Hoy, supuestamente hoy es un día importante, finalmente les he convencido en el manicomio que no estoy loco, que siempre dije la verdad, y que mis historias son tan ciertas como mi propia existencia, al menos yo estoy convencido, es por eso que ellos nunca entenderán. Según me dijeron debo sentirme muy bien, excelente, esa fue la palabra que usaron, he vencido mis fantasmas, he escalado la montaña, subí paso a paso la escalera de cristal que construyeron para mi. Miro al cielo y veo el sol, está saliendo por el este como todos los días desde que llegué a este lugar, no entiendo porque es un día especial, simplemente no comprendo cual es la diferencia.
Hoy, como todos los días el cielo se ve azul, con tonalidades, pero azul al fin, así lo recuerdo cuando llegué, azul, sin más ni menos, azul como la tristeza que he llevado en estos años encerrado en mi propio ser, encerrado por luchar contra el mal reinante, contra aquello que está bien para pocos y mal para muchos. Me abren las puertas a una nueva vida, al menos eso creen, como si mi vida fuera distinta, afuera o dentro de las paredes, es lo mismo, es mi existir, vieja como mi alma, sigo siendo el mismo, aquel que dejó muchas veces pero también fue dejado.
La brisa me acaricia la cara, es el viento mi amigo que trae recuerdos dentro de si, su olor me traslada al pasado, a otro momento del andar, un simple ladrillo que tuve que pegar. Mis ojos miran a todos lados, pueden ver aquello que fueron privados tiempo antes, creo sentir que una lágrima brota de ellos, no es felicidad, no es tristeza, es simplemente un acto humano. Atravieso aquella avenida, que ha permanecido intacta en el tiempo, me distraigo, un veloz taxi pasa a mi lado, casi atropellándome y grita algún improperio que no logro distinguir, solo alcanzo a decirle “de alquiler como tu mamá”, en ese momento sonrío.
Mi risa, aquellas carcajadas que poblaban mi ser, vuelven, retornan del letargo a que han sido sometidas, me paro sobre la acera, la calle de concreto peatonal que se encuentra al frente de lo que ha sido mi casa en estos años, el lugar donde mis sueños han quedado atrapados, esa fría mansión en la cual me habían internado. Un pequeño niño se me queda mirando, se esconde tras un poste de luz pero puedo verle, el supone que es invisible, fantasmagórico como yo, hago que no le veo, me acerco, el se ríe al ver que trato de atraparle, luego me extiende su mano y me regala un caramelo, a esa edad no se sabe de egoísmo ni perdones.
Deambulo por aquellas calles, voy pensando en aquello que pudo ser y no fue, por obra del orgullo, de la soberbia, de la terquedad, aquello que fue mi culpa y que nunca comprendí. Me paseo por los momentos más importantes de mi vida, me toma tiempo, cada día ha sido relevante, si solo supiéramos dar valor a los segundos y no solamente a los años. Por un minuto siento que toda ha cambiado, las miradas de los transeúntes parecen distintas, perdidas, ajetreadas, luego observo una hoja que cae desde un árbol, lentamente, desciende hacia el suelo, el ciclo, es un círculo, empezamos y volvemos.
Me uno a la masa que camina, me mimetizo entre ellos, nadie sabe quien soy, yo no se quien son ellos, nadie sabe de mi salida, a quien debiera importarle. Recuerdo el daño que me hicieron, la humillación a que me sometieron, el robo del que fui víctima, igualmente reconozco que también he dañado, a mi manera, pero daño al fin, el planeta se equilibra, nosotros hacemos trastadas para malograr el correr del tiempo. El ruido de los pasos contra el cemento me pone al constante que todos vamos y venimos, que hoy estamos aquí pero mañana podríamos no estarlo.
Gente común me rodea, algunos salvan otros deben ser salvados, no he olvidado porqué vine hace tiempo, nunca lo puedo hacer, es un deber, es un placer, nadie me puede detener. Me detengo en un establecimiento, pido una Coca-Cola fría, siento de nuevo su sabor atravesándome, hay cosas que permanecen, hay cosas que no deben cambiar, inmutables por el tiempo, insaciables ante la maldad, la rienda de mi imaginación está suelta de nuevo, como siempre he sabido, más aún no he comprendido, el saber y el comprender juegan juntos por doquier.
Bajo las escaleras que me conducen al subterráneo, el camino a casa se acorta, en el sub-mundo de la corteza terrestre me encuentro, mirando a todos lados, resguardando lo único que no me han quitado. Los caminos no siempre son los que vemos, en la oscuridad y en el fondo hay vías para moverse, es cuestión de no perderse en el lento vaivén que existe y que en oportunidades no se muestra consciente. La espera va llegando a su fin, poco a poco me voy acercando, mil recuerdos se van acumulando, si solo supieran lo que les espera no estarían celebrando.
Subo a la superficie, conmigo mismo y mi china, lo que me queda, aunado a mi misión, el lugar me es conocido, allí me crié, es solo el sitio en donde comprendí para que estaba, siento pena por los que no están, me alegro por los que pueden respirar, todo cobra sentido nuevamente, se va armando mi mente placidamente, en un cerrar de ojos aprendo que la maldad se adquiere en un instante, por el contrario lo bueno nos lleva la existencia, ahora me acuerdo donde empecé, si es que comprendo porqué fallé, mis enemigos me pueden oler, más esta vez no pienso ceder, mi cerebro procesa aquel pensamiento, por mucho tiempo saltando en mi ser, he vuelto por lo mío bandidos ladrones, escondan sus almas, también sus traseros, no tengo pasiones y después de todo no llevo pasajeros….
Friday, February 05, 2010
Wednesday, January 27, 2010
Torero
Corría el año '91 y yo para variar no sabía que hacer con mi vida, me senté en mi ventana y pensé "que puedo hacer yo con esta existencia sin destino que llevo yo?, de inmediato me vino a la mente una idea que no podía rechazar. Durante la cena con mis padres y hermanos presentes, les pedí me prestaran atención por unos minutos pues tenía un importante anuncio que hacer. Querida familia dije, me voy mañana a vivir a Maracay, mi Papá me interrumpió y dijo "y que carajo vas a hacer tu en Maracay?, de inmediato contesté "pues me voy a meter a torero, así mismo como lo escuchan, quiero ser torero."
Mi Mamá que había lidiado con todas mis locuras a lo largo de los años simplemente se limitó a bajar la mirada y alcancé a escuchar cuando dijo "que Dios proteja a este loquito que procreé". Mi Papá dijo "pero tu estás loco o te brinca la tiroides?, torero???????, no me jodas yo no te voy a dar ni un centavo para alcahuetear esa desaforada idea, torero?, hay que ver las cosas que yo he escuchado de ti Policarpio y se levantó de la mesa, mi hermano del medio se cagaba de la risa mientras el menor se tiró en el piso y comenzó a fingir que era un toro para que lo toreara, yo con delicadeza agarré un paño de cocina y jugué con él por un rato para luego irme a dormir.
A la mañana siguiente muy temprano me levanté y me despedí de mi familia, mi Papá molesto ni se despidió, mi Mamá me dio unos churupos para el primer mes y mis hermanos todavía cagados de la risa me desearon suerte. A las 8:15 estaba montado en un autobús camino hacia Maracay, una vez llegado a la ciudad jardín me desplacé hacia la Escuela de Tauromaquia Morenito de Maracay en donde fui muy bien recibido por los allí presentes, me mostraron las instalaciones y me dijeron "pues bien Policarpio este va a ser tu hogar durante los próximos dos años."
Confieso que no fue fácil, estar alejado de mi casa, entre extraños y sin mucho dinero en el bolsillo pero poco a poco le fui agarrando el gustico a la cosa y cada día me emocionaba más. Empecé con becerros y de ahí pasé a novillos, no sabía como carajo pero al parecer tenía una capacidad innata para esto de enfrentarse a bestias de más de 800 kilos. En la Escuela de Toros me permitieron trabajar con los animales para pagarme el sustento y la verdad creo que poco a poco me encariñé con aquellos animalejos que en realidad no tenían la culpa de ser llevados al ruedo para luego ser sacrificados como parte del ritual taurino.
Finalmente llegó el día de la "Alternativa" que no es más que la ceremonia en la cual un novillero pasa a ser matador de toros. Logré que mis padres y mis hermanos se presentaran en el Nuevo Circo que reabría sus puertas para la corrida. Adentro estaba yo un tanto nervioso vistiéndome con el Traje de Luces que me quedaba estrecho y me cortaba la circulación, la verdad que esa vaina con hilo de oro y lentejuelas es más fea que pegarle a su propia madre el día de su cumpleaños, finalmente y ya vestido procedí a entrar a la capilla a rezar y esperé el momento de salir al ruedo.
Con el capote y la muleta en mano me paré en el centro del ruedo, solo que no llevaba la Montera que no es más que ese sombrerito negro patético que utilizan los toreros, salí al ruedo con mi gorra de los Medias Rojas de Boston para el asombro de todos los presentes. Los integrantes de mi cuadrilla no sabían si reírse o llorar y los jueces atónitos me miraban con ganas de lincharme. Procedí a dedicar la corrida a una noviecita que había dejado en Caracas dos años antes y le tiré mi gorra de los Medias Rojas la cual atajó con mucha gracia.
Así comenzó la faena y "Mondragón" el toro que me tocaba salió corriendo hacia el ruedo, confieso que cuando ví a semejante animalejo enfrente mío me provocó salir corriendo pero mantuve la compostura y me dediqué a torearlo con muletazos a diestra y siniestra. Después que los Picadores habían herido al pobre animalejo y yo había fallado poniéndole las banderillas llegó la hora de matar a "Mondragón". Con mucha cautela saqué el "estoque" o simplemente la espada y me dirigí hacia el toro herido, cual atleta que lanza una jabalina solté la espada para enterrársela al juez en una bola ante la mirada sorprendida de todos los presentes, al mismo tiempo la banda comenzó a tocar pasodobles mientras unos amigos sentados en las graderías prendían fuegos artificiales para causar caos y confusión.
Me acerqué al burladero y desde ahí le grité al juez "te gusta guevón que te metan una espada pa' joderte? y con la misma y aprovechando el desastre que había en la plaza arranqué a correr perdiéndome en las calles del Centro de Caracas, perdiéndome como siempre, escondiéndome de aquello que era simplemente una realidad.
Al día siguiente los periódicos reseñaban la noticia en primera plana, Meridiano decía "El Juez recibe estocada en un testículo", El Universal comentaba "Torero loco ataca a juez desprevenido", El Nacional titulaba "Se cree que torero pertenece a Greenpeace, por su parte el Juez estable pero con un testículo menos".
Yo simplemente leía y reía, de todas formas en la Joda Nacional todo se olvidaría en cuestión de días y yo podría salir de la clandestinidad…
Mi Mamá que había lidiado con todas mis locuras a lo largo de los años simplemente se limitó a bajar la mirada y alcancé a escuchar cuando dijo "que Dios proteja a este loquito que procreé". Mi Papá dijo "pero tu estás loco o te brinca la tiroides?, torero???????, no me jodas yo no te voy a dar ni un centavo para alcahuetear esa desaforada idea, torero?, hay que ver las cosas que yo he escuchado de ti Policarpio y se levantó de la mesa, mi hermano del medio se cagaba de la risa mientras el menor se tiró en el piso y comenzó a fingir que era un toro para que lo toreara, yo con delicadeza agarré un paño de cocina y jugué con él por un rato para luego irme a dormir.
A la mañana siguiente muy temprano me levanté y me despedí de mi familia, mi Papá molesto ni se despidió, mi Mamá me dio unos churupos para el primer mes y mis hermanos todavía cagados de la risa me desearon suerte. A las 8:15 estaba montado en un autobús camino hacia Maracay, una vez llegado a la ciudad jardín me desplacé hacia la Escuela de Tauromaquia Morenito de Maracay en donde fui muy bien recibido por los allí presentes, me mostraron las instalaciones y me dijeron "pues bien Policarpio este va a ser tu hogar durante los próximos dos años."
Confieso que no fue fácil, estar alejado de mi casa, entre extraños y sin mucho dinero en el bolsillo pero poco a poco le fui agarrando el gustico a la cosa y cada día me emocionaba más. Empecé con becerros y de ahí pasé a novillos, no sabía como carajo pero al parecer tenía una capacidad innata para esto de enfrentarse a bestias de más de 800 kilos. En la Escuela de Toros me permitieron trabajar con los animales para pagarme el sustento y la verdad creo que poco a poco me encariñé con aquellos animalejos que en realidad no tenían la culpa de ser llevados al ruedo para luego ser sacrificados como parte del ritual taurino.
Finalmente llegó el día de la "Alternativa" que no es más que la ceremonia en la cual un novillero pasa a ser matador de toros. Logré que mis padres y mis hermanos se presentaran en el Nuevo Circo que reabría sus puertas para la corrida. Adentro estaba yo un tanto nervioso vistiéndome con el Traje de Luces que me quedaba estrecho y me cortaba la circulación, la verdad que esa vaina con hilo de oro y lentejuelas es más fea que pegarle a su propia madre el día de su cumpleaños, finalmente y ya vestido procedí a entrar a la capilla a rezar y esperé el momento de salir al ruedo.
Con el capote y la muleta en mano me paré en el centro del ruedo, solo que no llevaba la Montera que no es más que ese sombrerito negro patético que utilizan los toreros, salí al ruedo con mi gorra de los Medias Rojas de Boston para el asombro de todos los presentes. Los integrantes de mi cuadrilla no sabían si reírse o llorar y los jueces atónitos me miraban con ganas de lincharme. Procedí a dedicar la corrida a una noviecita que había dejado en Caracas dos años antes y le tiré mi gorra de los Medias Rojas la cual atajó con mucha gracia.
Así comenzó la faena y "Mondragón" el toro que me tocaba salió corriendo hacia el ruedo, confieso que cuando ví a semejante animalejo enfrente mío me provocó salir corriendo pero mantuve la compostura y me dediqué a torearlo con muletazos a diestra y siniestra. Después que los Picadores habían herido al pobre animalejo y yo había fallado poniéndole las banderillas llegó la hora de matar a "Mondragón". Con mucha cautela saqué el "estoque" o simplemente la espada y me dirigí hacia el toro herido, cual atleta que lanza una jabalina solté la espada para enterrársela al juez en una bola ante la mirada sorprendida de todos los presentes, al mismo tiempo la banda comenzó a tocar pasodobles mientras unos amigos sentados en las graderías prendían fuegos artificiales para causar caos y confusión.
Me acerqué al burladero y desde ahí le grité al juez "te gusta guevón que te metan una espada pa' joderte? y con la misma y aprovechando el desastre que había en la plaza arranqué a correr perdiéndome en las calles del Centro de Caracas, perdiéndome como siempre, escondiéndome de aquello que era simplemente una realidad.
Al día siguiente los periódicos reseñaban la noticia en primera plana, Meridiano decía "El Juez recibe estocada en un testículo", El Universal comentaba "Torero loco ataca a juez desprevenido", El Nacional titulaba "Se cree que torero pertenece a Greenpeace, por su parte el Juez estable pero con un testículo menos".
Yo simplemente leía y reía, de todas formas en la Joda Nacional todo se olvidaría en cuestión de días y yo podría salir de la clandestinidad…
Tuesday, January 12, 2010
Maléfico
Miraba el azul del cielo esperando que cambiara de color, siempre azul, como le vemos, o eso creemos, pues en ciclos nos movemos.
Buscaba infinitas respuestas a preguntas bien sabidas pero nunca respondidas, entrelazaba lo que pensaba, era lo mismo y que ahora veía distinto.
Revisó punto a punto por donde ir y venir, volver o seguir, llegando al mismo punto de partida con alegrías y tristezas pero en definitiva al lugar donde llegaría.
Recordó que algún día tuvo mente, pero la perdió en el intento de darle una razón, olvido que recordar es creer que ha pasado sin saber que es olvidar.
Destapó la olla escondida, en la cual se guardaban las realidades y los mitos, entendió que lo real es una mentira y las mentiras son reales.
La luz traía certeza y los miedos en la noche llegaban, pero la certeza de la noche con miedos era la luz del caminar.
Finalmente abrió los ojos, vió el mundo, al que conocemos. Era de esperar que no le gustó o que simplemente desde entonces vivió…
Buscaba infinitas respuestas a preguntas bien sabidas pero nunca respondidas, entrelazaba lo que pensaba, era lo mismo y que ahora veía distinto.
Revisó punto a punto por donde ir y venir, volver o seguir, llegando al mismo punto de partida con alegrías y tristezas pero en definitiva al lugar donde llegaría.
Recordó que algún día tuvo mente, pero la perdió en el intento de darle una razón, olvido que recordar es creer que ha pasado sin saber que es olvidar.
Destapó la olla escondida, en la cual se guardaban las realidades y los mitos, entendió que lo real es una mentira y las mentiras son reales.
La luz traía certeza y los miedos en la noche llegaban, pero la certeza de la noche con miedos era la luz del caminar.
Finalmente abrió los ojos, vió el mundo, al que conocemos. Era de esperar que no le gustó o que simplemente desde entonces vivió…
Thursday, December 17, 2009
El Verano
Aquel verano fue la excepción. A pesar que en realidad sostuvo la misma cadencia de siempre, el calor y el sol como fuentes principales de exaltación, aquel triste verano y por un solo instante el frío se apoderó de aquel lugar pues según cuenta la historia todos los presentes lo sintieron.
Astor, era un hombre como otro cualquiera, y en aquella época tenía un plan maravilloso, infalible, bien pensado y acabado. Finalmente conseguiría su objetivo, las niñas serían de él, como solía decirse a si mismo mientras pasaba los largos días de invierno sin comer y haciendo abdominales, el nuevo Astor arrasaría, incansable e infinito.
Con su nuevo bañador y sus lentes de sol se dirigió a la playa que le había visto nacer, aquella en donde año tras año era el bastión de la burla, el payaso sin máscara, aquel lugar donde sus miedos florecían y las verdades padecían. Ahora cambiado y seguro de si mismo tomaría por asalto la explanada arenisca, su tiempo había llegado.
Después de comprar un trago colorado y quitarse su camisa, empezó a caminar por aquellos pasos que ya había marcado, el cuchicheo de la gente no se hizo esperar al ver a aquel transformado humano avanzar. Con una sonrisa esmeralda y una pose de garzón saludaba a todos por doquier quienes asombrados le miraban convencidos.
Su juego estaba definido y con una gracia nunca antes vista en aquel muy plano lugar, se dispuso a invitar a cenar por separado a todas las damas que otrora habían hecho mofa de sus peculiaridades, con gestos y ademanes impensables, frases inventadas y horror acumulado se entregó a la visión de un futuro no lejano en el cual su mar estaría lleno de buques que lo surcarían sin cesar.
En su libretita roja anotaba con afán todas sus conquistas cargadas de alquitrán, cierto y seguro estaba el cielo de no ser defecado pero Astor andaba muy confiado. En su casa se bañaba y acicalaba soñando con la grandeza de su monumental hallazgo, una dieta, sin comer y las damicelas ataviadas a su merced, que facilidad, que tranquilidad, es solo cuestión de esperar.
Con su pinta de velero y sus ganas muy formadas caminaba sonriente hacia el lugar de la emboscada. No podía imaginar que después de tanto planear y planear algo se pudiera estropear. Aquel Astor iracundo y deseoso de ganar en aquel juego mundano que los humanos llaman amar. Sentado en su trono y esperando muy tranquilo, se tomaba ya impaciente su quinta copa de vino, no podía estar pasando ni en sueño escabroso, la realidad es inevitable aún para un Astor muy goloso.
Sin darse cuenta aquel galán de verano, había extendido invitaciones muy variadas sin pensar ni un minuto que la venganza es muy salada. Ya de pronto y frente a sí se paraba una turba, una revuelta muy absurda de mujeres desencantadas, todas con una misma meta, y sin haber olvidado como Astor que somos lo que somos hasta el fin sin importar que intentemos engañar al destino pues no es solo otra cosa que aquello de donde vinimos. Astor muy triste comprendió que escapar de un engaño es igual que tratar de vencer a la cotidiano, a lo cotidiano de aquel igual verano.
Astor, era un hombre como otro cualquiera, y en aquella época tenía un plan maravilloso, infalible, bien pensado y acabado. Finalmente conseguiría su objetivo, las niñas serían de él, como solía decirse a si mismo mientras pasaba los largos días de invierno sin comer y haciendo abdominales, el nuevo Astor arrasaría, incansable e infinito.
Con su nuevo bañador y sus lentes de sol se dirigió a la playa que le había visto nacer, aquella en donde año tras año era el bastión de la burla, el payaso sin máscara, aquel lugar donde sus miedos florecían y las verdades padecían. Ahora cambiado y seguro de si mismo tomaría por asalto la explanada arenisca, su tiempo había llegado.
Después de comprar un trago colorado y quitarse su camisa, empezó a caminar por aquellos pasos que ya había marcado, el cuchicheo de la gente no se hizo esperar al ver a aquel transformado humano avanzar. Con una sonrisa esmeralda y una pose de garzón saludaba a todos por doquier quienes asombrados le miraban convencidos.
Su juego estaba definido y con una gracia nunca antes vista en aquel muy plano lugar, se dispuso a invitar a cenar por separado a todas las damas que otrora habían hecho mofa de sus peculiaridades, con gestos y ademanes impensables, frases inventadas y horror acumulado se entregó a la visión de un futuro no lejano en el cual su mar estaría lleno de buques que lo surcarían sin cesar.
En su libretita roja anotaba con afán todas sus conquistas cargadas de alquitrán, cierto y seguro estaba el cielo de no ser defecado pero Astor andaba muy confiado. En su casa se bañaba y acicalaba soñando con la grandeza de su monumental hallazgo, una dieta, sin comer y las damicelas ataviadas a su merced, que facilidad, que tranquilidad, es solo cuestión de esperar.
Con su pinta de velero y sus ganas muy formadas caminaba sonriente hacia el lugar de la emboscada. No podía imaginar que después de tanto planear y planear algo se pudiera estropear. Aquel Astor iracundo y deseoso de ganar en aquel juego mundano que los humanos llaman amar. Sentado en su trono y esperando muy tranquilo, se tomaba ya impaciente su quinta copa de vino, no podía estar pasando ni en sueño escabroso, la realidad es inevitable aún para un Astor muy goloso.
Sin darse cuenta aquel galán de verano, había extendido invitaciones muy variadas sin pensar ni un minuto que la venganza es muy salada. Ya de pronto y frente a sí se paraba una turba, una revuelta muy absurda de mujeres desencantadas, todas con una misma meta, y sin haber olvidado como Astor que somos lo que somos hasta el fin sin importar que intentemos engañar al destino pues no es solo otra cosa que aquello de donde vinimos. Astor muy triste comprendió que escapar de un engaño es igual que tratar de vencer a la cotidiano, a lo cotidiano de aquel igual verano.
Thursday, December 03, 2009
Magia
Sintió el aire en su cara, observó la ciudad y saltó. Percibió el pasar de las horas, los meses y años en donde esperó paciente por el momento preciso, se vió a si mismo envuelto en aquel mar de lejanos recuerdos.
Podía ver en el viento todos sus sueños perdidos, su propia imaginación lanzada a la victoria, el baile al cual perteneció pero nunca fue invitado. Su propia razón inalcanzable durmiendo en los laureles de un pasado mejor.
El cemento se acercaba placentero, se lleva y se va sin destino este cuento traicionero. Aún sumergido en la mágica idea del renacer su pensamiento buscaba un nuevo amanecer.
Al fondo del precipicio esperaban los autores, debatiendo como siempre en busca de definir los colores. Uno a uno reconoció como parte de aquel todo que él mismo no pidió, venimos solos y nos vamos solos pensó, su final definido es un mal bien sabido.
Finalmente despertó, de aquel sueño visionado, de este mundo arraigado y buscando la razón. Aún vistiendo el sentido y unido al andar, se paró como todos los días y a su vida se lanzó a caminar.
Como magia, y sonrió.
Podía ver en el viento todos sus sueños perdidos, su propia imaginación lanzada a la victoria, el baile al cual perteneció pero nunca fue invitado. Su propia razón inalcanzable durmiendo en los laureles de un pasado mejor.
El cemento se acercaba placentero, se lleva y se va sin destino este cuento traicionero. Aún sumergido en la mágica idea del renacer su pensamiento buscaba un nuevo amanecer.
Al fondo del precipicio esperaban los autores, debatiendo como siempre en busca de definir los colores. Uno a uno reconoció como parte de aquel todo que él mismo no pidió, venimos solos y nos vamos solos pensó, su final definido es un mal bien sabido.
Finalmente despertó, de aquel sueño visionado, de este mundo arraigado y buscando la razón. Aún vistiendo el sentido y unido al andar, se paró como todos los días y a su vida se lanzó a caminar.
Como magia, y sonrió.
Friday, January 30, 2009
Suicidio
Hay cuentos de cuentos, eso escuché decir, pero en realidad cada uno de ellos tiene un aroma distinto que si bien nos resulta interesante o no lo hace único para ciertas personas, lo cataliza para si.
Pietro Castelgandolfi se levantó aquella mañana decidido. Se puso en pie y caminó hacia el cuarto de baño en donde mientras se cepillaba los dientes se miraba al espejo dándose cuenta que seguía allí como todos los años, que la vida pasaba sin querer o queriendo, que nos vamos deshaciendo con el sutil y tierno olor del viento. Se repetía un mantra extraño, casi sacado de un libro de niños, sus venas brotaban infladas de glóbulos rojos y parecían querer estallar, sus ojos, llenos de la esperanza propia de la infelicidad parpadeaban al ritmo del cepillo de dientes, aún el sonido del chorro del agua le recordaba en algo su razón.
Sacó un cuaderno viejo del escritorio que bordeaba su cama, leyó concentrado por un rato todas aquellas letras que decían todo pero que significaban nada, letras trazadas entre el bien y el mal, entre la cordura y la locura. La adrenalina corría por su cuerpo desde aquel día, no había forma de detenerla, ya era tarde para todo. Tomó un bolígrafo e hizo unas anotaciones, parecían ser el toque final de la obra maestra, un plan perfecto y sin equivocaciones, una sonrisa forzada se esbozó en su rostro al momento que la tinta dejó de rozar el papel.
Del closet tomó aquel traje hecho a la medida, de la mas fina tela italiana, su madre se lo había regalado hacía años atrás pero nunca había sido estrenado. Con sutileza lo colocó en la cama mientras se ponía las medias y un guardacamisa, se echaba colonia de a ratos y con recelo trataba de decidir que corbata usar. Los zapatos recién pulidos esperaban ansiosos a ser calzados, su brillo resplandecía con el sol de la mañana, su suela resbaladiza era muestra de su poco tiempo de uso, la perfección del momento era digna de un reloj suizo.
Encendió el vehículo y mientras dejaba que el frío motor tomara su curso limpió con recelo la tapicería de aquel lujoso modelo. Revisó cada centímetro para cerciorarse que la limpieza fuera total, ni una migaja de pan en las alfombras, ni un rastro de algún desliz anterior. Se seguía echando colonia para mantener un olor constante y eterno, con un pañito caliente limpiaba el volante y la palanca de cambios, no cabía duda que los errores no se permitían aquel día.
En la floristería recogió el encargo hecho la noche anterior, no sin antes cerciorarse que todo estuviese preparado a la medida del momento. Conversó por un largo rato con el vendedor, relató de manera precisa cada movimiento que lo había llevado a ese preciso instante. Fueron largas noches de esperanza, sueños infinitos, motivos de acero, lágrimas derramadas, sonrisas y carcajadas, cientos de horas de pensamientos centrados, lo mismo repetido, elevado a la máxima potencia, sin dudar por un momento de la perfección de todo aquello.
En el lobby del edificio se repetía uno a uno los pasos a seguir, con tanto cálculo no hay forma de fallar, entre pensar y pensar se nos va la vida y la dejamos pasar. Repasaba con el vigilante quien ya era parte de toda la historia cada detalle de aquel maravilloso devenir, un principio y un final, un comienzo un terminar, una razón para seguir, sin dejar nada adentro y vivir al cien por ciento. Su corazón latía fuertemente, con ganas de salirse del pecho, es solo esta vida un trecho en donde andamos en un camino, siempre destino o no volvemos por donde vinimos.
En su oficina ultimó algunos asuntos y ordenó todo lo que le rodeaba. Hizo algunas llamadas telefónicas y respondió otros tantos correos electrónicos. Mirándose a un espejo que le había pedido prestado a su secretaria se peinaba meticulosamente. Se paró y fue al baño en donde se limpió la cara de nuevo y se puso mas colonia. Arregló con cuidado su corbata y se sacudió el polvo del saco, repitiendo su mantra de nuevo regresó a su oficina en donde miró por la ventana el azul del cielo, observó por última vez aquel lugar de recuerdos.
Debajo del escritorio encontró el ramo de flores, de la gaveta sacó el anillo y se encaminó.
- “Te quiero” gritó a los cuatro vientos!, “siempre te amaré Cristina.”
- “Salte de aquí o llamo a la policía”……
Pietro Castelgandolfi se levantó aquella mañana decidido. Se puso en pie y caminó hacia el cuarto de baño en donde mientras se cepillaba los dientes se miraba al espejo dándose cuenta que seguía allí como todos los años, que la vida pasaba sin querer o queriendo, que nos vamos deshaciendo con el sutil y tierno olor del viento. Se repetía un mantra extraño, casi sacado de un libro de niños, sus venas brotaban infladas de glóbulos rojos y parecían querer estallar, sus ojos, llenos de la esperanza propia de la infelicidad parpadeaban al ritmo del cepillo de dientes, aún el sonido del chorro del agua le recordaba en algo su razón.
Sacó un cuaderno viejo del escritorio que bordeaba su cama, leyó concentrado por un rato todas aquellas letras que decían todo pero que significaban nada, letras trazadas entre el bien y el mal, entre la cordura y la locura. La adrenalina corría por su cuerpo desde aquel día, no había forma de detenerla, ya era tarde para todo. Tomó un bolígrafo e hizo unas anotaciones, parecían ser el toque final de la obra maestra, un plan perfecto y sin equivocaciones, una sonrisa forzada se esbozó en su rostro al momento que la tinta dejó de rozar el papel.
Del closet tomó aquel traje hecho a la medida, de la mas fina tela italiana, su madre se lo había regalado hacía años atrás pero nunca había sido estrenado. Con sutileza lo colocó en la cama mientras se ponía las medias y un guardacamisa, se echaba colonia de a ratos y con recelo trataba de decidir que corbata usar. Los zapatos recién pulidos esperaban ansiosos a ser calzados, su brillo resplandecía con el sol de la mañana, su suela resbaladiza era muestra de su poco tiempo de uso, la perfección del momento era digna de un reloj suizo.
Encendió el vehículo y mientras dejaba que el frío motor tomara su curso limpió con recelo la tapicería de aquel lujoso modelo. Revisó cada centímetro para cerciorarse que la limpieza fuera total, ni una migaja de pan en las alfombras, ni un rastro de algún desliz anterior. Se seguía echando colonia para mantener un olor constante y eterno, con un pañito caliente limpiaba el volante y la palanca de cambios, no cabía duda que los errores no se permitían aquel día.
En la floristería recogió el encargo hecho la noche anterior, no sin antes cerciorarse que todo estuviese preparado a la medida del momento. Conversó por un largo rato con el vendedor, relató de manera precisa cada movimiento que lo había llevado a ese preciso instante. Fueron largas noches de esperanza, sueños infinitos, motivos de acero, lágrimas derramadas, sonrisas y carcajadas, cientos de horas de pensamientos centrados, lo mismo repetido, elevado a la máxima potencia, sin dudar por un momento de la perfección de todo aquello.
En el lobby del edificio se repetía uno a uno los pasos a seguir, con tanto cálculo no hay forma de fallar, entre pensar y pensar se nos va la vida y la dejamos pasar. Repasaba con el vigilante quien ya era parte de toda la historia cada detalle de aquel maravilloso devenir, un principio y un final, un comienzo un terminar, una razón para seguir, sin dejar nada adentro y vivir al cien por ciento. Su corazón latía fuertemente, con ganas de salirse del pecho, es solo esta vida un trecho en donde andamos en un camino, siempre destino o no volvemos por donde vinimos.
En su oficina ultimó algunos asuntos y ordenó todo lo que le rodeaba. Hizo algunas llamadas telefónicas y respondió otros tantos correos electrónicos. Mirándose a un espejo que le había pedido prestado a su secretaria se peinaba meticulosamente. Se paró y fue al baño en donde se limpió la cara de nuevo y se puso mas colonia. Arregló con cuidado su corbata y se sacudió el polvo del saco, repitiendo su mantra de nuevo regresó a su oficina en donde miró por la ventana el azul del cielo, observó por última vez aquel lugar de recuerdos.
Debajo del escritorio encontró el ramo de flores, de la gaveta sacó el anillo y se encaminó.
- “Te quiero” gritó a los cuatro vientos!, “siempre te amaré Cristina.”
- “Salte de aquí o llamo a la policía”……
Thursday, October 23, 2008
Así es mejor...
Estaba acostado en su cama, la misma de siempre, la única que conocía. Al moverse para buscar una posición más cómoda para caer en ese estado de surrealismo característico de los sueños pudo ver como se acercaban y se detenían frente a él. Exigían respuestas, su decisión de hacerles ver el mundo a través de su historia les había cambiado su existencia, ahora venían a demandar una explicación, una razón para poder seguir o simplemente dejar de existir.
Miraba con flojera el teclado, eran aquellos días de la historia donde simplemente no hay motivos alcanzables. Sus ojos vidriosos se posaban sobre cada objeto que conocía desde siempre, sus manos trataban de ordenar aquello que su perdida mente expulsaba hacia el infinito, recuerdos de un pasado no muy lejano le embargaban aquella madrugada, sin pasar del pasado al futuro, simplemente estables en su macabro encanto, en aquel momento que llamamos presente.
Buscaba la forma de salir de aquellos minutos descontrolados, tomaba un sorbo de agua, tarareaba una canción, se repetía a si mismo una especie de tantra salvador que milagrosamente acabaría con aquel álgido punto de su andar. Recordó que todo se encontraba unido por un mismo hilo, que sin querer o queriendo venimos a realizar un hecho predeterminado que mostrará consecuencias inevitables en la cadencia significativa del curso indetenible.
Julio Mondragón era un caraqueño mas, mas de lo mismo se podría afirmar. Todas las mañanas tomaba su taza de café pues su padre hacía lo mismo, conversaba un rato acerca de la situación del país pues era el tema de moda y se iba a su trabajo en donde mecánicamente pasaba las horas soñando con cualquier situación que le inyectara especies a su vida. En su potente camioneta surcaba las calles de la ciudad, ajeno al bullicio afuera de los vidrios, concentrado en su quehacer, y en aquello que robaba su paz por el simple hecho de hacer.
Graciela Henríquez pululaba el planeta, en su carro último modelo se desplazaba a la universidad mientras entonaba algún himno comercial que salía de las potentes cornetas instaladas en su vehículo. Sin usar la mente o la imaginación se trazaba metas que podía leer en una revista, hacía lo que todos hacían, disfrutaba del legado de la fama incomprensible que surcaba el viento capitalino, vivía, ella tenía esa capacidad, podía vivir cuando el planeta sobrevivía, aquel día no era distinto, el calendario estaba planeado y aprobado.
María Laura Espina trabajaba en aquel hospital, lo hacía por hacerlo, nunca por necesidad, los caballos de salto eran su pasión, adquirida desde niña, se tiene o no se tiene. Quizás aquel lugar la acercaba a lo humano, o resaltaba su deseo de aparecer, es difícil creer sin crecer no es lo mismo vivir que sentir. Cuando el aburrimiento nos hace presa o pensamos tenerlo todo, degeneramos, sin querer, pero lo hacemos, se toman distintos caminos, pero es en uno solo donde encontramos.
Manuel Gasparri era un afamado médico capitalino, con todo a favor, con un andar viento en popa, con aquellos intangibles que le hacían envidiable, lleno de gozo y felicidad y con muchas historias que contar. Fiel a su creencia de llevarse por el medio a todo el planeta para lograr su cometido se reía lentamente admirando lo adquirido, se pierde y se gana en un instante pero el sabor de lo perdurable es como un monstruo detestable, aún sin rumbo fijo y entrado en sus años jugar con la vida y sus frutos es solo una parte del peldaño, si ten dan razones aprovechas si te alejas te alienan las moralejas.
Alegra Romarín de Gasparri se relajaba, no había necesidad de preocuparse cuando con levantar el teléfono se resuelve una vida entera. Eres o no eres, no existen medias tintas, se sufre o se disfruta, hay veces que es mejor saber sin darse cuenta que darse cuenta sin poder. Entre fundaciones y cócteles su peregrinar era suavizado, sin mirar mas allá de sus narices te entretienes entre tantos matices. Acicalada y entonada se lanzaba a la cruzada, hay un momento en el andar donde nada ni nadie detiene la asonada.
A 180 km/h se desplazaba en una calle con límite de 30 km/h, sin pensar en consecuencias y con el apoyo del mandato se sentía libre como el viento que sin preguntar roza nuestras vidas. Se agachó a buscar los lentes de sol que se habían caído mientras soñaba con aquella noche, donde finalmente se consumarían sus esfuerzos, donde mostraría a su alma su capacidad de sorprenderse, buscamos y no encontramos, nos llega sin haber pedido. Alzó la mirada ya con sus lentes puestos y sin tener tiempo a reaccionar vió aquella fugaz sombra detener su caminar, el sonido inconfundible de la hora del llegar.
Pensaba que aquel día sería bueno, pensar lo contrario no era parte de su libreto, hablaba libremente por su celular con una conocida de la cual algo podía sacar, buscaba darle sentido a su acostumbrada realidad. La revista en el asiento del copiloto mostraba muchas cosas que comprar, si tienes eres de lo contrario luchas. Hundida en ese triste caminar trataba de llenar con la fuerza del poder, tener es poder, querer es sufrir. De alguna manera pasaría aquel día, la noche caería para volver a tener esperanzas, unas horas aquí y otras allá, se va el momento se encuentra la paz. Nunca sintió que la embistió, mucho menos le vió.
Debajo de la bata de enfermera llevaba algo escondido, iluminada y tersa, esperando el momento adecuado para caer en tentación. La rutina se había distanciado, sus sueños quebrados con el pasar del minuto, esperaba tranquila, la espera de esas, desconocida y desquiciada. El mismo matiz resquebrajado inundaba su mente aquella mañana, la decisión estaba tomada, enfrentar sin mas pensar, es un paso, son dos pasos se convierte en un andar.
Con su parsimonia habitual revisaba unas historias de pacientes que poco le importaban, se reía al pensar que su vida dejarían al pasar por el ambiente, hay razones latentes y poca gente prudente. Planeaba alguna vacación lejana, desvirtuada de la realidad, carente de sentido, endemoniada y superficial. Era un día cualquiera, etéreo sin destino, sin mayor razón, sin lugar, de esos que hay que pasar para en nuestras mentes llegar. Subió la mirada y vió aquella sombra caminar, hay momentos con motivos que enfrentar.
Feliz por haberse liberado, al menos en su entender, cruzaba la ciudad de un extremo a otro, llevaba confianza desbordada y soluciones encontradas, eterna y sabida buscaba una lágrima de felicidad consabida. No se detenía en su pasar, los sueños vuelan con una rapidez difícil a lo ocular, revisaba con cuidado que decir y como actuar, decisiones ya tomadas del pasado ya se harán.
El fuerte golpe le penetró el alma, más no la vida, una especie de olor a quemado con metal reluciente consumaron sus fosas nasales. Hay momentos en los cuales no hay tiempo de nada, la nada se apodera, ese instante carente de sentido en donde preguntas el porqué de haber vivido. Recostado y con dolores nunca antes imaginados esperaba por algún signo de coherencia, esperaba entre aquí y más allá, ya tramando una historia, apesadumbrado por la suerte de la gloria.
Inconsciente, en ese estado de decencia y pulcritud que humanamente se desvía, se debatía entre lo vivo y lo obscuro, recordaba alguna infancia del pasado bien lejano, un lugar maravilloso o una simple reacción de la química porcentual al momento de escapar. Sin tiempo ni espacio que ganar rodeaba el desastre de metal, inerte y sin pulso veía su existencia pasar, es el detalle que no se nos puede olvidar.
Decidida y enfrentada se abalanzó sobre el galeno, no mas mentiras, no mas temores, era fácil entender su reacción por el pasar, culminando las acciones revirtiendo la normalidad. La batalla inició como de esperarse, una defensa y un ataque, un abrir de ojos y la sangre palpitante, el calor de lo esperado, ya descubierto el sentido es solo cuestión de albergar el abismo, decides si te quedas o al irte desvaneces.
Finalmente has llegado, sintió en sus entrañas gozar, con sonrisa esbozada y moralidad poco avanzada repitió en su haber las cadencias del placer. Conquistando lo mundano y repartiendo esperanzas se vive y se anda en un instante, la clausura de la mente consecuencias indecentes, confinado por condena liberado por la pena.
El número final hizo al paramédico marcar, ella atendió esperando su gloriosa voz escuchar, le avisaron como a todos que un día cualquiera se cambia el final en un abrir de ojos. Desesperada llamaba al galeno, tenía que salvar al pecado, no importa descubrir si se tiene que seguir, mejor dolor ahora que un futuro en las sombras, las dudas son parte del existir y la certeza camina con mentiras adornadas en busca de una presa.
En la mesa de operaciones el galeno luchaba fieramente por salvar no una pero dos, aún aturdido por el caso de liberación. Intentaba, trataba, buscaba, sin lograr avisar una satisfacción inmediata a aquel desastre encontrado. Uno más o uno menos era poca la preocupación, la culpa no tiene dolientes y siempre busca contingentes, aquel paraíso lejano rodeaba su mente sin poder concentrarse, entregó sus credenciales y se limitó a ser parte.
Afuera y con sorpresa se encontraban el galeno, la enfermera y la esposa, confusión es otra cosa, la verdad es infinita. Todos entendiendo se miraron y afirmaron con la vista lo sucedido en un momento, se pasa el tiempo sin nada, se van las horas sudadas, buscas en lo mas hondo por un pedacito de razón y no te queda otro remedio que entender el perdón.
Allí parados exigían razones, en un sueño su existir había cambiado, como una mente tan macabra osaba voltearles lo normal, devolverles lo robado o pagar por adelantado. Allí parados, parados solitarios, en la tranquilidad de la noche, descubiertos y al vacío, sin saber si ordenar o por el contrario desaparecer para olvidar. Mirándolos uno a uno simplemente cerró los ojos y se volvió a dormir…
Miraba con flojera el teclado, eran aquellos días de la historia donde simplemente no hay motivos alcanzables. Sus ojos vidriosos se posaban sobre cada objeto que conocía desde siempre, sus manos trataban de ordenar aquello que su perdida mente expulsaba hacia el infinito, recuerdos de un pasado no muy lejano le embargaban aquella madrugada, sin pasar del pasado al futuro, simplemente estables en su macabro encanto, en aquel momento que llamamos presente.
Buscaba la forma de salir de aquellos minutos descontrolados, tomaba un sorbo de agua, tarareaba una canción, se repetía a si mismo una especie de tantra salvador que milagrosamente acabaría con aquel álgido punto de su andar. Recordó que todo se encontraba unido por un mismo hilo, que sin querer o queriendo venimos a realizar un hecho predeterminado que mostrará consecuencias inevitables en la cadencia significativa del curso indetenible.
Julio Mondragón era un caraqueño mas, mas de lo mismo se podría afirmar. Todas las mañanas tomaba su taza de café pues su padre hacía lo mismo, conversaba un rato acerca de la situación del país pues era el tema de moda y se iba a su trabajo en donde mecánicamente pasaba las horas soñando con cualquier situación que le inyectara especies a su vida. En su potente camioneta surcaba las calles de la ciudad, ajeno al bullicio afuera de los vidrios, concentrado en su quehacer, y en aquello que robaba su paz por el simple hecho de hacer.
Graciela Henríquez pululaba el planeta, en su carro último modelo se desplazaba a la universidad mientras entonaba algún himno comercial que salía de las potentes cornetas instaladas en su vehículo. Sin usar la mente o la imaginación se trazaba metas que podía leer en una revista, hacía lo que todos hacían, disfrutaba del legado de la fama incomprensible que surcaba el viento capitalino, vivía, ella tenía esa capacidad, podía vivir cuando el planeta sobrevivía, aquel día no era distinto, el calendario estaba planeado y aprobado.
María Laura Espina trabajaba en aquel hospital, lo hacía por hacerlo, nunca por necesidad, los caballos de salto eran su pasión, adquirida desde niña, se tiene o no se tiene. Quizás aquel lugar la acercaba a lo humano, o resaltaba su deseo de aparecer, es difícil creer sin crecer no es lo mismo vivir que sentir. Cuando el aburrimiento nos hace presa o pensamos tenerlo todo, degeneramos, sin querer, pero lo hacemos, se toman distintos caminos, pero es en uno solo donde encontramos.
Manuel Gasparri era un afamado médico capitalino, con todo a favor, con un andar viento en popa, con aquellos intangibles que le hacían envidiable, lleno de gozo y felicidad y con muchas historias que contar. Fiel a su creencia de llevarse por el medio a todo el planeta para lograr su cometido se reía lentamente admirando lo adquirido, se pierde y se gana en un instante pero el sabor de lo perdurable es como un monstruo detestable, aún sin rumbo fijo y entrado en sus años jugar con la vida y sus frutos es solo una parte del peldaño, si ten dan razones aprovechas si te alejas te alienan las moralejas.
Alegra Romarín de Gasparri se relajaba, no había necesidad de preocuparse cuando con levantar el teléfono se resuelve una vida entera. Eres o no eres, no existen medias tintas, se sufre o se disfruta, hay veces que es mejor saber sin darse cuenta que darse cuenta sin poder. Entre fundaciones y cócteles su peregrinar era suavizado, sin mirar mas allá de sus narices te entretienes entre tantos matices. Acicalada y entonada se lanzaba a la cruzada, hay un momento en el andar donde nada ni nadie detiene la asonada.
A 180 km/h se desplazaba en una calle con límite de 30 km/h, sin pensar en consecuencias y con el apoyo del mandato se sentía libre como el viento que sin preguntar roza nuestras vidas. Se agachó a buscar los lentes de sol que se habían caído mientras soñaba con aquella noche, donde finalmente se consumarían sus esfuerzos, donde mostraría a su alma su capacidad de sorprenderse, buscamos y no encontramos, nos llega sin haber pedido. Alzó la mirada ya con sus lentes puestos y sin tener tiempo a reaccionar vió aquella fugaz sombra detener su caminar, el sonido inconfundible de la hora del llegar.
Pensaba que aquel día sería bueno, pensar lo contrario no era parte de su libreto, hablaba libremente por su celular con una conocida de la cual algo podía sacar, buscaba darle sentido a su acostumbrada realidad. La revista en el asiento del copiloto mostraba muchas cosas que comprar, si tienes eres de lo contrario luchas. Hundida en ese triste caminar trataba de llenar con la fuerza del poder, tener es poder, querer es sufrir. De alguna manera pasaría aquel día, la noche caería para volver a tener esperanzas, unas horas aquí y otras allá, se va el momento se encuentra la paz. Nunca sintió que la embistió, mucho menos le vió.
Debajo de la bata de enfermera llevaba algo escondido, iluminada y tersa, esperando el momento adecuado para caer en tentación. La rutina se había distanciado, sus sueños quebrados con el pasar del minuto, esperaba tranquila, la espera de esas, desconocida y desquiciada. El mismo matiz resquebrajado inundaba su mente aquella mañana, la decisión estaba tomada, enfrentar sin mas pensar, es un paso, son dos pasos se convierte en un andar.
Con su parsimonia habitual revisaba unas historias de pacientes que poco le importaban, se reía al pensar que su vida dejarían al pasar por el ambiente, hay razones latentes y poca gente prudente. Planeaba alguna vacación lejana, desvirtuada de la realidad, carente de sentido, endemoniada y superficial. Era un día cualquiera, etéreo sin destino, sin mayor razón, sin lugar, de esos que hay que pasar para en nuestras mentes llegar. Subió la mirada y vió aquella sombra caminar, hay momentos con motivos que enfrentar.
Feliz por haberse liberado, al menos en su entender, cruzaba la ciudad de un extremo a otro, llevaba confianza desbordada y soluciones encontradas, eterna y sabida buscaba una lágrima de felicidad consabida. No se detenía en su pasar, los sueños vuelan con una rapidez difícil a lo ocular, revisaba con cuidado que decir y como actuar, decisiones ya tomadas del pasado ya se harán.
El fuerte golpe le penetró el alma, más no la vida, una especie de olor a quemado con metal reluciente consumaron sus fosas nasales. Hay momentos en los cuales no hay tiempo de nada, la nada se apodera, ese instante carente de sentido en donde preguntas el porqué de haber vivido. Recostado y con dolores nunca antes imaginados esperaba por algún signo de coherencia, esperaba entre aquí y más allá, ya tramando una historia, apesadumbrado por la suerte de la gloria.
Inconsciente, en ese estado de decencia y pulcritud que humanamente se desvía, se debatía entre lo vivo y lo obscuro, recordaba alguna infancia del pasado bien lejano, un lugar maravilloso o una simple reacción de la química porcentual al momento de escapar. Sin tiempo ni espacio que ganar rodeaba el desastre de metal, inerte y sin pulso veía su existencia pasar, es el detalle que no se nos puede olvidar.
Decidida y enfrentada se abalanzó sobre el galeno, no mas mentiras, no mas temores, era fácil entender su reacción por el pasar, culminando las acciones revirtiendo la normalidad. La batalla inició como de esperarse, una defensa y un ataque, un abrir de ojos y la sangre palpitante, el calor de lo esperado, ya descubierto el sentido es solo cuestión de albergar el abismo, decides si te quedas o al irte desvaneces.
Finalmente has llegado, sintió en sus entrañas gozar, con sonrisa esbozada y moralidad poco avanzada repitió en su haber las cadencias del placer. Conquistando lo mundano y repartiendo esperanzas se vive y se anda en un instante, la clausura de la mente consecuencias indecentes, confinado por condena liberado por la pena.
El número final hizo al paramédico marcar, ella atendió esperando su gloriosa voz escuchar, le avisaron como a todos que un día cualquiera se cambia el final en un abrir de ojos. Desesperada llamaba al galeno, tenía que salvar al pecado, no importa descubrir si se tiene que seguir, mejor dolor ahora que un futuro en las sombras, las dudas son parte del existir y la certeza camina con mentiras adornadas en busca de una presa.
En la mesa de operaciones el galeno luchaba fieramente por salvar no una pero dos, aún aturdido por el caso de liberación. Intentaba, trataba, buscaba, sin lograr avisar una satisfacción inmediata a aquel desastre encontrado. Uno más o uno menos era poca la preocupación, la culpa no tiene dolientes y siempre busca contingentes, aquel paraíso lejano rodeaba su mente sin poder concentrarse, entregó sus credenciales y se limitó a ser parte.
Afuera y con sorpresa se encontraban el galeno, la enfermera y la esposa, confusión es otra cosa, la verdad es infinita. Todos entendiendo se miraron y afirmaron con la vista lo sucedido en un momento, se pasa el tiempo sin nada, se van las horas sudadas, buscas en lo mas hondo por un pedacito de razón y no te queda otro remedio que entender el perdón.
Allí parados exigían razones, en un sueño su existir había cambiado, como una mente tan macabra osaba voltearles lo normal, devolverles lo robado o pagar por adelantado. Allí parados, parados solitarios, en la tranquilidad de la noche, descubiertos y al vacío, sin saber si ordenar o por el contrario desaparecer para olvidar. Mirándolos uno a uno simplemente cerró los ojos y se volvió a dormir…
Friday, January 25, 2008
Balanza
Soy un guerrero de la divinidad, quebrado, pero guerrero al fin se puede decir. Yo esperé paciente la respuesta, nunca llegó, quizás es que formulé la pregunta de manera errada, es posible que no existan respuestas para mi. Aquí hay solo una oportunidad, la tomas o la dejas, mejor debería decir la aguantas o te escondes, las oportunidades no se tratan solo de esperanzas, simplemente allí están, en una lista y te llegan, se te vienen encima para llevarte con la corriente, para que pases a engrosar el volumen de aquel mar de lágrimas.
“Policarpio, Policarpio” gritaba mi madre tratando de despertarme de aquel sueño, dormir es una cosa, soñar es otra. Recuerdo que logré ponerme en pie, la luz de la mañana brillaba en las paredes, simplemente para recordarte que quieras o no las horas pasan. “Mira Policarpio”, decía mi madre, “me quieres acompañar al mercado, tienes como tres semanas que no sales de aquí.” Paciente esperaba una respuesta, yo hice una seña que no se entendía, sin pensarlo mucho me incorporé y asentí con la cabeza, después de todo no es culpa de mi madre que el planeta sea cagalitroso.
La soledad te lleva a hacer cosas que nunca hubieras soñado, pero igualmente te define. El ruidoso mercado apenas comenzaba a tragarnos, la cotidianeidad que aburre se abría paso entre la gente que albergaba aquel recinto. Mi madre hacía comentarios sobre las maravillas que se podían encontrar en aquel conjunto de toldos con vendedores desesperados, era Diciembre eso creo recordar, era simplemente el final de un año mas. Morir en vida o vivir sin alma es lo mismo, solo que si mueres no te ven y sin alma te proteges.
En el bullicioso mercado la gente iba y venía, parecían encomendados a una misión, sus miradas se perdían entre el sonido de la esperanza y la realidad. Me llamó la atención ver a un grupo muy distintivo, llevaban unas cajas gigantes, las cuales iban llenando de una variedad de productos de alta calidad, mientras mi madre compraba lo necesario para el almuerzo mi mente se interesaba por la peculiar manera de comprar de aquellos personajes quienes sin pensarlo gastaban cantidades exorbitantes en cada puesto que caía rendido a sus pasos. Sin nada que hacer y aburrido de la cadencia existencial que gobierna mi razón seguí con detenimiento aquel extraño acontecimiento.
Parada al frente de un kioskito de quesos trataba de luchar contra la avalancha del grupo que compraba todo lo habido y por haber. “Señor, por favor” le gritaba al portugués vendedor de quesos que en ese preciso instante solo tenía ojos para los emperifollados compradores que llenaban cajas de productos variados. “Señor, ay por favor señor, señor usted no me va a atender” dijo la pobre dama que con sus ojos amarillentos y ya furiosos trataba de no perder la compostura. El portugués hacía caso omiso a los pedidos de lamento de la dama que solo quería un kilo de queso blanco para mantener su eterna dieta cual buen habitante del Valle aquel donde conté mi historia.
“Mira portugués del coño” le dije, “tu no ves que ella también tiene derecho a comprar queso”, el infernal vendedor de quesos volteó su mirada y me dijo “eu estoy vendiendu eu mucho queso, no me jodais”. Quitándole el dinero de la mano a la dama lo puse en el mostrador y metiendo la mano en la nevera de refrigeración agarré el pedazo de queso y lo metí en una bolsa. El portugués seguía insultándome y la dama aún sin poder creer mi acto de valentía y locura no sabía si reírse o llorar. “Tu tienes las manos limpias” me preguntó, yo no pude evitar soltar una carcajada y decirle que mi mamá no me dejaba salir con las manos sucias a la calle, ella tomó el queso y me dijo “gracias, galán de mercado.” Yo me quedé ahí parado pues en realidad creo que yo había sido de todo en mi vida pero nunca un “galán de mercado.”
Ella se volteó y se perdió entre la muchedumbre, así como se pierde el todo y la nada en el acontecer diario del existir. Como un rayo recordé que esa noche era la celebración de la onomástica de Arturo Yandiola, el gran magnate de fortuna desconocida y reputación dudosa que brindaría una gran fiesta para darle a conocer al mundo que en este país hay que tirar la casa por la ventana para obtener el reconocimiento de las multitudes. También recordé que mis amistades me obligarían a salir de mi casa aquella noche pues todos eran parte de aquella celebración, mucha gente había esperado ese día, yo en realidad no esperaba desde hace tiempo, muchas veces no sabemos cuando llega el momento.
Las piezas ahora cuadraban, mi madre que seguía peleando para tratar de comprar los alimentos del almuerzo no entendía de que se trataba aquel revuelo en el mercado, simplemente los secuaces de Yandiola compraban el obsequio para la fiesta nocturna. Se lo hice saber a mi madre quien inmediatamente desistió de comprar cualquier cosa, y con sus hombros caídos se limitó a decirme que compraríamos algo en el camino, en ese camino que seguimos sin tomar en cuenta que las horas no vuelven y los recuerdos se aferran.
Mi mente estaba inquieta y finalmente y a sabiendas que me vería obligado a asistir a aquella celebración puse un plan en práctica. Corriendo a toda prisa llegué a la ventanilla del estacionamiento, el hombre que cobraba me miró con recelo al explicarle que tenía que permitirme ser el “tickero” por unos minutos, después de llorar y convencerle que uno de mis sueños infantiles mas preciados era marcar el ticket en aquella maquinita y cobrarle a la gente por el uso del estacionamiento. Le ofrecí comprarle una botella de ron, en aquel lugar donde crecí todo se resuelve con ron y un soborno, hay lugares de lugares pero aquel es único.
Allí estaba, mirándome sin poder creer que ahora de galán de mercado había pasado a cobrador de tickets de estacionamiento, bajo la ventanilla y soltó una leve sonrisa, me entregó el ticket en el cual rápidamente escribí una nota, le devolví el cambio con el ticket, así como quien devuelve una esperanza. Ella no pudo evitar mirar el ticket, y me dijo “tu si eres bien chimbo y atrevido, darme tu teléfono, y tu crees que te voy a llamar?, no me hagas reír balurdete, y además invitarme para una fiesta esta noche, además ya yo tengo con quien ir a esa fiesta y no eres exactamente tu” y aceleró con potencia su pequeño carrito plateado.
Al ver que mi madre se acercaba en el carro salí disparado de la caseta de tickets y le toqué la puerta del carro. Ella mirándome me dijo “me pareció ver a alguien parecido a ti de cobrador de tickets, debe ser que me estoy volviendo loca.”, sin pensarlo le dije “pues si loca debes estar madre pues yo simplemente andaba distraído en el mercado y te me perdiste”. Ella quien conocía mis andanzas se limitó a callar, yo hice lo mismo y dejé que los minutos pasaran para simplemente olvidar, el silencio y el olvido siempre me han apasionado, el silencio por ser único el olvido por ser salvador. En mi casa y sentado en el borde mi cama pensaba, cuando sonó el teléfono, pero no podemos pedirles peras al olmo, no era ella, pero si era un amigo para recordarme que pasarían por mi, que inevitablemente aquella noche era parte de mi.
Mirando por la ventana de mi cuarto mi mente volaba sin destino conocido, “El existir está lleno de situaciones repetidas, es solo que las repeticiones también llevan la marca de la imperfección y eso las hace distintas. Así pues nos manejamos entre situaciones repetidas que siempre llevan un toque de aquello que desconocemos…”, en realidad no podía olvidar aquella cara que me había hecho sentirme vivo, aún no la olvido, la puedo ver en todas las paredes blancas, en las cuatro guardias que acompañan mi andar, siempre presente, sin poder borrarla.
Vestido de payaso, perdón de traje quise decir, entré al salón de aquel majestuoso club de la capital, los adornos importados y la batalla de los perfumes y colonias se hacían sentir, aquella era un noche distintiva, mas de lo mismo pero con la huella de lo ostentoso, Yadiola, se había asegurado que su fiesta de cumpleaños fuera recordada en los anales de la historia, que nadie nunca pudiera decir que Yadiola no pertenecía, que todos estuvieran claros que de pisar en pisar se logra alcanzar un status de envidiar, o eso es lo que en el planeta muchos pretenden lograr.
Sentado en una escalera, como suelo hacer cuando mi aburrimiento alcanza límites nunca antes visto conversaba con mi amigo imaginario, ese que siempre me acompañó desde tiempos inmemoriales y que nunca me abandona. Su preocupación era que no veía una piñata, ni regalos de salida, ni niños que jugaban alrededor de una silla, tampoco había payasos ni su música preferida de Xuxa, molesto me decía que nos fuéramos de allí, que no pertenecíamos a aquello, que en realidad y en sus palabras es mejor tener un solo juguete para jugar que un montón de personas jugando a ser juguetes.
Desestimé los intentos de mis vísceras de sacarme de aquel lugar, caminé por espacios colmados, reducidos, llenos de risas y volatilidad, cargados de mentiras y falsedades, me desplacé junto a lo malo y a lo bueno, si es que aquello existe, miré con detalle, buscando, en mi afán de encontrar algo que desde hace tiempo atrás sabía que no llegaría, que no era parte de mi suerte o que simplemente era la suerte mía que actuaba a su placer. De espaldas en el bar donde tomaba agua de coco, escuché como una voz femenina relataba una historia increíble en sus palabras, un atrevido había metido la mano en el mercado y le había dado un pedazo de queso, que de paso no se había comido pues le parecía asqueroso que esas manos cochinas hubieran tocado su comida. Proseguía la dama que aquel atrevido se había disfrazado de “ticketero” para invitarla a esta misma fiesta donde ella estaba ahora y para completar su historia señalaba al hombre que la acompañaba el cual respondía con una sonrisa mientras su amiga le decía “hay que bello ese tipo.”, a lo que ella respondía “si, tu te imaginas, cambiar a eso por ese mono del mercado.”
“Disculpe señorita” dije, la cara de sorpresa de aquella dama nunca podré olvidar, aunque debo reconocer que no es la sorpresa lo que no olvido, es su cara simplemente. “Hola, que haces tu aquí”, preguntó con un tono que no tenía ninguna definición, yo le dije “bueno chica, tu sabes, yo soy galán de mercado y ticketero de día y de noche me transformo en personaje de la sociedad”, ella todavía sin poder creer lo que veía le preguntó al barman que si me conocía o si yo trabajaba con él, el barman muy amable le dijo que no, pero que sin a lugar a dudas yo era todo un conocedor del baseball, eso por aquello de mi mala manía de hablar con porteros y barmans en las fiestas por encontrarlos mas agradables y sinceros que aquellos caracteres que pululan en esos lugares.
“Bailamos” pregunté y sin dejar que pudiera pensar la tomé de la mano para llevarla a la pista de baile en donde mi amigo imaginario se divertía bailando al son de aquel merengue viejo mientras me reclamaba que no se sabía la letra del mismo por culpa mía. “Y tu novio?, le pregunté, ella quien no sabía en realidad si la había pisado un camión o había sido secuestrada por extraterrestres se limitó a mirarme sin proferir palabra alguna, hoy día supongo que muchas preguntas pasaron por su mente aquella noche, y yo solo espero que el silencio me permita escuchar dentro de su razón y que el olvido no se lleve mi osada decisión.
Alrededor de aquella mesa, Arturo Yandiola miraba con deseo las velas que anunciaban la llegada de un nuevo año, el coro de aquella canción muy conocida estremecía cualquier rincón del lugar. Al momento del último “cumpleaños feliz” la torta explotó, reconozco que me reí en un principio, pues pensé que se trataba de una broma pesada, al ver los cuerpos regados de los jalamecate que se habían posado alrededor del bandido Yandiola, al igual que el de su persona, comprendí que un atentado acaba de ocurrir en aquella noche capitalina, para mis adentros comprendí finalmente que tarde o temprano la vida equipara, a su manera, a su macabro estilo, y deja todo en el estado como comenzó.
La gritería en el lugar era ensordecedora, la gente corría de un lado a otro mientras los centros de mesa también explotaban, me quedé parado mirando todo aquello, esperando que llegara mi momento, el terror reinaba en aquel lujurioso establecimiento, esta vez peleaba contra un enemigo invisible, como aquel que siempre he perseguido, y que sin lugar a dudas te hace o te acaba…
“Policarpio, Policarpio” gritaba mi madre tratando de despertarme de aquel sueño, dormir es una cosa, soñar es otra. Recuerdo que logré ponerme en pie, la luz de la mañana brillaba en las paredes, simplemente para recordarte que quieras o no las horas pasan. “Mira Policarpio”, decía mi madre, “me quieres acompañar al mercado, tienes como tres semanas que no sales de aquí.” Paciente esperaba una respuesta, yo hice una seña que no se entendía, sin pensarlo mucho me incorporé y asentí con la cabeza, después de todo no es culpa de mi madre que el planeta sea cagalitroso.
La soledad te lleva a hacer cosas que nunca hubieras soñado, pero igualmente te define. El ruidoso mercado apenas comenzaba a tragarnos, la cotidianeidad que aburre se abría paso entre la gente que albergaba aquel recinto. Mi madre hacía comentarios sobre las maravillas que se podían encontrar en aquel conjunto de toldos con vendedores desesperados, era Diciembre eso creo recordar, era simplemente el final de un año mas. Morir en vida o vivir sin alma es lo mismo, solo que si mueres no te ven y sin alma te proteges.
En el bullicioso mercado la gente iba y venía, parecían encomendados a una misión, sus miradas se perdían entre el sonido de la esperanza y la realidad. Me llamó la atención ver a un grupo muy distintivo, llevaban unas cajas gigantes, las cuales iban llenando de una variedad de productos de alta calidad, mientras mi madre compraba lo necesario para el almuerzo mi mente se interesaba por la peculiar manera de comprar de aquellos personajes quienes sin pensarlo gastaban cantidades exorbitantes en cada puesto que caía rendido a sus pasos. Sin nada que hacer y aburrido de la cadencia existencial que gobierna mi razón seguí con detenimiento aquel extraño acontecimiento.
Parada al frente de un kioskito de quesos trataba de luchar contra la avalancha del grupo que compraba todo lo habido y por haber. “Señor, por favor” le gritaba al portugués vendedor de quesos que en ese preciso instante solo tenía ojos para los emperifollados compradores que llenaban cajas de productos variados. “Señor, ay por favor señor, señor usted no me va a atender” dijo la pobre dama que con sus ojos amarillentos y ya furiosos trataba de no perder la compostura. El portugués hacía caso omiso a los pedidos de lamento de la dama que solo quería un kilo de queso blanco para mantener su eterna dieta cual buen habitante del Valle aquel donde conté mi historia.
“Mira portugués del coño” le dije, “tu no ves que ella también tiene derecho a comprar queso”, el infernal vendedor de quesos volteó su mirada y me dijo “eu estoy vendiendu eu mucho queso, no me jodais”. Quitándole el dinero de la mano a la dama lo puse en el mostrador y metiendo la mano en la nevera de refrigeración agarré el pedazo de queso y lo metí en una bolsa. El portugués seguía insultándome y la dama aún sin poder creer mi acto de valentía y locura no sabía si reírse o llorar. “Tu tienes las manos limpias” me preguntó, yo no pude evitar soltar una carcajada y decirle que mi mamá no me dejaba salir con las manos sucias a la calle, ella tomó el queso y me dijo “gracias, galán de mercado.” Yo me quedé ahí parado pues en realidad creo que yo había sido de todo en mi vida pero nunca un “galán de mercado.”
Ella se volteó y se perdió entre la muchedumbre, así como se pierde el todo y la nada en el acontecer diario del existir. Como un rayo recordé que esa noche era la celebración de la onomástica de Arturo Yandiola, el gran magnate de fortuna desconocida y reputación dudosa que brindaría una gran fiesta para darle a conocer al mundo que en este país hay que tirar la casa por la ventana para obtener el reconocimiento de las multitudes. También recordé que mis amistades me obligarían a salir de mi casa aquella noche pues todos eran parte de aquella celebración, mucha gente había esperado ese día, yo en realidad no esperaba desde hace tiempo, muchas veces no sabemos cuando llega el momento.
Las piezas ahora cuadraban, mi madre que seguía peleando para tratar de comprar los alimentos del almuerzo no entendía de que se trataba aquel revuelo en el mercado, simplemente los secuaces de Yandiola compraban el obsequio para la fiesta nocturna. Se lo hice saber a mi madre quien inmediatamente desistió de comprar cualquier cosa, y con sus hombros caídos se limitó a decirme que compraríamos algo en el camino, en ese camino que seguimos sin tomar en cuenta que las horas no vuelven y los recuerdos se aferran.
Mi mente estaba inquieta y finalmente y a sabiendas que me vería obligado a asistir a aquella celebración puse un plan en práctica. Corriendo a toda prisa llegué a la ventanilla del estacionamiento, el hombre que cobraba me miró con recelo al explicarle que tenía que permitirme ser el “tickero” por unos minutos, después de llorar y convencerle que uno de mis sueños infantiles mas preciados era marcar el ticket en aquella maquinita y cobrarle a la gente por el uso del estacionamiento. Le ofrecí comprarle una botella de ron, en aquel lugar donde crecí todo se resuelve con ron y un soborno, hay lugares de lugares pero aquel es único.
Allí estaba, mirándome sin poder creer que ahora de galán de mercado había pasado a cobrador de tickets de estacionamiento, bajo la ventanilla y soltó una leve sonrisa, me entregó el ticket en el cual rápidamente escribí una nota, le devolví el cambio con el ticket, así como quien devuelve una esperanza. Ella no pudo evitar mirar el ticket, y me dijo “tu si eres bien chimbo y atrevido, darme tu teléfono, y tu crees que te voy a llamar?, no me hagas reír balurdete, y además invitarme para una fiesta esta noche, además ya yo tengo con quien ir a esa fiesta y no eres exactamente tu” y aceleró con potencia su pequeño carrito plateado.
Al ver que mi madre se acercaba en el carro salí disparado de la caseta de tickets y le toqué la puerta del carro. Ella mirándome me dijo “me pareció ver a alguien parecido a ti de cobrador de tickets, debe ser que me estoy volviendo loca.”, sin pensarlo le dije “pues si loca debes estar madre pues yo simplemente andaba distraído en el mercado y te me perdiste”. Ella quien conocía mis andanzas se limitó a callar, yo hice lo mismo y dejé que los minutos pasaran para simplemente olvidar, el silencio y el olvido siempre me han apasionado, el silencio por ser único el olvido por ser salvador. En mi casa y sentado en el borde mi cama pensaba, cuando sonó el teléfono, pero no podemos pedirles peras al olmo, no era ella, pero si era un amigo para recordarme que pasarían por mi, que inevitablemente aquella noche era parte de mi.
Mirando por la ventana de mi cuarto mi mente volaba sin destino conocido, “El existir está lleno de situaciones repetidas, es solo que las repeticiones también llevan la marca de la imperfección y eso las hace distintas. Así pues nos manejamos entre situaciones repetidas que siempre llevan un toque de aquello que desconocemos…”, en realidad no podía olvidar aquella cara que me había hecho sentirme vivo, aún no la olvido, la puedo ver en todas las paredes blancas, en las cuatro guardias que acompañan mi andar, siempre presente, sin poder borrarla.
Vestido de payaso, perdón de traje quise decir, entré al salón de aquel majestuoso club de la capital, los adornos importados y la batalla de los perfumes y colonias se hacían sentir, aquella era un noche distintiva, mas de lo mismo pero con la huella de lo ostentoso, Yadiola, se había asegurado que su fiesta de cumpleaños fuera recordada en los anales de la historia, que nadie nunca pudiera decir que Yadiola no pertenecía, que todos estuvieran claros que de pisar en pisar se logra alcanzar un status de envidiar, o eso es lo que en el planeta muchos pretenden lograr.
Sentado en una escalera, como suelo hacer cuando mi aburrimiento alcanza límites nunca antes visto conversaba con mi amigo imaginario, ese que siempre me acompañó desde tiempos inmemoriales y que nunca me abandona. Su preocupación era que no veía una piñata, ni regalos de salida, ni niños que jugaban alrededor de una silla, tampoco había payasos ni su música preferida de Xuxa, molesto me decía que nos fuéramos de allí, que no pertenecíamos a aquello, que en realidad y en sus palabras es mejor tener un solo juguete para jugar que un montón de personas jugando a ser juguetes.
Desestimé los intentos de mis vísceras de sacarme de aquel lugar, caminé por espacios colmados, reducidos, llenos de risas y volatilidad, cargados de mentiras y falsedades, me desplacé junto a lo malo y a lo bueno, si es que aquello existe, miré con detalle, buscando, en mi afán de encontrar algo que desde hace tiempo atrás sabía que no llegaría, que no era parte de mi suerte o que simplemente era la suerte mía que actuaba a su placer. De espaldas en el bar donde tomaba agua de coco, escuché como una voz femenina relataba una historia increíble en sus palabras, un atrevido había metido la mano en el mercado y le había dado un pedazo de queso, que de paso no se había comido pues le parecía asqueroso que esas manos cochinas hubieran tocado su comida. Proseguía la dama que aquel atrevido se había disfrazado de “ticketero” para invitarla a esta misma fiesta donde ella estaba ahora y para completar su historia señalaba al hombre que la acompañaba el cual respondía con una sonrisa mientras su amiga le decía “hay que bello ese tipo.”, a lo que ella respondía “si, tu te imaginas, cambiar a eso por ese mono del mercado.”
“Disculpe señorita” dije, la cara de sorpresa de aquella dama nunca podré olvidar, aunque debo reconocer que no es la sorpresa lo que no olvido, es su cara simplemente. “Hola, que haces tu aquí”, preguntó con un tono que no tenía ninguna definición, yo le dije “bueno chica, tu sabes, yo soy galán de mercado y ticketero de día y de noche me transformo en personaje de la sociedad”, ella todavía sin poder creer lo que veía le preguntó al barman que si me conocía o si yo trabajaba con él, el barman muy amable le dijo que no, pero que sin a lugar a dudas yo era todo un conocedor del baseball, eso por aquello de mi mala manía de hablar con porteros y barmans en las fiestas por encontrarlos mas agradables y sinceros que aquellos caracteres que pululan en esos lugares.
“Bailamos” pregunté y sin dejar que pudiera pensar la tomé de la mano para llevarla a la pista de baile en donde mi amigo imaginario se divertía bailando al son de aquel merengue viejo mientras me reclamaba que no se sabía la letra del mismo por culpa mía. “Y tu novio?, le pregunté, ella quien no sabía en realidad si la había pisado un camión o había sido secuestrada por extraterrestres se limitó a mirarme sin proferir palabra alguna, hoy día supongo que muchas preguntas pasaron por su mente aquella noche, y yo solo espero que el silencio me permita escuchar dentro de su razón y que el olvido no se lleve mi osada decisión.
Alrededor de aquella mesa, Arturo Yandiola miraba con deseo las velas que anunciaban la llegada de un nuevo año, el coro de aquella canción muy conocida estremecía cualquier rincón del lugar. Al momento del último “cumpleaños feliz” la torta explotó, reconozco que me reí en un principio, pues pensé que se trataba de una broma pesada, al ver los cuerpos regados de los jalamecate que se habían posado alrededor del bandido Yandiola, al igual que el de su persona, comprendí que un atentado acaba de ocurrir en aquella noche capitalina, para mis adentros comprendí finalmente que tarde o temprano la vida equipara, a su manera, a su macabro estilo, y deja todo en el estado como comenzó.
La gritería en el lugar era ensordecedora, la gente corría de un lado a otro mientras los centros de mesa también explotaban, me quedé parado mirando todo aquello, esperando que llegara mi momento, el terror reinaba en aquel lujurioso establecimiento, esta vez peleaba contra un enemigo invisible, como aquel que siempre he perseguido, y que sin lugar a dudas te hace o te acaba…
Thursday, October 04, 2007
El Coquito

Día a día, hay que tomarse las cosas. La verdad es que pueden pasar horas, días, meses, años, siglos, y siempre habrán recuerdos que no se amilanan al pasar del tiempo, día a día, un día a la vez o con paciencia infinita hay cosas que no puedes borrar. Eran tiempos distintos de la historia, de una historia que como muchas tuvo un comienzo pero que no termina, los cambios inminentes se aproximaban con pereza, eso pues, los hace penetrar con mayor fuerza. Aún a veces me pregunto como terminé entre las cuatro paredes blancas.
La respuesta a las cuatro paredes blancas la supe desde siempre, es simplemente que a veces variamos nuestras propias respuestas para buscar sentido en el andar, la vida te puede pasar pero sin pasar por ella bien podemos estar. Es así como me acuerdo, como empezó aquel momento, en el cual decisiones tomé y del cual no me puedo arrepentir pues sería traicionar a mi memoria, la cual vuela entre la realidad y la cordura pues la realidad no es simplemente otra cosa que la locura.
Un grito en la noche me despertó, aún no logro recordar si era propio o del vacío, hacía frío aquella noche en el valle que me vió crecer, las gotas de sudor corrían por mi almohada, la tela no era suficiente para contener el terror que puedes sentir en sueños, sueños que pasan de un plano a otro con sutil facilidad. Estaba escondido en aquellos tiempos, alejado del jugar, mirando a lo lejos el ir y venir de lo mundano y temiendo cual sería el momento justo para regresar.
El gato que tocaba mi ventana se había ido, finalmente entendí que nuestros miedos los creamos, muchas cosas pueden quitarme pero volveré sigiloso a cobrar lo mío, puramente a crear el miedo que trataron de arrebatarme. Una luz intermitente de color rojo alumbraba mi cuarto, la policía podrían pensar, era Nabor Cheltinsky, amigo de mi infancia, a quien su padre le había puesto una luz de policía en su camioneta para que ahuyentara a los bandidos, o los atrajera en su defecto.
Gritó, “Policarpio, estás?, asomándome por la ventana hice una seña para que no despertara a mis familiares, camino a la calle mi padre me miró e hizo una seña de desaprobación con su cabeza, era tarde, la ciudad peligrosa, la maldad nunca descansa mientras la bondad se duerme placentera. En el carro Nabor contaba su desgracia, una de esas típicas, comunes entre sentimientos, de aquellas que pueden burlar tus sentidos, acabar con ilusiones y cercenar para siempre a un ser viviente.
“Mira Policarpio, tu tienes que ayudarme” repetía Nabor con la firme creencia que yo tenía una vara mágica que lo quitaría su dolor con el toque en su hombro. “Me dejaron Policarpio, me dejaron, y yo que he hecho de mal”, seguía con su letanía mientras manejaba con un objetivo fijo, sus ojos pálidos y vidriosos miraban fijamente el pavimento, recuerdo que llovía, a cántaros, en aquella noche como otras, como todas aquellas que entran al ponerse el sol, como esas que no se olvidan.
Entramos en aquel lugar, lo mismo de siempre, escenas que repetimos pues no sabemos de otras, lo mismo, una vez mas. Nabor llevaba su cruz encima, la cual no se veía, pero aplastaba su espalda. “Coño no puede ser” soltó Nabor, “ahí está, ahí está”. Nunca entendí porque no nos enseñan a dejar ir, nos ahorrarían dolores. “Ahora que hago?, que coño hago ahora? preguntó Nabor, yo me limité a sonreír como suelo hacer cuando me enfrento a lo inexplicable, a todo aquello que los humanos inventaron para torturarnos. Nabor esperaba mi respuesta pero yo para variar estaba distraído hasta que Vanessa y Joaquín, quien vestía un elegante frac en aquella noche capitalina, el nuevo, el de turno, se acercaron. Nabor trató de evitarlos pero estaban enfrente. “Hola Nabi” dijo la causante de su dolor, Nabor no podía hablar, el acompañante saludó de manera educada y se limitó a esperar.
“Vanesa, tenemos que”…..las palabras fueron cortadas por la voz de Joaquín quien dijo “mira payaso de pueblo, déjanos tranquilos y lárgate”. A todas estas yo no podía dejar de mirar a aquella transeúnte nunca antes vista, de ojos amarillos, pose altanera y dominio total de la escena. Creo que Nabor esperaba por mi ayuda, a veces ni siquiera los superhéroes podemos con el cauce del río humano, las cosas pasan y que hay aceptarlas, o llevarlas a cuestas, olvidarlas quizás, pero pasan sin embargo. Me llevé a Nabor y lo coloqué delante del bar, hay quienes ahogan sus penas otros dan simplemente pena.
Aquella noche pensaba en mis días con capa, corriendo con medias en el frío piso de mi hogar, luchando contra bandidos y ladrones imaginarios, viviendo diría yo. Me acerqué con cautela y me miró feo, posiblemente no la enseñaron a mirar de otra forma o se protegía de los zamuros en busca de carne. La tropecé, a propósito quien sabe, o mi torpeza casual. “Perdón” alcancé a decir cuando su voz sin mediar razones contestó “bueno mijo tu no ves por donde caminas, uy estos bichos, todos iguales, todos tratando de buscar llamar la atención, lo mismo, lo de siempre, zapatea para otro lado”. Sonriendo le dije “caerás como un coquito” y me fui. A lo lejos logré escuchar como furiosa decía “coquito tu abuela, pasado, malandro.”
Olía a lluvia aquella noche, a tierra mojada, sin pensar mucho me paré en el balcón de aquella casa donde todos jugaban, Nabor me buscaba desesperado pues yo era su único ancla en aquel mar revuelto. Me reía solo al pensar que hubiera sido un buen contador de estrellas profesional, contarlas, enumerarlas, darles nombres, sin algún motivo escondido, solo por el placer de darles importancia. El mundo es menos complicado de lo que pensamos, pero hacerlo difícil es el arte de los humanos. Nabor finalmente se paró a mi lado, “no puede ser Policarpio, tu viste eso?, tu viste?, yo me voy a tirar al Guaire a ver si me muero de una vez”.
“Yo tu Naborcito” le dije “me le paro enfrente y le canto sus cosas, sin pasiones, le dices todo, todo lo que llevas adentro, no importa si el bicho ese está jamado, no importa nada”, Nabor quien no podía creer que yo estuviera diciendo eso me dijo “tu estás jodiendo no?, no pude evitarlo y sonreí de nuevo, por supuesto que estaba jodiendo, yo creo en dejar seguir y no en impedir, mi sonrisa fue interrumpida por la cara de pocos amigos de la dama de ojos amarillentos que por casualidad pasaba por ahí y pensó que le sonreía a ella, de nuevo volteó su cara e hizo un gesto a sus amigas de desprecio.
La vi parada a lo lejos, en el bar, me acerqué y pedí agua de coco, el barman me dijo “con whiskey?, “no, no hermanazo, solita” le respondí. Después de mi conversación obligada con el barman acerca de todos los imbéciles que pululaban en aquel lugar y sin poder evitar reír al ver que la dama no se podía ir del bar por estar esperando su trago rebuscado le dije “agua de mar, agua de coco ni tu me paras ni yo tampoco”. “Como es eso que voy a caer como un coquito? preguntó, mi risa estremeció el lugar, y volví a decir “como un coquito” y me alejé sin chistar media palabra mas.
Nabor seguía debatiéndose entre el dolor y la irracionalidad, yo por mi parte caminaba en silencio, saludando a todos aquellos de siempre, los mismos, lo mismo. Nabor se hablaba a si mismo, se daba fuerzas, buscaba entender lo incomprensible de aquella noche, mis pensamientos divagaban, pero había uno recurrente que me incomodaba, Nabor sudaba frío al pensar que las cosas habían cambiado, yo hace tiempo había entendido que el cambio no es necesario pero nos obliga a aceptarlo.
Siempre me he preguntado como puede ser tan fácil convertirse en una estadística, no he conseguido la respuesta. El grito sordo acompañado de un tiro al aire hizo que el disc jockey apagara la música. Me lo habían contado pero no lo creía, una banda de ladrones, liderada por Armando Yael se dedicaba a atracar fiestas de “niños bien” en el valle de cemento. Armando y sus secuaces entraron vestidos de frac, con bolsas de plástico en mano para obligar a todo el mundo a entregar sus pertenencias.
Nabor quien solo tenía un propósito en mente ya había comenzado a moverse, sin darse cuenta de lo que sucedía se topó con uno de los secuaces de frac, pensando Nabor que se trataba de aquel que le había arrebatado su mas preciado tesoro le echó un vaso de vodka en la cara y lo retó a una pelea. El ladrón sin pensarlo le disparó, una bala fría atravesó el cuerpo de Nabor, el terror y la confusión se apoderaron del lugar, Armando Yael trataba de calmar el ambiente para proseguir con el robo pero el disc jockey tenía en mente otra cosa.
La música estridente golpeó mis oídos, siempre he aprovechado los momentos de caos para obtener lo que deseo. Saqué mi china y disparé a la frente de Armando quien cayó al suelo sin entender que sucedía. La multitud se tomó justicia en sus manos y comenzaron a linchar a los hampones. Dos pensamientos cruzaron mi mente, Nabor herido y la dama de ojos amarillos, parece mentira como nuestra mente no sabe como ordenar las prioridades cuando de aquello se trata.
De un brinco salté a la pista de baile donde la banda de ladrones, “Los Manhattan”, como eran conocidos eran ahora birlados por la multitud. Agarré a Nabor y corrí hacia la puerta, sus ojos pálidos y vidriosos ahora parecían abandonarle, su mirada fijada en el firmamento me recordaban mi trabajo de contador de estrellas, su dolor aún latente esbozaba la fiel verdad del momento. “Nabi, Nabi” gritaba Vanessa, mientras yo de reojo veía como su acompañante la ponía en su sitio. Al levantar la mirada alcancé mi objetivo, la agarré de la mano y la saqué de la fiesta.
Afuera y con Nabor delirando nos subimos al carro, la sorprendida dama quien reclamaba mi osadía de haberle sacado de aquel lugar además de seguir preguntando como era la historia del coquito gritaba que Nabor se estaba muriendo, Nabor quien no entendía que pasaba gritaba “si yo lo que quiero es morirme”, yo miraba hacia delante, y trataba de explicarle a la dama de ojos amarillos que era por su bien que la había sacado de la fiesta. Ella aún sin convencerse exigía respuestas inmediatas. Nabor moría, de una bala y de un sentimiento, la dama gritaba pues no solo estaba en presencia de aquel hombre que poco a poco se apagaba sino que yo no contestaba su pregunta acerca del coquito.
En la sala de emergencia de aquel hospital un médico se acercó y me informó que Nabor viviría, la bala simplemente le había quitado un poco de grasa de su prontuaria barriga. Sus familiares llegaban y hacían las mismas preguntas y los mismos comentarios, en eso vivimos en lo mismo que sucedió ayer. Me despedí de Nabor quien todavía en su delirio no lograba poner las piezas del rompecabezas en orden, trató de hablarme de su pena pero me retiré para que pudiera descansar.
Afuera aquella dama aún esperaba por una respuesta, tomándole de la mano caminamos hacia el carro, después de mirarla de arriba abajo me limité a decir “como ves caíste como un coquito, menos mal que te tengo la mano agarrada para que no te pegues con el suelo……”
La respuesta a las cuatro paredes blancas la supe desde siempre, es simplemente que a veces variamos nuestras propias respuestas para buscar sentido en el andar, la vida te puede pasar pero sin pasar por ella bien podemos estar. Es así como me acuerdo, como empezó aquel momento, en el cual decisiones tomé y del cual no me puedo arrepentir pues sería traicionar a mi memoria, la cual vuela entre la realidad y la cordura pues la realidad no es simplemente otra cosa que la locura.
Un grito en la noche me despertó, aún no logro recordar si era propio o del vacío, hacía frío aquella noche en el valle que me vió crecer, las gotas de sudor corrían por mi almohada, la tela no era suficiente para contener el terror que puedes sentir en sueños, sueños que pasan de un plano a otro con sutil facilidad. Estaba escondido en aquellos tiempos, alejado del jugar, mirando a lo lejos el ir y venir de lo mundano y temiendo cual sería el momento justo para regresar.
El gato que tocaba mi ventana se había ido, finalmente entendí que nuestros miedos los creamos, muchas cosas pueden quitarme pero volveré sigiloso a cobrar lo mío, puramente a crear el miedo que trataron de arrebatarme. Una luz intermitente de color rojo alumbraba mi cuarto, la policía podrían pensar, era Nabor Cheltinsky, amigo de mi infancia, a quien su padre le había puesto una luz de policía en su camioneta para que ahuyentara a los bandidos, o los atrajera en su defecto.
Gritó, “Policarpio, estás?, asomándome por la ventana hice una seña para que no despertara a mis familiares, camino a la calle mi padre me miró e hizo una seña de desaprobación con su cabeza, era tarde, la ciudad peligrosa, la maldad nunca descansa mientras la bondad se duerme placentera. En el carro Nabor contaba su desgracia, una de esas típicas, comunes entre sentimientos, de aquellas que pueden burlar tus sentidos, acabar con ilusiones y cercenar para siempre a un ser viviente.
“Mira Policarpio, tu tienes que ayudarme” repetía Nabor con la firme creencia que yo tenía una vara mágica que lo quitaría su dolor con el toque en su hombro. “Me dejaron Policarpio, me dejaron, y yo que he hecho de mal”, seguía con su letanía mientras manejaba con un objetivo fijo, sus ojos pálidos y vidriosos miraban fijamente el pavimento, recuerdo que llovía, a cántaros, en aquella noche como otras, como todas aquellas que entran al ponerse el sol, como esas que no se olvidan.
Entramos en aquel lugar, lo mismo de siempre, escenas que repetimos pues no sabemos de otras, lo mismo, una vez mas. Nabor llevaba su cruz encima, la cual no se veía, pero aplastaba su espalda. “Coño no puede ser” soltó Nabor, “ahí está, ahí está”. Nunca entendí porque no nos enseñan a dejar ir, nos ahorrarían dolores. “Ahora que hago?, que coño hago ahora? preguntó Nabor, yo me limité a sonreír como suelo hacer cuando me enfrento a lo inexplicable, a todo aquello que los humanos inventaron para torturarnos. Nabor esperaba mi respuesta pero yo para variar estaba distraído hasta que Vanessa y Joaquín, quien vestía un elegante frac en aquella noche capitalina, el nuevo, el de turno, se acercaron. Nabor trató de evitarlos pero estaban enfrente. “Hola Nabi” dijo la causante de su dolor, Nabor no podía hablar, el acompañante saludó de manera educada y se limitó a esperar.
“Vanesa, tenemos que”…..las palabras fueron cortadas por la voz de Joaquín quien dijo “mira payaso de pueblo, déjanos tranquilos y lárgate”. A todas estas yo no podía dejar de mirar a aquella transeúnte nunca antes vista, de ojos amarillos, pose altanera y dominio total de la escena. Creo que Nabor esperaba por mi ayuda, a veces ni siquiera los superhéroes podemos con el cauce del río humano, las cosas pasan y que hay aceptarlas, o llevarlas a cuestas, olvidarlas quizás, pero pasan sin embargo. Me llevé a Nabor y lo coloqué delante del bar, hay quienes ahogan sus penas otros dan simplemente pena.
Aquella noche pensaba en mis días con capa, corriendo con medias en el frío piso de mi hogar, luchando contra bandidos y ladrones imaginarios, viviendo diría yo. Me acerqué con cautela y me miró feo, posiblemente no la enseñaron a mirar de otra forma o se protegía de los zamuros en busca de carne. La tropecé, a propósito quien sabe, o mi torpeza casual. “Perdón” alcancé a decir cuando su voz sin mediar razones contestó “bueno mijo tu no ves por donde caminas, uy estos bichos, todos iguales, todos tratando de buscar llamar la atención, lo mismo, lo de siempre, zapatea para otro lado”. Sonriendo le dije “caerás como un coquito” y me fui. A lo lejos logré escuchar como furiosa decía “coquito tu abuela, pasado, malandro.”
Olía a lluvia aquella noche, a tierra mojada, sin pensar mucho me paré en el balcón de aquella casa donde todos jugaban, Nabor me buscaba desesperado pues yo era su único ancla en aquel mar revuelto. Me reía solo al pensar que hubiera sido un buen contador de estrellas profesional, contarlas, enumerarlas, darles nombres, sin algún motivo escondido, solo por el placer de darles importancia. El mundo es menos complicado de lo que pensamos, pero hacerlo difícil es el arte de los humanos. Nabor finalmente se paró a mi lado, “no puede ser Policarpio, tu viste eso?, tu viste?, yo me voy a tirar al Guaire a ver si me muero de una vez”.
“Yo tu Naborcito” le dije “me le paro enfrente y le canto sus cosas, sin pasiones, le dices todo, todo lo que llevas adentro, no importa si el bicho ese está jamado, no importa nada”, Nabor quien no podía creer que yo estuviera diciendo eso me dijo “tu estás jodiendo no?, no pude evitarlo y sonreí de nuevo, por supuesto que estaba jodiendo, yo creo en dejar seguir y no en impedir, mi sonrisa fue interrumpida por la cara de pocos amigos de la dama de ojos amarillentos que por casualidad pasaba por ahí y pensó que le sonreía a ella, de nuevo volteó su cara e hizo un gesto a sus amigas de desprecio.
La vi parada a lo lejos, en el bar, me acerqué y pedí agua de coco, el barman me dijo “con whiskey?, “no, no hermanazo, solita” le respondí. Después de mi conversación obligada con el barman acerca de todos los imbéciles que pululaban en aquel lugar y sin poder evitar reír al ver que la dama no se podía ir del bar por estar esperando su trago rebuscado le dije “agua de mar, agua de coco ni tu me paras ni yo tampoco”. “Como es eso que voy a caer como un coquito? preguntó, mi risa estremeció el lugar, y volví a decir “como un coquito” y me alejé sin chistar media palabra mas.
Nabor seguía debatiéndose entre el dolor y la irracionalidad, yo por mi parte caminaba en silencio, saludando a todos aquellos de siempre, los mismos, lo mismo. Nabor se hablaba a si mismo, se daba fuerzas, buscaba entender lo incomprensible de aquella noche, mis pensamientos divagaban, pero había uno recurrente que me incomodaba, Nabor sudaba frío al pensar que las cosas habían cambiado, yo hace tiempo había entendido que el cambio no es necesario pero nos obliga a aceptarlo.
Siempre me he preguntado como puede ser tan fácil convertirse en una estadística, no he conseguido la respuesta. El grito sordo acompañado de un tiro al aire hizo que el disc jockey apagara la música. Me lo habían contado pero no lo creía, una banda de ladrones, liderada por Armando Yael se dedicaba a atracar fiestas de “niños bien” en el valle de cemento. Armando y sus secuaces entraron vestidos de frac, con bolsas de plástico en mano para obligar a todo el mundo a entregar sus pertenencias.
Nabor quien solo tenía un propósito en mente ya había comenzado a moverse, sin darse cuenta de lo que sucedía se topó con uno de los secuaces de frac, pensando Nabor que se trataba de aquel que le había arrebatado su mas preciado tesoro le echó un vaso de vodka en la cara y lo retó a una pelea. El ladrón sin pensarlo le disparó, una bala fría atravesó el cuerpo de Nabor, el terror y la confusión se apoderaron del lugar, Armando Yael trataba de calmar el ambiente para proseguir con el robo pero el disc jockey tenía en mente otra cosa.
La música estridente golpeó mis oídos, siempre he aprovechado los momentos de caos para obtener lo que deseo. Saqué mi china y disparé a la frente de Armando quien cayó al suelo sin entender que sucedía. La multitud se tomó justicia en sus manos y comenzaron a linchar a los hampones. Dos pensamientos cruzaron mi mente, Nabor herido y la dama de ojos amarillos, parece mentira como nuestra mente no sabe como ordenar las prioridades cuando de aquello se trata.
De un brinco salté a la pista de baile donde la banda de ladrones, “Los Manhattan”, como eran conocidos eran ahora birlados por la multitud. Agarré a Nabor y corrí hacia la puerta, sus ojos pálidos y vidriosos ahora parecían abandonarle, su mirada fijada en el firmamento me recordaban mi trabajo de contador de estrellas, su dolor aún latente esbozaba la fiel verdad del momento. “Nabi, Nabi” gritaba Vanessa, mientras yo de reojo veía como su acompañante la ponía en su sitio. Al levantar la mirada alcancé mi objetivo, la agarré de la mano y la saqué de la fiesta.
Afuera y con Nabor delirando nos subimos al carro, la sorprendida dama quien reclamaba mi osadía de haberle sacado de aquel lugar además de seguir preguntando como era la historia del coquito gritaba que Nabor se estaba muriendo, Nabor quien no entendía que pasaba gritaba “si yo lo que quiero es morirme”, yo miraba hacia delante, y trataba de explicarle a la dama de ojos amarillos que era por su bien que la había sacado de la fiesta. Ella aún sin convencerse exigía respuestas inmediatas. Nabor moría, de una bala y de un sentimiento, la dama gritaba pues no solo estaba en presencia de aquel hombre que poco a poco se apagaba sino que yo no contestaba su pregunta acerca del coquito.
En la sala de emergencia de aquel hospital un médico se acercó y me informó que Nabor viviría, la bala simplemente le había quitado un poco de grasa de su prontuaria barriga. Sus familiares llegaban y hacían las mismas preguntas y los mismos comentarios, en eso vivimos en lo mismo que sucedió ayer. Me despedí de Nabor quien todavía en su delirio no lograba poner las piezas del rompecabezas en orden, trató de hablarme de su pena pero me retiré para que pudiera descansar.
Afuera aquella dama aún esperaba por una respuesta, tomándole de la mano caminamos hacia el carro, después de mirarla de arriba abajo me limité a decir “como ves caíste como un coquito, menos mal que te tengo la mano agarrada para que no te pegues con el suelo……”
Friday, July 20, 2007
Caminandito...
Salí, simplemente me deslicé, sin que nadie se diera cuenta, así como había aprendido años atrás, mientras ellos planeaban su venganza yo me escapaba en silencio. Su mirada perdida buscaba aquello que le arrebataron, su paso pausado y sin rumbo se mezclaba con el atardecer, su odio inclemente se veía por doquier. Llevaba encima el dolor de la verdad, andaba sola, contando una a una las cosas que había robado, tratando de darse respuestas y preguntándose por siempre si en realidad la estafa cometida había dado frutos. El que hace el mal busca ver la producción de aquello que ha sembrado, si solo encuentra tierra seca entonces enfurece.
Eran días iguales de la historia, de esos donde no hay mucho que decir y mas bien hay que esperar. Desde pequeño me gustó observar las nubes, sus formas y movimientos, aún desconozco la razón, quizás es que desde arriba se ve todo mejor, pero sin dejar de olvidar que igualmente perdemos la cercanía. Aquella nube tenía un color distinto, un halo de misterio, de no ser tan distraído me hubiera dado cuenta de inmediato que esbozaba una forma de flecha, una flecha que sin dar lujo de detalles me indicaba hacia donde ir, donde buscar, como siempre algún secreto que develar. La nada me ha perseguido o simplemente yo la encontré.
A un paso pausado me dirigía sin rumbo definido, pude ver de reojo como aquel camión le pasaba por encima a aquel transeúnte, dejándolo frisado al piso, asfalto y maldad en un solo cuadro. La curiosidad me invadió, a veces creo que es mejor seguir sin preguntar, pero de no preguntar perdemos la capacidad de reclamar. Como quien no quiere la cosa me acerqué para ver su maletín escachado, lleno de dinero, de dinero que seguramente había robado, pues al ver su cara maltratada supe de inmediato de quien se trataba. Pensé por unos instantes si en realidad se hace justicia o la suerte no es más que el orden en que nos pasan las cosas.
La multitud miraba con asombro aquel dantesco espectáculo, “alguien lo conoce? gritaba un viejo sin dientes, “estará vivo? decía una dama emperifollada, una madre alejaba a su niño mientras le decía que eso le pasaba a las personas malas, en efecto, eso le pasa a las personas malas, malas como aquel ladrón, ladrón educado y reconocido, de buena familia y delicados modales, pero ratero al fin. Una ambulancia propia de los años cincuenta se acercó, sus dos integrantes se bajaron y parecían perder la vida al ver todo aquello, el cuerpo inerte miraba hacia el cielo, posiblemente adonde no irá o quien sabe si le perdonarán en su viaje, su mano aún sujetaba el maletín, a veces pienso que negociaba con aquel querubín que lo había venido a recoger para comprar su entrada, su pase al infinito.
El chofer de la ambulancia perdía la vista al ver aquella cantidad de dinero, nunca antes había puesto sus ojos en una suma tan grande, con cuidado y fingiendo tratar de resucitar a aquel cuerpo se acercaba el maletín, por un momento pensé dejarlo escapar con el botín, en definitiva yo conocía al personaje de la fatalidad y no me importaba en lo mas mínimo su legado. Fue allí cuando el chofer se levantó y trato de correr con el maletín, directo hacia mi persona, me clavó el maletín en el pecho y por si fuera poco resbaló y terminó en la acera con un hueco en la cabeza, en ese instante aparecía uno de los primos del hombre fallecido y su mirada se posó en mi, el maletín estaba en mis manos, y estos personajes que desde tiempos inmemoriales me han odiado lanzaron su cacería de inmediato. “Coño” pensé, “porqué estas vainas me pasan a mi?
Mis instintos se apoderaron y no me quedo otra que seguirlos, corrí. Por plena Avenida Fuerzas Armadas iba acelerando, con un maletín en mis manos, de aquel que me había robado tiempo atrás, sería esta mi venganza, finalmente había llegado la hora de devolverme lo sustraído. El primo del difunto y dos monigotes mas avanzaban detrás de mí, “suéltalo odiado Policarpio” les escuchaba gritar mientras comenzaba a sentir las gotas de sudor corriendo por mi espalda, pisé a unos cuantos buhoneros en mi carrera hacia la libertad, y sin muchas opciones para esconderme decidí tomar una decisión rápida, sin lugar a dudas la batica blanca de “chefito” o vendedor de perros calientes me quedaba muy bien.
Desde niño soñé con hacer aquello, preparar perros calientes en la calle, llenar los vasitos de Coca-Cola con aquellas maquinitas, usar las pinzas para poner la cebolla, el repollo y la zanahoria encima de la salchicha, y como olvidar los potes de salsas que adornaban aquel majestuoso platillo occidental. No me costó mucho convencer al dueño del carrito de perros, saqué unos de los fajos de billetes del maletín y le dije que ser “chefito” por un día era uno de mis mayores anhelos en la vida, el hombre extrañado pero feliz por la cantidad de dinero me prestó su bata y así comencé a despachar perros por doquier.
Aún puedo recordar su mirada, una de esas que no pertenecía a ese lugar, su acento sifrino clásico y su andar rápido, preocupado. “Me das una Pepsi? dijo con desprecio en su tono peculiar. No pude evitar mi posición de “chefito” para decirle algo típico, algo que sabía le molestaría pero este era mi única oportunidad de ser perrocalentero en esta vida, “como no mi nubecita de Parque del Este” le dije, a lo que ella me miró muy feo y me dijo “dame mi Pepsi, balurdo, atrevido, pasado, yo no soy nubecita de nadie”. “Por cierto” le dije “ aquí no hay Pei-si, solo Kolita o Chinotto”, ella con desdén me dijo “ay no chico, que chimbo eres, me voy”. En ese preciso instante y con mi racha para las desgracias apareció el primo, el primo del difunto quien después de correr atrás mío había decidido tomarse un refresco.
Traté de bajar la cabeza sin aval, de inmediato me reconoció y sacó su pistola, sin pensarlo agarré un cuchillo que usaban para cortar el pan y tomé como rehén a aquella dama, con la otra mano sostenía el maletín y amenacé con cortarle la yugular sino me dejaban escapar en paz. El primo del difunto solo pensaba en el dinero, yo solo quería escapar y aquella mujer posiblemente se preguntaba como era posible que su cuerpo le hubiera pedido una Pepsi en ese lugar feo y sucio, que además tenía un “chefito” pasado que la secuestraba con un cuchillo y por si fuera poco perseguido por tres monigotes armados.
“Vamos para tu carro” le dije a la dama, sus ojos amarillentos brillaban de rabia, creo que prefería a los matones en busca del botín que a mi, pero yo tenía el cuchillo en su garganta. “Y como sabes que yo tengo carro”, en ese momento y ya hablando en mi voz normal, sin el acento de “chefito” le dije “ todas las sifrinas como tu tienen carro, así que vamos”. “Ah, míralo a él” dijo “y tu que haces vestido de ‘chefito’?, un estudio socio-económico acerca de la realidad de los perrocalenteros venezolanos?, la verdad me hubiera gustado contestarle, pero en ese momento mi vida corría peligro, simplemente me limité a decir “deja el peo.”
Arrastrándola logré hacer que se montara en el carro, el cual prendí después de quitarle la llave y escuchar algunas tonterías de cómo le iba a dañar su precioso Volkswagen Golf si no tenía cuidado. Acelerando a todo lo que daba me interné en las calles del centro de la ciudad. “Y entonces?, dijo ella “ahora vas a pedir un rescate por mi?, de nuevo la miré fijamente con ganas de estrangularla, pero muy decentemente le dije “que secuestro ni que nada, simplemente voy a escapar de los bichos esos y te devuelvo tu carro, tu vida, tu todo, es mas y hasta te doy unos reales del maletín este”. Ella hizo cerca de trescientas sesenta y ocho preguntas en cuestión de cinco minutos, yo solo me concentraba en la carretera, ya en el espejo retrovisor veía como el primo del difunto y sus monigotes se acercaban.
“Me vas a chocar el carro de mi papi” gritaba enfurecida la niña mientras trataba de hacerme frenar, igualmente me decía que tenía que volver a la oficina pues la temporada estaba en pleno auge, yo la única temporada que conocía era la del baseball así que no le presté ninguna atención. A la altura de la Base Aérea Francisco de Miranda decidí tomar una medida radical, era ahora o nunca y sin pensarlo atravesé la reja que resguarda la base militar en pleno corazón de Caracas, corriendo por la pista de despegue mientras los soldados del régimen disparaban sin saber que ocurría la dama me seguía insultando y además ahora me golpeaba con su cartera. El primo del difunto usó el hueco que había dejado en la reja para continuar la persecución, para ese momento los soldados habían tomado posiciones y dispararon un mortero que dio directo en el capó del nuevo Mercedes Benz que manejaba aquel monigote, el carro incendiado y los hombres huyendo fue lo último que alcancé a ver antes de huir por el lado opuesto donde había penetrado la base.
“Eres de lo peor” gritaba la dama, “suéltame y vete de mi vida”, de que vida pensaba yo, si solo la conocía por accidente y por solo veinte minutos, “todos los hombres son iguales” decía ella, “si claro, todos igualitos”. “Disculpa” alcancé a decir mientras ella continuaba con su letanía, “necesito un favor mas”, “otro?, otro? que atrevido de verdad”, pero sin darle oportunidad a que dijera que no enfilé el carro hacia la sede las Hermanitas de la Caridad Escondida, coloqué el maletín en el buzón, ellas sabrían que hacer con ese dinero, esa noche sin dudas que un milagro iba a suceder en aquel lugar, algún santo se llevaría el crédito por ese hecho insólito, a mi solo me quedaba sonreír.
Me bajé del carro y la dama me dijo “y entonces?, aquí se acaba el secuestro?, de nuevo pedí disculpas y seguí por mi camino, por el que siempre vine y debo ir, aquel que me tracé y debo continuar, quizás uno que no puedo escapar o que no quiero perder, con altos y bajos, llantos y risas, pero mío al fin. Después de unos pasos sentí como un carro se paraba a mi lado, bajó la ventana y dijo “me invitas una Pepsi?, “yo no tomo Pepsi” dije, “pero te invito una Coca-Cola”, es que a veces, muchas veces, el camino tiene sus sorpresas.
En la televisión se podía ver el magno evento, las Hermanitas de la Caridad Escondida inauguraban la nueva obra, la misma llevaba el nombre de aquel ladrón pues su maletín lo tenía impreso, “Guardería Infantil Abelardo Yepez”, la madre superiora daba las gracias a aquel hombre por su generosidad y lo invitaba a dar la cara para que el mundo supiera que existía. En el más allá Abelardo se revolvía, aún su alma no se acostumbraba a no poder disfrutar la materia, su dinero en manos de esas monjas que tanto odiaba, su urna con bolsillos llena de gusanos y no de verdes, suspiró pues sus riquezas no lo devolverían al terreno, sonrío pues esta vez trataría de engañar a las deidades celestiales para comprar su boleto al cielo…
Eran días iguales de la historia, de esos donde no hay mucho que decir y mas bien hay que esperar. Desde pequeño me gustó observar las nubes, sus formas y movimientos, aún desconozco la razón, quizás es que desde arriba se ve todo mejor, pero sin dejar de olvidar que igualmente perdemos la cercanía. Aquella nube tenía un color distinto, un halo de misterio, de no ser tan distraído me hubiera dado cuenta de inmediato que esbozaba una forma de flecha, una flecha que sin dar lujo de detalles me indicaba hacia donde ir, donde buscar, como siempre algún secreto que develar. La nada me ha perseguido o simplemente yo la encontré.
A un paso pausado me dirigía sin rumbo definido, pude ver de reojo como aquel camión le pasaba por encima a aquel transeúnte, dejándolo frisado al piso, asfalto y maldad en un solo cuadro. La curiosidad me invadió, a veces creo que es mejor seguir sin preguntar, pero de no preguntar perdemos la capacidad de reclamar. Como quien no quiere la cosa me acerqué para ver su maletín escachado, lleno de dinero, de dinero que seguramente había robado, pues al ver su cara maltratada supe de inmediato de quien se trataba. Pensé por unos instantes si en realidad se hace justicia o la suerte no es más que el orden en que nos pasan las cosas.
La multitud miraba con asombro aquel dantesco espectáculo, “alguien lo conoce? gritaba un viejo sin dientes, “estará vivo? decía una dama emperifollada, una madre alejaba a su niño mientras le decía que eso le pasaba a las personas malas, en efecto, eso le pasa a las personas malas, malas como aquel ladrón, ladrón educado y reconocido, de buena familia y delicados modales, pero ratero al fin. Una ambulancia propia de los años cincuenta se acercó, sus dos integrantes se bajaron y parecían perder la vida al ver todo aquello, el cuerpo inerte miraba hacia el cielo, posiblemente adonde no irá o quien sabe si le perdonarán en su viaje, su mano aún sujetaba el maletín, a veces pienso que negociaba con aquel querubín que lo había venido a recoger para comprar su entrada, su pase al infinito.
El chofer de la ambulancia perdía la vista al ver aquella cantidad de dinero, nunca antes había puesto sus ojos en una suma tan grande, con cuidado y fingiendo tratar de resucitar a aquel cuerpo se acercaba el maletín, por un momento pensé dejarlo escapar con el botín, en definitiva yo conocía al personaje de la fatalidad y no me importaba en lo mas mínimo su legado. Fue allí cuando el chofer se levantó y trato de correr con el maletín, directo hacia mi persona, me clavó el maletín en el pecho y por si fuera poco resbaló y terminó en la acera con un hueco en la cabeza, en ese instante aparecía uno de los primos del hombre fallecido y su mirada se posó en mi, el maletín estaba en mis manos, y estos personajes que desde tiempos inmemoriales me han odiado lanzaron su cacería de inmediato. “Coño” pensé, “porqué estas vainas me pasan a mi?
Mis instintos se apoderaron y no me quedo otra que seguirlos, corrí. Por plena Avenida Fuerzas Armadas iba acelerando, con un maletín en mis manos, de aquel que me había robado tiempo atrás, sería esta mi venganza, finalmente había llegado la hora de devolverme lo sustraído. El primo del difunto y dos monigotes mas avanzaban detrás de mí, “suéltalo odiado Policarpio” les escuchaba gritar mientras comenzaba a sentir las gotas de sudor corriendo por mi espalda, pisé a unos cuantos buhoneros en mi carrera hacia la libertad, y sin muchas opciones para esconderme decidí tomar una decisión rápida, sin lugar a dudas la batica blanca de “chefito” o vendedor de perros calientes me quedaba muy bien.
Desde niño soñé con hacer aquello, preparar perros calientes en la calle, llenar los vasitos de Coca-Cola con aquellas maquinitas, usar las pinzas para poner la cebolla, el repollo y la zanahoria encima de la salchicha, y como olvidar los potes de salsas que adornaban aquel majestuoso platillo occidental. No me costó mucho convencer al dueño del carrito de perros, saqué unos de los fajos de billetes del maletín y le dije que ser “chefito” por un día era uno de mis mayores anhelos en la vida, el hombre extrañado pero feliz por la cantidad de dinero me prestó su bata y así comencé a despachar perros por doquier.
Aún puedo recordar su mirada, una de esas que no pertenecía a ese lugar, su acento sifrino clásico y su andar rápido, preocupado. “Me das una Pepsi? dijo con desprecio en su tono peculiar. No pude evitar mi posición de “chefito” para decirle algo típico, algo que sabía le molestaría pero este era mi única oportunidad de ser perrocalentero en esta vida, “como no mi nubecita de Parque del Este” le dije, a lo que ella me miró muy feo y me dijo “dame mi Pepsi, balurdo, atrevido, pasado, yo no soy nubecita de nadie”. “Por cierto” le dije “ aquí no hay Pei-si, solo Kolita o Chinotto”, ella con desdén me dijo “ay no chico, que chimbo eres, me voy”. En ese preciso instante y con mi racha para las desgracias apareció el primo, el primo del difunto quien después de correr atrás mío había decidido tomarse un refresco.
Traté de bajar la cabeza sin aval, de inmediato me reconoció y sacó su pistola, sin pensarlo agarré un cuchillo que usaban para cortar el pan y tomé como rehén a aquella dama, con la otra mano sostenía el maletín y amenacé con cortarle la yugular sino me dejaban escapar en paz. El primo del difunto solo pensaba en el dinero, yo solo quería escapar y aquella mujer posiblemente se preguntaba como era posible que su cuerpo le hubiera pedido una Pepsi en ese lugar feo y sucio, que además tenía un “chefito” pasado que la secuestraba con un cuchillo y por si fuera poco perseguido por tres monigotes armados.
“Vamos para tu carro” le dije a la dama, sus ojos amarillentos brillaban de rabia, creo que prefería a los matones en busca del botín que a mi, pero yo tenía el cuchillo en su garganta. “Y como sabes que yo tengo carro”, en ese momento y ya hablando en mi voz normal, sin el acento de “chefito” le dije “ todas las sifrinas como tu tienen carro, así que vamos”. “Ah, míralo a él” dijo “y tu que haces vestido de ‘chefito’?, un estudio socio-económico acerca de la realidad de los perrocalenteros venezolanos?, la verdad me hubiera gustado contestarle, pero en ese momento mi vida corría peligro, simplemente me limité a decir “deja el peo.”
Arrastrándola logré hacer que se montara en el carro, el cual prendí después de quitarle la llave y escuchar algunas tonterías de cómo le iba a dañar su precioso Volkswagen Golf si no tenía cuidado. Acelerando a todo lo que daba me interné en las calles del centro de la ciudad. “Y entonces?, dijo ella “ahora vas a pedir un rescate por mi?, de nuevo la miré fijamente con ganas de estrangularla, pero muy decentemente le dije “que secuestro ni que nada, simplemente voy a escapar de los bichos esos y te devuelvo tu carro, tu vida, tu todo, es mas y hasta te doy unos reales del maletín este”. Ella hizo cerca de trescientas sesenta y ocho preguntas en cuestión de cinco minutos, yo solo me concentraba en la carretera, ya en el espejo retrovisor veía como el primo del difunto y sus monigotes se acercaban.
“Me vas a chocar el carro de mi papi” gritaba enfurecida la niña mientras trataba de hacerme frenar, igualmente me decía que tenía que volver a la oficina pues la temporada estaba en pleno auge, yo la única temporada que conocía era la del baseball así que no le presté ninguna atención. A la altura de la Base Aérea Francisco de Miranda decidí tomar una medida radical, era ahora o nunca y sin pensarlo atravesé la reja que resguarda la base militar en pleno corazón de Caracas, corriendo por la pista de despegue mientras los soldados del régimen disparaban sin saber que ocurría la dama me seguía insultando y además ahora me golpeaba con su cartera. El primo del difunto usó el hueco que había dejado en la reja para continuar la persecución, para ese momento los soldados habían tomado posiciones y dispararon un mortero que dio directo en el capó del nuevo Mercedes Benz que manejaba aquel monigote, el carro incendiado y los hombres huyendo fue lo último que alcancé a ver antes de huir por el lado opuesto donde había penetrado la base.
“Eres de lo peor” gritaba la dama, “suéltame y vete de mi vida”, de que vida pensaba yo, si solo la conocía por accidente y por solo veinte minutos, “todos los hombres son iguales” decía ella, “si claro, todos igualitos”. “Disculpa” alcancé a decir mientras ella continuaba con su letanía, “necesito un favor mas”, “otro?, otro? que atrevido de verdad”, pero sin darle oportunidad a que dijera que no enfilé el carro hacia la sede las Hermanitas de la Caridad Escondida, coloqué el maletín en el buzón, ellas sabrían que hacer con ese dinero, esa noche sin dudas que un milagro iba a suceder en aquel lugar, algún santo se llevaría el crédito por ese hecho insólito, a mi solo me quedaba sonreír.
Me bajé del carro y la dama me dijo “y entonces?, aquí se acaba el secuestro?, de nuevo pedí disculpas y seguí por mi camino, por el que siempre vine y debo ir, aquel que me tracé y debo continuar, quizás uno que no puedo escapar o que no quiero perder, con altos y bajos, llantos y risas, pero mío al fin. Después de unos pasos sentí como un carro se paraba a mi lado, bajó la ventana y dijo “me invitas una Pepsi?, “yo no tomo Pepsi” dije, “pero te invito una Coca-Cola”, es que a veces, muchas veces, el camino tiene sus sorpresas.
En la televisión se podía ver el magno evento, las Hermanitas de la Caridad Escondida inauguraban la nueva obra, la misma llevaba el nombre de aquel ladrón pues su maletín lo tenía impreso, “Guardería Infantil Abelardo Yepez”, la madre superiora daba las gracias a aquel hombre por su generosidad y lo invitaba a dar la cara para que el mundo supiera que existía. En el más allá Abelardo se revolvía, aún su alma no se acostumbraba a no poder disfrutar la materia, su dinero en manos de esas monjas que tanto odiaba, su urna con bolsillos llena de gusanos y no de verdes, suspiró pues sus riquezas no lo devolverían al terreno, sonrío pues esta vez trataría de engañar a las deidades celestiales para comprar su boleto al cielo…
Thursday, February 08, 2007
Si alguna vez...
Si buscas venganza, cava dos tumbas de una vez. “Policarpio, Policarpio, es tu hora, ya no puedes escapar, tu tomaste tus decisiones y debes vivir por ellas”, gritaba aquel monstruo de colores que se me venía encima. Sudando desperté, agradeciendo que solo se trataba del subconsciente sin saber que la realidad sería aún mas aterrante que mis sueños. Suelo recordar que era sábado, el día en que inocentemente me sacaron de mi casa, pero unido a ese recuerdo siempre viene el peso de la libertad, y como decía aquel monstruo de colores, yo tomé mis decisiones.
Frente a mi estaba, leyendo un libreto escrito por otro, con odio encendido e ira guardada intentaban de todas llevarse mi alma, el precio no establecido por la misma los hacía dudar, sus esfuerzos malignos por el destrozar, vetusta y siniestra reía sentada pedía reverencias y por la espalda apuñaleaba. Amenaza latente con vicios de crueldad, llevaban contados mis pasos en falso, su meta era clara entendí en aquel tiempo, obtener una manera y luego salir huyendo, no sin antes tomar lo que no les pertenecía su venganza planeada a la orden del día, al voltear por última vez comprendí finalmente y para siempre que soy lo que soy y que no puedo pertenecer al lado negro del existir, prefiero morir sonriendo que vivir una mentira por complacer.
Llovía a cántaros aquella noche, cuando pasaron por mi, simplemente son esos días que resultan insignificantes a simple vista pero que te van a cambiar el rumbo para siempre. En aquella casa anaranjada descansaba aquello que mas tarde me traicionaría, había algo allí, yo lo sabía, pero de igual forma seguí tratando de arar en el mar, buscando la forma de terminar lo que yo estaba por iniciar. Sigo sin entender la razón por la cual me dejaron entrar, capricho seguido o capaz dejadez, las horas pasaron, los días también, son meses y años de un trato amargo, por mas que tratemos imposible es cambiar.
Llevaba años luchando en contra de mi mismo, sin entender realmente de que se trataba todo aquello, las razones que me daban no despertaban, los motivos inclementes solo sirven para hacerte paciente. De esa forma di aquel paso, hacia mi humanidad por tiempo escondida, si nos hicieron sin alas es que no somos aptos para volar, o eso me hicieron creer. Aquel día dejé mi china en la casa, mi capa ya no me servía, lo que algún día fue sinceridad se había tornado en oscuridad, todos sucumbimos aquí o allá, aceptamos mas bien y seguimos la corriente del río.
Resulta penoso, quizás debería decir incómodo para la conciencia saber que te estás adentrando en la boca del lobo, que tarde o temprano serás víctima de una fuerza arrolladora que no puedes detener, o entras por el carril o comienza tu sufrir. A la llegada al teatro mi cuerpo se movía por la presión del momento a veces creo que no deseaba morir en el intento. Conversaciones y saludos, halagos y sorpresas, presentaciones y distinciones, un cúmulo llamado a darle forma a la invitación a la realidad, a mi realidad, que todos tarde o temprano son sometidos, aún cuando muy lejos veamos nuestro reflejo arrodillarse.
Recuerdo haber inhalado el aire con fuerza, llenando mis pulmones para poder seguir, no podemos engañarnos, al menos yo no puedo, nunca pertenecí, se dice muy fácil, sus consecuencias nefastas, al arrepentimiento lo llaman cobarde pero al valiente lo despojan sin suerte. Huir, eso pensé hacer, mejor hacerlo ahora que después, pero es que todos, todos tenemos que tocar ese halo de estabilidad que nos venden desde niños, a veces creo que nunca debí haber salido de mi casa, no aquella noche, pero entonces no sabría distinguir entre la maldad y la bondad, por eso y solo por eso abrí aquella puerta, para convencerme que efectivamente hay dos lados para todo y cada quien está donde le corresponde.
No logro recordar de que trataba la obra, lo que si puedo pintar en mi mente es la voz de aquel macabro personaje que ordenaba a la sangre de su sangre a mantener su nombre, proféticamente anunciaba el futuro nada lejano, el destino se puede manejar a placer si se tiene un súbdito que desee obedecer. Allí sentado observaba, pero esta vez no de lejos, inmiscuido en el mero hoyo negro de las relaciones, jugando un juego que yo no inventé, sin reglas y que en definitiva fue ideado para enredar y no para solventar. Los aplausos que marcaron el final de la velada retumbaban en mis oídos, de pie soñaba que todos me aplaudían, por ser un valiente mas, pero pronto me di cuenta que solo eran para los actores, aquellos que fingen ser y estar en vez de padecer en el andar.
A veces creo, aunque no se si se trata de creer o de sentir, que se me fueron las ganas de salvar, entonces me pregunto si estoy desempleado o es que todos pasamos por allí alguna vez. Me hago sugerencias dentro de mis cuatro paredes blancas, allá donde me llevaron por contar mi legado, siempre me ha quedado la duda si los ladrones se llevaron algo que no puedo palpar, que por siempre permanecerá a mi lado sin estar. Cansancio, aún los superhéroes podemos sentirle, es solo que no se nos perdona, un juzgado instalado en donde el poeta arruinado ha comprado sus integrantes, lo justo tiene dos vertientes, es solo que a veces no hay cabida para ello, entonces se gana o se pierde, se gana un segundo se pierde la vida.
He podido constatar que tratar de entender lo que no se debe es abrir un camino a la duda, hay cosas que sabemos, otras que deseamos saber, algunas olvidamos y otras escondemos, pero lo que ocurre en el andar no podemos predecir, a veces aquí o a veces allá podemos estar pero nuestra esencia está llamada a estancar, pensamientos cruzados, ambiguos y claros, se mezclan tranquilos buscando intenciones, agradezco por dentro que me dejaran ir, dolor y alegrías son solo una parte del existir.
La guillotina cegadora me fue lanzada encima, los ladrones, todos ellos y como siempre reían bocones, se daban razones y teorías probadas, su victoria clamaban con jolgorio procesado, detrás de una risa hay lágrimas escondidas, liquidarme buscaron y no me encontraron, por siempre la duda invadirá su tristeza y nunca entenderán que la diferencia eterna salió del corazón solo que en forma de decisión.
Viendo aquello me limité a pensar por un instante que por siempre el silencio será mi venganza y al no escucharlo les debilitará a ultranza, olvidaron sin duda una pieza importante del asunto, cavaron una sola tumba y como era de esperarse las medidas de la misma eran equivocadas…
Frente a mi estaba, leyendo un libreto escrito por otro, con odio encendido e ira guardada intentaban de todas llevarse mi alma, el precio no establecido por la misma los hacía dudar, sus esfuerzos malignos por el destrozar, vetusta y siniestra reía sentada pedía reverencias y por la espalda apuñaleaba. Amenaza latente con vicios de crueldad, llevaban contados mis pasos en falso, su meta era clara entendí en aquel tiempo, obtener una manera y luego salir huyendo, no sin antes tomar lo que no les pertenecía su venganza planeada a la orden del día, al voltear por última vez comprendí finalmente y para siempre que soy lo que soy y que no puedo pertenecer al lado negro del existir, prefiero morir sonriendo que vivir una mentira por complacer.
Llovía a cántaros aquella noche, cuando pasaron por mi, simplemente son esos días que resultan insignificantes a simple vista pero que te van a cambiar el rumbo para siempre. En aquella casa anaranjada descansaba aquello que mas tarde me traicionaría, había algo allí, yo lo sabía, pero de igual forma seguí tratando de arar en el mar, buscando la forma de terminar lo que yo estaba por iniciar. Sigo sin entender la razón por la cual me dejaron entrar, capricho seguido o capaz dejadez, las horas pasaron, los días también, son meses y años de un trato amargo, por mas que tratemos imposible es cambiar.
Llevaba años luchando en contra de mi mismo, sin entender realmente de que se trataba todo aquello, las razones que me daban no despertaban, los motivos inclementes solo sirven para hacerte paciente. De esa forma di aquel paso, hacia mi humanidad por tiempo escondida, si nos hicieron sin alas es que no somos aptos para volar, o eso me hicieron creer. Aquel día dejé mi china en la casa, mi capa ya no me servía, lo que algún día fue sinceridad se había tornado en oscuridad, todos sucumbimos aquí o allá, aceptamos mas bien y seguimos la corriente del río.
Resulta penoso, quizás debería decir incómodo para la conciencia saber que te estás adentrando en la boca del lobo, que tarde o temprano serás víctima de una fuerza arrolladora que no puedes detener, o entras por el carril o comienza tu sufrir. A la llegada al teatro mi cuerpo se movía por la presión del momento a veces creo que no deseaba morir en el intento. Conversaciones y saludos, halagos y sorpresas, presentaciones y distinciones, un cúmulo llamado a darle forma a la invitación a la realidad, a mi realidad, que todos tarde o temprano son sometidos, aún cuando muy lejos veamos nuestro reflejo arrodillarse.
Recuerdo haber inhalado el aire con fuerza, llenando mis pulmones para poder seguir, no podemos engañarnos, al menos yo no puedo, nunca pertenecí, se dice muy fácil, sus consecuencias nefastas, al arrepentimiento lo llaman cobarde pero al valiente lo despojan sin suerte. Huir, eso pensé hacer, mejor hacerlo ahora que después, pero es que todos, todos tenemos que tocar ese halo de estabilidad que nos venden desde niños, a veces creo que nunca debí haber salido de mi casa, no aquella noche, pero entonces no sabría distinguir entre la maldad y la bondad, por eso y solo por eso abrí aquella puerta, para convencerme que efectivamente hay dos lados para todo y cada quien está donde le corresponde.
No logro recordar de que trataba la obra, lo que si puedo pintar en mi mente es la voz de aquel macabro personaje que ordenaba a la sangre de su sangre a mantener su nombre, proféticamente anunciaba el futuro nada lejano, el destino se puede manejar a placer si se tiene un súbdito que desee obedecer. Allí sentado observaba, pero esta vez no de lejos, inmiscuido en el mero hoyo negro de las relaciones, jugando un juego que yo no inventé, sin reglas y que en definitiva fue ideado para enredar y no para solventar. Los aplausos que marcaron el final de la velada retumbaban en mis oídos, de pie soñaba que todos me aplaudían, por ser un valiente mas, pero pronto me di cuenta que solo eran para los actores, aquellos que fingen ser y estar en vez de padecer en el andar.
A veces creo, aunque no se si se trata de creer o de sentir, que se me fueron las ganas de salvar, entonces me pregunto si estoy desempleado o es que todos pasamos por allí alguna vez. Me hago sugerencias dentro de mis cuatro paredes blancas, allá donde me llevaron por contar mi legado, siempre me ha quedado la duda si los ladrones se llevaron algo que no puedo palpar, que por siempre permanecerá a mi lado sin estar. Cansancio, aún los superhéroes podemos sentirle, es solo que no se nos perdona, un juzgado instalado en donde el poeta arruinado ha comprado sus integrantes, lo justo tiene dos vertientes, es solo que a veces no hay cabida para ello, entonces se gana o se pierde, se gana un segundo se pierde la vida.
He podido constatar que tratar de entender lo que no se debe es abrir un camino a la duda, hay cosas que sabemos, otras que deseamos saber, algunas olvidamos y otras escondemos, pero lo que ocurre en el andar no podemos predecir, a veces aquí o a veces allá podemos estar pero nuestra esencia está llamada a estancar, pensamientos cruzados, ambiguos y claros, se mezclan tranquilos buscando intenciones, agradezco por dentro que me dejaran ir, dolor y alegrías son solo una parte del existir.
La guillotina cegadora me fue lanzada encima, los ladrones, todos ellos y como siempre reían bocones, se daban razones y teorías probadas, su victoria clamaban con jolgorio procesado, detrás de una risa hay lágrimas escondidas, liquidarme buscaron y no me encontraron, por siempre la duda invadirá su tristeza y nunca entenderán que la diferencia eterna salió del corazón solo que en forma de decisión.
Viendo aquello me limité a pensar por un instante que por siempre el silencio será mi venganza y al no escucharlo les debilitará a ultranza, olvidaron sin duda una pieza importante del asunto, cavaron una sola tumba y como era de esperarse las medidas de la misma eran equivocadas…
Saturday, December 23, 2006
Inentendible...
Después de la tormenta viene la calma, para otros. Con su cabello largo, cual poeta arruinado y su barriga de mero se volteó para observar mis pasos, esa era su obsesión, seguirme hasta el fin de todas las eras para hacer lo que él mejor sabía hacer, robar. He conocido dos clases de enemigos, los payasos y los sinceros, la diferencia entre ellos es básica, pero la mezcla los hace peligrosos. Hay situaciones y momentos que debemos aceptar, nos seguirán por siempre, no importa si tratas de esconderte son parte de tu ser, es que tenían que hacer este planeta divertido de alguna manera, entonces inventaron las repeticiones, las repeticiones de lo que llamamos el mal.
El viento toca mi cuerpo, eso puedo sentir, al menos eso me hago creer. Todo se ve distinto desde aquí, la calma ha reemplazado a la duda, la agonía de saber que algo falta por hacer se desvanece cuando entiendes que los ladrones actuaron como lo hicieron pues no saben otra cosa, lo llevan impreso en sus almas, son timadores de nacimiento, rateros por convicción, violadores de la palabra, ingenieros de la maldad, bastiones del odio, guías del desprecio. Ya no debe importar, el entendimiento es la píldora para el descanso eterno, una vez que interiorizas las razones nada te puede detener, es solo cuestión de tiempo, del pasar de las horas para verles caer en su propia trampa.
A lo lejos veo como pasa el tiempo, si es que lo quieren llamar así, desde aquí se puede ver su andar, su dulce y amargo transitar por las vidas ajenas, las cuales no le importan. Es que es distinto acá, se sabe de motivos y quereres, lo desconocido es fácil y lo conocido te acompaña, la claridad alumbra la razón, y no hay quejas para el pobre corazón, descansas en una cama sin sueños frustrados, tus sueños no en vano nacen para vivir a tu lado. No existe la traición ni el dolor, el enemigo camina de frente, no busca agredirte es simplemente diferente.
Me incorporo dentro mi soledad, aquella en donde el silencio me acompaña para nunca traicionarme, la idea que traspasa mi quietud me hace dudar acerca de lo real y lo borroso, simplemente me recuerda que el camino es largo y los enemigos nunca descansan. La historia continuaba como siempre, las paredes blancas que rodeaban mi existencia se mantenían a raya, esperando el momento para actuar, a veces protegiendo, a veces asfixiando. La diferencia entre el sol y la lluvia es solo materia de percepciones, la brillantez de uno puede ser confundida con la opacidad de la otra, como les miramos las dota de matices distintos, es que nunca aprenderemos a darnos cuenta.
Me muevo entre la brisa y la quietud, zozobro entre el llanto y la virtud, resulta difícil estar sin estar, es como esperar sin cambiar. “Señor? Señor?, pregunta el mesonero, subo la mirada y recuerdo donde estoy, no se que hago allí pero estoy, “desea algo de tomar? continúa el hombre vestido de traje, “se siente bien? prosigue, hago una seña de aprobación y pido un vaso de agua, el hombre la sirve de inmediato, y yo la deposito con más velocidad, estoy sudando pero hace frío, estoy rodeado y aún así la soledad es parte del legado, nuevamente trato de procesar que estoy haciendo en ese lugar, es que a veces se me olvida el transcurrir.
Caminando entre la muchedumbre y la algarabía puedo sentir como no están pendientes de sus vidas, pero de las de otros. El ruido es inclemente, el reflejo de las joyas nocturnas se hace latente. Me siento en una mesa en la cual discuten sobre la realidad, es decir, sobre su realidad, observo y escucho, hablan de la bonanza económica del momento, uno que otro hace un comentario sobre las damas de la fiesta, todos ríen, celebran la gracia, y continúan con su tema. Vuelven la mirada hacia mi, me conocen por supuesto, y están esperando mi opinión, les digo algo, lo que quieren escuchar, hablo de factores internos y externos, de causas y consecuencias, de probabilidades y estadísticas, de nuevo otro comentario sobre las damas hace que todos estallen en carcajadas, nunca termino lo que empecé, me paro, hago una reverencia y me despido.
De mesa en mesa voy danzando, buscando razón de todo aquello, aún no se como llegué a este lugar, solo puedo reconocer que hay una alegría sonante. A lo lejos distingo a unos viejos conocidos quienes se asombran al ver mi ser, me hablan de la gran sorpresa de la fiesta, y ponen en duda que yo no supiera nada, me toco el bolsillo del traje de payaso que llevo puesto, mi china ha sido olvidada. Todos tenemos algo que nos hace sentir seguros, hay quienes ponen esa tarea en alguien, distintas maneras de afrontar y en definitiva razones para escapar, para escapar de lo que no podemos evitar.
Tiempo atrás le vi, no se en que dimensión o si fue en el automercado, pero de algún lugar le recuerdo, lleva la misma sonrisa, la cual esconde algo que no desea mostrar, sube la mirada y sigue mis pasos, mi duda entre socializar y salvar aumenta a sus niveles críticos, si tratas te frenan, si no intentas te excluyen. Paso con cuidado y hago un gesto al cual recibo una respuesta, una mirada que vuela junto a una media sonrisa desinteresada, debe ser que muchos atacan, sin conseguir lo que quieren, posiblemente no saben que es todo muy fácil si se sabe como se hace.
Mi objetivo se encuentra a unos cuantos pasos, la puerta de salida de aquel lugar, centro mi mirada en las grandes visagras que adornan la madera, pienso que nada me puede detener, por un segundo olvido que aunque todos sabemos que al final del existir nos vamos a ir debemos transitar para llegar. Aquel olor hace que frene en seco, no solo es el olor es lo que llego a escuchar, se puede hablar por hablar, pero mentir para excusar no goza de perdón ni ahora ni jamás.
En una mesa están todos juntos, sus caras de sorpresa no pueden ocultar, no quieren verme allí, como he podido osar. La voz de la razón se enfrenta a la corneta de la irracionalidad, veo pasar momentos en segundos, siento como aún tratan de llevarse algo. “Pero que descaro” dice uno de ellos, “vamos a llamar al abogado” dice otro de los idiotas sin subir la mirada, los otros siguen con algunos comentarios nada felices, él mas zángano de todos se pone de pie y me ofrece unos golpes, yo espero paciente para simplemente seguir, desde un primer instante mi reacción ha sido el silencio, pues el mismo es eterno, no se compra no se vende y desde del comienzo de todo ha hecho lo que sabe hacer, permanecer callado.
En la tarima todos cantan y bailan, cuando aquel funesto personaje toma el micrófono y anuncia a todo gañote que pretende dirigir unas palabras con motivo de la ocasión. Comienza con las salutaciones de rigor, divaga un poco y luego dispara una confesión que más bien suena a una búsqueda de perdón. “Quisiera me disculpen por esta interrupción en tan magnífica rumba, pero es que el peso de la conciencia no me deja dormir, ni siquiera los tragos que me echado hoy alivian el plomo que habita en mi debilitado disco duro, ciertamente se trató de un robo, y quiero que estas palabras apologéticas lleguen a su destino….le quitan el micrófono y se la llevan entre llantos y murmullos, hay quienes gritan “nos cagaste la fiesta” y otros simplemente “vete no jodas”, yo sonrío, por dentro como suelo hacer, los remordimientos son armas infalibles, a pesar que digan lo contrario.
A lo lejos escucho los gritos propios del momento, esos que inundan el ambiente festivo con su carga de severidad, la conciencia ha acabado con una celebración, a veces ella misma termina con el existir. Me pregunto si esa era la sorpresa de la que hablaban los conocidos, pero no tendría sentido, sigo caminando hacia donde iba, para desaparecer una vez mas, para irme por donde vine, para recordarme que aquí sigo a pesar de todos sus intentos. Ahora comprendo que estaba equivocado, hay tres tipos de enemigos, los payasos, los sinceros y aquellos que yo conocí a las faldas de la montaña…
El viento toca mi cuerpo, eso puedo sentir, al menos eso me hago creer. Todo se ve distinto desde aquí, la calma ha reemplazado a la duda, la agonía de saber que algo falta por hacer se desvanece cuando entiendes que los ladrones actuaron como lo hicieron pues no saben otra cosa, lo llevan impreso en sus almas, son timadores de nacimiento, rateros por convicción, violadores de la palabra, ingenieros de la maldad, bastiones del odio, guías del desprecio. Ya no debe importar, el entendimiento es la píldora para el descanso eterno, una vez que interiorizas las razones nada te puede detener, es solo cuestión de tiempo, del pasar de las horas para verles caer en su propia trampa.
A lo lejos veo como pasa el tiempo, si es que lo quieren llamar así, desde aquí se puede ver su andar, su dulce y amargo transitar por las vidas ajenas, las cuales no le importan. Es que es distinto acá, se sabe de motivos y quereres, lo desconocido es fácil y lo conocido te acompaña, la claridad alumbra la razón, y no hay quejas para el pobre corazón, descansas en una cama sin sueños frustrados, tus sueños no en vano nacen para vivir a tu lado. No existe la traición ni el dolor, el enemigo camina de frente, no busca agredirte es simplemente diferente.
Me incorporo dentro mi soledad, aquella en donde el silencio me acompaña para nunca traicionarme, la idea que traspasa mi quietud me hace dudar acerca de lo real y lo borroso, simplemente me recuerda que el camino es largo y los enemigos nunca descansan. La historia continuaba como siempre, las paredes blancas que rodeaban mi existencia se mantenían a raya, esperando el momento para actuar, a veces protegiendo, a veces asfixiando. La diferencia entre el sol y la lluvia es solo materia de percepciones, la brillantez de uno puede ser confundida con la opacidad de la otra, como les miramos las dota de matices distintos, es que nunca aprenderemos a darnos cuenta.
Me muevo entre la brisa y la quietud, zozobro entre el llanto y la virtud, resulta difícil estar sin estar, es como esperar sin cambiar. “Señor? Señor?, pregunta el mesonero, subo la mirada y recuerdo donde estoy, no se que hago allí pero estoy, “desea algo de tomar? continúa el hombre vestido de traje, “se siente bien? prosigue, hago una seña de aprobación y pido un vaso de agua, el hombre la sirve de inmediato, y yo la deposito con más velocidad, estoy sudando pero hace frío, estoy rodeado y aún así la soledad es parte del legado, nuevamente trato de procesar que estoy haciendo en ese lugar, es que a veces se me olvida el transcurrir.
Caminando entre la muchedumbre y la algarabía puedo sentir como no están pendientes de sus vidas, pero de las de otros. El ruido es inclemente, el reflejo de las joyas nocturnas se hace latente. Me siento en una mesa en la cual discuten sobre la realidad, es decir, sobre su realidad, observo y escucho, hablan de la bonanza económica del momento, uno que otro hace un comentario sobre las damas de la fiesta, todos ríen, celebran la gracia, y continúan con su tema. Vuelven la mirada hacia mi, me conocen por supuesto, y están esperando mi opinión, les digo algo, lo que quieren escuchar, hablo de factores internos y externos, de causas y consecuencias, de probabilidades y estadísticas, de nuevo otro comentario sobre las damas hace que todos estallen en carcajadas, nunca termino lo que empecé, me paro, hago una reverencia y me despido.
De mesa en mesa voy danzando, buscando razón de todo aquello, aún no se como llegué a este lugar, solo puedo reconocer que hay una alegría sonante. A lo lejos distingo a unos viejos conocidos quienes se asombran al ver mi ser, me hablan de la gran sorpresa de la fiesta, y ponen en duda que yo no supiera nada, me toco el bolsillo del traje de payaso que llevo puesto, mi china ha sido olvidada. Todos tenemos algo que nos hace sentir seguros, hay quienes ponen esa tarea en alguien, distintas maneras de afrontar y en definitiva razones para escapar, para escapar de lo que no podemos evitar.
Tiempo atrás le vi, no se en que dimensión o si fue en el automercado, pero de algún lugar le recuerdo, lleva la misma sonrisa, la cual esconde algo que no desea mostrar, sube la mirada y sigue mis pasos, mi duda entre socializar y salvar aumenta a sus niveles críticos, si tratas te frenan, si no intentas te excluyen. Paso con cuidado y hago un gesto al cual recibo una respuesta, una mirada que vuela junto a una media sonrisa desinteresada, debe ser que muchos atacan, sin conseguir lo que quieren, posiblemente no saben que es todo muy fácil si se sabe como se hace.
Mi objetivo se encuentra a unos cuantos pasos, la puerta de salida de aquel lugar, centro mi mirada en las grandes visagras que adornan la madera, pienso que nada me puede detener, por un segundo olvido que aunque todos sabemos que al final del existir nos vamos a ir debemos transitar para llegar. Aquel olor hace que frene en seco, no solo es el olor es lo que llego a escuchar, se puede hablar por hablar, pero mentir para excusar no goza de perdón ni ahora ni jamás.
En una mesa están todos juntos, sus caras de sorpresa no pueden ocultar, no quieren verme allí, como he podido osar. La voz de la razón se enfrenta a la corneta de la irracionalidad, veo pasar momentos en segundos, siento como aún tratan de llevarse algo. “Pero que descaro” dice uno de ellos, “vamos a llamar al abogado” dice otro de los idiotas sin subir la mirada, los otros siguen con algunos comentarios nada felices, él mas zángano de todos se pone de pie y me ofrece unos golpes, yo espero paciente para simplemente seguir, desde un primer instante mi reacción ha sido el silencio, pues el mismo es eterno, no se compra no se vende y desde del comienzo de todo ha hecho lo que sabe hacer, permanecer callado.
En la tarima todos cantan y bailan, cuando aquel funesto personaje toma el micrófono y anuncia a todo gañote que pretende dirigir unas palabras con motivo de la ocasión. Comienza con las salutaciones de rigor, divaga un poco y luego dispara una confesión que más bien suena a una búsqueda de perdón. “Quisiera me disculpen por esta interrupción en tan magnífica rumba, pero es que el peso de la conciencia no me deja dormir, ni siquiera los tragos que me echado hoy alivian el plomo que habita en mi debilitado disco duro, ciertamente se trató de un robo, y quiero que estas palabras apologéticas lleguen a su destino….le quitan el micrófono y se la llevan entre llantos y murmullos, hay quienes gritan “nos cagaste la fiesta” y otros simplemente “vete no jodas”, yo sonrío, por dentro como suelo hacer, los remordimientos son armas infalibles, a pesar que digan lo contrario.
A lo lejos escucho los gritos propios del momento, esos que inundan el ambiente festivo con su carga de severidad, la conciencia ha acabado con una celebración, a veces ella misma termina con el existir. Me pregunto si esa era la sorpresa de la que hablaban los conocidos, pero no tendría sentido, sigo caminando hacia donde iba, para desaparecer una vez mas, para irme por donde vine, para recordarme que aquí sigo a pesar de todos sus intentos. Ahora comprendo que estaba equivocado, hay tres tipos de enemigos, los payasos, los sinceros y aquellos que yo conocí a las faldas de la montaña…
Friday, October 20, 2006
Invitación

Eran días normales de la historia, de esos que pasan por ti pero no pasamos por ellos. Recuerdo haber despertado cansado, alguna que otra pesadilla me había mantenido en vilo toda la noche, el espectro de los ladrones es difícil de borrar, te queda la idea que siempre estarán allí para acechar, para intentar llevarse algo nuevo, aún sin necesitarlo, simplemente por tomar lo que no les pertenece, solo para marcar tu alma con su símbolo de putrefacción.
Todavía con los rastros de una noche mala, y con algunas preguntas sin responder me dirigí a la cocina en donde conversé un rato con mis padres, de la nada y del todo, de cómo ellos veían mi futuro, de cómo a mi no me interesaba el mismo, de aquello que la gente habla, a sabiendas que las cosas tomarán su camino sin mucho que podamos hacer. Me siento al frente de mi computador, quizás esperando encontrar las razones, consciente que no va a suceder, y allí lo veo, aquel correo electrónico con aquella invitación.
No me extraña, la gente sigue su vida normal mientras yo vivo la mía, es la normalidad latente dentro del sinfín de dolores que acaparan a la humanidad. Es una fiesta, como otras, ni mas ni menos, de disfraces, algo así creo recordar, algunos aún recuerdan que existo, no se si por maldad o por curiosidad, o quizás por algún rastro de bondad. Me quedo viendo aquellas letras que me dicen algo, que no son más que parte de un conjunto de relaciones que unen a los habitantes, a veces se me olvida que la gente se relaciona.
Ciertamente es importante para mi estar allí, hay cosas que no debo decir, a veces ni atreverme a pensar, y de pensarlas debo resguardarlas, lejos de aquello que han llamado el dulce existir. Suena el teléfono, a veces quiero que solo sean llamadas para mi hermano, o que simplemente equivoquen el número, no se si llaman por esperanza o por costumbre mas bien. A lo lejos escucho su voz, hay cosas que trascienden el tiempo, que se mueven en el espacio para recordarnos que lo que hacemos hoy nos perseguirá mañana.
Me habla de lo cotidiano, me recuerda que respiro. Estoy siguiendo la conversación, mi mente vuela, puedo hablar de lo mundano y pensar en lo sublime, si solo supieran de que se trata todo esto. Todos tenemos pretensiones, objetivos, motivos. Ella quiere verme, y yo debo seguir, pero mi mente procesa rápido y la compañía no estaría fuera de orden, a veces necesito acercarme, sentir lo sentido, admirar lo corriente, buscar mil razones, andar en su paso, mirar la esperanza, dejarme llevar.
El momento es perfecto, le hablo de la invitación, ella desea acompañarme, para eso me ha hablado. Afinamos los detalles, es que les gusta tener el control total del futuro, sin saber que la relación entre el tiempo y los acontecimientos se mueve a un ritmo distinto a nuestros deseos, si es que se mueve en realidad. La buscaré esa noche, jugaré el juego humano una vez más, la lejanía trae consigo muchas cosas, protección y soledad, hay que saber balancearles so pena de nunca darles su lugar inmediato.
Me estoy preparando, para muchos un rito lleno de experiencias pasadas, para mi un andar en lo andado, el vacío de lo ya experimentado, de lo antes pisado, del sudor derramado. Estoy listo, eso creo, de vez en cuando hay que asomarse, reservar un puesto en primera fila, mirar la realidad, sentir la humanidad. Doy tiempo al tiempo para que pase, leo unas cosas y ordeno en mi mente mis ideas procesadas, entiendo que hay momentos para todo, que hay cosas que llegan, tarde o temprano y que una vez encontradas las enfrentas o serán tu pasado.
Algo me dice que revise de nuevo, y efectivamente allí está, se trata de otro correo electrónico, esta vez en donde me retiran la invitación, piden disculpas, indican que ha sido un error, que han dado un paso en falso, que no debí haber sido invitado, que mi presencia no es necesaria, que no soy bienvenido, que siga, que siga solo por mi camino. Estudio aquel papel con detenimiento, alguna razón debe haber, invitado por error o retirado por conveniencia, en realidad la gente no ha entendido que no necesito reverencias.
Me apego a mi plan y me lanzo a la noche, Lairene, así se llama, me espera tranquila, buscando su oportunidad, moviendo las piezas. Ella habla de aquello que fue y no pudo ser, yo sabía de antemano por donde esperar, sus ojos de color raro me miran fugaces, me traen recuerdos enterrados por siglos, ahuyentados de las sensaciones, dominados por la fuerza de la razón, escondidos en un cofre, en donde guardo la realidad del estar. Le indico que ha habido un cambio de planes, me han retirado la invitación, Lairene hace preguntas, ella siempre pregunta por todo.
Quiere saber, pero yo no tengo intenciones de responder, yo se porqué me han obviado son esas cosas, tonterías del pasado. En este caso no importa el lugar, no para ella, simplemente se conforma con poder realizar. Mi mente está dividida, yo se lo que quiero pero no entiendo de sentimientos encontrados y mucho menos despedazados, nos sentamos a la luz de la noche, esa que han dejado de ver, aquella que ilumina el camino de aquellos que lejanos estamos, la guía de los que al mar hemos sido lanzados.
Conversamos, hay tantas cosas que aclarar, al menos eso dice ella. Nos entendemos, una señal clara que horas han transcurrido, días eternos, meses solitarios, años sin nombre. Una sonrisa me hace volar, a aquellos días en que solía jugar, hay situaciones que debo configurar, el pasado vuelve silente, envolvente, sin huellas visibles, ataca al presente. Como le explico, como explicar aquello que no tiene cabida en el manual ya inventado, la simpleza del mundo ha sido olvidada, lo necesario para cuadrar siempre está al frente, nuestras narices huelen pero no saben de mirar, es así como aquel nombre retumba en mi mente, debo actuar y rápidamente.
Ella me mira disgustada, no puede creer que tenga que correr, es solo un reflejo de lo que ha sucedido, no entiende como puede ser que esté todo perdido. Prometo volver, pero en dos lugares al mismo tiempo no puedo estar, ella quiere que la lleve conmigo, pero si es que supiera que hay jugadas del destino. A toda prisa, como un loco, corro por las calles y avenidas, puedo escuchar su llanto a lo lejos, el miedo de pensar que he decidido escapar, si solamente supieran que hay que confiar, creer en lo desconocido y dejarse llevar.
Ahora me acuerdo que se trata de una fiesta de disfraces, yo no llevo ninguno, quizás solo la máscara de mi largo caminar. Entro desesperado por la puerta, mi presencia no es bienvenida, pero hay cosas que debo hacer así me cueste la vida. La primera cara que veo es alguien que viste de diabla, de inmediato reconozco su acento, es Tribeke, la noruega sin destino, me detiene y hace preguntas, quiere saber que hago allí si soy solo un intruso despreciable, mi mirada busca otros horizontes, trato de ser amable y explicar con motivos fundados mi osadía de estar allí, finalmente y cansado le agarro el tridente que lleva en su mano y lo lanzo al otro lado de la sala, su mirada de odio me causa gracia, pero su vida ordenada necesita el todo, sin tridente no está disfrazada, me deja por fin, se siente burlada.
Una finlandesa me rodea, de nuevo me miran feo, ahora me da por reírme y es que al verle disfrazada de traficante de drogas no puedo hacer otra cosa. Su novio se acerca y me ofrece unos golpes, yo sigo riendo y le doy la mano, el hombre desconcertado mira al techo, yo de un salto sigo mi trecho, gordita y gozona aparece la inca rabiosa, me mira de lado y me detalla buscando deseos, de nuevo me dicen que no debo estar allí y es cuando veo al Ojú, ese viejo animal gitano, que se encuentra en una jaula haciendo su clásico chirrido, me dirijo a contemplarle, y finalmente a lo lejos puedo mirarle.
Mis miedos florecen, delante de ella está aquel monstruo pedante, le dicen “El Doctorcito” y es muy arrogante. Todo cuadra en segundos, su nombre en el correo electrónico, aquel demoníaco ser se lleva a su paso la vida palpitante. Me acerco, las miradas se clavan sobre mi, aquel siniestro hombre y ella, María Gracia, es ese su nombre. La furia de este personaje se pierde de vista, él piensa que he venido a quitarle su presa, a cambiar el destino, a moverle el sentido. María Gracia me observa con odio en sus ojos, si ella supiera que en mi mundo no hay eso, que crezco del bien y no daño consciente.
“El Doctorcito” que además muy poco original va disfrazado de médico, me invita a salir por la puerta, me ofrece miserias y penas eternas, molesto y salido de sus cables toma el estetoscopio en una mano y comienza a batirlo en el aire haciendo que retroceda hacia la puerta, sus gritos y alaridos se escuchan por doquier, hay gente que baila, otros que beben, algunos conversan jugando a la vida. Ha llegado la hora, hay momentos en que debemos aceptar lo que nos viene, hay tiempos en donde no queda mas remedio que actuar.
Mi china en mi mano, el garbanzo a la frente y aquel mastodonte de conocimientos cae a la tierra, ante el asombro y disgusto de los presentes, muchos ofrecen aniquilarme, se ensañan en mi contra, me curan con roña. María Gracia observa al hombre caído, todavía lleva el trago en su mano, aquel que le ha servido “El Doctorcito”, se me para al frente y me dice que no quiere verme nunca más, que desaparezca, que vuele a tierras lejanas, que no vuelva a su andar. Yo asiento con la cabeza, he aprendido a obedecer, pero no sin antes tomar su trago y echarlo en el piso, el cual se derrite de inmediato, el vodka derramado, un lindo trago de vodka con ácido muriático, ante la mirada atónita de los presentes, ahora entienden porque estaba allí, y tratan de disculparse, no saben donde resguardarse.
Me volteo y acepto, espero que entiendan, estar o no estar no es importante, es solo cuestión de saber cuando hay que estar, yo se por donde vengo y hacia donde voy, mi paso no lleva un ritmo cadente, es simplemente mi manera, así sea inclemente. Afuera hace frío, eso creo recordar, me dispongo a caminar, solo como siempre, cuando veo su sombra, luego su ser, es la misma mirada de años atrás, le tomo de la mano y sigo con mi andar…
Todavía con los rastros de una noche mala, y con algunas preguntas sin responder me dirigí a la cocina en donde conversé un rato con mis padres, de la nada y del todo, de cómo ellos veían mi futuro, de cómo a mi no me interesaba el mismo, de aquello que la gente habla, a sabiendas que las cosas tomarán su camino sin mucho que podamos hacer. Me siento al frente de mi computador, quizás esperando encontrar las razones, consciente que no va a suceder, y allí lo veo, aquel correo electrónico con aquella invitación.
No me extraña, la gente sigue su vida normal mientras yo vivo la mía, es la normalidad latente dentro del sinfín de dolores que acaparan a la humanidad. Es una fiesta, como otras, ni mas ni menos, de disfraces, algo así creo recordar, algunos aún recuerdan que existo, no se si por maldad o por curiosidad, o quizás por algún rastro de bondad. Me quedo viendo aquellas letras que me dicen algo, que no son más que parte de un conjunto de relaciones que unen a los habitantes, a veces se me olvida que la gente se relaciona.
Ciertamente es importante para mi estar allí, hay cosas que no debo decir, a veces ni atreverme a pensar, y de pensarlas debo resguardarlas, lejos de aquello que han llamado el dulce existir. Suena el teléfono, a veces quiero que solo sean llamadas para mi hermano, o que simplemente equivoquen el número, no se si llaman por esperanza o por costumbre mas bien. A lo lejos escucho su voz, hay cosas que trascienden el tiempo, que se mueven en el espacio para recordarnos que lo que hacemos hoy nos perseguirá mañana.
Me habla de lo cotidiano, me recuerda que respiro. Estoy siguiendo la conversación, mi mente vuela, puedo hablar de lo mundano y pensar en lo sublime, si solo supieran de que se trata todo esto. Todos tenemos pretensiones, objetivos, motivos. Ella quiere verme, y yo debo seguir, pero mi mente procesa rápido y la compañía no estaría fuera de orden, a veces necesito acercarme, sentir lo sentido, admirar lo corriente, buscar mil razones, andar en su paso, mirar la esperanza, dejarme llevar.
El momento es perfecto, le hablo de la invitación, ella desea acompañarme, para eso me ha hablado. Afinamos los detalles, es que les gusta tener el control total del futuro, sin saber que la relación entre el tiempo y los acontecimientos se mueve a un ritmo distinto a nuestros deseos, si es que se mueve en realidad. La buscaré esa noche, jugaré el juego humano una vez más, la lejanía trae consigo muchas cosas, protección y soledad, hay que saber balancearles so pena de nunca darles su lugar inmediato.
Me estoy preparando, para muchos un rito lleno de experiencias pasadas, para mi un andar en lo andado, el vacío de lo ya experimentado, de lo antes pisado, del sudor derramado. Estoy listo, eso creo, de vez en cuando hay que asomarse, reservar un puesto en primera fila, mirar la realidad, sentir la humanidad. Doy tiempo al tiempo para que pase, leo unas cosas y ordeno en mi mente mis ideas procesadas, entiendo que hay momentos para todo, que hay cosas que llegan, tarde o temprano y que una vez encontradas las enfrentas o serán tu pasado.
Algo me dice que revise de nuevo, y efectivamente allí está, se trata de otro correo electrónico, esta vez en donde me retiran la invitación, piden disculpas, indican que ha sido un error, que han dado un paso en falso, que no debí haber sido invitado, que mi presencia no es necesaria, que no soy bienvenido, que siga, que siga solo por mi camino. Estudio aquel papel con detenimiento, alguna razón debe haber, invitado por error o retirado por conveniencia, en realidad la gente no ha entendido que no necesito reverencias.
Me apego a mi plan y me lanzo a la noche, Lairene, así se llama, me espera tranquila, buscando su oportunidad, moviendo las piezas. Ella habla de aquello que fue y no pudo ser, yo sabía de antemano por donde esperar, sus ojos de color raro me miran fugaces, me traen recuerdos enterrados por siglos, ahuyentados de las sensaciones, dominados por la fuerza de la razón, escondidos en un cofre, en donde guardo la realidad del estar. Le indico que ha habido un cambio de planes, me han retirado la invitación, Lairene hace preguntas, ella siempre pregunta por todo.
Quiere saber, pero yo no tengo intenciones de responder, yo se porqué me han obviado son esas cosas, tonterías del pasado. En este caso no importa el lugar, no para ella, simplemente se conforma con poder realizar. Mi mente está dividida, yo se lo que quiero pero no entiendo de sentimientos encontrados y mucho menos despedazados, nos sentamos a la luz de la noche, esa que han dejado de ver, aquella que ilumina el camino de aquellos que lejanos estamos, la guía de los que al mar hemos sido lanzados.
Conversamos, hay tantas cosas que aclarar, al menos eso dice ella. Nos entendemos, una señal clara que horas han transcurrido, días eternos, meses solitarios, años sin nombre. Una sonrisa me hace volar, a aquellos días en que solía jugar, hay situaciones que debo configurar, el pasado vuelve silente, envolvente, sin huellas visibles, ataca al presente. Como le explico, como explicar aquello que no tiene cabida en el manual ya inventado, la simpleza del mundo ha sido olvidada, lo necesario para cuadrar siempre está al frente, nuestras narices huelen pero no saben de mirar, es así como aquel nombre retumba en mi mente, debo actuar y rápidamente.
Ella me mira disgustada, no puede creer que tenga que correr, es solo un reflejo de lo que ha sucedido, no entiende como puede ser que esté todo perdido. Prometo volver, pero en dos lugares al mismo tiempo no puedo estar, ella quiere que la lleve conmigo, pero si es que supiera que hay jugadas del destino. A toda prisa, como un loco, corro por las calles y avenidas, puedo escuchar su llanto a lo lejos, el miedo de pensar que he decidido escapar, si solamente supieran que hay que confiar, creer en lo desconocido y dejarse llevar.
Ahora me acuerdo que se trata de una fiesta de disfraces, yo no llevo ninguno, quizás solo la máscara de mi largo caminar. Entro desesperado por la puerta, mi presencia no es bienvenida, pero hay cosas que debo hacer así me cueste la vida. La primera cara que veo es alguien que viste de diabla, de inmediato reconozco su acento, es Tribeke, la noruega sin destino, me detiene y hace preguntas, quiere saber que hago allí si soy solo un intruso despreciable, mi mirada busca otros horizontes, trato de ser amable y explicar con motivos fundados mi osadía de estar allí, finalmente y cansado le agarro el tridente que lleva en su mano y lo lanzo al otro lado de la sala, su mirada de odio me causa gracia, pero su vida ordenada necesita el todo, sin tridente no está disfrazada, me deja por fin, se siente burlada.
Una finlandesa me rodea, de nuevo me miran feo, ahora me da por reírme y es que al verle disfrazada de traficante de drogas no puedo hacer otra cosa. Su novio se acerca y me ofrece unos golpes, yo sigo riendo y le doy la mano, el hombre desconcertado mira al techo, yo de un salto sigo mi trecho, gordita y gozona aparece la inca rabiosa, me mira de lado y me detalla buscando deseos, de nuevo me dicen que no debo estar allí y es cuando veo al Ojú, ese viejo animal gitano, que se encuentra en una jaula haciendo su clásico chirrido, me dirijo a contemplarle, y finalmente a lo lejos puedo mirarle.
Mis miedos florecen, delante de ella está aquel monstruo pedante, le dicen “El Doctorcito” y es muy arrogante. Todo cuadra en segundos, su nombre en el correo electrónico, aquel demoníaco ser se lleva a su paso la vida palpitante. Me acerco, las miradas se clavan sobre mi, aquel siniestro hombre y ella, María Gracia, es ese su nombre. La furia de este personaje se pierde de vista, él piensa que he venido a quitarle su presa, a cambiar el destino, a moverle el sentido. María Gracia me observa con odio en sus ojos, si ella supiera que en mi mundo no hay eso, que crezco del bien y no daño consciente.
“El Doctorcito” que además muy poco original va disfrazado de médico, me invita a salir por la puerta, me ofrece miserias y penas eternas, molesto y salido de sus cables toma el estetoscopio en una mano y comienza a batirlo en el aire haciendo que retroceda hacia la puerta, sus gritos y alaridos se escuchan por doquier, hay gente que baila, otros que beben, algunos conversan jugando a la vida. Ha llegado la hora, hay momentos en que debemos aceptar lo que nos viene, hay tiempos en donde no queda mas remedio que actuar.
Mi china en mi mano, el garbanzo a la frente y aquel mastodonte de conocimientos cae a la tierra, ante el asombro y disgusto de los presentes, muchos ofrecen aniquilarme, se ensañan en mi contra, me curan con roña. María Gracia observa al hombre caído, todavía lleva el trago en su mano, aquel que le ha servido “El Doctorcito”, se me para al frente y me dice que no quiere verme nunca más, que desaparezca, que vuele a tierras lejanas, que no vuelva a su andar. Yo asiento con la cabeza, he aprendido a obedecer, pero no sin antes tomar su trago y echarlo en el piso, el cual se derrite de inmediato, el vodka derramado, un lindo trago de vodka con ácido muriático, ante la mirada atónita de los presentes, ahora entienden porque estaba allí, y tratan de disculparse, no saben donde resguardarse.
Me volteo y acepto, espero que entiendan, estar o no estar no es importante, es solo cuestión de saber cuando hay que estar, yo se por donde vengo y hacia donde voy, mi paso no lleva un ritmo cadente, es simplemente mi manera, así sea inclemente. Afuera hace frío, eso creo recordar, me dispongo a caminar, solo como siempre, cuando veo su sombra, luego su ser, es la misma mirada de años atrás, le tomo de la mano y sigo con mi andar…
Thursday, October 05, 2006
Seré
Me despierto de un brinco, salto en la cama buscando escapar del sueño, es solo quizás que escapo de una realidad latente. Solo puedo combinar partes de lo que mi mente procesaba, la veo a lo lejos, sonriente, con una sonrisa falsa, el dolor le agobia, el peso de la mentira falsiforme la invita a autocomplacerse, a darse razones para justificar el robo, los ladrones perduran en mis sueños, es solo otra de las realidades grisáceas que no se pueden borrar, que te persiguen por siempre, que te acostumbras a llevar por doquier, que a pesar de su poder destructivo tienes que caminar sorteando su invitación a desplomarte.
Ahora, al incorporarme entiendo que era solo otro proceso del subconsciente, uno de esos que te quitan el sueño aunque te encuentres durmiendo, de aquellos que pertenecen a la biblioteca de los miedos, en donde te aferras a las sábanas con la esperanza que te salven de aquellas abominables figuras, de esa mezcla de olores putrefactos que solo una camada de rateros puede emitir, ciertamente recuerdo que me ofrecían un mundo nuevo, las maravillas del poder, la tristeza de ser un peón, la soledad que ese conjunto de seres mefistofélicos te hacen sentir al rodearte.
Ha llegado el día, ese que mis padres han esperado por años, finalmente me han curado, o eso piensan todos ellos, es el momento de salir al mundo de los humanos, a la extensa gama de juegos encontrados, en donde hay que ganar o perder y donde simplemente olvidaron que es mejor andar a un lado que por encima o por abajo. Aún con el terror que produce el simple hecho de soñar con seres despreciables, me disfrazo, esta vez no como en mi infancia con mi capa, llevo un traje de payaso, con corbata y pantalones de fina tela, mi madre me mira orgullosa, yo sonrío, no quiero que sepa que simplemente esto lo hago por darles una satisfacción.
Avanzo a mi paso, miro alrededor, el olor de esa flor que cae de aquel árbol me recuerda mi infancia, a lo lejos veo la puerta de entrada, el boquete hacia la realidad, es un túnel negro, sin luces, que espera silente para tragarte hacia sus dominios. Me dirijo a la recepción, sentada puedo ver a esta mujer que con desparpajo se pinta las uñas, a un lado la cajetilla de cigarros, y en conjunto toda una gama de tristezas y frustraciones la hacen un espectáculo a la desgracia. Saludo, de buena manera, apenas alza la mirada, el peso de su vida no le permite mirar directo a los ojos, sin hacer muchas preguntas me entrega un carnet, de visitante, ni siquiera pregunta a que he venido, como siempre estoy solo en un lugar desconocido, solitario es la verdad.
Encuentro maneras, me muevo hacia donde me esperan, finalmente soy recibido por una mujer, regordeta, con ojos claros y poca clase, me mira de arriba abajo, a leguas se puede ver que busca un tesoro perdido. Me indica que me dará un tour de las instalaciones, y comienza a hablar, repite como un loro algo que no me interesa, mezcla su discurso con problemas personales que tampoco me interesan, ella habla y yo observo, lleva un anillo en su mano derecha, y ahora habla de su marido, un cantante de rancheras o algo así, de como no lo soporta, de como quisiera una vida distinta, de su infelicidad eterna por no poder bajar esos kilos que la hacen ver como una ballena azul. Yo educadamente voy respondiendo a lo que considero debo, el tour se acerca a su final, he estrechado varias manos, he visto un sin fin de miradas, todas con la misma expresión, odas al aburrimiento.
Pasa por mi lado, hace un gesto con la cabeza, sigue de largo sin detener su andar, antes de cruzar a la derecha voltea de nuevo, yo no he dejado de mirarle, creo que deja ir una sonrisa, el mundo está lleno de ellas, es solo que nunca sabremos si son sinceras o no. La mujer del tour se despide, me deja en manos de otra dama, esta vez dentro del departamento al que me han asignado, ésta me dirige a mi oficina, me pide que me sienta cómodo, se da la vuelta y se despide. Estoy sentado viendo un ramo de flores, lo han traído para darme la bienvenida, subo la mirada y está parada allí, se presenta, en pocas palabras deja claro que ella manda, es muy blanca, casi transparente, de ojos claros, y personalidad perversa, eso se puede ver sin conocerla.
Me da algunas indicaciones, me pide que la acompañe a conocer al Presidente, “el manda más” dice tratando de ser graciosa, pero su gracia se ha quedado en donde la fabricaron, yo sonrío para no causar molestias, en cuestión de minutos estoy sentado frente a aquel hombre calvo, con mirada profunda, de maldad, llena de sed por el poder, de destrucción feroz. Me agradece haber aceptado el trabajo, sus palabras gozan de la mentira de la altura, la mujer se encuentra allí y hace algunas preguntas, sin sentido, solo por molestar, simplemente para impresionar, buscan envolverme, en realidad nunca me conocerán.
Sentado en un escritorio me entregan miles de papeles, al mirarlos simplemente recuerdo como me quejaba en mi niñez cuando algo contenía muchas “letras”, sin pensar resuelvo, tomo acción y encamino aquel mastodonte de errores hacia un mundo nuevo. Mi estómago me recuerda que debo depositarle de vez en cuando, me levanto y me dirijo a la cafetería, ordeno algo del menú, me siento en una mesa, alejado como siempre, en donde nadie me pueda ver. Siento una sombra aproximarse, es la misma sonrisa de un tiempo atrás, se excusa y pide permiso para sentarse, yo accedo con un gesto de mi mano, hay cosas que nunca cambiarán.
Se presenta, su nombre no logro recordar hoy en día, será posible que nunca lo dijo?, ella habla y yo escucho, demuestra lo que tiene, lo que lleva, no es su culpa, su mundo le ha enseñado a relucir, sus ojos brillan con el pasar de sus palabras, sus gestos demuestran el interés en lo desconocido, su discurso se alimenta del dolor de las experiencias pasadas, su búsqueda es eterna, delicada, minuciosa y lleva un destino fijo. Ahora quiere saber de mi, como le explico que no se que hago allí, que soy un superhéroe sin capa, que mi vida no gira en torno a mi, que ellos quieren proteger su individualidad y yo por el contrario me muevo en pro de la humanidad.
Yo puedo hablar, alimentar su deseo de saber, de intentar conocer, eso hago, con tranquilidad y pausa, ella me mira dudando de aquello que cuento, es mi historia y no pretendo cambiarla, las mentiras son parte de la vida, las verdades nos la hacen vivir. Ella sonríe, juguetea con su cabello, es algo ondulado, simplemente se vende sin querer, intenta lo que hacen todas, busca, busca ese halo de estabilidad que le permita discernir entre la noche y el día. Me interrumpe y me dice que realmente tengo una imaginación extensa, dice algo de como le he hecho el almuerzo agradable, comenta que no se conocen “locos” como yo en un día cualquiera, ella no cree en mi historia, es que no la han enseñado a creer.
Bajo el tono de mi conversa, me limito a decir lo que se quiere escuchar, me centro en sus ojos, algo amarillentos, puedo oler su perfume, es una mezcla rara, no puedo distinguir si es su piel o una fragancia extraña. Entre dimes y diretes ella me pregunta que planes tengo para el fin de semana, es lunes, de aquí hasta ese momento pueden pasar tantas cosas, mi respuesta no es la que espera escuchar, se excusa y dice “perdón, no sabía que tenías novia”, ella asume algo que no es, no está acostumbrada a que le rechacen, yo me limito a esbozar una sonrisa, luego de una pausa le digo “ya veremos, la paciencia es una virtud que tarda en desarrollarse.”
En una tarima que se encuentra al fondo de la cafetería se abren unas cortinas, allí aparece el Presidente, quien según me cuenta la dama que me acompaña va a dar su discurso de principio de semana. El hombre de mirada farsante se acomoda su corbata y su traje, mira a todos lados y saluda con sus aires de grandeza, comienza a hablar de la productividad de la compañía, de sus ires y venires, se encuentra escoltado por la mujer regordeta y por la otra de ojos claros, ellas atentas aplauden la información que sale de la boca de aquel discípulo de lo oscuro. El discurso toma una dirección inesperada, el hombre se torna profundo y conciso, ahora habla de como solo las almas buenas podrán guiar a la corporación por una senda de éxitos.
Me incorporo en la silla, y le presto atención, un ser lleno de odio como este calvo personaje no puede hablar de esto sin tener un objetivo macabro. Se arregla sus lentes y sonríe, la mujer regordeta le entrega unos papeles, el lee por unos segundos y luego dice “que comience la función”. Desde la parte inferior de la tarima sale una especie de altar, no puedo dar crédito a lo que mis ojos observan, los allí reunidos se emocionan al ver como el Presidente se coloca una capa negra con rastros de sangre, sus ojos brillan, los ojos de sus acompañantes hacen lo mismo, la fiesta está por comenzar, la hora del sacrificio ha entrado en su lugar.
“Oh Satán! grita el viejo ahora endemoniado, “Oh Belcebú, a quien rindo pleitesía, indícanos a quien debemos inmolar en tu nombre Oh sagrado”. En un principio quiero correr, luego me da por reírme, la dama que me acompaña en la mesa no me mira a los ojos, se encuentra sumida en una especie de pánico placentero que en realidad asusta. El Presidente lleva en una mano un bastón, en la otra un timón de barco, y en la cadena que usa como correa se puede ver una daga que tiene unas letras que no logro distinguir, ahora grita “Oh tu Demonio que guías mi vida a quien deseas para complacerte”, sin mediar palabras toma el bastón y señala hacia la mesa en donde estoy sentado, sin poder reaccionar unos hombres con características de enfermeros de hospital nos toman por los brazos y nos suben a la tarima.
“Mis dulces discípulos” dice el viejo calvo, el Presidente para otros, “quien de ustedes nos entregará su alma para deleitar a mi Padre Lucifer?, quien será?, ahora suelta el bastón y toma el timón de barco que tiene una especie de punta, el hombre en su delirio prende un tabaco y comienza a mover el timón, de pronto se detiene frente a mi, y grita con odio “Tu, tu, tu, Policarpio, eres el elegido”, la cafetería ruge en gritos y aplausos, yo por mi parte solo puedo recordar aquellos días en que corría libremente con mi capa, en aquella época donde entendí lo que era, donde acepté mi misión.
El hombre le entrega la daga a la dama que me acompañaba a almorzar y le dice “tu tendrás el honor, tu eres la que debe sacar el alma de este discípulo para alimentar a mi todopoderoso guía Luzbel”. Ella me mira, sus ojos reflejan sentimientos encontrados, su vida pasa delante de la mía, mi vida sigue su curso normal. Los hombres con apariencia de enfermeros me sientan en el altar, allí estoy yo, viendo como todo esto sucede sin saber el porqué, pero hace tiempo dejé de preguntar, es solo cuestión de actuar, actuar y aceptar. Me vienen a la mente los ladrones, a quienes prometí que podrían llevarse todo menos mi alma, es una promesa que debo cumplir, sino como puedo mirarme al espejo por el resto de mi existir.
La dama está parada detrás mío, levanta la daga y hace un movimiento fuerte, la misma en vez de ir a parar a mi nuca, se entierra en su estómago, escucho un gemido de dolor, escucho al Presidente gritar algo que no entiendo, la regordeta corre despavorida, pero mi china ya está en mis manos, y un garbanzo en la parte trasera de su coco la hace caer, la mujer de ojos claros se abalanza sobre mi, al igual que hacen los tipos que me han llevado allí, chinazos precisos eliminan a los “enfermeros”, pero la mujer de ojos claros logra alcanzarme con sus manos, sus uñas pútridas se clavan en mi cara, siento como la carne se queda pegada, entiendo que las cicatrices son canciones sin letra que se encumbran en nuestras almas para siempre acompañar a la orquesta de nuestro andar.
Su fuerza no es total, sin pensarlo y sin hacer uso de mi fuerza le recuerdo con mis palabras que todo su poder está basado en la mentira, que la materia desaparece mientras lo intocable perdura en la eternidad, que llevarse lo ajeno te alimenta en el momento pero luego solo te queda el intento, mirando fijamente a sus ojos derrotados me volteo pues en ese momento entiendo que mi enemigo ha descansado y ella rendida ante la verdad no puede hacer otra cosa que sentarse a llorar.
Me muevo con velocidad, puedo ver al Presidente huyendo, haciendo lo que sabe hacer, me quito la corbata, uso la misma para detener la sangre que brota de aquella dama, la cargo y salgo corriendo de aquel infierno, ella va perdiendo la conciencia, ha puesto en juego su vida por la mía, me muevo rápidamente con su cuerpo lánguido en mis brazos, su aliento pierde fuerza, sus ojos miran al vacío de la inmensidad de aquella mañana, yo no detengo mi paso, no puedo, le debo mi existir, entro por la puerta de emergencias, en una camilla depongo su ser, es la última vez que le veo, estamos en este mundo y todo puede suceder.
El médico sale y me entrega la corbata ensangrentada, me informa que la situación es complicada pero que debe estabilizarse, vuelvo a respirar por primera vez en horas, quieren saber cual es mi relación con la dama, no es ninguna, y eso no lo entienden, trato de explicar que ha pasado, y me muestran el camino hacia el pabellón psiquiátrico, no esta vez, no lo puedo permitir, escapo, dejando atrás a aquella dama, dejando una parte de mi todo guardada en ese ser, mientras avanzo pienso en todo aquello que he tenido que dejar, que simplemente me han hecho desechar.
Muestro mi ser en mi casa, mi madre ha escuchado la noticia en la televisión, mi corbata ensangrentada le pongo en su mano, ella lleva un pedazo de tela viejo en su otra mano, es mi capa, la capa que usé, me la entrega y sus palabras me dan a entender que finalmente ha aceptado lo que soy, yo por mi parte siempre lo he sabido, superhéroe incomprendido, un humano con misión o simplemente uno más…
Ahora, al incorporarme entiendo que era solo otro proceso del subconsciente, uno de esos que te quitan el sueño aunque te encuentres durmiendo, de aquellos que pertenecen a la biblioteca de los miedos, en donde te aferras a las sábanas con la esperanza que te salven de aquellas abominables figuras, de esa mezcla de olores putrefactos que solo una camada de rateros puede emitir, ciertamente recuerdo que me ofrecían un mundo nuevo, las maravillas del poder, la tristeza de ser un peón, la soledad que ese conjunto de seres mefistofélicos te hacen sentir al rodearte.
Ha llegado el día, ese que mis padres han esperado por años, finalmente me han curado, o eso piensan todos ellos, es el momento de salir al mundo de los humanos, a la extensa gama de juegos encontrados, en donde hay que ganar o perder y donde simplemente olvidaron que es mejor andar a un lado que por encima o por abajo. Aún con el terror que produce el simple hecho de soñar con seres despreciables, me disfrazo, esta vez no como en mi infancia con mi capa, llevo un traje de payaso, con corbata y pantalones de fina tela, mi madre me mira orgullosa, yo sonrío, no quiero que sepa que simplemente esto lo hago por darles una satisfacción.
Avanzo a mi paso, miro alrededor, el olor de esa flor que cae de aquel árbol me recuerda mi infancia, a lo lejos veo la puerta de entrada, el boquete hacia la realidad, es un túnel negro, sin luces, que espera silente para tragarte hacia sus dominios. Me dirijo a la recepción, sentada puedo ver a esta mujer que con desparpajo se pinta las uñas, a un lado la cajetilla de cigarros, y en conjunto toda una gama de tristezas y frustraciones la hacen un espectáculo a la desgracia. Saludo, de buena manera, apenas alza la mirada, el peso de su vida no le permite mirar directo a los ojos, sin hacer muchas preguntas me entrega un carnet, de visitante, ni siquiera pregunta a que he venido, como siempre estoy solo en un lugar desconocido, solitario es la verdad.
Encuentro maneras, me muevo hacia donde me esperan, finalmente soy recibido por una mujer, regordeta, con ojos claros y poca clase, me mira de arriba abajo, a leguas se puede ver que busca un tesoro perdido. Me indica que me dará un tour de las instalaciones, y comienza a hablar, repite como un loro algo que no me interesa, mezcla su discurso con problemas personales que tampoco me interesan, ella habla y yo observo, lleva un anillo en su mano derecha, y ahora habla de su marido, un cantante de rancheras o algo así, de como no lo soporta, de como quisiera una vida distinta, de su infelicidad eterna por no poder bajar esos kilos que la hacen ver como una ballena azul. Yo educadamente voy respondiendo a lo que considero debo, el tour se acerca a su final, he estrechado varias manos, he visto un sin fin de miradas, todas con la misma expresión, odas al aburrimiento.
Pasa por mi lado, hace un gesto con la cabeza, sigue de largo sin detener su andar, antes de cruzar a la derecha voltea de nuevo, yo no he dejado de mirarle, creo que deja ir una sonrisa, el mundo está lleno de ellas, es solo que nunca sabremos si son sinceras o no. La mujer del tour se despide, me deja en manos de otra dama, esta vez dentro del departamento al que me han asignado, ésta me dirige a mi oficina, me pide que me sienta cómodo, se da la vuelta y se despide. Estoy sentado viendo un ramo de flores, lo han traído para darme la bienvenida, subo la mirada y está parada allí, se presenta, en pocas palabras deja claro que ella manda, es muy blanca, casi transparente, de ojos claros, y personalidad perversa, eso se puede ver sin conocerla.
Me da algunas indicaciones, me pide que la acompañe a conocer al Presidente, “el manda más” dice tratando de ser graciosa, pero su gracia se ha quedado en donde la fabricaron, yo sonrío para no causar molestias, en cuestión de minutos estoy sentado frente a aquel hombre calvo, con mirada profunda, de maldad, llena de sed por el poder, de destrucción feroz. Me agradece haber aceptado el trabajo, sus palabras gozan de la mentira de la altura, la mujer se encuentra allí y hace algunas preguntas, sin sentido, solo por molestar, simplemente para impresionar, buscan envolverme, en realidad nunca me conocerán.
Sentado en un escritorio me entregan miles de papeles, al mirarlos simplemente recuerdo como me quejaba en mi niñez cuando algo contenía muchas “letras”, sin pensar resuelvo, tomo acción y encamino aquel mastodonte de errores hacia un mundo nuevo. Mi estómago me recuerda que debo depositarle de vez en cuando, me levanto y me dirijo a la cafetería, ordeno algo del menú, me siento en una mesa, alejado como siempre, en donde nadie me pueda ver. Siento una sombra aproximarse, es la misma sonrisa de un tiempo atrás, se excusa y pide permiso para sentarse, yo accedo con un gesto de mi mano, hay cosas que nunca cambiarán.
Se presenta, su nombre no logro recordar hoy en día, será posible que nunca lo dijo?, ella habla y yo escucho, demuestra lo que tiene, lo que lleva, no es su culpa, su mundo le ha enseñado a relucir, sus ojos brillan con el pasar de sus palabras, sus gestos demuestran el interés en lo desconocido, su discurso se alimenta del dolor de las experiencias pasadas, su búsqueda es eterna, delicada, minuciosa y lleva un destino fijo. Ahora quiere saber de mi, como le explico que no se que hago allí, que soy un superhéroe sin capa, que mi vida no gira en torno a mi, que ellos quieren proteger su individualidad y yo por el contrario me muevo en pro de la humanidad.
Yo puedo hablar, alimentar su deseo de saber, de intentar conocer, eso hago, con tranquilidad y pausa, ella me mira dudando de aquello que cuento, es mi historia y no pretendo cambiarla, las mentiras son parte de la vida, las verdades nos la hacen vivir. Ella sonríe, juguetea con su cabello, es algo ondulado, simplemente se vende sin querer, intenta lo que hacen todas, busca, busca ese halo de estabilidad que le permita discernir entre la noche y el día. Me interrumpe y me dice que realmente tengo una imaginación extensa, dice algo de como le he hecho el almuerzo agradable, comenta que no se conocen “locos” como yo en un día cualquiera, ella no cree en mi historia, es que no la han enseñado a creer.
Bajo el tono de mi conversa, me limito a decir lo que se quiere escuchar, me centro en sus ojos, algo amarillentos, puedo oler su perfume, es una mezcla rara, no puedo distinguir si es su piel o una fragancia extraña. Entre dimes y diretes ella me pregunta que planes tengo para el fin de semana, es lunes, de aquí hasta ese momento pueden pasar tantas cosas, mi respuesta no es la que espera escuchar, se excusa y dice “perdón, no sabía que tenías novia”, ella asume algo que no es, no está acostumbrada a que le rechacen, yo me limito a esbozar una sonrisa, luego de una pausa le digo “ya veremos, la paciencia es una virtud que tarda en desarrollarse.”
En una tarima que se encuentra al fondo de la cafetería se abren unas cortinas, allí aparece el Presidente, quien según me cuenta la dama que me acompaña va a dar su discurso de principio de semana. El hombre de mirada farsante se acomoda su corbata y su traje, mira a todos lados y saluda con sus aires de grandeza, comienza a hablar de la productividad de la compañía, de sus ires y venires, se encuentra escoltado por la mujer regordeta y por la otra de ojos claros, ellas atentas aplauden la información que sale de la boca de aquel discípulo de lo oscuro. El discurso toma una dirección inesperada, el hombre se torna profundo y conciso, ahora habla de como solo las almas buenas podrán guiar a la corporación por una senda de éxitos.
Me incorporo en la silla, y le presto atención, un ser lleno de odio como este calvo personaje no puede hablar de esto sin tener un objetivo macabro. Se arregla sus lentes y sonríe, la mujer regordeta le entrega unos papeles, el lee por unos segundos y luego dice “que comience la función”. Desde la parte inferior de la tarima sale una especie de altar, no puedo dar crédito a lo que mis ojos observan, los allí reunidos se emocionan al ver como el Presidente se coloca una capa negra con rastros de sangre, sus ojos brillan, los ojos de sus acompañantes hacen lo mismo, la fiesta está por comenzar, la hora del sacrificio ha entrado en su lugar.
“Oh Satán! grita el viejo ahora endemoniado, “Oh Belcebú, a quien rindo pleitesía, indícanos a quien debemos inmolar en tu nombre Oh sagrado”. En un principio quiero correr, luego me da por reírme, la dama que me acompaña en la mesa no me mira a los ojos, se encuentra sumida en una especie de pánico placentero que en realidad asusta. El Presidente lleva en una mano un bastón, en la otra un timón de barco, y en la cadena que usa como correa se puede ver una daga que tiene unas letras que no logro distinguir, ahora grita “Oh tu Demonio que guías mi vida a quien deseas para complacerte”, sin mediar palabras toma el bastón y señala hacia la mesa en donde estoy sentado, sin poder reaccionar unos hombres con características de enfermeros de hospital nos toman por los brazos y nos suben a la tarima.
“Mis dulces discípulos” dice el viejo calvo, el Presidente para otros, “quien de ustedes nos entregará su alma para deleitar a mi Padre Lucifer?, quien será?, ahora suelta el bastón y toma el timón de barco que tiene una especie de punta, el hombre en su delirio prende un tabaco y comienza a mover el timón, de pronto se detiene frente a mi, y grita con odio “Tu, tu, tu, Policarpio, eres el elegido”, la cafetería ruge en gritos y aplausos, yo por mi parte solo puedo recordar aquellos días en que corría libremente con mi capa, en aquella época donde entendí lo que era, donde acepté mi misión.
El hombre le entrega la daga a la dama que me acompañaba a almorzar y le dice “tu tendrás el honor, tu eres la que debe sacar el alma de este discípulo para alimentar a mi todopoderoso guía Luzbel”. Ella me mira, sus ojos reflejan sentimientos encontrados, su vida pasa delante de la mía, mi vida sigue su curso normal. Los hombres con apariencia de enfermeros me sientan en el altar, allí estoy yo, viendo como todo esto sucede sin saber el porqué, pero hace tiempo dejé de preguntar, es solo cuestión de actuar, actuar y aceptar. Me vienen a la mente los ladrones, a quienes prometí que podrían llevarse todo menos mi alma, es una promesa que debo cumplir, sino como puedo mirarme al espejo por el resto de mi existir.
La dama está parada detrás mío, levanta la daga y hace un movimiento fuerte, la misma en vez de ir a parar a mi nuca, se entierra en su estómago, escucho un gemido de dolor, escucho al Presidente gritar algo que no entiendo, la regordeta corre despavorida, pero mi china ya está en mis manos, y un garbanzo en la parte trasera de su coco la hace caer, la mujer de ojos claros se abalanza sobre mi, al igual que hacen los tipos que me han llevado allí, chinazos precisos eliminan a los “enfermeros”, pero la mujer de ojos claros logra alcanzarme con sus manos, sus uñas pútridas se clavan en mi cara, siento como la carne se queda pegada, entiendo que las cicatrices son canciones sin letra que se encumbran en nuestras almas para siempre acompañar a la orquesta de nuestro andar.
Su fuerza no es total, sin pensarlo y sin hacer uso de mi fuerza le recuerdo con mis palabras que todo su poder está basado en la mentira, que la materia desaparece mientras lo intocable perdura en la eternidad, que llevarse lo ajeno te alimenta en el momento pero luego solo te queda el intento, mirando fijamente a sus ojos derrotados me volteo pues en ese momento entiendo que mi enemigo ha descansado y ella rendida ante la verdad no puede hacer otra cosa que sentarse a llorar.
Me muevo con velocidad, puedo ver al Presidente huyendo, haciendo lo que sabe hacer, me quito la corbata, uso la misma para detener la sangre que brota de aquella dama, la cargo y salgo corriendo de aquel infierno, ella va perdiendo la conciencia, ha puesto en juego su vida por la mía, me muevo rápidamente con su cuerpo lánguido en mis brazos, su aliento pierde fuerza, sus ojos miran al vacío de la inmensidad de aquella mañana, yo no detengo mi paso, no puedo, le debo mi existir, entro por la puerta de emergencias, en una camilla depongo su ser, es la última vez que le veo, estamos en este mundo y todo puede suceder.
El médico sale y me entrega la corbata ensangrentada, me informa que la situación es complicada pero que debe estabilizarse, vuelvo a respirar por primera vez en horas, quieren saber cual es mi relación con la dama, no es ninguna, y eso no lo entienden, trato de explicar que ha pasado, y me muestran el camino hacia el pabellón psiquiátrico, no esta vez, no lo puedo permitir, escapo, dejando atrás a aquella dama, dejando una parte de mi todo guardada en ese ser, mientras avanzo pienso en todo aquello que he tenido que dejar, que simplemente me han hecho desechar.
Muestro mi ser en mi casa, mi madre ha escuchado la noticia en la televisión, mi corbata ensangrentada le pongo en su mano, ella lleva un pedazo de tela viejo en su otra mano, es mi capa, la capa que usé, me la entrega y sus palabras me dan a entender que finalmente ha aceptado lo que soy, yo por mi parte siempre lo he sabido, superhéroe incomprendido, un humano con misión o simplemente uno más…
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