuestión de horas te veré, eso creo, más bien es un deseo, tantas cosas que debo decir, es que me he puesto a pensar y créeme no es fácil darse cuenta que he pasado en una ceguera total los últimos nueve meses de mi existir. La lejanía acerca me decía mi madre, yo la miraba y me reía, ahora la entiendo, ella sabe de eso, habiendo crecido lejos de su tierra, teniendo que existir a base de recuerdos que cada día se vuelven distintos pues los acomodamos a nuestras necesidades. Como ves me distraigo, así soy, y por eso en mi distracción eterna he dejado que te vayas sin siquiera haberte dicho que te quiero.
Hay algo que nunca te he dicho, soy un superhéroe, vamos, ahora puedes reírte un rato, pero eso soy. Quizás no logras sonreír por la confusión que causan estas letras errantes en tu muy educado y recto cerebro. Las palabras extrañar y querer no han sido pronunciadas de mi boca en alguna conversación que hayamos tenido, al menos no en el contexto tuyo y mío, es que nunca fuimos tu y yo, eras tu atrás de un niño malcriado, y yo viviendo el dulce sabor del saber que le importas a alguien. Pero discúlpame, es que yo no se de esto, mi vida es racional y fría, mis pensamientos lineales, mi sentir es fuerte pero no permite altibajos propios del querer, bueno, estoy hablando tonterías, pues todo esto se me ha caído después de darme cuenta que me encantas.
Ahora le toca el turno al párrafo de las disculpas, debes seguir pensando que esto parece una carta escrita por un robot, siguiendo un modelo predeterminado, dentro de poco te darás cuenta que no es así. Perdóname, de verdad, cuantas cagadas he puesto, ya se, no te gusta que diga groserías, pero es que son cagadas las que he puesto, contigo, no se me pudo ocurrir ponerlas con otra persona, tenía que ser contigo. Herirte de esa manera tan cruda y vasta, es que a veces pienso que te veía como una especie de enemigo, como un monstruo malvado que trataba de robar algo de mi, que intentaba quedarse con mis pensamientos y seducirlos para llevarlos a la máxima expresión de aquello que llaman sentimientos, pues no me queda otra que ponerme de rodillas y disculparme, me porté como una mezcla de bebé de tres años, con adulto malcriado, niño retrechero y por si fuera poco esa combinación maligna confundida en un adorar que se transformaba por momentos en mal trato y en otros en cariño desmedido.
Ahora por primera vez siento lo que se me viene encima, estos días que debo enfrentar, como hacer que me creas que todas esas veces que te dije amistad debí haber dicho cualquier otra cosa, pues cada vez que estabas parada a mi lado mi interior se inflaba, tonto yo que pensaba que eso era sentir de amigos, es que vuelvo a repetirte yo no se de esto, me educaron para reflexionar sobre la base de la razón, me guiaron para que fuera una pared incólume, para nunca ser perturbado, para crecer, avanzar sin detener, para pensar, sobrevivir, combatir, ser fuerte, duro, no me dijeron que había lago que se llamaba sentir, lo siento, pero no me lo dijeron, pero aquí estoy sintiéndote.
Me robas el sueño, me quitas el tiempo, te llevas mi aire. Pienso, como un cretino amarrado, en ti, a toda hora, has secuestrado mi cerebro quien al no entender que está sucediendo le ha dado por ponerse idiota también y se divierte pensando en ti. Mi existir se ha centrado en otro ser, increíble pero cierto, yo pensaba que estábamos para vivir nuestras vidas solitarias sin molestarnos los unos a los otros, yo pensaba que, yo solo se que te llevo adentro, pegada, clavada, yo pensaba, de pensamiento en pensamiento salto a ti nuevamente, es que esto de pensar y pensar en una persona me debilita, con lo que me gusta pensar, pero en ti?, pensar en ti?, debo reconocer es lo mejor que he descubierto del pensar, he pensado, te lo dije?, he pensado que te amo.
Mi vida no tiene mucho sentido sino estás aquí, eso lo pude comprobar, tu te acostumbraste a quererme, yo a ser querido, es solo que tu sabes querer, yo solo probé una pizca de lo que es ser querido por otro ser humano. Por primera vez me enfrento a mi mismo, a todas mis decisiones pasadas, mis errores, mi caminar devastador, el llevarme por el medio al planeta, no me gusta lo que veo, mi arrogancia, mi burla, mi soberbia, todas esas veces que pensando que hería solo me abría un hueco gigante en mi ser, mientras más insistí en alejarte, más me alejaba de mi mismo, me desfiguré tratando de obviar lo simple, lo eterno, lo sano, lo puro. Soy mi propia burla, he sido un inconsciente, hay cosas con las cuales se juega, hay otras que debemos tratarlas con seriedad, nos duela o nos llene, nos mate o nos haga crecer, he aprendido que el burlarse de algo tan puro solo puede tener consecuencias nefastas, pero aún así me atrevo, y me tomo la confianza de decir un te quiero de nuevo.
Se me acaba el papel, y no he dicho ni siquiera un pedazo de lo que quiero decir, siempre me queda la esperanza de poder decirte esto, y mucho más, frente a frente. Aquí estoy solo como siempre, tratando de explicarme que me pasa, buscando razones donde no las hay, dándome respuestas que se no tienen base alguna. Sabes?, nunca fue mi intención llegar a tu vida, he jugado con ella y eso no se hace, más bien he jugado el juego que se jugar, el de existir porque es así, el de vivir pues me lo dieron, he usado tu cariño para sanar las heridas de mi pasado, me mostraste un lado desconocido, me has enseñado que es mejor dejar sentir que reprimir, me has hecho ver finalmente que soy tan humano como tu y que todos esos días que llorabas mientras yo reía no me los va a devolver nadie para llorar junto a ti.
Esto es una declaración, la primera que hago en mi andar, ojalá y fuera la última, que sabroso es soñar. Yo se que me espera, haciendo uso de mi racionalidad he llegado a una respuesta, solo que quisiera que esta vez el mundo hiciera una excepción y perdonara mi vasto error. Pido mucho, poco di, eso sé, el tiempo se volverá mi amigo, eso que creí era tuyo, voy a necesitar de él, eso también lo sé. Ahora me sorprendo a mi mismo cuando miro el papel y se ha mojado, una gota de mi ser, impregnada en el papel, por suerte ha caído entre palabras, no distorsionará mi sentir, es posible se seque, pero lleva la marca de la primera vez que sentí y sin más que decir solo puedo repetir que te quiero y te querré, en la tierra y en el cielo, en un mundo y en el otro, por ahora, para siempre, en un lado y en el otro, con mi alma y todo yo, solo queda para mí el dolor de la derrota pero debo agradecer que por ti vivo ahora.
Policarpio
Nota: Para los curiosos esto lo escribí hace muchos años, nunca la entregué, se la iba a dar, pero la vi con su novio, el que encontró mientras estuve afuera, el que si supo valorarla y no la trató de amigos. La carta se la di a mi hermano, quien la guardó sin abrirla y me la entregó días atrás, la había encontrado en unos papeles viejos y cumpliendo con lo que le pedí aquel día me la retornó cuando fuera tiempo. La vieja del avión lloró conmigo, increíble, par de idiotas llorando subidos en un avión, me dijo que si ella no se enamoraba con mis palabras pues nunca me había querido, creo que se equivocó, si me quiso, yo simplemente puse la torta. Al abrir la carta me reí, busqué el lugar donde cayó mi lágrima y ya no estaba allí, se secó, o simplemente un ángel la tomó prestada para usarla en otra situación…
Thursday, February 23, 2006
Buscándome
Ha pasado mucho tiempo, desde que acepté la razón de haber venido a la Tierra, han pasado largas horas desde que me convertí en un superhéroe. Convertir no es la palabra correcta, siempre lo fui, así me hicieron, ese fue mi castigo, o mi salvación, quien sabe realmente, quien sabe con seguridad lo que es la felicidad. Mis padres me criaron como a un infante normal, nunca entendieron porqué insistía en llevar una capa puesta a todos lados. “Cosas de niños” decía mi apenada madre cuando yo llegaba al pre-escolar con capa y en vez de querer aprender el abecedario me subía a los árboles para poder tener una visión exacta del patio del colegio y por supuesto proteger.
La vida te cambia, la vida te enseña, a los golpes quiero decir, las cosas que aprendemos por las buenas las olvidamos, lo que nos deja una marca lo recordamos. Recuerdo el día que mi madre botó a la basura mi capa, lloré desconsoladamente hasta quedarme dormido, en mi sueño profundo las respuestas comenzaron a llegar, el mundo juzga por lo que ve, la forma de mantenerme escondido y sin levantar sospechas era moverme en el tiempo sin una capa en mi espalda. Todo se balancea, mi madre botó mi capa pues ya comenzaba a pensar que había traído al mundo a un loco eterno, yo lloraba para entender por primera vez que significa perder algo que se quiere y mi sueño me explicaba como los humanos no sienten, miran y emiten juicios, pero ese simple hecho navegaría a mi favor.
Aún veo su cara llena de fango, sus lentes rotos tirados a un lado, su vestido sucio y roto por los cuatro costados. Me acerqué y lloraba, gritó “por favor no me hagas daño, no más”, la tomé por el brazo y la ayudé a ponerse en pie, limpié su cara con mi franela, recuerdo sus manos temblorosas, las lágrimas que se confundían con la tierra mojada, puedo a veces oler el dolor que ella llevaba a cuestas en ese momento. Teníamos siete años, María Fernanda era la burla del colegio, nunca entendí porqué, pero la gente se alimenta de la desgracia ajena, se burlaron de mi también al verme pasar con ella hacia los servicios para que se enjuagara la cara, más calmada y con la sabiduría de una pequeña de siete años me agradeció haberle rescatado, yo partí un pedazo de mi pan y se lo entregué, ella tomó una flor del jardín y me la dio.
Nos movemos, aunque no queramos, la infalibilidad de las horas hace del tiempo el mejor aliado de la desesperación. Lo que hoy vemos de un color mañana nos sabe distinto, lo que hoy probamos y nos gusta mañana ha perdido su color. No pretendo aburrirles con historias de mi infancia, crecí como todo ser humano, pasaron miles y miles de situaciones que te van dictando las notas del existir, el jugar se fue convirtiendo en responsabilidades, las sonrisas comienzan a escasear, las dudas florecen por doquier, ah! claro y casi se me olvidaba decir que María Fernanda la misma pequeña de lentes rotos me había negado, ella también creció, y no hablo de negativa del jueguito macabro de los humanos, simplemente su mundo la condicionó para juzgar y de eso es difícil escapar.
“Cuantas veces he dudado de mi mismo?”, me repetía subido al techo de mi casa, me quedé dormido y soñé, como siempre hago. Era un espacio muy verde, silente, con rasgos de igualdad y serenidad, a lo lejos una caravana de personas subía por una especie de colina, yo observaba retirado. Me fui acercando lentamente, aquellas personas me parecían conocidas, pero no me veían, me ignoraban o simplemente estaban sumidos en aquel momento triste, finalmente le pregunté a un viejito que estaba allí parado, se volteó y me dijo “como ves, están enterrando tu corazón, los superhéroes no pueden sentir, es así, así es”. De golpe desperté, sudando y agitado, la luz de la luna iluminaba la noche de la ciudad palpitante, bajé a mi cuarto y descansé hasta la mañana siguiente.
Aquel sueño permanece conmigo, no he podido descifrar si es una verdad, si se trata de una mentira, o es un sueño más, que se mueve entre la realidad y mis temores, que me recuerda a diario lo que soy. Mi dura batalla apenas comenzaba, no me voy, permanezco, de una forma u otra, allí estoy, siempre presente, si me buscan y no me encuentran es solo que no saben como hacerlo, mi sentir es poderoso, simplemente diferente, no se quita, no se borra, se multiplica con los segundos, por cada minuto que piensen en mi yo devuelvo dos a cambio, solamente distinto, de una manera nunca vista.
Estaba sentado en un salón de clases, solo como siempre, creo que esperaba algo que nunca llegaría o quizá solo esperaba por el profesor. A lo lejos me pareció escuchar una voz, un timbre sonoro que alguna vez había escuchado, de un salto me asomé a la ventana, mis ojos se posaron sobre aquella niña de lentes rotos, vestido desgarrado, olor a fango, y pidiendo a gritos que no le hicieran más daño, solo que esta vez ya no era niña, su cuerpo escultural no llevaba un vestido roto, sus lentes ocultos estaban y su olor no era el de la tierra mojada, más bien era la mezcla de la vida y la muerte, todas juntas en una cascada.
Lo divertido de este planetita son sus vueltas sin parar, giramos, pero lo olvidamos, pequeño error que cometemos. Caminando hacia ella después de tanto tiempo, subía y bajaba la mirada, unos pasos, la cercanía, yo subo la mirada y ella simplemente voltea hacia otro lado, nos cruzamos, la veo, ella no me ve. Aún no comprendo porqué se alejó, miento, si lo se, la corriente se la llevó, el riel de la humanidad, los convencionalismos, la ruta pautada que hemos de seguir, perdón, que yo no he seguido, y por eso al margen me han mantenido.
Decido seguirla, quiero saber, curiosidad humana, quizás mi instinto, no lo se. Es un grupo de unas cinco damas, ríen, hablan, juguetean, se sienten dueñas del espacio, es su medio, no es el mío. Se sientan en la cafetería, me ubico de espaldas, pero escucho, están muy alegres, en la noche, es el día de la fogata universitaria, reunión a la cual he sido invitado pero no pensaba asistir, ahora tengo razones, una razón más bien, quiero verle con el resplandor del fuego en su cara, en todo su esplendor, mirar es una cosa, tocar es otra, tengo preguntas, que no haré, sus ojos se encargarán de contestarlas.
Llamo a una amiga, pregunto si desea acompañarme a la famosa fogata, ella se contenta, pensó que nunca la llevaría, ella como yo, es distinta, a su manera, los extraños nos entendemos. Llegamos a los campos de la universidad, la gente está en lo suyo, cada quien se mueve a su ritmo, apoyo mi mano en la espalda de mi amiga, no tengo intenciones, simplemente reafirmarle que allí estoy, que no está sola, caminamos, hay gente que cuchichea al vernos pasar, debe ser que no tienen esa mano que les toque su espalda en una noche fría, hablan, eso me divierte.
Nos sentamos debajo de un árbol, ella habla de su vida, yo simplemente espero el momento para el cual he venido. Yo respondo amablemente a sus planteamientos, no estoy allí para jugar, creo que ella lo entiende, disfruta la compañía, es sincera, no hay agendas ocultas. Conversamos de la soledad, pero no estamos solos, estamos frente a frente, ella piensa que la soledad es una forma de no enfrentar nuestros miedos, yo creo que es la expresión infinita de nuestra humanidad. Finalmente y a lo lejos veo a María Fernanda, llega acompañada, yo solo quiero mirarla.
Mi amiga decide dar una vuelta, pregunta si le acompaño, me disculpo pero digo que prefiero quedarme allí, ella se para y se va, yo hago lo mismo, sin que ella lo note. Me acerco, me siento de siete años, siento que llevo mi capa en la espalda, veo a mi madre diciéndome que me la quite, escucho los gritos del patio del colegio, veo a los niños persiguiéndole, en busca de una maldad más. Veo como su acompañante la besa, no se que sentir, recuerdo el sueño donde entierran mi corazón, las palabras de aquel viejo, me detengo, me siento en el círculo que se ha formado alrededor de la fogata.
El calor del fuego me hace sudar, es un sudor frío, que nunca he sentido, escucho voces lejanas que me dicen que debo aceptar. Mi mirada se fija en sus ojos, aquellos que derramaban lágrimas en el ayer, ella está concentrada en su juego, en su andar, no tiene tiempo para mirar. Se paran del círculo, yo hago lo mismo, les sigo, me siento como un ladrón buscando fortuna en una calle sucia y vacía, yo no soy el que debo asechar, pero continúo, me muevo en las sombras de mi propia sombra, sigiloso, cauteloso, voy observando cada movimiento.
Se esconden de lo obvio, se diluyen, eso creo, están acostados en la grama, yo al lado de ellos, no me ven, me mimetizo, eso hago, solo espero. Sigo sin entender que siento, cierro los ojos y los vuelvo a abrir con la luz de una luciérnaga que en sus destellos me recuerda que siempre hay formas de ver en la oscuridad. Percibo sus movimientos, su cadencia, puedo sentir su olor, mezclado por supuesto, pero de ella al fin. No se que hago allí, no disfruto viendo a nadie, es solo que debo estar, no puedo descansar, mi misión a cabo llevar, que doloroso es este andar.
Se paran de golpe, pienso que me han descubierto, María Fernanda está llorando, forcejean, el la golpea fuertemente y profiere algunos insultos, yo sigo acostado viendo aquel espectáculo surreal. De pronto ella cae a la tierra, de boca, tal cual como años antes, él se abalanza sobre ella, vuelve a subir la mano, solo que esta vez no llega el puño a su destino. Lo tomo por atrás, detengo el golpe, el muchacho asustado se levanta y no sabe que decir, ni siquiera intenta proteger lo suyo, o lo que el piensa es de él. Simplemente le miro, callado, sin mostrar mi rostro, huye de inmediato, no quiere problemas posteriores.
Me acerco y la tomo del brazo, la levanto, la oscuridad oculta nuestras caras, me saco de la cartera aquella flor que ahora es solo un pedazo aplanado de materia orgánica, abro su mano, la coloco allí, vuelvo a cerrar su mano, ella trata de acercarse para ver quien le ha salvado, ya es muy tarde, ya me he ido, a lo lejos escucho un grito “Policarpio, eres tu?”. Efectivamente soy yo, pero tu eres otra, yo simplemente siempre he estado, tu te has olvidado, mi protección es perpetua, mi andar es seguro.
Mientras el planeta gire allí estaré, mientras haya gritos en la oscuridad no desapareceré, si me buscas me encuentras, no me voy, no me he ido, es quizás solo que mientras sigan sintiendo por lo que ven mi corazón deberá permanecer enterrado, yo soy solo un superhéroe, solitario y calmado, yo no espero, no mendigo, solo atiendo a mi llamado…….
La vida te cambia, la vida te enseña, a los golpes quiero decir, las cosas que aprendemos por las buenas las olvidamos, lo que nos deja una marca lo recordamos. Recuerdo el día que mi madre botó a la basura mi capa, lloré desconsoladamente hasta quedarme dormido, en mi sueño profundo las respuestas comenzaron a llegar, el mundo juzga por lo que ve, la forma de mantenerme escondido y sin levantar sospechas era moverme en el tiempo sin una capa en mi espalda. Todo se balancea, mi madre botó mi capa pues ya comenzaba a pensar que había traído al mundo a un loco eterno, yo lloraba para entender por primera vez que significa perder algo que se quiere y mi sueño me explicaba como los humanos no sienten, miran y emiten juicios, pero ese simple hecho navegaría a mi favor.
Aún veo su cara llena de fango, sus lentes rotos tirados a un lado, su vestido sucio y roto por los cuatro costados. Me acerqué y lloraba, gritó “por favor no me hagas daño, no más”, la tomé por el brazo y la ayudé a ponerse en pie, limpié su cara con mi franela, recuerdo sus manos temblorosas, las lágrimas que se confundían con la tierra mojada, puedo a veces oler el dolor que ella llevaba a cuestas en ese momento. Teníamos siete años, María Fernanda era la burla del colegio, nunca entendí porqué, pero la gente se alimenta de la desgracia ajena, se burlaron de mi también al verme pasar con ella hacia los servicios para que se enjuagara la cara, más calmada y con la sabiduría de una pequeña de siete años me agradeció haberle rescatado, yo partí un pedazo de mi pan y se lo entregué, ella tomó una flor del jardín y me la dio.
Nos movemos, aunque no queramos, la infalibilidad de las horas hace del tiempo el mejor aliado de la desesperación. Lo que hoy vemos de un color mañana nos sabe distinto, lo que hoy probamos y nos gusta mañana ha perdido su color. No pretendo aburrirles con historias de mi infancia, crecí como todo ser humano, pasaron miles y miles de situaciones que te van dictando las notas del existir, el jugar se fue convirtiendo en responsabilidades, las sonrisas comienzan a escasear, las dudas florecen por doquier, ah! claro y casi se me olvidaba decir que María Fernanda la misma pequeña de lentes rotos me había negado, ella también creció, y no hablo de negativa del jueguito macabro de los humanos, simplemente su mundo la condicionó para juzgar y de eso es difícil escapar.
“Cuantas veces he dudado de mi mismo?”, me repetía subido al techo de mi casa, me quedé dormido y soñé, como siempre hago. Era un espacio muy verde, silente, con rasgos de igualdad y serenidad, a lo lejos una caravana de personas subía por una especie de colina, yo observaba retirado. Me fui acercando lentamente, aquellas personas me parecían conocidas, pero no me veían, me ignoraban o simplemente estaban sumidos en aquel momento triste, finalmente le pregunté a un viejito que estaba allí parado, se volteó y me dijo “como ves, están enterrando tu corazón, los superhéroes no pueden sentir, es así, así es”. De golpe desperté, sudando y agitado, la luz de la luna iluminaba la noche de la ciudad palpitante, bajé a mi cuarto y descansé hasta la mañana siguiente.
Aquel sueño permanece conmigo, no he podido descifrar si es una verdad, si se trata de una mentira, o es un sueño más, que se mueve entre la realidad y mis temores, que me recuerda a diario lo que soy. Mi dura batalla apenas comenzaba, no me voy, permanezco, de una forma u otra, allí estoy, siempre presente, si me buscan y no me encuentran es solo que no saben como hacerlo, mi sentir es poderoso, simplemente diferente, no se quita, no se borra, se multiplica con los segundos, por cada minuto que piensen en mi yo devuelvo dos a cambio, solamente distinto, de una manera nunca vista.
Estaba sentado en un salón de clases, solo como siempre, creo que esperaba algo que nunca llegaría o quizá solo esperaba por el profesor. A lo lejos me pareció escuchar una voz, un timbre sonoro que alguna vez había escuchado, de un salto me asomé a la ventana, mis ojos se posaron sobre aquella niña de lentes rotos, vestido desgarrado, olor a fango, y pidiendo a gritos que no le hicieran más daño, solo que esta vez ya no era niña, su cuerpo escultural no llevaba un vestido roto, sus lentes ocultos estaban y su olor no era el de la tierra mojada, más bien era la mezcla de la vida y la muerte, todas juntas en una cascada.
Lo divertido de este planetita son sus vueltas sin parar, giramos, pero lo olvidamos, pequeño error que cometemos. Caminando hacia ella después de tanto tiempo, subía y bajaba la mirada, unos pasos, la cercanía, yo subo la mirada y ella simplemente voltea hacia otro lado, nos cruzamos, la veo, ella no me ve. Aún no comprendo porqué se alejó, miento, si lo se, la corriente se la llevó, el riel de la humanidad, los convencionalismos, la ruta pautada que hemos de seguir, perdón, que yo no he seguido, y por eso al margen me han mantenido.
Decido seguirla, quiero saber, curiosidad humana, quizás mi instinto, no lo se. Es un grupo de unas cinco damas, ríen, hablan, juguetean, se sienten dueñas del espacio, es su medio, no es el mío. Se sientan en la cafetería, me ubico de espaldas, pero escucho, están muy alegres, en la noche, es el día de la fogata universitaria, reunión a la cual he sido invitado pero no pensaba asistir, ahora tengo razones, una razón más bien, quiero verle con el resplandor del fuego en su cara, en todo su esplendor, mirar es una cosa, tocar es otra, tengo preguntas, que no haré, sus ojos se encargarán de contestarlas.
Llamo a una amiga, pregunto si desea acompañarme a la famosa fogata, ella se contenta, pensó que nunca la llevaría, ella como yo, es distinta, a su manera, los extraños nos entendemos. Llegamos a los campos de la universidad, la gente está en lo suyo, cada quien se mueve a su ritmo, apoyo mi mano en la espalda de mi amiga, no tengo intenciones, simplemente reafirmarle que allí estoy, que no está sola, caminamos, hay gente que cuchichea al vernos pasar, debe ser que no tienen esa mano que les toque su espalda en una noche fría, hablan, eso me divierte.
Nos sentamos debajo de un árbol, ella habla de su vida, yo simplemente espero el momento para el cual he venido. Yo respondo amablemente a sus planteamientos, no estoy allí para jugar, creo que ella lo entiende, disfruta la compañía, es sincera, no hay agendas ocultas. Conversamos de la soledad, pero no estamos solos, estamos frente a frente, ella piensa que la soledad es una forma de no enfrentar nuestros miedos, yo creo que es la expresión infinita de nuestra humanidad. Finalmente y a lo lejos veo a María Fernanda, llega acompañada, yo solo quiero mirarla.
Mi amiga decide dar una vuelta, pregunta si le acompaño, me disculpo pero digo que prefiero quedarme allí, ella se para y se va, yo hago lo mismo, sin que ella lo note. Me acerco, me siento de siete años, siento que llevo mi capa en la espalda, veo a mi madre diciéndome que me la quite, escucho los gritos del patio del colegio, veo a los niños persiguiéndole, en busca de una maldad más. Veo como su acompañante la besa, no se que sentir, recuerdo el sueño donde entierran mi corazón, las palabras de aquel viejo, me detengo, me siento en el círculo que se ha formado alrededor de la fogata.
El calor del fuego me hace sudar, es un sudor frío, que nunca he sentido, escucho voces lejanas que me dicen que debo aceptar. Mi mirada se fija en sus ojos, aquellos que derramaban lágrimas en el ayer, ella está concentrada en su juego, en su andar, no tiene tiempo para mirar. Se paran del círculo, yo hago lo mismo, les sigo, me siento como un ladrón buscando fortuna en una calle sucia y vacía, yo no soy el que debo asechar, pero continúo, me muevo en las sombras de mi propia sombra, sigiloso, cauteloso, voy observando cada movimiento.
Se esconden de lo obvio, se diluyen, eso creo, están acostados en la grama, yo al lado de ellos, no me ven, me mimetizo, eso hago, solo espero. Sigo sin entender que siento, cierro los ojos y los vuelvo a abrir con la luz de una luciérnaga que en sus destellos me recuerda que siempre hay formas de ver en la oscuridad. Percibo sus movimientos, su cadencia, puedo sentir su olor, mezclado por supuesto, pero de ella al fin. No se que hago allí, no disfruto viendo a nadie, es solo que debo estar, no puedo descansar, mi misión a cabo llevar, que doloroso es este andar.
Se paran de golpe, pienso que me han descubierto, María Fernanda está llorando, forcejean, el la golpea fuertemente y profiere algunos insultos, yo sigo acostado viendo aquel espectáculo surreal. De pronto ella cae a la tierra, de boca, tal cual como años antes, él se abalanza sobre ella, vuelve a subir la mano, solo que esta vez no llega el puño a su destino. Lo tomo por atrás, detengo el golpe, el muchacho asustado se levanta y no sabe que decir, ni siquiera intenta proteger lo suyo, o lo que el piensa es de él. Simplemente le miro, callado, sin mostrar mi rostro, huye de inmediato, no quiere problemas posteriores.
Me acerco y la tomo del brazo, la levanto, la oscuridad oculta nuestras caras, me saco de la cartera aquella flor que ahora es solo un pedazo aplanado de materia orgánica, abro su mano, la coloco allí, vuelvo a cerrar su mano, ella trata de acercarse para ver quien le ha salvado, ya es muy tarde, ya me he ido, a lo lejos escucho un grito “Policarpio, eres tu?”. Efectivamente soy yo, pero tu eres otra, yo simplemente siempre he estado, tu te has olvidado, mi protección es perpetua, mi andar es seguro.
Mientras el planeta gire allí estaré, mientras haya gritos en la oscuridad no desapareceré, si me buscas me encuentras, no me voy, no me he ido, es quizás solo que mientras sigan sintiendo por lo que ven mi corazón deberá permanecer enterrado, yo soy solo un superhéroe, solitario y calmado, yo no espero, no mendigo, solo atiendo a mi llamado…….
Friday, February 17, 2006
Todo sigue igual
A veces cuando pienso en la humanidad me decepciono. De inmediato recuerdo que pertenezco a ella, entonces no la juzgo, pues como yo debe soportar todos los embates que supone el existir. Debemos escoger, pues, si nos escondemos de todo y no arriesgamos o simplemente nos lanzamos a las vivencias que pueden darte vida, sin nunca olvidar que podrían quitártela también. Aquellos fueron días confusos, eso debo admitir, por momentos no los logro encuadrar en mi infalible memoria, se me muestran como cuadros abstractos que desean tomar forma pero temen ser descubiertos.
Estaba sentado como siempre en el techo de mi casa, pensando en lo distinto que vemos las cosas con el simple pasar de las horas, lo que queríamos una semana atrás no es lo mismo que deseamos hoy día, el movimiento es parte del cambio, el cambio trae consecuencias, las causas son distintas pero el individuo permanece igual, o quizás no, hasta el sol de hoy no lo he podido responder. Siempre llevamos ese deseo intrínseco de volver al pasado, para acomodar lo que no pudimos arreglar, para no tropezar igual que cada día, es posible que solo debido a que no aceptamos que se fue.
Como siempre hago al sentirme triste me lanzo a la calle a caminar, usualmente a un parque donde juegan niños, ellos me recuerdan lo que un día fui, y que se no volverá, pero que disfruté al máximo a pesar de estar consciente que algún día llegaría la hora de enfrentar al mal purificado. Sonríen felices, es que todavía no saben de dolores ni melancolías, las cosas simples les llenan, los persigo, ellos gozan un mundo mientras me gritan que soy un monstruo que les quiere atrapar, quizás en eso me he convertido, en un monstruo, es que he visto muchas cosas, demasiada injusticia para mi gusto.
Ese día pareciera que nada podrá levantar mis ánimos, me canso fácilmente y me siento. Una pequeña niña se me acerca y me ofrece la mitad de su helado, se ensucia las manos mientras lo parte, la verdad es que no tengo hambre, pero acepto su generosidad, se limpia sus manos en mi pantalón, luego se echa a reír cuando ve el desastre que ha hecho, hablo con ella, un rato, de las letras que ha aprendido en el colegio, de los muchachitos que la fastidian, me dice que se quiere pintar los labios y su mamá no la deja, me echo a reír, la pequeña me roba una sonrisa, si ella supiera lo que debe enfrentar cuando crezca.
Me levanto y me voy, me escondo tras unos árboles, últimamente he estado así, abstraído, pensativo, me protejo de algo, pero no se de que se trata. Hay quien piensa que ser superhéroe es un pasatiempo como cualquier otro, no saben que a diario vemos de cerca el terror en los ojos, la lucha de poderes, nuestros valores son cuestionados por minuto, la tentación nace en nuestras venas, la maldad encarnecida, la violencia supina, y el dolor humano a la máxima potencia, que no es más que la vitamina de aquellos que usan el mismo como bastón para apoyar sus torcidas vidas.
A lo largo del tiempo he ganado muchos amigos, pero la cuenta de enemigos se desborda, me hace sentir bien que no le gusto a todo el mundo, sino sería muy aburrido, pero hay gente de gente. Hay batallas que se que volverán a mi vida, en algún momento, hay cosas que se que ellos no saben, pero los caminos están construidos con bifurcaciones para alejar, y para luego acercar, hay batallas que han quedado divididas, tarde o temprano me enfrentaré de nuevo a viejos demonios que no han saldado sus cuentas, me evitarán, pero los encontraré de alguna u otra forma.
Regresando a mi casa y distraído como siempre tropecé con una alcantarilla abierta, el resultado un hueco en mi rodilla. Sangrando seguí mi camino al hospital, entré a la emergencia y me senté en una silla a esperar que alguien se apiadara de mi. Así fue como conocí a Tina Garcilazo, la única alma caritativa entre la multitud de personas que se acercó y procedió a limpiar mi herida con suavidad y delicadeza, finalmente convenció a un médico para que cosiera mi rodilla, después de indicarme que debía andar con más cuidado se levantó y se retiró, perdiéndose entre la gente que pululaba en el hospital.
Afuera del hospital esperé, pensando en todo como siempre, en que las situaciones se presentan por razones obvias pero que siempre le estamos buscando soluciones complicadas por el hecho de no aceptar que la vida es más constante y predecible de lo que parece. Finalmente salió por la puerta del hospital, me acerqué y le entregué una rosa que había tomado prestada de un jardín, sin decir ninguna palabra hice una reverencia de agradecimiento por haber tenido la gentileza de acercarse a mi cuando mi rodilla sangraba, si ella no lo hubiera hecho quizás seguiría en el hospital, la bondad se encuentra, es solo que la maldad tiene ojos color miel.
No pude quitarme su rostro de mi mente, no me quedó otra que seguirle para verle, ella caminó pausadamente y llegó a un pre-escolar. Pensé que se trataba de su hijo, su cara de angustia se esbozó de inmediato, el llanto la hizo presa, la desesperación rondaba en el ambiente. Me paré a su lado y ella me abrazó, procedió a explicarme que se trataba de su hermanito, al parecer había sido raptado por una banda de maestras inescrupulosas que habían decidido llevarse a cinco pequeñuelos con fines desconocidos, me miró y me dijo que debía ayudarle, sus padres de viaje, regresarían a la mañana siguiente. A ella le habían encomendado ser el guardián del infante, su desolación era abismal.
Mi rodilla dolía, creo que otras cosas también, adonde se habrían podido llevar a los pequeños?, de que se trataba todo esto?. Hice algunas llamadas sin lograr obtener información precisa sobre el asunto, un informante que a veces me ayudaba me dio ciertas luces, habló de Maria Luisa Salvatierra, cruel mujer, malvado pedazo de carne. Según me contó esta descorazonada transeúnte del planeta había amenazado varios meses atrás con llevarse varias almas puras en venganza por haber sido víctima de los hombres, su odio eterno, lo iba a pagar con cinco infantes a los cuales no los dejaría desarrollarse para poder herir a las mujeres en su adultez.
“Menuda cretinada”, pensé para mi, “eliminar pequeños para que al crecer no puedan hacer de las suyas”. Me quedé callado para no preocupar a Tina, le dije que íbamos a resolver el asunto, que todo era cuestión de tener un poco de calma, que debía creer en mi, que para eso estaba allí, que para eso estamos los superhéroes. Ella sin entender de que hablaba pero poseída por la angustia me dijo que sus padres me pagarían, que me darían todo con tal que rescatara sano y salvo al querubín de la familia. Sonriendo le informé que yo no cobro por salvar, que está en mi, que de eso me alimento, que allí crezco, me hago, me multiplico, no hay que darme nada a cambio, quizás algo de gratitud, pero eso nunca lo digo, me lo reservo.
Había un solo lugar donde la macabra Maria Luisa y sus secuaces podían haber llevado a los niñitos engañados, un lugar donde se quedarían tranquilos hasta ser dormidos para siempre, enviados de golpe a la eternidad. Se trataba de una especie de parque de diversiones, feria de comida, sala de juegos, un espacio para divertirse. Allí los pequeñuelos se sentirían tranquilos y acompañados por sus maestras, nunca sospecharían que su fin se acercaba. Subido en mi carro, con mi perro Alerón a mi lado y Tina casi en trance en la parte de atrás me comía los pedazos de asfalto para llegar con rapidez al lugar siniestro.
Le pedí a Tina que me esperara afuera, pues las maestras del mal le conocían, yo simplemente era un don nadie más dentro de la masa que se entretenía. Caminé tratando de localizar al grupo de niños, sin aval, no les veía por ninguna parte, pregunté y nadie supo responderme. La vida tiene momentos donde la desesperación nos domina, sino somos capaces de sentarnos a pensar por siquiera dos minutos y armar el rompecabezas en nuestras mentes las decisiones que tomamos usualmente descansan tres metros bajo tierra. Me compré una Coca-Cola y me puse a jugar algún video juego, mi mente voló con la gracia de los dibujos animados, pensé como podía pensar una mente siniestra como la de Maria Luisa, por unos minutos sentí lo que es ser de los malos.
La casa embrujada del local era famosa por sus trucos que asustaban y por los personajes que eran humanos disfrazados. Haciendo uso de mi poder de convencimiento me logré disfrazar de diablo, con cachos, tridente, cola, y por momentos creo que llegué a sentir el olor a azufre. Aprovechando el momento asusté a varias parejitas de noviecitos que utilizaban la casa del terror para hacer de las suyas, mi tridente de plástico servía de ente abusador que les cortaba la nota en que se encontraban sumidos, pero no me podía distraer, los pequeños eran mi prioridad.
El lugar algo oscuro no se prestaba para errores, sigilosamente me moví mientras sudaba con aquella vestimenta roja, buscaba algo que me hiciera sentir que los pequeñuelos estaban cerca. Montado en un pequeño trencito que recorría la mansión del horror posaba mis ojos sobre cada lugar donde podían estar escondidos, di varias vueltas sin encontrar rastro alguno, mi esperanza decaía con el pasar de los minutos. Decidí bajarme y adentrarme hacia una especie de bosque construido con material de utilería, un diablo en el bosque no es lo más común, uno de los empleados que hacía de hombre lobo me indicaba que debía salir de allí e irme al infierno.
Escapando del hombre lobo quien trató de luchar conmigo para mantener el orden en la casa embrujada terminé cayendo al piso, al subir la mirada, un grupo de niñitos se reían de mi, cinco para ser exactos. De inmediato Maria Luisa se me paró al frente y trató de seducirme como supongo hacía con todos los hombres que conocía, ella pensaba que era uno de los empleados del lugar y que simplemente con meterme un cuento chino me iría tranquilamente mientras ella culminaba con su obra trágica. Los niñitos algo asustados por mi disfraz se escondían tras un árbol de anime, Maria Luisa seguía jugando su juego para no levantar sospechas.
No hay nada peor para una mujer que no hacerle caso, en el momento en que sienten que uno ya no está detrás de ellas chillan cual tortuga herida de granada. Esto se aplica también en esos momentos en que intentan atraparlo a uno, mientras más frío se mantengan ellas perderán el control con facilidad. Maria Luisa un tanto desesperada porque yo trataba de jugar con los niños me agarraba la cola de diablo y me decía que por que no jugábamos al diablo y a la diablita, ya algo cansado de aquella burla incansable de la mujer decidí que era hora de ponerle fin a su intento de liquidar a los infantes.
Haciendo uso de mi tridente de plástico la ensarté, bueno el tridente se dobló y realmente no me quedó más remedio que darle una patada por el trasero. Maria Luisa era fuerte, y sus secuaces se abalanzaron sobre mi de inmediato, yo comencé a gritar para crear el caos dentro de la mansión del terror, mis amigos, es decir, el hombre lobo, drácula, frankenstein y otros monstruos corrieron a ayudarme, los niños pensaban que todo se trataba de un juego y reían y lloraban en medio de la confusión. En plena lucha mi careta de diablo cayó al piso y los empleados disfrazados me miraban extrañados al ver mi cara que nunca antes habían procesado, pero igual siguieron luchando con las maestras del mal hasta dejarlas rendidas en el suelo de aquella mansión del miedo.
Me subí al trencito con los cinco niñitos, pero no sin antes tener que combatir una vez más con la malvada Maria Luisa, quien con toda su fuerza me golpeó en la cabeza e hizo que me saliera del carrito. Ella siguió con los infantes, yo apenas recuperándome del golpe logré correr detrás de ellos, y haciendo uso de la cola de plástico logré lanzarla hacia los rieles en donde el trencito quedó detenido de golpe haciendo que Maria Luisa saliera volando y se abriera la frente en dos. Una vez reestablecido el orden me escabullí sin que nadie me viera.
Afuera me acerqué a Tina y sonreí, ella nuevamente insistía en querer pagarme de alguna manera, señalé la sonrisa de su hermanito, esa era mi paga por ese día, el pequeño quien no me reconocía sin mi traje de diablo se encontraba agarrado a la pierna de su hermana. Tina moviéndose hacia mi me besó, el pequeño algo celoso por el hecho me pegó una patada en la espinilla, mientras Tina volteó a reprenderlo yo escapé sin más ni menos, a desaparecerme, a seguir mi camino, mi vía solitaria pero tranquila.
A lo lejos escuché como el pequeño le decía a su hermana “Tina, Tina el diablo nos salvó”, la bella dama mirándole tiernamente y aún con su vestimenta de enfermera le dijo, “no mi amor, un ángel te ha salvado, a veces lo que llevamos por fuera no es lo que sentimos adentro”…
Estaba sentado como siempre en el techo de mi casa, pensando en lo distinto que vemos las cosas con el simple pasar de las horas, lo que queríamos una semana atrás no es lo mismo que deseamos hoy día, el movimiento es parte del cambio, el cambio trae consecuencias, las causas son distintas pero el individuo permanece igual, o quizás no, hasta el sol de hoy no lo he podido responder. Siempre llevamos ese deseo intrínseco de volver al pasado, para acomodar lo que no pudimos arreglar, para no tropezar igual que cada día, es posible que solo debido a que no aceptamos que se fue.
Como siempre hago al sentirme triste me lanzo a la calle a caminar, usualmente a un parque donde juegan niños, ellos me recuerdan lo que un día fui, y que se no volverá, pero que disfruté al máximo a pesar de estar consciente que algún día llegaría la hora de enfrentar al mal purificado. Sonríen felices, es que todavía no saben de dolores ni melancolías, las cosas simples les llenan, los persigo, ellos gozan un mundo mientras me gritan que soy un monstruo que les quiere atrapar, quizás en eso me he convertido, en un monstruo, es que he visto muchas cosas, demasiada injusticia para mi gusto.
Ese día pareciera que nada podrá levantar mis ánimos, me canso fácilmente y me siento. Una pequeña niña se me acerca y me ofrece la mitad de su helado, se ensucia las manos mientras lo parte, la verdad es que no tengo hambre, pero acepto su generosidad, se limpia sus manos en mi pantalón, luego se echa a reír cuando ve el desastre que ha hecho, hablo con ella, un rato, de las letras que ha aprendido en el colegio, de los muchachitos que la fastidian, me dice que se quiere pintar los labios y su mamá no la deja, me echo a reír, la pequeña me roba una sonrisa, si ella supiera lo que debe enfrentar cuando crezca.
Me levanto y me voy, me escondo tras unos árboles, últimamente he estado así, abstraído, pensativo, me protejo de algo, pero no se de que se trata. Hay quien piensa que ser superhéroe es un pasatiempo como cualquier otro, no saben que a diario vemos de cerca el terror en los ojos, la lucha de poderes, nuestros valores son cuestionados por minuto, la tentación nace en nuestras venas, la maldad encarnecida, la violencia supina, y el dolor humano a la máxima potencia, que no es más que la vitamina de aquellos que usan el mismo como bastón para apoyar sus torcidas vidas.
A lo largo del tiempo he ganado muchos amigos, pero la cuenta de enemigos se desborda, me hace sentir bien que no le gusto a todo el mundo, sino sería muy aburrido, pero hay gente de gente. Hay batallas que se que volverán a mi vida, en algún momento, hay cosas que se que ellos no saben, pero los caminos están construidos con bifurcaciones para alejar, y para luego acercar, hay batallas que han quedado divididas, tarde o temprano me enfrentaré de nuevo a viejos demonios que no han saldado sus cuentas, me evitarán, pero los encontraré de alguna u otra forma.
Regresando a mi casa y distraído como siempre tropecé con una alcantarilla abierta, el resultado un hueco en mi rodilla. Sangrando seguí mi camino al hospital, entré a la emergencia y me senté en una silla a esperar que alguien se apiadara de mi. Así fue como conocí a Tina Garcilazo, la única alma caritativa entre la multitud de personas que se acercó y procedió a limpiar mi herida con suavidad y delicadeza, finalmente convenció a un médico para que cosiera mi rodilla, después de indicarme que debía andar con más cuidado se levantó y se retiró, perdiéndose entre la gente que pululaba en el hospital.
Afuera del hospital esperé, pensando en todo como siempre, en que las situaciones se presentan por razones obvias pero que siempre le estamos buscando soluciones complicadas por el hecho de no aceptar que la vida es más constante y predecible de lo que parece. Finalmente salió por la puerta del hospital, me acerqué y le entregué una rosa que había tomado prestada de un jardín, sin decir ninguna palabra hice una reverencia de agradecimiento por haber tenido la gentileza de acercarse a mi cuando mi rodilla sangraba, si ella no lo hubiera hecho quizás seguiría en el hospital, la bondad se encuentra, es solo que la maldad tiene ojos color miel.
No pude quitarme su rostro de mi mente, no me quedó otra que seguirle para verle, ella caminó pausadamente y llegó a un pre-escolar. Pensé que se trataba de su hijo, su cara de angustia se esbozó de inmediato, el llanto la hizo presa, la desesperación rondaba en el ambiente. Me paré a su lado y ella me abrazó, procedió a explicarme que se trataba de su hermanito, al parecer había sido raptado por una banda de maestras inescrupulosas que habían decidido llevarse a cinco pequeñuelos con fines desconocidos, me miró y me dijo que debía ayudarle, sus padres de viaje, regresarían a la mañana siguiente. A ella le habían encomendado ser el guardián del infante, su desolación era abismal.
Mi rodilla dolía, creo que otras cosas también, adonde se habrían podido llevar a los pequeños?, de que se trataba todo esto?. Hice algunas llamadas sin lograr obtener información precisa sobre el asunto, un informante que a veces me ayudaba me dio ciertas luces, habló de Maria Luisa Salvatierra, cruel mujer, malvado pedazo de carne. Según me contó esta descorazonada transeúnte del planeta había amenazado varios meses atrás con llevarse varias almas puras en venganza por haber sido víctima de los hombres, su odio eterno, lo iba a pagar con cinco infantes a los cuales no los dejaría desarrollarse para poder herir a las mujeres en su adultez.
“Menuda cretinada”, pensé para mi, “eliminar pequeños para que al crecer no puedan hacer de las suyas”. Me quedé callado para no preocupar a Tina, le dije que íbamos a resolver el asunto, que todo era cuestión de tener un poco de calma, que debía creer en mi, que para eso estaba allí, que para eso estamos los superhéroes. Ella sin entender de que hablaba pero poseída por la angustia me dijo que sus padres me pagarían, que me darían todo con tal que rescatara sano y salvo al querubín de la familia. Sonriendo le informé que yo no cobro por salvar, que está en mi, que de eso me alimento, que allí crezco, me hago, me multiplico, no hay que darme nada a cambio, quizás algo de gratitud, pero eso nunca lo digo, me lo reservo.
Había un solo lugar donde la macabra Maria Luisa y sus secuaces podían haber llevado a los niñitos engañados, un lugar donde se quedarían tranquilos hasta ser dormidos para siempre, enviados de golpe a la eternidad. Se trataba de una especie de parque de diversiones, feria de comida, sala de juegos, un espacio para divertirse. Allí los pequeñuelos se sentirían tranquilos y acompañados por sus maestras, nunca sospecharían que su fin se acercaba. Subido en mi carro, con mi perro Alerón a mi lado y Tina casi en trance en la parte de atrás me comía los pedazos de asfalto para llegar con rapidez al lugar siniestro.
Le pedí a Tina que me esperara afuera, pues las maestras del mal le conocían, yo simplemente era un don nadie más dentro de la masa que se entretenía. Caminé tratando de localizar al grupo de niños, sin aval, no les veía por ninguna parte, pregunté y nadie supo responderme. La vida tiene momentos donde la desesperación nos domina, sino somos capaces de sentarnos a pensar por siquiera dos minutos y armar el rompecabezas en nuestras mentes las decisiones que tomamos usualmente descansan tres metros bajo tierra. Me compré una Coca-Cola y me puse a jugar algún video juego, mi mente voló con la gracia de los dibujos animados, pensé como podía pensar una mente siniestra como la de Maria Luisa, por unos minutos sentí lo que es ser de los malos.
La casa embrujada del local era famosa por sus trucos que asustaban y por los personajes que eran humanos disfrazados. Haciendo uso de mi poder de convencimiento me logré disfrazar de diablo, con cachos, tridente, cola, y por momentos creo que llegué a sentir el olor a azufre. Aprovechando el momento asusté a varias parejitas de noviecitos que utilizaban la casa del terror para hacer de las suyas, mi tridente de plástico servía de ente abusador que les cortaba la nota en que se encontraban sumidos, pero no me podía distraer, los pequeños eran mi prioridad.
El lugar algo oscuro no se prestaba para errores, sigilosamente me moví mientras sudaba con aquella vestimenta roja, buscaba algo que me hiciera sentir que los pequeñuelos estaban cerca. Montado en un pequeño trencito que recorría la mansión del horror posaba mis ojos sobre cada lugar donde podían estar escondidos, di varias vueltas sin encontrar rastro alguno, mi esperanza decaía con el pasar de los minutos. Decidí bajarme y adentrarme hacia una especie de bosque construido con material de utilería, un diablo en el bosque no es lo más común, uno de los empleados que hacía de hombre lobo me indicaba que debía salir de allí e irme al infierno.
Escapando del hombre lobo quien trató de luchar conmigo para mantener el orden en la casa embrujada terminé cayendo al piso, al subir la mirada, un grupo de niñitos se reían de mi, cinco para ser exactos. De inmediato Maria Luisa se me paró al frente y trató de seducirme como supongo hacía con todos los hombres que conocía, ella pensaba que era uno de los empleados del lugar y que simplemente con meterme un cuento chino me iría tranquilamente mientras ella culminaba con su obra trágica. Los niñitos algo asustados por mi disfraz se escondían tras un árbol de anime, Maria Luisa seguía jugando su juego para no levantar sospechas.
No hay nada peor para una mujer que no hacerle caso, en el momento en que sienten que uno ya no está detrás de ellas chillan cual tortuga herida de granada. Esto se aplica también en esos momentos en que intentan atraparlo a uno, mientras más frío se mantengan ellas perderán el control con facilidad. Maria Luisa un tanto desesperada porque yo trataba de jugar con los niños me agarraba la cola de diablo y me decía que por que no jugábamos al diablo y a la diablita, ya algo cansado de aquella burla incansable de la mujer decidí que era hora de ponerle fin a su intento de liquidar a los infantes.
Haciendo uso de mi tridente de plástico la ensarté, bueno el tridente se dobló y realmente no me quedó más remedio que darle una patada por el trasero. Maria Luisa era fuerte, y sus secuaces se abalanzaron sobre mi de inmediato, yo comencé a gritar para crear el caos dentro de la mansión del terror, mis amigos, es decir, el hombre lobo, drácula, frankenstein y otros monstruos corrieron a ayudarme, los niños pensaban que todo se trataba de un juego y reían y lloraban en medio de la confusión. En plena lucha mi careta de diablo cayó al piso y los empleados disfrazados me miraban extrañados al ver mi cara que nunca antes habían procesado, pero igual siguieron luchando con las maestras del mal hasta dejarlas rendidas en el suelo de aquella mansión del miedo.
Me subí al trencito con los cinco niñitos, pero no sin antes tener que combatir una vez más con la malvada Maria Luisa, quien con toda su fuerza me golpeó en la cabeza e hizo que me saliera del carrito. Ella siguió con los infantes, yo apenas recuperándome del golpe logré correr detrás de ellos, y haciendo uso de la cola de plástico logré lanzarla hacia los rieles en donde el trencito quedó detenido de golpe haciendo que Maria Luisa saliera volando y se abriera la frente en dos. Una vez reestablecido el orden me escabullí sin que nadie me viera.
Afuera me acerqué a Tina y sonreí, ella nuevamente insistía en querer pagarme de alguna manera, señalé la sonrisa de su hermanito, esa era mi paga por ese día, el pequeño quien no me reconocía sin mi traje de diablo se encontraba agarrado a la pierna de su hermana. Tina moviéndose hacia mi me besó, el pequeño algo celoso por el hecho me pegó una patada en la espinilla, mientras Tina volteó a reprenderlo yo escapé sin más ni menos, a desaparecerme, a seguir mi camino, mi vía solitaria pero tranquila.
A lo lejos escuché como el pequeño le decía a su hermana “Tina, Tina el diablo nos salvó”, la bella dama mirándole tiernamente y aún con su vestimenta de enfermera le dijo, “no mi amor, un ángel te ha salvado, a veces lo que llevamos por fuera no es lo que sentimos adentro”…
Friday, February 10, 2006
Letargo
Los superhéroes no amenazamos, actuamos, de eso pueden estar seguros, eso nos diferencia, con esto no quiero decir que no pensamos antes de actuar, pensamos más rápido, por ende mientras otros necesitan amenazar para pensar, yo simplemente actúo. Eso fue lo primero que aprendí cuando acepté en mi interior que debía salvar a la humanidad, o a una parte de ella, bueno más bien a unos cuantos que se metieran en problemas. Después de haber perdido a lo que años más tarde me daría cuenta era el amor de mi vida, me mantuve alejado, escondido, dolido, sin entender porqué hay heridas que nunca sanan, que permanecen intactas, que se ríen de la bondad humana. Me enfrenté a mis demonios, algunos que conocía, otros nuevos, viejos, jóvenes, astutos, sabios, tuve que buscar en lo más adentro de mis entrañas para desafiarles y conseguir un poco de paz en esas noches donde soñaba con ella.
La ciudad estaba igual a siempre, triste y agobiada, usualmente dormía horas largas para tratar de olvidar, de olvidar ese pasado que me perseguía. No le deseo a nadie tener que lidiar con el hecho de reposar tu cabeza en la almohada y saber que ella más nunca estará allí, que se ha ido, que el mundo te la robó, o quizás que tu mismo no supiste retenerla. Aún la buscaba en todos lados, en cada persona que me cruzaba en la calle, me acercaba, las tocaba, para ver una cara extraña y dura mirarme de vuelta, me excusaba, y me iba, solitario, a tratar de entender las razones, las respuestas no han llegado, pienso que nunca arribarán, el modo de aceptar las cosas es proporcionalmente igual al dolor que podemos soportar, créanme en el mercado no venden sonrisas ni felicidad, no las busquen allí.
Dudé de mi mismo, creo que ese es el peor sentimiento que se puede sufrir, no creer que existes, que no eres más que un sueño de un científico loco que te creó en una borrachera. Recuerdo aquella noche, en el techo de mi casa, contemplando la ciudad, no creía en mi persona, el hecho de saber que más nunca le vería helaba mi sangre, ni siquiera de niño lloré tanto, estaba inconsolable. Mi perro Alerón me lamía las mejillas, quitando aquellas gotas llenas de dolor, pasé horas y días de luto, se transformaron en meses, varios de ellos. Soñaba para recordar, siempre en sueños aparecía, serena y tranquila, me miraba, sonreía, luego su risa se transformaba en burla, se arrastraba por el suelo de la risa, mostraba una especie de tabla de posiciones en donde ella ganaba y yo perdía, yo trataba de explicar, de pedir una oportunidad para demostrar, ella soberbia y alzada me tiraba un beso al aire y se iba.
Despertaba gritando su nombre, mis padres corrían a mi cuarto, asustados por mis alaridos, yo sentado en mi cama, mostrando mi bien cuidado y sudoroso abdomen lloraba. Mi madre no soportaba verme así, mi padre se sentaba a mi lado y me hablaba por horas, debo confesar que no lo escuchaba, pero su presencia me calmaba, si a eso se le puede llamar calma. Mi padre inventaba historias, ustedes saben lo que es inventar cuentos para un “niño” de veinte y dos años?, yo le miraba detrás de mis ojos vidriosos y le decía que no mintiera, el solo ha tenido ojos para mi madre, el solo puede hablar de eso. Salía el sol y no quería mirarle, su aroma se había quedado en mi piel, me metía al baño a quitármelo, pero allí permanecía, hay cosas que no podemos borrar por más que intentemos, es solo cuestión de aprenderlas a llevar, hacerlas nuestras y no traicionarlas, firmar un contrato de no agresión, así hice, su olor y yo ahora convivíamos juntos.
De lo malo siempre sale algo bueno, descubrí que mis amigos a pesar de no ser superhéroes estaban allí para apoyarme, me uní a mi pequeño hermano a quien comencé a entrenar en el arte de ser superhéroe después de darme cuenta que era mi clon. Finalmente eduqué a mi perro para que se sentara en el asiento trasero del carro y mi alma conoció finalmente el dolor que causa el sentir, ese dolor que no puedes explicar, pero que tarde o temprano se diluye y te acostumbras a llevarle encima. No se va del todo, siempre queda allí impregnado, es solo que lo miras como a un farsante, no le das el crédito que el cree merecer, lo olvidas de a ratos y cuando arremete estás preparado o al menos eso te haces creer.
Sonó el teléfono, tenía días sin contestarle, sentí miedo de atender pues de escuchar esa voz de nuevo no sabría como reaccionar. Vencer los miedos es parte del crecer, ahora bien, un superhéroe con miedo es otra cosa, es pasar de lo sublime a lo ridículo, en un instante, sin derecho a revertir, sin chance a dejar de sentir. Lo dejé repicar varias veces, me paré de la cama, mis huesos crujieron, mi alma sonó, finalmente atendí, mis padres asomados en la puerta de mi cuarto celebraban como si hubiera resucitado de entre los muertos, les miré y sonreí, por primera vez en largo tiempo. Del otro lado, había una voz, por supuesto, no la que mis anhelos deseaban, pero voz al fin, otro ser humano, en su juego de las relaciones.
“Hola Poli”, dijo Gaby, Gabriela Laardner, una amiga de la infancia quien siempre me usó como papá en sus juegos de pequeña a pesar que yo siempre terminaba colocándome una capa y diciéndole que iba a salvar al mundo ante su llanto inclemente. “Finalmente atiendes” dijo la bella dama, “sabes que estamos preocupados por ti ¿no?, ¿por cierto, que tal si te paso buscando y nos tomamos algo?. Dudas, el peor enemigo del planeta, me invadieron, respiré hondo y contesté, “ok, está bien Gaby, pásame buscando”, “ese es mi Poli” gritó Gaby, mis padres del tiro salieron a celebrar, iba a pisar la calle por primera vez, acompañado, después de mis vacaciones inducidas, provocadas por eso que llaman “amor”.
Nunca he entendido porqué las personas tratan de aprovecharse cuando la guardia de un ser humano ha sido vulnerada, yo no hago esas cosas, pero Gaby tenía planes. Llegó vestida espectacular, eso debo reconocer, ella es una mujer linda, sin lugar a dudas, al subirme a su carro comenzó a coquetear, una mujer con una misión, yo apenas un superhéroe recuperándome. “Hola guapo” soltó Gaby, “hola ¿que tal?” le respondí, “ay! miren a mi Poli que lindo” dijo ella, yo simplemente bajé la mirada y me limité a mirar el camino hacia el restaurant. Cenamos, hablamos de todo un poco, claramente Gaby se insinuó, pensaba que era el momento preciso para atacar, yo estaba aún golpeado, y ella trató de suplir algo que no se puede reemplazar nunca.
No quise ser descortés, seguí el ritmo de su juego, de su intento en vano por hacerme de ella. Recordamos viejos tiempos, cuando siendo niños peleábamos por determinar que juego jugar, me acordaba de aquella vez cuando se le había caído un diente y le dije que era una bruja y ella lloró por horas por mi comentario mal intencionado, ¿que mala intención se puede tener a los seis años?. Me fui dejando llevar por la conversación, por minutos olvidaba mi pesar, en otros parecía distraído, aún buscaba su bella sonrisa en los labios de Gaby. “Entonces Poli” dijo Gaby “¿vamos a darle un chance a lo nuestro?, “¿a lo que? contesté de inmediato, “tu te volviste loca de verdad, no Gaby, ¿de que hablas?”.
Ella bajó la mirada y me dijo “bueno, yo solo intenté, disculpa, de verdad, que pena”, “no te preocupes, no hay problema” le dije mientras finalizaba mi Coca-Cola. Hay momentos donde provoca huir, desaparecer, salir corriendo sin parar hasta que tus pulmones no puedan aceptar aire y caer desmayado en algún lugar desolado. Gaby siguió hablando, para adelante y para atrás, de lo que ella hacía, ser veterinario, yo reconozco no haberle parado por un tiempo, pero luego al hablar de su trabajo en el hipódromo con los equinos, noté como su semblante cambiaba, como si algo le intrigara al hablar, sentí miedo en su voz, como si quisiera que preguntara, yo me paré de la mesa dando muestras que era hora de regresar.
Esa noche, como muchas otras, no dormí, la tentación de volver al ruedo era mucha, la voz de Gaby, temblorosa, sin lugar a dudas necesitada de ayuda, para eso estoy aquí, para salvar, sin miedos ni restricciones. Subí al techo de mi casa, con toda mi fuerza grité su nombre por última vez en mi vida, nunca supe si grité para que me escuchara y me viniera a rescatar o simplemente para mandarla lejos. En mi closet, abrí una caja plateada, muy bien pulida, con un candado, adentro mi china, mi arma fiel, esperaba para ser empuñada una vez más, mi mano temblaba, la tomé y la puse en el bolsillo trasero de mi pantalón, como había hecho desde mi infancia, de allí me fui al hipódromo.
No hay nada más placentero que una sonrisa de sorpresa, esa que esbozó Gaby al verme allí. En el hospital veterinario, los equinos se paseaban, elegantes y majestuosos. “Que haces aquí? preguntó Gaby a la vez que besaba mi mejilla, “pues nada, te vine a visitar, quería ver a la doctora en acción”, ella soltó una risa sincera, me tomó de la mano y me dijo “vamos, te muestro todo esto”, yo con sutileza solté mi mano y seguimos caminando. Cuando el tour estaba completo, nos sentamos a almorzar, para mi Gaby era la misma niña de seis años con que jugaba, para ella yo era uno de sus candidatos a papá, pero en la vida real, en el mundo de los adultos, a veces los humanos no estamos en la misma página, de esto se trata el existir, de compaginarse.
Se acercó un veterinario, algo mal encarado, “me puedo sentar?”, preguntó, yo de inmediato le extendí una silla, con ella mi mano, “encantado” le dije “bonito lugar tienen acá”. El hombre ni siquiera respondió, “Gaby estás lista?” dijo, Gaby algo incómoda dijo “si, si Juan Antonio, estoy lista”, se volteó a mirarme y dijo “Poli, te quedas un rato por aquí?, ya vuelvo, en un minutito”, yo asentí con la cabeza. Ellos salieron por la puerta, yo por la otra, les seguí, con cautela, iba sonriendo mientras hacía esto, mis facultades regresaban a mi ser. En un quirófano en donde un caballo yacía sobre la mesa operatoria había mucho movimiento, yo buscaba con afán para localizar a Gaby pero no la veía, de pronto el panorama se aclaró, en otra mesa operatoria estaba Gaby acostada, amarrada, con lágrimas en sus ojos.
Un peón que pululaba por el lugar me divisó husmeando, se acercó y dijo “quien es usted?, yo sorprendido mirando lo que no debía ver le contesté que era un veterinario invitado a ver la gran operación, debo confesar que no tenía ni puta idea de que hablaba. El peón me dijo “ah si?, cual es la clave?, “que clave?, de que hablas hermanazo?, el diminuto hombre, quizás jinete en su pasado, desenfundó una navaja y trató de cortarme, el enano no sabía que mis reflejos eran más rápidos que su vida, la navaja se clavó en un barril que contenía gasoil, sin pensarlo un codazo al coco del peón, el diminuto personaje cayó al piso, pero se puso en pie y lanzó un golpe recto a mi estómago, su puño golpeó la pared, la pared que era mi masa abdominal, el enano sorprendido trató de huir, le hice una zancadilla, y brincando sobre él lo tomé por el cabello y estrellé su cabeza contra el cemento.
El barril de gasoil me dio una idea inmediata, abrí un armario en donde encontré un tetero, supongo que para alimentar, potros recién nacidos, quien sabe, lo llené de gasoil y me escondí en un cuarto. Allí encontré todo el ropaje de los jinetes, me vestí de jinete, no se a quien pretendía engañar pero me causó gracia verme vestido así, no hay jinete que mida un metro ochenta, ese era yo, ahora jinete. Corrí de nuevo hacia el quirófano en donde habían comenzado a trabajar en la yegua, pues ahí me di cuenta que se trataba de una yegua, con precisión le extraían su útero y demás órganos circundantes, la mirada macabra de aquellos veterinarios me dijo que debía actuar rápido o Gaby estaría en problemas.
Me dirigí a una caballeriza y abrí las puertas de los establos, los animales libres corrían salvajemente, el caos se apoderó de la situación, tal cual como me gusta, el desorden al máximo, corriendo volví al quirófano en donde los veterinarios habían tenido que parar su actuación ya que los equinos corriendo por doquier estaban causando revuelo. Escondido tras la puerta me cercioré que a medida que los veterinarios salían, mi tetero lleno de gasoil los mojara, ellos distraídos por el desastre armado ni cuenta se dieron, aproveché para introducirme al quirófano y sacar a Gaby de allí, ella al verme no sabía quien era, luego entendió que me había disfrazado de jinete y solo pudo sonreír, la cargué y nos escondimos dentro de un establo.
Allí Gaby me explicó que iban a colocar su útero dentro de la yegua, todo como parte de un experimento macabro para fecundar a un humano dentro de un equino con la misión de hacerle más fuerte y crear una raza superior. La verdad no entiendo la razón de la humanidad para tratar de ir en contra de las leyes naturales, en vez de preocuparnos por esas pendejadas deberíamos resolver otros problemas, crear un mundo en donde se pueda vivir, ser libres, capaces, poder desarrollarnos plenamente, pero no joder la existencia de una pobre muchacha por el afán de jugar a ser Dios. “Van a venir por nosotros” me dijo Gaby, “vete Poli, por favor, ya yo acepté que este es mi destino”, la miré como suelo hacer, “el destino no existe, y te lo voy a probar aquí mismo, tomamos decisiones y eso lo queremos llamar destino, una simple respuesta auto complaciente para sentirnos mejor cuando las cosas nos pasan, mi decisión es quedarme aquí, contigo, y por eso lo que llamas destino va a cambiar, tu no vas a ser parte de esta locura, así que esta vez yo digo que juego vamos a jugar.”
En ese instante se abrieron las puertas del establo, los tres veterinarios armados sonrieron confiados que su plan se iba a cumplir a cabalidad. “Tu, imbécil, el vestido de jinete, payaso de pueblo, párate de ahí” gritó uno de los hombres, otro de ellos tomó a Gaby por el brazo. Yo dije “miren, a mi nadie me dice payaso de pueblo, yo solo se que mejor nos dejan ir, dejan de hacer sus experimentos idiotas, y aquí no ha pasado nada”, los hombres soltaron la carcajada y profirieron unos cuantos insultos más, “escuchen sino nos dejan ir los voy a prender vivos”, uno de ellos dijo “nos estás amenazando? payasete?, en el acto solté un fósforo al aire, al contacto con la ropa de uno de los veterinarios se prendieron pues estaban impregnados de gasoil, los hombres quemándose vivos se lanzaban a unos barriles de agua, tomé a Gaby por la mano, no sin antes decirles a los verdaderos payasos de la historia “yo no amenazo, actúo, acuérdense siempre de eso.”
Corriendo por la pista del hipódromo llevaba a Gaby agarrada de la mano, como dos niños jugábamos a los caballos de carrera, al llegar a la meta, la cruzamos juntos, la foto no reveló ganador, iguales, equilibrados, ella me miró con ojos de nostalgia, yo sonreí, la besé en la frente, agradecí su empuje para sacarme del letargo, y me fui, caminando, solo, conmigo mismo, como siempre hice, si bien es cierto que la recordé, mi interior aceptó que yo no temo a nada, que tampoco amenazo, que por si no lo saben, les vuelvo a repetir, actúo...
La ciudad estaba igual a siempre, triste y agobiada, usualmente dormía horas largas para tratar de olvidar, de olvidar ese pasado que me perseguía. No le deseo a nadie tener que lidiar con el hecho de reposar tu cabeza en la almohada y saber que ella más nunca estará allí, que se ha ido, que el mundo te la robó, o quizás que tu mismo no supiste retenerla. Aún la buscaba en todos lados, en cada persona que me cruzaba en la calle, me acercaba, las tocaba, para ver una cara extraña y dura mirarme de vuelta, me excusaba, y me iba, solitario, a tratar de entender las razones, las respuestas no han llegado, pienso que nunca arribarán, el modo de aceptar las cosas es proporcionalmente igual al dolor que podemos soportar, créanme en el mercado no venden sonrisas ni felicidad, no las busquen allí.
Dudé de mi mismo, creo que ese es el peor sentimiento que se puede sufrir, no creer que existes, que no eres más que un sueño de un científico loco que te creó en una borrachera. Recuerdo aquella noche, en el techo de mi casa, contemplando la ciudad, no creía en mi persona, el hecho de saber que más nunca le vería helaba mi sangre, ni siquiera de niño lloré tanto, estaba inconsolable. Mi perro Alerón me lamía las mejillas, quitando aquellas gotas llenas de dolor, pasé horas y días de luto, se transformaron en meses, varios de ellos. Soñaba para recordar, siempre en sueños aparecía, serena y tranquila, me miraba, sonreía, luego su risa se transformaba en burla, se arrastraba por el suelo de la risa, mostraba una especie de tabla de posiciones en donde ella ganaba y yo perdía, yo trataba de explicar, de pedir una oportunidad para demostrar, ella soberbia y alzada me tiraba un beso al aire y se iba.
Despertaba gritando su nombre, mis padres corrían a mi cuarto, asustados por mis alaridos, yo sentado en mi cama, mostrando mi bien cuidado y sudoroso abdomen lloraba. Mi madre no soportaba verme así, mi padre se sentaba a mi lado y me hablaba por horas, debo confesar que no lo escuchaba, pero su presencia me calmaba, si a eso se le puede llamar calma. Mi padre inventaba historias, ustedes saben lo que es inventar cuentos para un “niño” de veinte y dos años?, yo le miraba detrás de mis ojos vidriosos y le decía que no mintiera, el solo ha tenido ojos para mi madre, el solo puede hablar de eso. Salía el sol y no quería mirarle, su aroma se había quedado en mi piel, me metía al baño a quitármelo, pero allí permanecía, hay cosas que no podemos borrar por más que intentemos, es solo cuestión de aprenderlas a llevar, hacerlas nuestras y no traicionarlas, firmar un contrato de no agresión, así hice, su olor y yo ahora convivíamos juntos.
De lo malo siempre sale algo bueno, descubrí que mis amigos a pesar de no ser superhéroes estaban allí para apoyarme, me uní a mi pequeño hermano a quien comencé a entrenar en el arte de ser superhéroe después de darme cuenta que era mi clon. Finalmente eduqué a mi perro para que se sentara en el asiento trasero del carro y mi alma conoció finalmente el dolor que causa el sentir, ese dolor que no puedes explicar, pero que tarde o temprano se diluye y te acostumbras a llevarle encima. No se va del todo, siempre queda allí impregnado, es solo que lo miras como a un farsante, no le das el crédito que el cree merecer, lo olvidas de a ratos y cuando arremete estás preparado o al menos eso te haces creer.
Sonó el teléfono, tenía días sin contestarle, sentí miedo de atender pues de escuchar esa voz de nuevo no sabría como reaccionar. Vencer los miedos es parte del crecer, ahora bien, un superhéroe con miedo es otra cosa, es pasar de lo sublime a lo ridículo, en un instante, sin derecho a revertir, sin chance a dejar de sentir. Lo dejé repicar varias veces, me paré de la cama, mis huesos crujieron, mi alma sonó, finalmente atendí, mis padres asomados en la puerta de mi cuarto celebraban como si hubiera resucitado de entre los muertos, les miré y sonreí, por primera vez en largo tiempo. Del otro lado, había una voz, por supuesto, no la que mis anhelos deseaban, pero voz al fin, otro ser humano, en su juego de las relaciones.
“Hola Poli”, dijo Gaby, Gabriela Laardner, una amiga de la infancia quien siempre me usó como papá en sus juegos de pequeña a pesar que yo siempre terminaba colocándome una capa y diciéndole que iba a salvar al mundo ante su llanto inclemente. “Finalmente atiendes” dijo la bella dama, “sabes que estamos preocupados por ti ¿no?, ¿por cierto, que tal si te paso buscando y nos tomamos algo?. Dudas, el peor enemigo del planeta, me invadieron, respiré hondo y contesté, “ok, está bien Gaby, pásame buscando”, “ese es mi Poli” gritó Gaby, mis padres del tiro salieron a celebrar, iba a pisar la calle por primera vez, acompañado, después de mis vacaciones inducidas, provocadas por eso que llaman “amor”.
Nunca he entendido porqué las personas tratan de aprovecharse cuando la guardia de un ser humano ha sido vulnerada, yo no hago esas cosas, pero Gaby tenía planes. Llegó vestida espectacular, eso debo reconocer, ella es una mujer linda, sin lugar a dudas, al subirme a su carro comenzó a coquetear, una mujer con una misión, yo apenas un superhéroe recuperándome. “Hola guapo” soltó Gaby, “hola ¿que tal?” le respondí, “ay! miren a mi Poli que lindo” dijo ella, yo simplemente bajé la mirada y me limité a mirar el camino hacia el restaurant. Cenamos, hablamos de todo un poco, claramente Gaby se insinuó, pensaba que era el momento preciso para atacar, yo estaba aún golpeado, y ella trató de suplir algo que no se puede reemplazar nunca.
No quise ser descortés, seguí el ritmo de su juego, de su intento en vano por hacerme de ella. Recordamos viejos tiempos, cuando siendo niños peleábamos por determinar que juego jugar, me acordaba de aquella vez cuando se le había caído un diente y le dije que era una bruja y ella lloró por horas por mi comentario mal intencionado, ¿que mala intención se puede tener a los seis años?. Me fui dejando llevar por la conversación, por minutos olvidaba mi pesar, en otros parecía distraído, aún buscaba su bella sonrisa en los labios de Gaby. “Entonces Poli” dijo Gaby “¿vamos a darle un chance a lo nuestro?, “¿a lo que? contesté de inmediato, “tu te volviste loca de verdad, no Gaby, ¿de que hablas?”.
Ella bajó la mirada y me dijo “bueno, yo solo intenté, disculpa, de verdad, que pena”, “no te preocupes, no hay problema” le dije mientras finalizaba mi Coca-Cola. Hay momentos donde provoca huir, desaparecer, salir corriendo sin parar hasta que tus pulmones no puedan aceptar aire y caer desmayado en algún lugar desolado. Gaby siguió hablando, para adelante y para atrás, de lo que ella hacía, ser veterinario, yo reconozco no haberle parado por un tiempo, pero luego al hablar de su trabajo en el hipódromo con los equinos, noté como su semblante cambiaba, como si algo le intrigara al hablar, sentí miedo en su voz, como si quisiera que preguntara, yo me paré de la mesa dando muestras que era hora de regresar.
Esa noche, como muchas otras, no dormí, la tentación de volver al ruedo era mucha, la voz de Gaby, temblorosa, sin lugar a dudas necesitada de ayuda, para eso estoy aquí, para salvar, sin miedos ni restricciones. Subí al techo de mi casa, con toda mi fuerza grité su nombre por última vez en mi vida, nunca supe si grité para que me escuchara y me viniera a rescatar o simplemente para mandarla lejos. En mi closet, abrí una caja plateada, muy bien pulida, con un candado, adentro mi china, mi arma fiel, esperaba para ser empuñada una vez más, mi mano temblaba, la tomé y la puse en el bolsillo trasero de mi pantalón, como había hecho desde mi infancia, de allí me fui al hipódromo.
No hay nada más placentero que una sonrisa de sorpresa, esa que esbozó Gaby al verme allí. En el hospital veterinario, los equinos se paseaban, elegantes y majestuosos. “Que haces aquí? preguntó Gaby a la vez que besaba mi mejilla, “pues nada, te vine a visitar, quería ver a la doctora en acción”, ella soltó una risa sincera, me tomó de la mano y me dijo “vamos, te muestro todo esto”, yo con sutileza solté mi mano y seguimos caminando. Cuando el tour estaba completo, nos sentamos a almorzar, para mi Gaby era la misma niña de seis años con que jugaba, para ella yo era uno de sus candidatos a papá, pero en la vida real, en el mundo de los adultos, a veces los humanos no estamos en la misma página, de esto se trata el existir, de compaginarse.
Se acercó un veterinario, algo mal encarado, “me puedo sentar?”, preguntó, yo de inmediato le extendí una silla, con ella mi mano, “encantado” le dije “bonito lugar tienen acá”. El hombre ni siquiera respondió, “Gaby estás lista?” dijo, Gaby algo incómoda dijo “si, si Juan Antonio, estoy lista”, se volteó a mirarme y dijo “Poli, te quedas un rato por aquí?, ya vuelvo, en un minutito”, yo asentí con la cabeza. Ellos salieron por la puerta, yo por la otra, les seguí, con cautela, iba sonriendo mientras hacía esto, mis facultades regresaban a mi ser. En un quirófano en donde un caballo yacía sobre la mesa operatoria había mucho movimiento, yo buscaba con afán para localizar a Gaby pero no la veía, de pronto el panorama se aclaró, en otra mesa operatoria estaba Gaby acostada, amarrada, con lágrimas en sus ojos.
Un peón que pululaba por el lugar me divisó husmeando, se acercó y dijo “quien es usted?, yo sorprendido mirando lo que no debía ver le contesté que era un veterinario invitado a ver la gran operación, debo confesar que no tenía ni puta idea de que hablaba. El peón me dijo “ah si?, cual es la clave?, “que clave?, de que hablas hermanazo?, el diminuto hombre, quizás jinete en su pasado, desenfundó una navaja y trató de cortarme, el enano no sabía que mis reflejos eran más rápidos que su vida, la navaja se clavó en un barril que contenía gasoil, sin pensarlo un codazo al coco del peón, el diminuto personaje cayó al piso, pero se puso en pie y lanzó un golpe recto a mi estómago, su puño golpeó la pared, la pared que era mi masa abdominal, el enano sorprendido trató de huir, le hice una zancadilla, y brincando sobre él lo tomé por el cabello y estrellé su cabeza contra el cemento.
El barril de gasoil me dio una idea inmediata, abrí un armario en donde encontré un tetero, supongo que para alimentar, potros recién nacidos, quien sabe, lo llené de gasoil y me escondí en un cuarto. Allí encontré todo el ropaje de los jinetes, me vestí de jinete, no se a quien pretendía engañar pero me causó gracia verme vestido así, no hay jinete que mida un metro ochenta, ese era yo, ahora jinete. Corrí de nuevo hacia el quirófano en donde habían comenzado a trabajar en la yegua, pues ahí me di cuenta que se trataba de una yegua, con precisión le extraían su útero y demás órganos circundantes, la mirada macabra de aquellos veterinarios me dijo que debía actuar rápido o Gaby estaría en problemas.
Me dirigí a una caballeriza y abrí las puertas de los establos, los animales libres corrían salvajemente, el caos se apoderó de la situación, tal cual como me gusta, el desorden al máximo, corriendo volví al quirófano en donde los veterinarios habían tenido que parar su actuación ya que los equinos corriendo por doquier estaban causando revuelo. Escondido tras la puerta me cercioré que a medida que los veterinarios salían, mi tetero lleno de gasoil los mojara, ellos distraídos por el desastre armado ni cuenta se dieron, aproveché para introducirme al quirófano y sacar a Gaby de allí, ella al verme no sabía quien era, luego entendió que me había disfrazado de jinete y solo pudo sonreír, la cargué y nos escondimos dentro de un establo.
Allí Gaby me explicó que iban a colocar su útero dentro de la yegua, todo como parte de un experimento macabro para fecundar a un humano dentro de un equino con la misión de hacerle más fuerte y crear una raza superior. La verdad no entiendo la razón de la humanidad para tratar de ir en contra de las leyes naturales, en vez de preocuparnos por esas pendejadas deberíamos resolver otros problemas, crear un mundo en donde se pueda vivir, ser libres, capaces, poder desarrollarnos plenamente, pero no joder la existencia de una pobre muchacha por el afán de jugar a ser Dios. “Van a venir por nosotros” me dijo Gaby, “vete Poli, por favor, ya yo acepté que este es mi destino”, la miré como suelo hacer, “el destino no existe, y te lo voy a probar aquí mismo, tomamos decisiones y eso lo queremos llamar destino, una simple respuesta auto complaciente para sentirnos mejor cuando las cosas nos pasan, mi decisión es quedarme aquí, contigo, y por eso lo que llamas destino va a cambiar, tu no vas a ser parte de esta locura, así que esta vez yo digo que juego vamos a jugar.”
En ese instante se abrieron las puertas del establo, los tres veterinarios armados sonrieron confiados que su plan se iba a cumplir a cabalidad. “Tu, imbécil, el vestido de jinete, payaso de pueblo, párate de ahí” gritó uno de los hombres, otro de ellos tomó a Gaby por el brazo. Yo dije “miren, a mi nadie me dice payaso de pueblo, yo solo se que mejor nos dejan ir, dejan de hacer sus experimentos idiotas, y aquí no ha pasado nada”, los hombres soltaron la carcajada y profirieron unos cuantos insultos más, “escuchen sino nos dejan ir los voy a prender vivos”, uno de ellos dijo “nos estás amenazando? payasete?, en el acto solté un fósforo al aire, al contacto con la ropa de uno de los veterinarios se prendieron pues estaban impregnados de gasoil, los hombres quemándose vivos se lanzaban a unos barriles de agua, tomé a Gaby por la mano, no sin antes decirles a los verdaderos payasos de la historia “yo no amenazo, actúo, acuérdense siempre de eso.”
Corriendo por la pista del hipódromo llevaba a Gaby agarrada de la mano, como dos niños jugábamos a los caballos de carrera, al llegar a la meta, la cruzamos juntos, la foto no reveló ganador, iguales, equilibrados, ella me miró con ojos de nostalgia, yo sonreí, la besé en la frente, agradecí su empuje para sacarme del letargo, y me fui, caminando, solo, conmigo mismo, como siempre hice, si bien es cierto que la recordé, mi interior aceptó que yo no temo a nada, que tampoco amenazo, que por si no lo saben, les vuelvo a repetir, actúo...
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