Thursday, January 26, 2006

Me rompió el corazón

Me rompió el corazón, esa frase se la repetía Neblino Jiménez a diario, no solo se la repetía a si mismo, sino a todos los que le rodeaban. Segundos, minutos, horas y días giraban en torno al simple y macabro hecho que a Neblino le habían roto el corazón. Hay que verle la cara a llamarse Neblino y además tener que caminar por la vida con el corazón roto, un momento, que carajo es un corazón roto?. Si se te rompe el corazón pues te jodistes, te meten en una caja y tres metros bajo tierra, al menos eso pensaba yo antes de conocer a Neblino. Esos conceptos metafóricos amorosos nunca fueron de la mano conmigo, pero tengo la leve impresión que Neblino me probaría que a él le partieron su músculo bombeador de sangre por el medio y que nunca pero nunca regresaría de ese limbo adonde lo enviaron.

María Katerina, así se llamaba la causante de la aflicción de Neblino, debo reconocer que en mi despiste eterno tiendo a no fijarme en las cualidades físicas de las personas, por el contrario les veo más allá. Eso me permite establecer en mi mente quien puede ser buena gente o quien no, concepto básico, hasta un tanto idiota, pero que rige las bases de las relaciones humanas. Hay gente buena, hay gente mala, y si que los hay, en esto no existen medias tintas, o buenos o malos, pero nada de medio buenos y medio malos, o eres una mierda o eres buena gente. Me desvío, es que mi mente a veces flota, pero el hecho es que María Katerina era la piedra de tranca en el andar de Neblino, como puede una persona ser el eje de nuestra existencia, no lo se, esa pregunta no la puedo contestar, aunque trataré de aproximarme a una respuesta con la historia de Neblino, el hombre que me corroboró lo estúpidos que podemos ser en materia de sentimientos, o más bien en auto-sadomasoquismo infligido, el dolor no cuesta nada, de hecho ni siquiera lo venden, lo regalan, lo obsequia la vida.

Neblino era mi compañero de trabajo, María Katerina también, aunque en dos planos distintos. Neblino era un especie de alma en pena que pululaba por la oficina, brillante debo decir, pero alma en pena al fin. Por otro lado María Katerina brillaba cual estrella en el firmamento, yo insisto en pensar que ella juraba que estaba buena, ella decía que como se puede estar buena si mides medio metro, te sobra maleta, tienes manos feas y voz chillona. Deben haber sido sus ojos, de un color nunca antes visto, penetrantes sin lugar a dudas, hay miradas que matan, hay otras que dan risa, la de ella creo que llevaba a los humanos a fantasear, me excluyo, yo no pierdo tiempo en pendejadas, yo respiro porque mis pulmones se abren y se contraen solos, pero no me paro a ver ojos lindos ni esas mariqueras. Quizás fue su nariz, perfecta, digna de Hollywood, operada creo yo, natural decía ella. María Katerina era de esa gente que te saludaba si quería, sino estaba de buenas te ignoraba, cosa que a mi no me hace ni cosquillas, pues a las seis de la tarde ya ni me acordaba quien me había saludado o no. Para Neblino las cosas eran distintas, tenía un calendario donde anotaba como lo había tratado María Katerina cada día. El calendario era digno de estudio, detalles, horas, regalos que le había hecho, estados de ánimo y hasta una especie de tabla pitagórica en donde medía las oportunidades de hacer en algún momento a la damicela suya.

En materia de cruzadas amorosas, la gente busca aliados, confidentes, segunderos, lo que sea. Es una necesidad humana tener alguien a quien echarle el cuento de los avances o retrocesos. Ahora bien esa no es mi necesidad, si yo decido atacar lo hago sin usar aliados, voy solo a la guerra, gano o pierdo, no hago preguntas ni llevo cuentas en mi cabeza de que he dicho y que no, simplemente avanzo o me freno de acuerdo a las circunstancias. Neblino, mi buen amigo Neblino, el no era así, los nervios lo hacían presa, se le trababa la lengua, se metía en mi oficina para obtener consejos, cosa que es contraproducente desde cualquier punto de vista pues yo soy yo y él es él, es decir, lo que me resulta a mi no necesariamente le resultará a otro y viceversa. Pero Neblino insistía en que le diera luces para llegar al destino final, para ganar la carrera contra aquello que sentimos y no podemos explicar, contra ese hueco que se forma en el centro del esqueleto y que se infla o desinfla acorde al son que toque la otra persona, el enemigo, pues en eso se convierte, en un enemigo que hay que derrotar para que decida caminar siendo parte del azar, como uno más en nuestro andar.

Hay ciertos puntos dentro de esta historia que nunca logré determinar. Siempre pensé que María Katerina estuvo consciente todo el tiempo que a Neblino le gustaba ella. Ella siempre me dijo que nunca lo vió venir, que ella no tenía ni idea que realmente Neblino sintiera algo por ella más allá que una simple amistad laboral. Las cosas que uno tiene que escuchar, de verdad eso es lo que me hace sonreír a diario, las múltiples interpretaciones que los humanos dan a distintas situaciones, siempre poniéndolas a su merced, bajo su ala, a su conveniencia, nunca vemos que puede ser lo que los demás sientan o piensen, primero nosotros, después si hay tiempo, ellos.

Una parte, de hecho la que más disfruto, de las letanías del jueguito macabro este que pusieron en la Tierra para entretenernos, es cuando la gente empieza a hacer todo tipo de promesas con tal que se le de la movida. Entré a la oficina de Neblino y me encontré con veinte y cuatro velas prendidas a distintos santos, una estatua de Buda y varias estampitas religiosas pegadas al corcho en distintas posiciones. "Que coño es esto Neblino?, le pregunté, "Bueno hermanazo" me dijo "un poquito de ayuda celestial no viene mal, tu sabes un empujoncito pa' que la María K. sea mía", confieso que me tuve que reír, aquel santuario ardiente era para cagarse de la risa, la cosa se puso mejor cuando Neblino nervioso por mis risas se incendió el flux, tuve que echarle agua, para apagar el incendio, la chaqueta del traje a la basura, y algunos documentos importantes hechos cenizas todo por lograr el amor de la difícil María Katerina.

Otro día pasé por la oficina de Neblino y me lo encontré haciendo barras y abdominales, el pobre sudaba como un cochino, al sorprenderlo así y guindado como un vampiro para maximizar el ejercicio sobre el músculo se cayó de espalda dándose un carajazo monumental. Lo tuve que cargar hasta la clínica para que lo revisaran completito, calmantes, dolor, y no más ejercicio en al menos tres meses. Recuerdo cuando pasamos por al lado de la oficina de María Katerina y Neblino iba adolorido y doblado, ella se paró y preguntó que había sucedido, Neblino de alguna manera oculta e irracional estaba molesto pues atribuía su caída a María K., como solía decirle el propio Neblino. Yo tuve que hablar, explicar que había pasado, María Katerina como cualquier mujer bromeó y le dijo a Neblino "ay Nebli, haciendo ejercicios, a quien te querrás levantar?, Neblino no contestó, yo por atrás le hice una seña a la dama para que no se molestara. Neblino tenía ahora una lesión permanente en la espalda por la caída aparatosa.

Los días pasan y esas esperas eternas hacen mella en las almas, te carcomen, empiezas a sentir que el tiempo se va y que tu no eres parte de el. El cúmulo de emociones comprimidas por la presión del no saber causa locura, Neblino no se atrevía a preguntar, según su teoría, iba lento pero seguro, con pasos firmes, bien pensados, poco a poco, un sin fin de momentos que se unirían en la hora indicada para entrelazarse y lograr el cometido final. Que grande es la esperanza, de verdad, una de las virtudes, si me permiten llamarla así, más grande los seres humanos es la capacidad de no rendirse en sus anhelos, esa llamarada interna que nos invita a pensar en un futuro mejor, así sepamos que nunca llegará.

Debo admitir que me asustó un poco el día que vi marcado en el calendario de Neblino una fecha con una letra x gigante, la letra x llevaba a su alrededor unos rayos, unas flores, todos hechos a mano por Neblino. Supuse de qué se trataba, es solo que al imaginar las consecuencias por apenas dos segundos me aterré aún más y preferí hacerme el loco. Neblino, tan amable como siempre, me invitó a sentarme, creo que hablamos un rato de la vida, de un negocio que planeaba montar, de su infancia, de sus ritos, sus delirios y sus fantasías. Finalmente salió el nombre fatídico, "me he decidido" me dijo, "voy a declararle mi amor a María K." y suspiró profundamente, yo traté de advertirle de los riesgos y consecuencias de toda aquella campaña pero Neblino había tomado su decisión.

Hasta ese momento yo creía saber todo lo que había pasado por la mente de Neblino en relación a su dulce tormento, estaba equivocado. Neblino se liberó, se abrió y dio paso a una cadena de pensamientos y sentimientos que nunca antes había visto emanar de la boca de un ser humano, de un hombre debo decir, alguna vez escuché a mis amigas sufrir por amor, si es que eso que llaman amor existe en algún rincón del planeta. Una lágrima cayó sobre la mejilla de Neblino, "ves esto?, me dijo, "tu sabes cuantas gotas con sabor a sal han caído por mi cara desde que conocí a María K?, tu lo sabes?, tienes alguna idea?", Neblino prosiguió, "tu te imaginas cuantas noches en vela he pasado a causa de ella?, cuantas fiestas he dejado de asistir, cuantas veces he sentido que mi vida se va por la cañería?", "no, la verdad no Neblino" le dije, "pues mira, te digo, muchas, incontables, innumerables, infinitas, no lo se, tu sabes lo que es el dolor?".

"Bueno" le contesté, "yo se lo que es un dolor de una esguince, de un golpe en la cabeza, de cuando me corté la pierna con el pedal de la bicicleta, eso si duele Neblino", "no, no, tu no sabes nada" gritó enfurecido, "tu no sabes lo que significa que te duela en un lugar que no sabes donde es, que no hay remedio, no hay suturas, no hay solución". Prosiguió, "sabes lo que es poner tu vida en la línea, estar dispuesto a morir, por alguien, lo sabes?, "bueno Neblino" le respondí, "yo se de muchas cosas, pero quizás de eso tu sabes más", el hombre endemoniado, poseído me contaba de su tristeza, de su andar sin destino, su cabeza abajo, su dolor eterno, su escasez de sonrisas, su olvidar de la risa, sus acciones perpetuas, su amor, su amor sin protesta.

Enamorarse solo es deleznable, al menos para los otros, yo no se de eso. Mi razón domina mi sentir, es así como puedo existir, como vivo, donde crezco, es el pan de mi seguir. Para Neblino su existencia reposaba sobre otra persona, sobre otro ser humano, con virtudes y defectos, pero que no se había dado a la tarea de indagar sobre cuales eran las consecuencias de ese nexo fantasioso que Neblino había creado en su mente. Claro estamos, nadie debe pagar porque a otro se le ocurre enamorarse de uno, eso es problema de la otra persona, acaso lo es?, quizás por un principio no escrito en las reglas inexistentes del jueguito macabro, pues, debemos interesarnos por el sentir del otro ser, caridad?, nada de eso, quizás curiosidad, aún más es posible que hasta para estudiar la posibilidad del chance escondido que puede estar por llegar.

Neblino llegó vestido con su mejor traje, afeitado al ras, colonia en mano, creo que hasta se había blanqueado los dientes, cortado el cabello bañado tres veces. Pasó por mi oficina, simplemente sonrío, llevaba las manos en los bolsillos, su sonrisa parecía estar dominada de pasión y locura, esa sonrisa que tiene vicios de dolor por donde se le mire. Sin que nadie me viera me escondí perfectamente posicionado para ver el espectáculo, en primera fila, aquello era digno de jugar al espía. Neblino salió de su oficina con una carretilla, es que en las manos no le cabían los obsequios, se adentró en la oficina de María Katerina y soltó un discurso que no pretendo repetir acá por honor a su memoria. Sacó un ramo de rosas rojas, tres cajas de bombones finos, se arrodilló, mostró un anillo, creo que lloró en algún momento, luego sacó otro ramo de rosas, se volvió a arrodillar, cantó unos boleros con guitarra y todo, ofreció casa, hijos, viajes, seguridad, estabilidad y por sobre todo amor, eso fue lo que ofreció Neblino en realidad.

Sentado en mi oficina y llorando a moco tendido no entendía que había podido salir mal, la carretilla llena de corotos estaba a mi lado, yo me comía los bombones que de paso estaban muy sabrosos. Dejé que el pobre y abatido hombre se desahogara, me explicara desde treinta y tres puntos de vista distintos la profundidad de su discurso y como él pensaba que no podía haber fracasado, luego se volteaba y me decía con más de ochenta teorías la razón por la cual las cosas se habían ido a la mierda. Ese día no trabajé, me limité a escuchar al hombre caído en desgracia, al ave herida, a un niño llorando por la partida. Finalmente Neblino, y luego de nueve cajas de kleenex, me pidió un favor, un favor algo extraño por demás, pero favor al fin.

Solo me bastó entregarle un papel a María Katerina con la letra de "don't get me wrong" por Pretenders y pelarle el diente una vez para que cayera rendida a mis pies. Si, así tan fácil como lo leen, es que a veces las cosas son tan simples en el planeta y nos complicamos demasiado. En su oficina la moví de un lado a otro, cerciorándome que no se olvidara nunca de aquello, que soñara, que creyera, que viviera, que quisiera. Minutos pasaron, el tiempo parado, palabras al aire, promesas eternas, si ella hubiera sabido que en mi domina la razón, nunca hubiera dejado que le rompiera el corazón…

Wednesday, January 25, 2006

Razones

Cuando estoy solo y sin oficio me da por buscar razones, entonces siempre, solo y sin oficio, ese soy yo, me la paso hurgando, metiendo la cabeza donde no debo, siempre y desde pequeño busqué el por qué de las cosas. No con esto digo que sea preguntón, para nada, más bien soy serio y callado, no del tipo antipático, quizás más tímido de lo que parezco. El hecho es que para mi mente algo fría y racional necesito obtener respuestas a cosas que no las tienen. Menuda tarea, preguntarme cretinadas que no tienen lógica humana y yo cual perro fiel persigo sus razones que en realidad no existen hasta llevarme a la locura, respuestas que no deben llegar, preguntas que están para ensalzar, causas y consecuencias de un andar, es que nunca pero nunca entendí la razón de este caminar.

Redactaba alguna idea alocada en mi ordenador cuando entró a mi cuarto, dio varias vueltas moviendo sus alas, creo que se encontraba inspeccionando mi bunker antes de posarse sobre la pantalla en donde trataba de escribir uno de los tantos cuentos que viví. El Yigüirro, es que así se llama el pájaro, por demás está decir, ave Costarricense. Claro, todos se preguntan que hace un ave Costarricense en mi cuarto en Caracas, confieso que yo también lo hice al verlo, de hecho me costó identificarlo como tal, y hasta le lancé un zapato el cual esquivó hábilmente alzando vuelo y posándose sobre mi cabeza. Finalmente y después de darme cuenta que el ave era un pajarraco amigo, noté como en su pata derecha traía un mensaje, un pequeño pedazo de papel, una nota que demandaba mi presencia.

Inmediatamente tomé la nota de su pata, el pájaro parecía atormentado, asustado, cansado también por el largo viaje. “Porqué no pudo escribir una nota normal y corriente” me dije a mi mismo cuando la observé, esas cosas en clave no me gustan, me distraen y termino siempre haciendo lo que no debo. "Mátame a estañazos, que quiero morir lentamente", de seguido decía "perro que come huevos, ni quemándole el hocico". "Que carajo significa esto?" pensé, mi hermano que se paseaba por mi cuarto buscando que le diera el teléfono de alguna dama para invitar a salir, leyó la nota y se echó a reír, obtuvo el número y se largó. Reconozco que no me puedo quedar tranquilo, "usa el cerebro Policarpio" repetía en mi interior, de pronto comprendí que esos dichos simplemente estaban allí para cuando llegara a Costa Rica, el Yigüirro era la primera clave para saber que hasta la bella nación Centro-Americana debía trasladarme y quizás un indicio para más tarde en mi odisea.

Saliendo por la puerta de mi casa, mi perro "Alerón" detectó que me iba, el pequeño mastodonte se abalanzó sobre mi para no dejarme ir. En el suelo y con sus patas encima mío me di cuenta que la nota tenía una palabra en su parte de atrás, como podía ser tan distraído para no mirar la parte trasera de la hoja, "Heredia", eso decía, nada más. Luego de quitarme al canino de encima le metí un grito a mi hermano para que hiciera una búsqueda rápida en el Atlas, a los pocos segundos me confirmó que Heredia era una provincia Costarricense. Al menos ya sabía hacia donde debía ir, siempre es bueno saber algo, aunque sea mínimo, la ignorancia es el fracaso de los pueblos, sabiendo se crece, se arman destinos, se lucha en justicia, se abren caminos. Después de engañar a "Alerón" para que me dejase ir, tomé el taxi que me llevó al aeropuerto, un vuelo de TACA hasta San José en donde al tocar tierra recordé que el "venado cola blanca" era famoso por sus poderes de agilizar la mente humana, es decir, una sopa de pelos de la cola del venado, traía consigo efectos inimaginables sobre la capacidad de desarrollar el cerebro más allá de los límites normales.

Tan pronto salí del aeropuerto liberé al Yigüirro, el cual había cargado escondido en mi camisa todo el viaje, el ave se había cagado en mi y en el avión varias veces hizo sus ruidos propios provocando que la aeromoza se me acercara. Yo poniendo cara de pájaro trataba de imitar el sonido para que no sospecharan que llevaba un animal en mi bolsillo. Todo en la vida tiene un comienzo y un fin, este era el principio, el nacer de una aventura más, no se el por qué, pero siempre asocié los comienzos a la esperanza y los finales a la reflexión, cosas mías, tonterías de mi mente. Lo interesante del existir radica en el descubrir, lo que no sabemos y estamos por aprender o lo que conocemos y podemos comprender, todo esto fabrica una base de sendas y oportunidades que deben ser transitadas en la búsqueda infinita de las razones, que en definitiva son respuestas al clamor de nuestra curiosidad, nutrientes para nuestras almas que desean liberarse de los miedos y dudas que persiguen nuestras vidas.

Irazú, así se llama uno de los volcanes más importantes de Costa Rica, por allí decidí pasar antes de dirigirme a Heredia, un viejo amigo radicaba en las faldas de la montaña del hueco humeante con la esperanza que al hacer erupción lo sepultara en ese lugar. Arribé al lugar en horas nocturnas, Abel, mi amigo no sabía de mi llegada, al verme comenzó a reír, la risa se transformó en lágrimas cuando recordó que la última vez que habíamos actuado juntos las cosas no habían salido del todo bien, pero eso es otra historia y después de consolarle nos sentamos a hablar bajo un árbol de Guanacaste. Le mostré la nota y Abel se mostró cauteloso ante la misma, el mensaje no era claro, podría tratarse de una trampa para capturarme. Abel no estaba en condiciones de acompañarme, su nivel de heroísmo había decaído con el pasar de los años y no pensaba correr riesgos ni poner en peligro mi existencia debido a su falta de práctica.

Bello fue el amanecer a las faldas del volcán, me despedí de mi viejo amigo y me encaminé hacia la provincia. Al parecer la persona que deseaba mi ayuda estaba en peligro de muerte, lenta, pero muerte al fin, igualmente no veía el sentido de un perro que no comiera huevos sin quemarse su hocico, por supuesto, esta frase debía significar otra cosa, o quizás solo era un artilugio para confundirme. El paseo en autobús me llevó por paisajes inigualables, como siempre me puse a hablar con una viejita que se sentó al lado mío en un intento de saber que podía estar pasando en Heredia. La dama de cabellos grises me habló de su tierra, de sus costumbres, de sus anhelos, de su familia, yo la escuchaba con atención, haciendo preguntas tontas e inofensivas. Por último decidí preguntarle como estaban las cosas en Heredia, la viejita suspiró y volteó los ojos, algo le incomodaba, trató de cambiar el tema, balbuceó algunas palabras y no me habló en el resto del trayecto. Al bajarse del autobús, se colocó al frente de mi ventana, en el sucio vidrio escribió "979" y desapareció.

El día estaba bastante caliente, al bajarme y sin comprender el por qué de esos números decidí comer algo antes de seguir con mi travesía. En el local me tomaba una Coca-Cola muy fría, acompañada de la sopa de pelos de cola de "venado cola blanca" cuando escuché que la radio decía "97.9 la estación del momento, Costa Rica es de nosotros". En un primer instante no capté pero gracias al cielo y la inmediata acción de la sopa conservo una agilidad mental poderosa y sin pensarlo dos veces tomé un taxi hacia los predios de la estación de radio. El taxista, algo inquisidor, me preguntaba la razón de mi visita, yo cauteloso le hablé que era un venezolano productor de programas de radio y venía a hacer algunas consultas, el hombre dudoso continuaba su interrogatorio tal cual detective de Scotland Yard, a mi no me gustan los taxistas, me parecen de alquiler como sus madres, y menos uno que se crea investigador privado. Cansado ante la insistencia del as del volante decidí bajarme del carro, pagué y pregunté por donde seguir hasta la estación de radio.

La vida nos pone ante situaciones que hay sortear día a día, acertijos los llamaba de pequeño. En la puerta de la emisora, un perro guardián se encontraba al lado de un guardia que parecía estar muy fuertemente armado para cuidar una simple estación, en la otra esquina vi un abasto en donde me introduje y compré un huevo. Me acerqué a la puerta y saludé, el hombre nada amigable me preguntó que hacía en los predios de la radio, yo me saqué el huevo del bolsillo y se lo di al perro. El guardia de inmediato y con un cambio de semblante me dijo "perro no come huevo", yo contesté " ni quemándole el hocico", una sonrisa de oreja a oreja se esbozó en la cara del hombre de armas y me dijo "bienvenido a la 97.9, pase, pase señor, que tenga un buen día".

La clave era esa, un huevo, un perro, que se yo, el hecho es que adentro estaba. En la recepción me atendió una dama muy amable, yo inventando historias le convencí que tenía que hablar con algún locutor para una tesis que estaba haciendo como parte de mi doctorado en la industria radiofónica. Me dio un pase y me dijo que fuera al piso cuatro, yo me subí al ascensor y en el primer piso me bajé. Con cuidado y con cara de paisano me recorrí el primer piso sin encontrar indicios de alguna situación extraña, el segundo piso pasó de largo y el tercero no trajo mayores consecuencias. Al bajar en el cuarto piso sentí un escalofrío, de esos que atraviesan tu alma. Varias cabinas de locución con sus respectivos locutores adentro daban la impresión de estar todo en orden, me acerqué a una de ellas en donde la vi sentada con sus audífonos y su micrófono delante, en la pared la foto de un Yigüirro.

Abrí la puerta y la mujer quedó helada, sus ojos me miraron fijamente, se quitó los audífonos y me abrazó. "Sabía que vendrías", confieso que en mi vida había visto a la dama en cuestión, ella después de decir su nombre, Bel Leguirre, me explicó que dentro de la estación no había desconocidos y yo era el único con cara de perdido así que tenía que ser el hombre que había recibido el mensaje del ave mensajera. Luego de lograr quitármela de encima pues permanecía guindada cual koala recién nacido, le pedí por favor me explicara que estaba sucediendo allí. De pronto se abrió la puerta y tuve que tirarme al suelo, abajo del escritorio, un hombre con voz de maldad le dijo a Bel "todo bien?, me pareció escuchar que conversabas con alguien, vamos, vamos, a trabajar, hay mucho que hacer".

Escondido en ese hueco y sin saber que pasaba asomé mi cabeza, Bel se sentó en su silla y con mucha sutileza me explicó de que se trataba aquello. Los Caballeros de la Guaria Morada, así se hacían llamar, una banda de inescrupulosos Costarricenses que se aprovechaban de una nueva tecnología desarrollada por ellos en donde las ondas de la radio al ser escuchadas por los radioescuchas les hacían volverse adictos a una nueva droga, igualmente manufacturada en la estación. La droga se llamaba "Alajuela" y debía su nombre a una planta que crecía en esa región de Costa Rica, la misma era totalmente adictiva y causaba estragos en la población joven de la pacífica y próspera nación. Bel me dijo que los locutores como ella eran obligados por estos mercaderes del mal a crear programas de interés para jóvenes con lo cual las ondas podían ser enviadas a través de sus oídos y por ende tornándose adictos a la "Alajuela".

Tomé a Bel de la mano, y le dije que teníamos que salir de allí, de inmediato. Salimos del estudio y me dirigí al techo del edificio, allí comencé a balancearme en las antenas logrando que se partieran una a una, Bel me miraba atónita pero al poco tiempo comenzó a ayudarme. "Pronto nos van a descubrir" me dijo la interesante Tica, yo estaba poseído en mi tarea de destruir las antenas, de hecho le había agarrado el truco a la cosa y me balanceaba cual infante mientras entonaba canciones de kinder. Después de tumbar alrededor de doce antenas me acerqué a la más peligrosa, la que emitía las ondas que causaban la adicción, saqué mi china y disparé un garbanzo, otro, otro más, y nada, la misma estaba hecha con algún material infranqueable, una especie de aleación nunca antes vista. La antena comenzó a moverse, me saqué la franela y la lancé haciendo que la misma se trabara, un chirrido estremeció mis oídos y un poquito de humo se despidió desde el motor de la antena, aprovechando que estaba estática le tumbé de un zapatazo la punta de la misma, otro zapatazo al centro de la misma hizo que soltara unas chispas, Bel se quitó sus zapatos de tacones, con fuerza lancé cada zapato que se clavaron como lanzas en la esfera de la antena, después de todo el material no era tan resistente, en ese instante lo que no sabía si iban a resistir eran nuestras vidas.

Abel, mi amigo, apareció en el techo, fuertemente armado, "suelta la china Policarpio" me gritó. Yo no comprendía nada de aquello, "pero Abel, que haces, te volviste loco? logré decir, Bel me miró y me dijo "tu conoces a este individuo?, el es de los cabecillas, de los magnates de la droga". Abel se acercó y golpeó a Bel en su cara, la pobre dama cayó al piso y yo sin poder hacer nada, la ayudé a levantarse, unas lágrimas caían de sus ojos, el cachete rojo mostraba el duro golpe recibido. "Vamos, caminen, par de idiotas" dijo Abel, creo que no hay nada peor en el planeta que un superhéroe corrompido, aquellos que defendemos el bien sin lugar a dudas podemos ser muy malos en el otro bando. Adentro del edificio nos esperaban los otros líderes de la banda, entre ellos el taxista que tantas preguntas me había hecho. Nos amarraron fuertemente, espalda con espalda, nos metieron dentro de un estudio de grabación, otros locutores nos miraban con sus ojos perdidos, sin lugar a dudas poseídos por los efectos de la "Alajuela".

Entró un matón a sueldo al estudio, se le veía en su cara, portaba un machete tamaño casa. "Los voy a cortar en pedacitos" dijo y soltó una carcajada, “poco a poco, una muerte lenta para ustedes, les extirparé órgano por órgano y me los comeré”. Para ese momento y gracias a mi entrenamiento ninja, que debo agradecer realmente a mi padre que me llevaba a patadas desde que tenía seis años al dojo había logrado desalojar mi cuerpo físico y estar parado atrás del matón. El hombre levantó el machete y me golpeó en la cabeza con el mango del mismo, desde afuera no entendía el dolor ni la razón de la expresión de mi cara, no le permití una más al bandido, desde mi estado espiritual y con la fuerza de la mente dominé su mano, el próximo machetazo que iba dirigido hacia Bel se volvió contra el hombre que se auto-cortó la femoral. El sangrero parecía un río, volví a mi caparazón y me dolió la vida, el cachazo en la cabeza me había dejado aturdido y tardé en saber donde estaba, luego vi sus ojos, los ojos más profundos que he alcanzado a ver en mi existencia.

Salimos del estudio después de desatarnos, subí al techo y recuperé mi china, en el ínterin Bel se dedicó a sacar a sus amigos locutores del trance en que se encontraban, como lo hizo, es un misterio para mi hasta el día de hoy. China en mano me dirigí al cuarto donde estaban los monigotes reposando, contaban el dinero de las ganancias, bebían vodka con limón. Con cuidado bajé hasta la entrada en donde el guardia con el perro me despidieron amablemente, a pesar de preguntarme la razón de andar sin franela, me hice el loco y seguí mi camino. Crucé la calle y compré unas botellas de Coca-Cola, las vacié mientras lloraba por desperdiciar aquel preciado líquido, también adquirí unas botellas de kerosene, las introduje dentro las botellas de vidrio y con la ayuda de mi pantalón les creé una mecha. Me devolví a la estación, sin franela, sin pantalones, sin zapatos, el guardia ya no estaba, me apresuré y llegué al cuarto piso en donde los bandidos habían capturado a Bel y se disponían a eliminarla del planeta.

Saqué mi china y disparé a la frente de Abel, de inmediato prendí la primera bomba casera y la lancé. Crear el caos es la manera más fácil de salir de aprietos, la confusión hace mella en las mentes inferiores, un nuevo chinazo puso fuera de combate a otro maleante, otra bomba, las llamas comenzaban a hacer de las suyas, los otros bandidos huyeron por la retaguardia, solo logré alcanzar a uno con un garbanzo incendiado, lo prendí vivo, y se quemó sin más remedio. Me acerqué a Abel y sentí lástima por el otrora superhéroe convertido en hampón, me miró algo perdido por el garbanzazo en la frente y pidió clemencia.

Entre Bel y yo sacamos a los locutores del edificio que se quemaba, cargué con Abel hasta la puerta y lo dejé en la acera de enfrente. Yo estoy por encima del bien y del mal, no juzgo, no pongo objeciones, no lo iba a dejar morir, sus razones tendría para haberse cambiado de bando, razones que aún desconozco. Bel se acercó y me dijo que no sabía como agradecerme, me pidió permiso para darme un beso, y sin concedérselo la besé yo sin más ni menos, con sutileza fui quitando mis labios de los suyos, poco a poco, como un fantasma, como lo que soy, una sombra salvadora, un solitario incansable. Cuando abrió sus ojos ya me había ido, lejos, como siempre, solo puedo decir que yo tengo mis razones...

Los 5 hábitos extraños de Dinobat y Policarpio

Buenas, debo decir que no soy adepto a las cadenas, dejando claro eso, me dispongo a contestar esta pues es una especie de enfermedad entre los "bloggeros", igualmente la persona que me instó a hacerla tiene todo mis respetos, así que pedí permiso aquí en el manicomio donde vivo para hablar públicamente de mis manías, hábitos extraños y mañas de niño malcriado. Nota: Los Superhéroes no tenemos manías raras simplemente somos raros.

1) La primera sin lugar a dudas es que me como la uña del dedo gordo de mi mano derecha, solo esa, creo que me recuerda mis días de infancia cuando chupaba dedo y mi padre intentando salvarme de la ortodoncia colocaba sal en el dedo para que me diera asco llevarlo a la boca. En realidad desarrollé un gusto exquisito por la sal.
2) Al caminar en la calle o en cualquier lugar no piso las rayas, grietas y demás, quizás me venga de mis tiempos de jugador de baseball, en donde nunca pise la raya de cal, supersticiones es posible. Se imaginarán que divertido me veo al cruzar por el rayado peatonal, voy dando brincos cual Canguro herido.
3) Tomo Coca-Cola a toda hora, muy fría y con hielo, sirvo poca en el vaso, para que se mantenga helada, la saboreo, y puedo distinguir si es de lata, botella, botellita de vidrio, botellón, de máquina o si algún enemigo trata de envenenarme.
4) Duermo boca arriba, con las manos en mi pecho, uno nunca sabe cuando vendrá la llamada celestial. Una sola almohada, sin sábanas, solo una cobija. Igual la razón de dormir así es para no joder mucho cuando me tengan que meter en la caja, el rigor mortis puede causar posiciones extrañas.
5) Si alguien prende un cigarro al lado mío le pido amablemente que lo apague, si no lo hace me retiro, sea quien sea, familiar, amigo, conocido, extraño o personalidad importante.


"Aclaraciones: las reglas del juego son las siguientes: Titular “Los cinco extraños hábitos de....” (acá su nombre). Elegir luego 5 personas y dejar su nombre linkeado a su blog. Pasar por el blog de esa persona para avisarle de la invitación y que pueda leer sus respuestas. En el post, cada uno/a debe dejar en claro las reglas." Igualmente y estas reglas son las mías pues no se la paso a nadie, el que la quiera hacer pues que se desnude ante el planeta…

Monday, January 23, 2006

Cosas Bonitas

Me miraba, pero creo que realmente veía algo distinto a mi reflejo, sus ojos palidecían con el transcurrir de los segundos, yo trataba, juro que intenté hacer todo lo que estaba en mis manos. Sentía como la fuerza de la mano de Beatriz se extinguía, que le dices a alguien que está dando el salto de un plano a otro en ese preciso instante, se iba, tranquila y serena, como muchos, con un conjunto de sueños y anhelos, con tantos años por vivir. Batalló con su interior para fijar la mirada nuevamente en este lado de acá, suspiró, trató de hablar y no pudo, volvió a suspirar, me apretó con fuerza la mano, la última fuerza, y me dijo "gracias", soltó mi mano, para pasar al sueño eterno, cumpliendo mi promesa le cargué y la llevé a casa de sus padres, tal cual como me había pedido dejé su cuerpo inerte al lado del buzón de correos, la miré por última vez y me alejé, derrotado, el sabor del perder en mis entrañas, un superhéroe abatido, incapaz de salvar al planeta.

Eran tiempos normales de la historia, sin mucho porque alegrarse pero sin mucho porqué llorar. El aceptar hace más fácil el caminar, todo en su medida precisa, mientras más interno en nuestros seres logramos digerir que debemos ser lo suficientemente sabios para diferenciar entre las cosas que podemos cambiar y las que no podemos nuestro existir se balanceará eficientemente. Lo digo como si fuera una tarea simple de aprender, la realidad es otra, usualmente deseamos cambiar lo que no podemos, o quizás no debemos, el deber y el poder, conceptos que usualmente no son discutidos dentro de la misma ensalada. Dicen que es mejor mantener la calma, ver las cosas con una óptica esencialmente pausada, analizar para luego actuar, racionalizar antes de explotar, respirar hondo y meditar, pero como haces eso cuando se apaga frente a ti la luz de un ser, igual a ti, hecho a tu imagen y semejanza.

Acababa de salir de una entrevista de trabajo, me desabrochaba la corbata, me la había tenido que poner, vestirme de payaso, con mi traje, los convencionalismos que tuve que aceptar. Era un edificio moderno, eso creo, grandes ventanales permitían ver a las personas haciendo su trabajo, un concepto inédito, aprobado por algunos, odiado por otros. Ya me iba, camino al ascensor, mala maña la mía de pegar mi nariz en los cristales, y fue como la ví, allí sentada, haciendo sus deberes, ellos no podían ver hacia fuera, para evitar la distracción, me quedé paseando como un guardia, de un lado a otro, esperando a que saliera, conversé con gente que salía del ascensor, conté cuantos bombillos había en el techo, me dije algún chiste para reírme y mantener la moral en alto, y ya les dije que esperé?, que me mantuve por más de cuatro horas, cual león enjaulado, pensando, soñando, buscando palabras que decir.

Apareció de repente, me sorprendió debo confesar, todas mis líneas preconcebidas se esfumaron en un instante, por suerte usé mi habilidad para subirme al mismo ascensor, sonreí, ella devolvió la sonrisa con menos ganas. Nos bajamos, ella caminó hacia un establecimiento de comida, yo hice lo propio, en la cola y detrás de ella, escuchaba el sonido de su olor, si, es que los olores suenan, es solo que no hemos aprendido a entenderlo. Finalmente se volteó y me preguntó "tu me estás siguiendo?, en principio me dió por reírme, pero con cara de seriedad le dije "pues si, yo sigo lo que quiero", ella respondió "confianza uh?, por cierto tienes la corbata mal puesta", me sonrojé, cosa que nunca hago, me arreglé y le dije "pues y ahora?, con mi corbata bien puesta si comes conmigo?, ella me miró con cara de pocos amigos, "yo no como con extraños", "pero es que ya no soy un extraño, paseamos en ascensor y hasta mi corbata mal puesta criticaste", "insistente" dijo ella "pero bueno, al menos agradable, vamos a hacer algo, me acompañas a comer, pero nada de pedir teléfonos ni invitarme a salir, te parece?, accedí, es que como no iba a acceder.

"Beatriz Dorante" me dijo, y extendió su mano, yo hice lo mismo, nos sentamos, yo había olvidado comprar mi comida, es que hay momentos donde pierdo la razón, ese fue uno de ellos. Ella me ofreció la mitad de su sándwich, compartir, otra cosa que se nos ha olvidado a todos, así pues comimos, yo sin decir mucho, a pesar que sabía esa era mi única oportunidad, preferí disfrutar. Beatriz habló de ella, pero a la vez habló del todo, una voz suave y tranquila, sin prisas ni temores, a veces creo que no pasó, que es solo un sueño que tuve en una noche de esas, y que simplemente nunca he podido olvidar, la línea que divide a la realidad de los sueños puede ser muy fina, puede acabar con la existencia pero es capaz de lograr cosas inimaginables.

Mi hora había llegado, el tiempo pasó, Beatriz se levantó y con una sonrisa agradeció que la hubiera acompañado a almorzar. "No acostumbro a almorzar con desconocidos, pero esta ha sido una experiencia distinta" dijo mientras se despedía. Nuevamente la seguí al ascensor, hay momentos donde pienso que ella quería que la siguiera, hay otros donde no estoy tan seguro, usé uno de mis tantos trucos, me escondí atrás de una mata, de una mata de edificio, una especie de palmerita escueta. Las puertas del ascensor se iban a cerrar, y sin más se abrieron nuevamente, ella salió del mismo, y se acercó a la mata, la estudió, hizo como si no me viera, en silencio y con su boca dijo unos números, aún los recuerdo, se volteó y se fue.

Sentado en el techo de mi casa observaba al sol caer, en una mano un vaso de Coca-Cola, en la otra el teléfono, Alerón, mi perro, me lamía aprovechando que mis dos manos estaban ocupadas, del otro lado del teléfono escuché su voz, "sabía que ibas a llamar" me dijo, "entonces si lo sabías porqué estás sonriendo nerviosamente" le dije, esta vez ella fue la que se puso roja, no la vi, pero lo se. Le dije que la pasaba buscando, y ella accedió, en la puerta de aquel edificio en el cual había estado horas antes, estaba parada, esperando, es que siempre estamos esperando algo, así nos metemos la existencia. Se subió en la parte trasera del carro, Alerón, venía como mi copiloto y no permitió que Beatriz se sentara delante por más que traté de convencerle, de esa forma llegamos a un pequeño lugar, en donde conversamos abiertamente.

Entrada ya la noche y con la esperanza en su punto más alto la llevé a su casa, allí me dijo algo que para entonces no entendí, mencionó que si moría pues que la trajera y la dejara al lado del buzón de correos de su casa, así sus padres recibirían la noticia como una carta más, nunca sabemos que vendrá en el correo, nunca sabemos cuando seremos nosotros. Se despidió con un beso en la mejilla, preguntó si me volvería a ver, debe ser que más de una vez la habían usado por una noche para nunca volver. Yo decidí devolver el beso, en la mejilla también, aseguré que si me volvería a ver y que la próxima trataría de engañar a Alerón antes de salir de la casa para que se pudiera sentar en el puesto de adelante. Caminó hacia la entrada de su casa, abrió la puerta, hizo un gesto con su mano y desapareció.

Esa noche no dormí, es que no podía sacar ciertas imágenes de mi mente, hay días que las vuelvo a ver, en cualquier lado, en cualquier rostro, en cualquier situación. A la mañana siguiente me paré detrás de la mata que estaba al frente de los ascensores donde Beatriz trabajaba, la persona que me había entrevistado el día anterior pasó por allí y me vió, quedando mi oportunidad de trabajar allí negadas ipso facto, por supuesto, un loco detrás de una mata, esperando a la nada, pero en ese momento nada me importaba. Llegó al poco tiempo, con dos hombres con mala cara, vestidos de negro, reconozco que no entendí y sin que se dieran cuenta me subí al ascensor con ellos, Beatriz no me saludó, aunque sus ojos brillaron de manera extraña, yo me hice el loco y me bajé en un piso más arriba, por las escaleras llegué a su piso y esperé. Finalmente salieron de la oficina, con cuidado y sigiloso les seguí, en el estacionamiento subieron a Beatriz a un carro, yo me subí al mío, en la autopista mi carrito no podía mantenerse cerca de aquel bólido infernal, por suerte se metieron en la salida de El Rosal, y de allí a un motel, para este momento estaba desconcertado, quizás debería decir decepcionado. Estacioné mi carro, crucé la calle y me introduje en el motel.

El papá de un amigo que estaba haciendo de las suyas me vio, el pobre viejo no sabía que hacer, optó por sacarse unos reales del bolsillo y dármelos, mi conciencia no se compra, los dejé caer al piso, pero le prometí que no diría nada, en realidad eso no era problema mío. Sin perder de vista a Beatriz, continué mi camino, al último piso del motel, a la "suite real", vi como entraban a la misma, me acerqué a la puerta y pegué el oído. Se escuchaban voces, gritos a veces, adentro habían unas ocho personas, pude calcular, debía actuar rápido, al fondo del piso había un cuartito, adentro estaba uno de los botones del motel, saqué un billete del bolsillo y se lo ofrecí a cambio de su disfraz, si, porque esa vaina con sombrerito es un disfraz, el hombre dudó, pero la necesidad puede con todo y tomó mi dinero a cambio de su traje.

Toqué la puerta de la habitación, me abrieron los dos hombres de negro, nada amables por cierto, adentro habían como cuatro muchachas, todas sentadas alrededor de un hombre bien vestido, entre ellas, Beatriz. "Que quieres?, me dijo uno de los hombres de negro, "mire me dijeron que revisara si hay toallas en el baño, usted sabe, todo lo mejor para nuestro cliente estrella", el hombre bien vestido, se levantó y dijo "déjalo pasar". Miré a Beatriz quien no sabía que hacer al verme, seguí hasta el baño y salí diciendo que todo estaba en orden. El hombre bien vestido, me recordaba a alguien, y de pronto todo cuajó, se trataba de Marcos Vargas, el banquero de la trampa, un hombre poderoso, inescrupuloso, que había pisado a media Caracas en su ascenso hacia la fortuna.

Ya me iba, cuando Vargas me dijo "oye botones, y tu no quieres participar en la fiesta?, aquí hay para todos". Dudé, por un momento tuve sentimientos encontrados, pero mi deber es ulterior, y esas muchachas que allí estaban merecían una oportunidad, un empuje para salirse de aquello, para cambiar sus vidas, no las juzgo, nunca juzgo a nadie, es solo que sus ojos me dijeron que no eran felices. "Pues si patrón", le dije a Vargas, "me quedo pues a disfrutar de la fiesta", Beatriz no me quitaba los ojos de encima, Vargas se dio cuenta y me dijo "agarra a esta bichita que no te deja de mirar, esta divina no?, yo me limité a sonreír, una sonrisa falsa, sin lugar a dudas, la tomé de la mano y me paré a esperar que sucedía.

Marcos Vargas me indicó que la cosa era en comunidad, todos allí en la sala, a todas estas los monigotes de negro ya estaban en pelotas, el banquero también. Beatriz alcanzó a decirme "que carajo estás haciendo tu aquí?, yo sin mirarla y con cuidado le dije que no eran momentos de preguntas, más bien de respuestas, que se tranquilizara y siguiera el juego. El revuelo había comenzado, Vargas me indicaba que me quitara el disfraz de botones, yo apenado y no acostumbrado a ese tipo de joditas comencé por quitarme la chaqueta con suma lentitud, aún recuerdo las miradas vacías, de todas ellas, una por una pasean en mis sueños y me reprochan no haberles salvado, se sientan en círculo y lloran desconsoladas, yo simplemente me despierto sudando.

"Que te parece este clubcito de niñas 'bien'" me dijo Vargas, "pura seda, estas son niñas de la sociedad como puedes ver, quien lo iba a pensar no?, tu un botones, disfrutando de este banquete". Allí el asco penetró mis venas, el ser repugnante que tenía al frente me provocó nauseas, miré a Beatriz y le dije "nos vamos de esta mierda, ya, ahora mismo", Vargas dejó de hacer lo que estaba haciendo, al igual que los monigotes y dijo "Ay me salió salvadorcito de la patria el maricón este", refiriéndose a mi por supuesto, lo miré desafiante y le dije "es más, no solo Beatriz, sino que las demás también se vienen conmigo, se acabó esta joda". Las otras muchachas se pararon, de inmediato, así como reforzadas por mi aliento, con una nueva esperanza, se colocaron detrás de mi y se vistieron con rapidez.

Vargas sin entender me dijo "como coño sabes tu el nombre de la perrita esta?, antes de dejarle decir algo más saqué mi china y le disparé sacándole un diente con un poderoso garbanzo. Vargas escupiendo el diente, y los monigotes de negro, desenfundaron unas armas poderosas, y sin mediar palabras comenzaron a disparar. Yo estaba entrenado, las muchachas no, mi brinco me colocó detrás de un sofá, un chinazo, esta vez con una bolita de plomo a la cabeza de uno de los monigotes lo puso fuera de combate, en ese momento Vargas gritó "hay que escapar, nadie puede saber de esta vaina", así el banquero y uno de sus guardaespaldas salieron disparados por la puerta no sin antes echar varios tiros hacia adentro.

Miré a mi alrededor y el cuadro no era bonito, corrí al teléfono y pedí ayuda, me acerqué a Beatriz quien parecía estar bien, las otras muchachas estaban heridas, heridas de muerte. Beatriz me abrazó y comenzó a llorar, nuevamente mis sentimientos se encontraron, "hay que salir de aquí" le dije, ella no quería dejar a sus amigas, lo cual es loable, pero en ese momento había que actuar rápido, al pasar por al lado del monigote Beatriz se detuvo, se agachó y lo besó, un sonido sórdido inundó el cuarto, Beatriz cayó hacia atrás, el líquido rojo brotaba de su abdomen. Un nuevo chinazo, esta vez el centro de la frente desmayó por completo al monigote. Brinqué hacia Beatriz quien se desvanecía entre mis manos, como recuerdo, y ya dije, me miraba, pero ya no estaba allí, me agradeció, aún no se el por qué, eso fue lo último que dijo.

Hay cosas que debo aceptar, hay cosas que no puedo cambiar, hay cosas que no debemos cambiar, hay cosas que puedo cambiar, hoy en día miro atrás y quizás solo pueda esperar…

Thursday, January 19, 2006

Viento

Hay cosas que nos pasan por al lado y no las vemos, otras nos pasan y nos tocan pero aún no las vemos, hay otras que vemos y no nos tocan y hay otras que simplemente no sabemos que son. Oscar Clemente Delfino lo había planeado todo, el renombrado ingeniero civil venezolano minuciosamente había estudiado los pormenores de su decisión, una mezcla infalible, tablas de números, cálculos matemáticos e investigaciones varias sobre el tema. Aquella mañana se levantó como siempre, tomó su taza de té de manzanilla y leyó en la prensa lo mismo que había leído el día anterior, con calma y serenidad recorrió su casa, vestido de gala salió a su trabajo, un edificio en construcción en una zona pudiente, saludó a los obreros y con su casco amarillo subió haciendo uso del improvisado ascensor al piso diez, último del edificio, sintió el aire en su cara, observó la ciudad y saltó.

Oscar Clemente Delfino luchó por muchos años contra su depresión, una que muchos no lograban entender por el simple hecho que el hombre era un individuo de éxito. Oscar mantenía un esquema envidiable dentro la polucionada sociedad caraqueña, una mansión, nueve automóviles, cinco viajes al año, Nueva York, Vail, Paris, Londres y El Cairo eran sus lugares favoritos, una esposa perfecta gracias a la magia del bisturí, unos hijos fantásticos y por sobre todo el reconocimiento dentro del medio laboral que lo ensalzaban de elogios por todas las majestuosas obras que construía su empresa a lo largo y ancho de la ciudad. En la cúspide el viento sopla más fuerte solía decir Clemente Delfino, creo que nadie se atrevió a preguntarle que quería decir con aquella frase, Oscarcito se había vuelto algo introvertido con el pasar de los años, ya no se montaba en las tarimas para cantar en los matrimonios a los cuales asistía, no jugaba al golf sino en ciertas ocasiones, no bebía más de un palo de whiskey por semana y el cigarro ya no era parte de su vida.

Se bajó de su carro, en un edificio algo feo del centro de la ciudad, miró hacia los lados y abrió la reja del mismo, con su propia llave. El ascensor no funcionaba, subió las escaleras hasta el piso cuatro y entró a un apartamento. Adentro dos pequeñines salieron a su paso a saludarle, una mujer bien vestida también le saludó. El apartamento amoblado con el último grito de la moda y con artefactos que muchos sueñan tener llevaba un contraste gigante con la fachada e interior del edificio. Se sentaron a la mesa y comieron, hablaron como toda una familia, los niños mostraban sus calificaciones en la escuela, Oscar les regalaba dinero por cada materia aprobada, la mujer le miraba atenta, y le hacia cariños en su mano. Del bolsillo se sacó una cajita con un anillo adentro, se lo entregó a la dama en cuestión, como todo macho que "se respeta" Oscarcito tenía su otro frente, es que el dinero sobraba en sus cuentas bancarias.

Oscar llegó tarde del trabajo, algo cansado, quizás agobiado más bien. En la sala de su casa le esperaban sentados su esposa y una de sus hijas, alrededor de ellos los otros hijos, dos más para ser exactos, un varón y otra hembra. Sorprendido por aquella reunión tan poco común Oscar no sabía si reír o llorar, algo nervioso tomó asiento en su poltrona inglesa y preguntó de que se trataba todo aquello. "Vas a ser abuelo" proclamó su esposa, "abuelo?, dijo Oscar sin entender nada de aquello. La pequeña María Isabel, su hija menor, había tenido un pequeño desliz en una fiesta, ni siquiera tenía novio, al menos no conocido, el desliz se había transformado en un pequeño embrión que ahora flotaba placidamente en su placenta. Oscar ni siquiera pudo hablar, miró al cielo y calló. Su esposa le demandaba que dijera algo, él permanecía incólume, después de unos minutos preguntó quien era el padre del bebé, no supieron darle una respuesta. Se paró de su silla y caminó a la biblioteca, algunos dicen que lloró toda la noche, otros que simplemente se dedicó a leer una revista de arquitectura.

Con la fuerza que le caracterizaba golpeó la pelota de golf que se elevó con rapidez, la misma tomó un camino equivocado, yendo a parar a unos matorrales en la parte derecha del "fairway". Sus amigos bromearon y rieron mientras tomaban su turno, luego de caminar hasta el punto siguiente Oscar comenzó la búsqueda de la pelota, se adentró en los matorrales y de pronto escuchó un sonido extraño, en principio pensó que se trataba de un animal, y pues bien, encontró dos animales, animales evolucionados quise decir, su esposa y un "caddie", que disfrutaban de los placeres de la carne en pleno campo de golf. Oscar se violentó y atacó al "caddie" con su palo, el hombre hábilmente lo esquivó, su esposa le lanzó un piñazo, Oscar luchaba contra dos, su esposa y su amante. Sus amigos al percatarse del asunto se aglomeraron en el lugar para descubrir la bella escena, Oscar, tratando de apalear al "caddie", su esposa defendiendo al "caddie" y el honor de un hombre regado en unos matorrales de un campo de golf y con testigos que se encargarían de llevar la noticia por cada rincón del planeta.

Levantó el celular, de inmediato reconoció la voz, el funcionario del gobierno exigía su parte de la tajada. Le amenazó sin escrúpulos, el contratito que había obtenido gracias a la mano peluda que habita en los gobiernos reclamaba su parte en el trato. Oscar no sabía que hacer, el tren de vida que mantenía le había hecho pasar por alto al primer eslabón en la cadena de la corrupción, ese al que siempre dejan por fuera. Este hombre decidido y vengativo se disponía a cobrar lo suyo, Clemente Delfino trató de voltear la tortilla y amenazar él a su atacante, los gritos de su hija al otro lado del teléfono le hicieron helar la sangre. El pequeño llevaba la ventaja sobre el grande, con la vida no se juega, o es acaso que si se puede jugar?

Abatido por los acontecimientos decidió pasar por su casa, la de sus padres más bien. Adentro conversaba con su papá acerca de la situación política del país al igual que de los caballos que habían adquirido para la próxima campaña en el hipódromo. Una conversación pacífica y tranquila, sin ningún tipo de aspavientos. La madre de Oscar apareció y le dio un beso en su mejilla, se sentó tranquila a tomar su café con unos cuantos tranquilizantes como siempre hacía, mirando a su esposo, le preguntó si ya le había comentado a Oscar de sus planes. El padre de Oscar le dijo "hijo, tu madre y yo nos vamos a separar, es un hecho", Oscar dejó caer el vaso de agua sobre la alfombra, su padre continuó "no te asustes hijo, hay cosas que pasan, y después de 47 años de matrimonio pues estamos cansados el uno del otro". "Por cierto" dijo la madre "no hay herencia para ti, hemos decidido que al morir donaremos nuestra fortuna a la asociación de perros huérfanos". Oscar salió de su casa, más confundido que una gárgola sin alas.

Pasó por el apartamento del centro, el de su otro frente, adentro se encontró a su amante con su amante, amante con amante anula la maldad, eso escuché decir una vez. Oscar mantenía no solo a sus otros dos hijos, a su amante, y a el amante de su amante, que trabalenguas resulta esto, así era como Oscar lo procesaba en su mente, los dos hombres se miraron a los ojos, la amante en el medio, los niñitos en sus juegos. Miró a sus pequeños hijos, miró a su amante, se acercó al amante de su amante y le dio un abrazo, lo miró de nuevo a los ojos y sonrío. Bajó la cabeza en señal de no tener ánimos de combatir, se dirigió a la puerta, la cerró y metió la llave por debajo de la puerta.

El aire se sentía frío, la velocidad aumentaba, el piso se acercaba con rapidez, muchos pensamientos cruzaban su mente, el hombre convertido en pájaro sin alas volaba hacia la tierra. La corbata se enredó en su cuello, el casco amarillo decidió tomar otro rumbo, la camisa perdía los botones proporcionalmente a la aceleración impuesta al objeto volador no identificado. Abría y cerraba los ojos, el sonido del viento surcaba sus oídos, veía la cara de sus obreros al pasar por los distintos pisos, veía su sombra en la acera, en el cemento caliente que esperaba con los brazos abiertos. Una sensación de libertad y cobardía invadió sus sentidos, el arrepentimiento no era parte de este juego, el momento se acercaba, el concreto hacía agua su boca con ese platillo que iba a degustar.

Trató de gritar pero no pudo, trato de mirar pero las lágrimas se lo impidieron, se colocó en posición de impacto y esbozó una sonrisa. La corriente de viento anuló su descenso, quedó flotando a tres metros de la acera, esperando, ansioso por sentir el crujir de sus huesos, ilusionado por dejar el caparazón y ser libre una vez más. Abajo los obreros pensaban que estaba poseído, pues flotaba, proferían oraciones y hacían lo posible por llamar a un cura. Abrió los ojos pensando que todo había terminado, escuchó los gritos de sus obreros, de los transeúntes que pasaban por aquella avenida, Oscar seguía flotando, estático, inerte, sin saber que sucedía, finalmente y con la ayuda de una escalera uno de los obreros llegó a las alturas, se paró cerca de Oscar y le dijo "patrón, que le pasa?. Clemente Delfino quien todavía no entendía que pasaba le dijo "coño San Pedro eres igualito a un obrero mío, se llama Pastor", el obrero al escuchar esto se cayó de la escalera y salió corriendo convencido que Oscar estaba poseído por algún ente extraño.

La corriente de viento traía consigo sus palabras, el viento nos habla, el aire lleva a todos los rincones del universo la esencia de todo aquello que somos y por ende de lo que hacemos. Oscar escuchaba sin comprender todo aquello, el viento le hablaba, no le permitía caer, no le daba un pasaporte para el escape, ese elemento invisible a nuestros ojos pero que sentimos en nuestro andar se cercioraba que el equilibrio se mantuviera intacto, que el preso no escapara de la cárcel, que enfrentara su existir y que el no podía decidir morir.

Oscar le pasó por al lado a muchas personas y no lo vieron, Oscar pasó y tocó pero aún no lo vieron, a Oscar lo vieron pero no tocó a todo el que le vió, que era Oscar en realidad?, pues nadie lo sabrá…

Wednesday, January 18, 2006

Real Madrid

"Imaginación, que imaginación", así me gritaba la esposa de mi hermano cuando yo terminaba de contarles una historia a mis sobrinos. Yo por mi parte me limitaba a sonreír, agradecía sus amables comentarios y miraba a todos lados mientras mis sobrinos que no habían entendido ni las tres cuartas partes del cuento me pedían que les contara otro. Se arrodillaban frente a mi, "tío, tío, por favor", "otra historia por favor, anda si?, decía mi sobrinita en un lenguaje que era una mezcla de castellano con lengua bebé". La esposa de mi hermano les decía que dejaran de fastidiar, que me dejaran tranquilo, creo que ella no sabía, y no sabe aún, que prefiero a los niños que a los adultos, que con ellos me siento a gusto, que les cuento mis hazañas y no debo explicarles mil y una vez que fueron verdad, que son una parte más de mi existencia y que a pesar que muchas veces interpretan todo a su manera pues siempre le dan un toque divertido que hasta a mi mismo me hace reír.

Nunca hablo en público de mis historias, de hecho comencé a escribirlas pues retumbaban en mi mente y no me dejaban dormir, es que son tantas, son muchos años de ir y venir, de dejar de sentir, de andar por doquier, de mirar el andar, de jugar a morir, de decir sin vivir. Mi cuñada se fue a la cocina, mi hermano no llegaba del trabajo aún, mis sobrinos continuaban con el jolgorio e insistencia propia de tres monstruos de corta edad, el problema es que no quería meterles ideas en la cabeza, a esa edad se es influenciable y mi hermano no me perdonaría si uno de sus pequeñuelos le dice que quiere ser superhéroe como su tío, es que mi hermano nunca entendió de que se trataba todo esto, el y su vida recta, yo con la mía torcida.

"Muy a mi pesar" sonó el teléfono, o eso creo recordar, mi cuñada es médico, una emergencia, a correr como loca, el tío Poli se quedaría de niñero, el momento perfecto para contar una historia más. Ella salió corriendo mientras me decía "no más cuentos por hoy, jueguen algún juego de mesa, o canten, no se, lo que sea, pero no más historias" y desapareció por la puerta. Al frente mío y con sus piernas cruzadas estaban el trío de moscones, risueños, alegres por haberse liberado del yugo de su madre, y en mis manos, de allí a la nevera, mucha Coca-Cola, dulces, tortas, caramelos, cotufas y todo tipo de comida para empachar el estómago. La noche apenas comenzaba, sentados en la sala, me encontraba con mi público preferido, enanos de seis, cuatro y 1 año y medio, el pequeñín se reía solo, no entendía nada pero simplemente disfrutaba del momento, cosa que a nosotros, los adultos, se nos olvida hacer a menudo.

A cada momento uno de ellos se paraba para cerciorarse que su padre no había llegado, logré mantenerlos distraídos con sandeces por un tiempo pero exigieron otra historia, les dije que no iban a entender, que la contaría a su propio riesgo, ciertamente ellos disfrutaban de los chinazos, las correderas, los momentos de tensión, sin todavía entender el trasfondo doloroso, tragicómico y hasta cínico de mi vida pasada o presente quizás. Mi sobrino mayor volvió de la nevera con unas lonjas de jamón serrano, en ese instante se me prendió el bombillo y recordé, así le dije "tu sabes de donde viene eso que te vas a comer?, el pobre pequeñuelo no sabía y se limito a decirme "de la nevera". Me reí como siempre hago, y decidí contarles una historia, una de esas tantas que viví, y que marcaron mi existir, solo otra más, pero que siempre recordaré y no por la razón más obvia.

Recuerdo el viaje, desde San Fermín hasta Madrid, mis costillas apenas sanaban después de mi odisea en Pamplona con el toro mecánico que utilicé para crear el caos en las fiestas. Me dolía mi costado, era un día bastante gris, sin lluvia, pero descolorado. En aquella época estaba en esa búsqueda infinita del equilibrio, nunca llegó está por demás decir, es que nos metemos la vida buscando ese estado preciso de calma sobrenatural que simplemente existe solo en nuestros sueños. Desde la altura del avión veía solo nubes, un colchón en donde los ángeles rebotaban en sus juegos al atardecer. Mis pensamientos trataban de ordenarse sin encontrar razón en todo aquello, las cosas en Caracas estaban movidas, en todos los sentidos, eran tiempos de flotar, de vivir porque si. Finalmente llegué a Madrid y fui a visitar a un viejo amigo, un caballero retirado de la Liga de Superhéroes, bastión de mil batallas, guerrero sin descanso, maestro mío en Caracas. Ahora estaba descansando, en el retiro, solo, algo viejo, algo golpeado por el existir, pero siempre orgulloso de su pasado, no muy distinto al mío.

Nos sentamos a conversar, que más pueden hacer dos buenos amigos que llevan tiempo sin verse. Hablamos como siempre, de lo que estaba bien y lo que estaba mal, de las diferencias de hoy en día, de un pasado no lejano. El andar deja huellas, marca nuestras almas, las moldea, las deforma, las exprime, hasta que vuelven a su estado original y nos dejan. Recordamos la historia de un pequeño que no quería venir a la tierra y tuvimos que buscarle en una dimensión paralela, al final lo trajimos metido en un saco, después de convencerle que éramos elfos de Santa Claus y que el era un regalo para unos señores, la filosofía de los niños es clase aparte, nunca dejan de sorprenderme. Seguimos cortando la tela, poco a poco, algunas historias que para mi eran nuevas, otras en las que participé y algunos cuentos de la vida real que nos acompañan en el largo camino hacia el infinito.

Mateo, así se llamaba mi amigo, tosió con fuerza, casi se le salen los pulmones, "joder tío" me dijo "esta tos me va a matar, me acompañaís a la farmacia?, "por supuesto, Maestro" le contesté. Se puso en pié y con mi ayuda salimos de su departamento, caminamos varias calles, ya cerca de la Plaza Mayor, Puerta del Sol, no se, como le quieran decir, nos detuvimos pues Mateo estaba cansado. Allí me dijo que necesitaba mi ayuda, que le daba pena conmigo, que el sabía que tenía mis costillas adoloridas, que deseaba regresar a Caracas, pero que había una sola misión que nunca había podido concluir, se había enfermado, ningún otro superhéroe tomó el trabajo en aquel tiempo y el asunto quedó en veremos, engavetado como cualquier proyecto de desarrollo de un país latinoamericano. Continuamos caminando, finalmente arribamos a la farmacia, adentro nos atendió una señora excesivamente amable, ojos verdes, cabellera rubia, y un anillo en su dedo medio de la mano derecha, eso recuerdo. "Que tal Don Mateo?, le dijo a mi amigo, "viene por sus pastillas?, Mateo quien tosía cada vez con más fuerza asintió con la cabeza, "y su amigo quien es?, preguntó la dama, Mateo que todavía no podía hablar me hizo una seña que le dijera, "Policarpio", dije, "encantado de conocerla, Mateo habla maravillas de usted", la dama sonriente hizo un gesto de aprobación, Mateo tomó sus pastillas y salimos de la farmacia.

Afuera Mateo me explicó que la mujer que laboraba en la farmacia sería mi contacto para resolver el misterio, aquel misterio que él no había podido resolver. En principio pensé que Mateo me estaba tomando el pelo pues la dama muy sofisticada de la farmacia no tenía pinta de superhéroe. "No lo es" dijo Mateo, "no es superhéroe, pero tiene la fuerza de un camión, ella sabrá guiarte, confía en mí". "Pero no está algo vieja?, le dije, Mateo me miró y me dijo, "dile lo que quieras, pero no le digas vieja por favor, te asesina si se lo mencionas, además no es tan vetusta como piensas". Me limité a mirar al horizonte, y contar mis pasos hasta casa de Mateo, una mala maña que tenía desde niño, sabía exactamente cuantos pasos había desde mi casa hasta diversos puntos de la ciudad, cosas mías, cosas de loco.

En la puerta de su edificio se despidió de mi, no me invitó a subir, sin lugar a dudas que no quería que le viera en su lecho de muerte, el sabía que su hora había llegado, colocó su mano en mi hombro y una lágrima brotó de su ojo izquierdo, se volteó y se fue para siempre. Solo nosotros los superhéroes sabemos de voltearnos sin despedirnos, entre nosotros entendemos que es lo mejor, sin muchas despedidas ni discursos eternos, simplemente el saber que allí estuvimos. Divagué por las calles de Madrid, sin saber a donde ir, caminé, creo que algo comí, pues me sirvieron Coca-Cola sin hielo y la escupí cuando la probé, pedí hielo y me trajeron un cubito, me levanté de la mesa, pagué la cuenta y seguí. Me dirigí a la farmacia, pues le había prometido a Mateo que trataría de solventar aquel misterio que no le dejaba dormir y que ahora en su sueño eterno le perseguiría hasta verle resuelto de una vez. Me senté al frente de la misma, solo, con frío, con un cúmulo de recuerdos encima y con un dolor en las costillas que me hacía sentir que perdía el conocimiento.

Muy temprano en la mañana abrí mis ojos cuando me tocaron el costado, el dolor recorrió mis entrañas, "estas bien?, preguntó el ángel de rizos dorados que estaba parado al frente de mi. "Bien jodido si" le contesté, "vamos adentro que te debes estar congelando" dijo la farmaceuta, "te voy a dar unos calmantes para el dolor, la misión no es juego de niños". Soberbia y sin sonrisas en su cara me entregó unas pastillas, organizó ciertas cosas dentro de los estantes e hizo varias llamadas telefónicas. Yo esperaba ansioso saber de que se trataba todo aquello pero la dama no soltaba prenda, tratando de buscar conversación le pregunté su nombre, a lo que respondió María Culada, al escuchar ese apellido pues no me quedó otra que reír, la mujer me miró con sus profundos ojos verdes y se limitó a decir, "si haces una bromita con mi apellido no regresas vivo a Caracas". Ante aquella amenaza pues puse cara de culo para no reírme, cara de "culada" me decía a mi mismo y no podía dejar de pensar en aquello, pensé en los horrores de la humanidad para tratar de entristecerme pero me cagaba de la risa, finalmente le dije "mira Culada, no puedo, me da risa tu apellido, así que jódete y aguanta mis risas."

En su carro último modelo íbamos a toda velocidad, raspando por las calles de Madrid, por Fuencarral a todo lo que daba el carro, la división entre Malasaña y Chueca, creo que María hizo todo esto para mostrarme su potente carro, y quizás para asustarme con la velocidad, se nota que ella no me conocía del todo. Seguimos dando vueltas hasta que de pronto apareció frente a mi la figura del estadio, el Santiago Bernabéu, si el aposento y morada del asqueroso equipo merengue, al cual detestaba con todas mis ganas y después de esta historia pues más aún. "Que hacemos aquí?, pregunté, "aquí vamos a acabar con el misterio que Mateo no pudo solventar". Bajamos del carro y caminamos hacia una alcantarilla al costado del estadio, adentro de ella, había unas linternas, sin lugar a dudas María tenía todo preparado, caminamos por un rato, acompañados de un olor fétido que siempre recordaré. Una pared de vidrio, un laboratorio gigante, jugadores de fútbol adormecidos sobre camillas operatorias, jamones serranos guindados en el techo, sin lugar a dudas un cuadro surreal e impactante, yo no entendía un carajo de lo que sucedía allí.

María finalmente me explicó, desde tiempos no recordados los dirigentes del asqueroso equipo del Real Madrid tenían esta práctica grotesca, bajo el engaño de un test médico trasladaban a los jugadores a este lugar en donde una vez bajo los efectos de la anestesia obtenían cortes de sus músculos para luego ser implantados en las patas de jamón serrano en su proceso de curación, al parecer el músculo humano se pegaba con facilidad al jamón y lo hacía más jugoso, con mejor sabor y duradero al igual que hacía que las patas de jamón crecieran a dimensiones descomunales por ende haciendo el negocio más rentable. Confieso que me dieron ganas de vomitar, todos estos años comiendo jamón serrano cual caníbal, increíble, lo que hace la gente por lucrarse, entendí porque los pobres jugadores del infeliz equipo se la pasaban lesionados y también porque mi madre siempre decía que el jamón serrano le sabía raro.

"Y ahora que hacemos?, pregunté, María sacó de su bolso una potente cámara fotográfica y procedió a tomar imágenes del proceso macabro. Eso me pareció muy simple y no entendía para que me necesitaban allí. "Aquí no se acaba esto, ahora tienes que entrar y destruir el laboratorio, ese fue el último pedido de Mateo, así que vamos, anda, a trabajar" me dijo la misteriosa mujer. Arrastrado entre aquella mezcla de aguas negras con ratas me deslicé hasta una puerta, la abrí después de romper un candado y entré al laboratorio siniestro. Un olor extraño, a jamón serrano con formol, en las camillas en ese momento había tres jugadores, los cuales reconocí y confieso que dudé si salvarles o no, tomé mi china, y comencé a tumbar jamones serranos del techo que caían como bombas sobre las cabezas de los médicos y enfermeras, los jugadores que aún estaban conscientes no sabían de que se trataba aquello, los médicos gritaban, "llamen a seguridad, nos han descubierto", sigilosamente me dirigí hacia una mesa llena de tubos y experimentos, tomé un fósforo y prendí aquel lugar en llamas, aprovechando el momento, me acerqué a los jugadores y los liberé, apenas podían caminar pues estaban algo turulecos, uno de los médicos me vió y me lanzo un bisturí el cual se ensartó en la pared, sin pensar, chinazo a la frente, en ese momento comenzó a explotar el lugar, cargué como pude con los tres jugadores y salí hacia el túnel en donde María nos esperaba, la explosión final nos hizo volar por los aires, aterrizamos llenos de mierda, aguas negras, basura y yo con un dolor inaguantable en mis costillas.

Afuera del estadio, ya se aglomeraban bomberos y cuerpos de seguridad, sin lugar a dudas el carajazo de la explosión se había escuchado en medio Madrid. Los jugadores expresaron su agradecimiento y preguntaron si podían hacer algo por mi, les contesté que por favor dejaran al equipo patético ese y se fueran a jugar al Celta de Vigo, los hombres luego de abrazarme por haberles salvado prometieron irse a jugar al equipo gallego. María me miró a los ojos, y me dijo "todo un superhéroe, tal cual Mateo te había descrito, son únicos ustedes", extendí mi mano para despedirme y ella me la dio, nos quedamos estrechando las manos unos segundos, unos segundos más de lo normal, de ahí un abrazo, alejado al principio, luego más cercano, el calor penetra, el roce posee, es así, es humano, me dispuse a atacar, le besé la comisura del labio, y hasta allí llegué, el dolor en las costillas hizo que perdiera el conocimiento. Me levanté en la ambulancia en donde me llevaban hacia la clínica, allí rodeado de paramédicos entendí una vez más que la soledad es mi amiga. En el periódico del día siguiente había una historia en primera plana, una foto en donde salía yo corriendo, cargando con tres jugadores del Real Madrid mientras el fondo explotaba con médicos y enfermeras volando hacia la nada. Todas las enfermeras pasaban a visitarme con regularidad, los médicos también, me pedían autógrafos, algunos molestos porque el Real Madrid no jugaría más en la liga protestaban afuera de la ventana del hospital. Una visitante sorpresa me llevó de incógnito a Barajas, para regresar a Caracas, al bajarme del carro volví a besar la comisura de su labio, hay riesgos que no puedo correr.

Mis sobrinos se reían, el jamón serrano estaba en la basura, de la puerta de la cocina emergió mi hermano, "Poli, tu no cambias, buena historia por cierto, eso es verdad o solo un cuento más?, me limité a sonreír y no contestar después de todo y como siempre digo, hay riesgos que no puedo correr…

Friday, January 06, 2006

Verdades

Estoy sentado en un establecimiento de comida, el día está gris, es más, la lluvia es torrencial, se puede escuchar a lo lejos, su caer, sus gotas gigantes que chocan contra el pavimento muriendo en el intento de crear. Hace algo de frío, el vaso helado del líquido que me hace feliz baja por mi esófago rumbo a mi estómago quien lo espera inquieto. Hablo, con unos amigos, tonterías, de nuestras vidas, cosas de aquí, cosas de allá, explicamos nuestras razones, nos damos ánimo, discutimos en paz, damos y recibimos consejos, algunos buenos, otros no tan buenos, somos amigos, nos alcahueteamos, el tiempo pasa, nosotros miramos, tranquilos, esperando.

Puedo ver por la ventana un desfile de paraguas, otros llevan periódicos en sus cabezas, hay quienes corren, otros simplemente apuran el paso, caminan, los que no pueden correr, el viento hace que nada detenga lo mojado, llegaran a sus vidas llenos de agua, quizás tarde, es posible que nunca, pienso que en el fondo no quieren llegar, sueñan que las gotas de lluvia se transformen en carrozas que los lleven a un lugar distinto, lejos de aquello, de lo cotidiano, del contar los pasos que ya han recorrido, sus miradas me lo dicen, no es la lluvia quien les agobia, es su interior, es la desesperación eterna de un mañana mejor, que no llega, ni debe llegar, sería alterar el orden, el orden supremo, el equilibrio del malabarista, la cuerda floja cansa, abajo una multitud espera ansiosa.

Una dama corre a toda prisa, va descalza, sus pies dejan huella en la acera mojada, veo, y como siempre mi mente vuela, me permito sonreír, para mi solamente, mis amigos continúan hablando, de pronto interrumpo, pido permiso, para contar una historia, me miran, ven sus relojes, es que son esclavos del tiempo, se les ha olvidado que no existe, acceden, ellos saben, que lo que viví es único, esperan ansiosos por escuchar, algo, que les recuerde que están vivos, que tienen esperanzas, que no todo está perdido, que habrá otro día, que sus heridas sanarán, ordenan otra ronda de cervezas, para mi una Coca-Cola bien fría, toda historia tiene un tiempo, y se adapta, a las necesidades humanas, a pesar de ser contada por quien venció, o simplemente por quien la vivió.

Empiezo mi historia sin muchos detalles, me limito a decir que estaba en Santiago de Chile, ni siquiera se como llegué ahí, si lo se, pero no lo pienso decir, no esta vez, me paseo por las calles, veo el edificio de Telefónica, impactante, sigo de largo, de pronto aparece al frente mío, cabello rojo, ojos azules, va asustada, la detengo, más bien choca contra mi persona, "que te pasa?, acaso es la nueva moda andar sin zapatos?, pregunto, su cara refleja cansancio, terror podría ser, "te sientes bien?, "te puedo ayudar en algo?, ella me mira, me dice que si, que efectivamente la puedo ayudar, me agarra del brazo, me jala, y me explica una historia de esas que solo se viven una vez, de esas que llevan horas en contar, pero me aguanto, más bien disfruto cada palabra que sale de su boca, soy superhéroe hay cosas que no puedo hacer.

Huele muy bien, eso recuerdo, su perfume, más nunca lo olí, sus palabras hablan de misticismos y mantras, de un gurú diabólico, de cosas por venir, sus ojos me muestran su soledad, yo se de eso, hace tiempo lo acepté, ofrezco caminar con ella hasta su apartamento, me invita a pasar, yo debo seguir, me disculpo. "Fidelia, Fidelia Ruiseñor, ese es mi nombre", me dice, extiende su mano, que aún tiembla, "Policarpio" respondo, en mi mano ahora tengo un papel, con un número, me doy media vuelta, no me puedo ir, me volteo, la abrazo muy suave, ahora si me despido, bajo por las escaleras, mi corazón se acelera, del ejercicio?, no, no, de otras cosas, de esas cosas que mueven al mundo.

Me doy un paseo por la ciudad, mi mente está perdida, que tiempos aquellos, llego al Estadio David Arellano, conocido como Monumental, le doy la vuelta, he tenido esa costumbre desde niño, los parques de deportes se ven distintos dependiendo de donde estemos, mientras voy en círculos, no lo puedo evitar, el papel, ahora en mi mano sudorosa, destiñe, apenas veo los números, apresuro mi paso, saco mi teléfono y envío un mensaje, "Hola Fidelia, Botafoguita, voy para allá"...Camino flotando, es raro este andar, recuerdos contiguos, prisión en su altar. Llego al mismo lugar en que horas antes me fui, toco la puerta y sale su olor, me recibe sonriente, un beso me da, en la mejilla, pasamos en silencio y sentados hablamos.

"Le distes su merecido? pregunta uno de mis amigos, lo mando a callar, es una historia sublime, es un dulce cantar. Hablé por horas, ella hizo su tanto, son esas veces cuando las palabras salen sin esfuerzo, cuando te conoces sin conocerte, cuando en el fondo sabes que vas camino de Guanajuato, inevitable, imposible. He bajado la guardia, estoy concentrado, en ella, encanto sutil, se acerca con disimulo, tiene un pequeño libro en la mano, la guía de la iluminación, dice ella que es, lee unos párrafos, sonríe inquieta, yo escucho tranquilo, la cercanía, que cerca estuvimos, escucho un ruido, ventanas quebradas, entran dos entes que me cuestan describir, "los discípulos de Radja" grita Fidelia, esta vez no son juegos, los bichos con túnicas echan rayos por sus dedos, destruyen la mesa de vidrio, unas botellas de vino derraman su sangre.

"Hemos venido por ti, Fidelia", "has deshonrado al Maestro Gurú Radja Singh", el otro monigote grita "lo quemaste todo, lo chamuscaste con tu templo", "coño" pienso yo, "de que carajo están hablando este dúo dinámico", con cautela preparo mi china, todavía no es el momento de atacar, Fidelia me mira buscando consuelo, yo no entiendo un carajo, y comienzo a reírme, uno de los discípulos me echa un maleficio, sin darme cuenta comienzo a reírme, pero en chileno, es que se ríen distinto a nosotros, me tapo la boca, los monigotes se ríen, Fidelia también, cansado saco la china y disparo, el garbanzo atraviesa a uno de los payasines y se estrella contra la pared, disparan sus rayos macabros, me queman los zapatos, mi dedo gordo se asoma por la media, esto no lo pienso permitir, les lanzo un vaso, y se estrella de nuevo contra la pared, los monigotes demandan llevarse a Fidelia, me instan a desaparecer so pena de hacerme daño real.

Me vuelvo a reir en chileno, veo un espejo, me lanzo y lo agarro, los monigotes vuelven a echar sus rayos, esta vez, chocan contra el espejo, comienzan a arder en llamas, gritan, "puta, chucha, weón, nos quemamos", Fidelia hábilmente los empuja hacia la ventana rota, los envía al vacío, se voltea y me dice "Poli, hay que correr, pronto vendrán más". Salimos a toda prisa, corremos hacia la estación del tren, no llegamos, divisamos a tres monigotes más, gurúes, no se, vestidos con túnicas de colores, nos ven, por suerte hay una patinata en un parque, la gente está disfrazada, alquilamos unos "Roller-Blades" y nos lanzamos por una bajada, no es una patinata común, la gente va disfrazada, reconozco, que no se patinar, me doy mi primer carajazo.

Fidelia con su gracia patina a gran velocidad, volteo y veo a los tres gurúes, nos persiguen, en patines, diviso una cola, una cola de ratón, es un hombre vestido de ratón, lo agarro por la cola y me dejo llevar, el ratón patina a gran velocidad, le paso por al lado a Fidelia y la saludo, pierdo el control, más bien el ratón pierde el control, nos llevamos a medio mundo, nos estrellamos contra un punto de venta de refrescos, el caos, pero sirve para ahuyentar a los monigotes, el muchacho, vestido de ratón, uno de esos héroes anónimos que nos salvan, extiendo mi mano, "Policarpio", "El Charro Pimpinela" me dice, "carajo que nombre más raro", digo yo, "ese es mi nombre artístico", ahora comprendo, "como te puedo pagar?, me responde que lo saque con Fidelia, accedo, pero tiene que ser al instante. La odisea continúa con un nuevo personaje, "El Charro Pimpinela".

Fidelia nos lleva al Parque Forestal, al lado del Río Mapocho, allí tiene unos amigos que nos resguardarán al menos por unas horas, llegamos, Fidelia, El Charro Pimpinela y yo, un guardaparques amigo de Fidelia nos mete dentro de la casita de madera. Estamos algo cansados, Fidelia le explica todo lo sucedido. El guardaparques, algo confundido, mira con detenimiento al Charro Pimpinela vestido de ratón, luego me observa, me río, y aún me sigo riendo como chileno, el maleficio permanece conmigo, que joda de verdad, las cosas que me pasan a mi, quien las entiende. Se hace de noche, el guardaparques debe cambiar de turno, debemos salir, vamos al apartamento del Charro Pimpinela, en el barrio Bellavista, allí pasamos la noche, el diminuto ratón trata de hacer un movimiento con Fidelia, esta lo rechaza y le dice que me ama, "su nombre es Policarpio, lo adoro, es precioso, mi héroe de amor" continúa Fidelia, esas palabras me hielan, recuerden soy un superhéroe.

A la mañana siguiente bajamos, Fidelia, el Charro Pimpinela, quien ya no viste de ratón y yo, Fidelia, dice que debemos buscar al Maestro, al Gurú, a Radja, ella dice estar dispuesta a sacrificarse para que otras damas como ella no sufran los embates del malvado personaje. Al poner un pie en la calle, se aparecen diez infelices vestidos con sus túnicas anaranjadas, nos secuestran, a los tres, nos meten en un camión cava, el frío es insoportable, Fidelia me abraza, El Charro Pimpinela se congela en una esquina, yo tiemblo, por el frío y por la cercanía. Damos más vueltas que un perdido, finalmente nos bajan, ojos vendados, siento el olor de Fidelia, la voz de terror del Charro Pimpinela, nos conducen adentro, hemos llegado, al lugar, al Templo, al Templo Sagrado, la casa de Radja, la mansión del delirio, las paredes de la iluminación infinita.

Radja nos saluda, quemado claro está, su cara tiene pestañas y cejas postizas, su cabellera es amarilla, una peluca, se ve cómico, me río, nuevamente en chileno, el maleficio no se quita. Radja se acerca a Fidelia, la abofetea, lo quiero matar, pero debo esperar, Radja pregunta quienes somos, el Charro Pimpinela y yo, Fidelia, valiente, dice que nos deje ir, que no tenemos vela en ese entierro, que somos unos simples amigos. El Gurú ya nos tiene identificados, suelta una carcajada macabra y dice que moriremos junto a Fidelia. Nos llevan a un altar, bendito, o maldito diría yo, nos esposan a unas argollas que cuelgan de la pared, manos y piernas, comienza la sesión, cantos, bailes, ritos, fuego por doquier. Me siento en el infierno, salvo que a mi lado hay un ángel, al otro lado, el Charro Pimpinela.

Allí atrapado recuerdo, múltiples momentos, de mi infancia, de todo, de mi vida, usualmente nos da por acordarnos de las cosas más importantes cuando nos enfrentamos a la muerte, pareciera que necesitamos de la urgencia del momento para pensar en lo que realmente importa. Miro a un lado, al otro, Fidelia está siendo despojada de su ropa, la llenan de una crema, huele bien, Fidelia por supuesto, la crema huele a pasto, no se de que es, al ver al otro lado, veo con alegría que las diminutas manos del Charro Pimpinela no están atrapadas por las esposas, son muy grandes para él. Le hago una seña, mi bolsillo, la china, el Charro Pimpinela me dice que nunca ha disparado una de ellas, lo miro feo, con cautela, saca la china de mi bolsillo, los garbanzos, los ritos continúan, Radja está poseído, sus discípulos también.

Se acerca a Fidelia, la vuelve a abofetear, me enferma ese proceder, quiero escapar, colocan unas antorchas cerca de nosotros, Radja saca un cuchillo afilado, una daga misteriosa, un machete glorioso. Se dispone a cortar el cuello de Fidelia, el Charro Pimpinela, se libera, dispara, certero, a la cabeza de Radja, el garbanzo hace su trabajo, le tumba las cejas postizas y las pestañas también, los discípulos están en trance, esperando por el sacrificio, Radja se cae al piso, el Charro Pimpinela vuelve a disparar, esta vez en los genitales, Radja se retuerce de dolor, menos mal que nunca había usado una china, es más peligroso que yo mismo, "las llaves" le grito, las toma del bolsillo de la túnica que dice "Viva Chile", nos libera, el Charro Pimpinela, nos libera, tomo una antorcha y empiezo a prender el lugar en fuego, los discípulos despiertan, comienza el festín de rayos, de todos colores, por suerte, Radja, es vanidoso, tiene un espejo, lo tomo, y de nuevo los rayos se devuelven, van cayendo, uno a uno, sin cesar, los soldados del mal.
Radja se pone en pie, no es con rayos que ataca, nos dispara, alcanza al Charro Pimpinela en una pierna, Fidelia brinca, yo me escondo tras una mesa, mi china, la tiene el Charro, estoy desarmado, el furioso Gurú continúa disparando, a diestra y a siniestra, es ahora o nunca, Fidelia, le grita, "mátame a mi", Radja se voltea, brinco, caigo al lado del Charro Pimpinela, tomo la china, disparo, Radja dispara, mi garbanzo al medio de su frente, su disparo al brazo de Fidelia. Me paro enfrente de Radja, y lo prendo en fuego, fuego eterno, para siempre, recojo a los heridos, salgo a la calle, el templo está prendido en fuego.

Arriban bomberos y policías, se llevan a Fidelia y al Charro Pimpinela al hospital. Me cercioro que estén bien, acostados en camas adyacentes reposan. Entro a verles, Fidelia me toma de la mano, me pide un beso, se lo doy, en su frente, el Charro Pimpinela extiende su mano, se la doy, y la estrecho, doy las gracias, nos salvó. Fidelia deja correr una lágrima por su mejilla, el Charro Pimpinela hace lo mismo, yo los miro, trago grueso, miro al cielo, exijo respuestas, inmediatas. Me retiro, ya me voy, sin mirar atrás, me vuelvo a reir, sin maleficio esta vez, debe haber sido la cercanía, aún recuerdo su olor, miro afuera, ya no llueve, la mujer descalza se ha ido, mis amigos se levantan, se vuelven a sentar, han decidido no trabajar, allí se quedan, para hacerme compañía, allí se quedan con la esperanza de oír más…

Thursday, January 05, 2006

Descanso

Descanso, a veces el cuerpo, fugaz vehículo de nuestro andar, necesita, descanso, la mente por su parte reposa en algo, no del todo, no tanto como yo quisiera. Mi mente no para, por más que le pido que me deje disfrutar de la simplicidad de algunos momentos, ella siempre busca formas nuevas de enredarme e inmiscuirme en ideas y situaciones sin respuesta humana dejándome sin dormir. La falta de sueño me lleva a investigar las causas y consecuencias de cualquier estupidez en el transcurrir de la existencia, el paso de los minutos sin conseguir respuestas coherentes a lo que mis ojos tienen que enfrentar, me llevan a levantarme y buscar.

Las búsquedas tienen un comienzo, su fin es incierto, al menos eso pienso, usualmente cuando buscamos imposibles no terminamos, nunca, dije imposible?, no hay nada imposible, es solo cuestión de diferenciar que se puede y que no. Si aceptamos que hay cosas que no se pueden, pues todo lo demás es posible, simple?, nada de eso, solo una de mis teorías sin sentido, para encontrarle el sentido, a lo que no tiene sentido, haciendo uso de mis sentidos, creo que me enredé ya, como dije, mi mente no me deja, no me deja saborear la tranquilidad del horizonte cuando se come al sol en esos atardeceres para recordar, soy así, y empiezo a preguntarme si el mar se está tragando al sol o cualquier otra estupidez que me lleve a escalar un sin fin de pensamientos que desembocan en una duda inmensa y difícil de exterminar.

En mi confusión eterna, recuerdo, como siempre, me viene a la mente un momento del existir, sin sentido en realidad, pero viene, unos carnavales, hace tiempo, un tiempo atrás, quizás es que extraño las bombas de agua y el sol de aquellos días, pero mi historia no es acerca del agua de carnaval. Unos amigos me obligaron a atender a la Feria del Sol, en Mérida, en los Andes Venezolanos, confieso que no quería ir, no me sentía bien, quizás algún dolor de esos sin remedio, quizás una gota de melancolía por hazañas pasadas, yo dormía y me raptaron, luché pero no logré liberarme, encaminado, estaba yo, hacia las corridas de toros, la bebedera de caña, la fiesta, el desastre, el caos, la locura estudiantil, la irresponsabilidad propiamente dicha, encarnada en ese sitio, en un sitio que nunca olvidaré.

Pasando Barinitas logré soltarme las amarras que me habían colocado mis amigos, casi causo un desastre cuando le tapé los ojos al que conducía, en venganza por haberme raptado, la camioneta rodó por el canal contrario, un jeep saltó al vacío, nosotros logramos salvarnos, detenidos en el hombrillo, todos sudaban, yo me reía, improperios en mi contra, vuelta a la normalidad, al camino otra vez, horas de viaje, cuentos pasados, historias jugadas, recuerdos, eso es todo, eso es lo que llevamos, un cúmulo, de esas cosas que nos persiguen, por suerte en mi morral, con ropa no escogida por mi, instrumento equilibrista, mi china, descansé, me integré a su mundo, por un rato, no pensé, viví por unas horas, unas horas nada más.

Llegamos a una de las corridas de toros, pobres animalejos, Plaza Monumental Román Eduardo Sandia, me senté obligado, con cara de niño regañado, todos bebían, desenfrenados, alocados, eufóricos, ensimismados en la pasión del momento, la jodita nacional, el juego de las relaciones humanas en su máxima expresión, todos buscan, pocos encuentran, yo miraba como siempre, los movimientos, los pecados, el desate de la normalidad, es un juego, que no existe, solo reflejos incapaces de sostenerse por si solos, desaparecen, en un valle oscuro. Aburrido me levanté y no antes sin quitarle un vaso de cerveza a uno de mis amigos para tirarlo al ruedo y casi lograr que el toro se jodiera al matador, caminé por los alrededores de la plaza, un gentío, enfilé hacia el Alberto Carnevalli, aeropuerto de la ciudad, ya me iba, no aguantaba, y volteé.

A veces el hambre nos mete en problemas, decidí pasar por el mercado principal de Mérida, antes de irme, unas arepas andinas, para saciar los deseos de mi estómago, me senté en una mesa, solo, tal cual como vine al planeta, el lugar no estaba muy concurrido, quizás todo giraba en torno a la corrida de toros, a la Feria del Sol, al desastre sin autor, al frente de mi, en una mesa, tres hombres y una dama, ella parecía no estar muy cómoda, ellos con cara de gochos molestos. Traté de concentrarme en la comida, soy curioso, que vaina de verdad, siempre queriendo saber más, escuché, más bien intenté escuchar la conversación, no entendí, de pronto, los tres hombres se pararon, tomaron a la dama por el brazo y se la llevaron, a la fuerza digo yo, con una sutil fuerza, casi imperceptible, a la luz, esas cosas que se escapan de los ojos humanos, mordí la arepa una vez más y del tiro ya no regresaba a Caracas, tengo un deber, un contrato que no firmé, un convenio sin cláusulas, simplemente seguí mis instintos.

Se subieron a un carro, yo me subí a un taxi, Mauro era el nombre del taxista, lo recuerdo aún, seguimos con cautela al carro aquel, llegamos a La Hechicera, zona universitaria y residencial, ubicada hacia el extremo norte de la ciudad, donde se encuentran las principales facultades de la Universidad de Los Andes. Pedí a Mauro que me esperara, el accedió, caminé de prisa, atrás del cuarteto misterioso, más bien, del trío y su presa. Dentro de la universidad se dirigieron a la facultad de odontología, las paredes observaban, el recinto estaba desolado, en vacaciones, la dama recogió unos instrumentos, en una bolsa, de nuevo agarrada de los brazos la desplazaron hacia el carro, de allí, a pasear, directo al teleférico, para ascender a la Sierra Nevada de Mérida.

Mauro me llevó hasta el lugar, de nuevo accedió esperarme, con cara de turista me subí al funicular en donde iban los gochos y la dama. Ella me miraba, trataba de decirme algo, yo me hacía el loco para joder, la pobre estaba asustada, en manos de aquellos hombres, y yo al tanto de la situación me divertía haciéndole ver que no me interesaba. Se bajaron en la última estación, antes de poder continuar contando sus pasos tuve que tomarme una Coca-Cola en el cafetín, me miraban como loco, todos tomaban café o chocolate caliente, hacía frío, a cinco mil metros sobre el nivel del mar hace frío. Salieron por una puerta algo escondida, se montaron en un vehículo todo terreno y salieron despedidos. Yo tuve que convencer a un andino que me prestara una mula, el animal inquieto corría al borde del precipicio, en mi vida había montado mula, me cagaba del frío la verdad, pero mi mulita respondió y logré seguirlos hasta un pueblillo internado en el medio de la montaña.

Escondido en una casa vi como la extraña dama arreglaba los dientes de unos pequeñines, alrededor de diez niñitos esperaban su turno, los gochos, ansiosos apuraban a la mujer, finalmente entendí de que se trataba todo, uno de los maleantes le dijo al otro que los compradores estaban ansiosos, los pequeños serían vendidos a una red de colombianos en Cúcuta que vendían las dentaduras de los pequeños, cosa extraña por demás, pero que había tomado auge gracias a un dentista colombiano quien implantaba estos dientes en adultos que habían perdido los suyos, haciendo que el proceso de formación dental volviera a tomar su curso natural, operación ilegal, y por demás macabra desde cualquier punto de vista pues los infantes habían sido raptados de sus hogares.

Con mi mula estacionada afuera y con un frío del carajo veía con asombro hasta donde puede llegar la maldad humana, en una de las casas del pueblo, pedí prestada una ruana y un sombrerito, con pinta de andino me metí en la casa donde se llevaba a cabo la operación con los niñitos. En un principio los gochos fuertemente armados pensaron en dispararme, yo me arrodillé gritando "no me maten, estoy perdido", les expliqué que era turista y que había llegado al lugar por equivocación, los desconfiados hombres me gritaron que me fuera y me perdiera. Esperé fuera de la casa, y al salir los gochos pellizqué a la mula quien salió despavorida llevándoselos por delante, creé como acostumbro, el caos, el método más fácil para salir de enredos, la pobre dama sorprendida y que además llevaba a los niñitos agarrados de la mano no sabía que hacer, mi china disparó al instante, sobre la humanidad de los gochos, al menos para darme tiempo de escapar, subimos a la camioneta, ella, los niños, y yo, aceleré alcanzando el teleférico rapidamente, yo sabía que los gochos vendrían por mi.

Edni, Edni Folurim, asi se presentó la dama, quien también me dijo que era de allí y de todos lados, su nombre extraño, su apellido también, su sonrisa inigualable. Los niñitos gritaban de algarabía pues se sentían a salvo finalmente, ellos no sabían lo que estaba por venir. En el teleférico nos subimos a un funicular todos juntos, Edni no paraba de agradecerme por haberles rescatado, ella había sido llevada a la fuerza a arreglar los dientes de los pequeños, yo callado pensaba, un ruido seco, escuché, una bala atravesó el vidrio del funicular, en el carrito que nos seguía, venían los gochos, disparando, todos al suelo, las balas pasaban, finalmente abajo y con pocos segundos de ventaja corrimos hacia el carro de Mauro, que pacientemente, esperaba, el gocho al ver la manada se limitó a decirme "compadre yo no sabía que usted tenía tanto muchacho", volteó y le dijo a Edni "y usted que bien se conserva pa' esa prole que lleva", ella sin entender se limitó a sonreír, yo sin pensar quité a Mauro del volante, ahora iba yo manejando un viejo taxi, con diez niños agolpados, una dama que no conocía a mi lado y un taxista enfurecido por mi acto vandálico.

Embalado y con un peso tremendo en el carro terminé estrellándome contra la iglesia del Llano dentro del casco central de la ciudad, los niñitos pensaban que se trataba de un show o algo así pues aplaudían y gritaban con algarabía, Mauro trataba de golpearme hasta que tuve que meterle un chinazo para repelerlo. En la Plaza Homónima me encontraba parado, rodeado de andinitos que pensaban que yo era una especie de guía salvador además de payaso vitalicio, y de una mujer que me miraba sin entender realmente el por qué de mi actuar. Me dirigí a la estación de policías en donde entregué sanos y salvos a los infantes para que fueran devueltos a sus padres. De allí de nuevo a la plaza de toros, esta vez entré con Edni, ante la mirada de mis amigos que no entendían como carajo en cuestión de horas yo había desaparecido y vuelto a resurgir con tan bella dama al lado mío.

La gente disfrutaba del espectáculo, de pronto aparecieron en el medio de la plaza los gochos armados, la corrida estaba por empezar y el toro entró al ruedo, uno de los gochos disparó hiriendo al animal en el acto, Dominguín, el torero, molesto trató de decirle algo y recibió también un impacto de bala en una pierna, nuevamente el caos reinó en la plaza de toros, Edni, trató de agarrar mi mano, pero ya me había ido. Subido en uno de los caballos para picar los toros, con lanza en mano, me lancé a la captura de los gochos, al primero lo ensarté por el pantalón lanzándolo de golpe contra el burladero, el segundo fue una tarea fácil pues al tratar de atacarme por la retaguardia fue pateado por el caballo, el tercer gocho disparaba con furia en mi contra, por suerte su puntería no le hubiera valido una medalla olímpica, me bajé del caballo, y apertrechado en la baranda saqué mi china, un certero pepazo en el ojo acabó con las pretensiones del gocho, ya para este momento, la gente asistente se había lanzado al ruedo y linchaban sin piedad a los maleantes, aprovechando el momento corrí hasta afuera de la plaza, en una de las puerta estaba Edni, quien al verme, sonrío, y trató de acercarse, yo solté un beso al aire y lo soplé, ella se detuvo paralizada, yo me di media vuelta y seguí mi camino, yo me quería ir de Mérida, me habían llevado obligado, en el avión de regreso a Caracas, descansaba, pensaba en aquella sonrisa sin igual, entonces ya no descansaba, recordaba, es que siempre asociaré el carnaval con aquel día, carnaval sin agua, miro a un lado y mi hermanito me mete una bomba de agua en la cabeza, y nuevamente me acuerdo, un recuerdo para siempre…

Tuesday, December 20, 2005

Sombras

Sombras, eso es lo que recuerdo, un puñado de sombras amenazadoras en todos lados. Mi cuerpo ceñido a la cobija, el sudor corriendo por mi cuello, las manos apretadas buscando extenderse, el ruido del viento rozando mis oídos, el reflejo del día clavado en mi mente. Miedo eso es lo que recuerdo, una dosis de miedo extenuante. Mis ojos surcando el oscuro cuadrado, la ventana a mi lado que en vez de protegerme, solía mirarme. Ruidos diversos, la respiración de mi hermano, en su sueño profundo, la mesa de noche, la puerta cerrada, la figura de un árbol, amable de día, dantesco en la noche.

Tenía sed, de eso puedo estar seguro, el camino inclemente de mi cuarto a la cocina era una odisea infranqueable para mi asustadizo ser. Mi boca reseca, mi garganta gritando, mi mente jugando con sueños de niño, abriendo un hueco, aun más adentro. Un vaso de agua hubiera solucionado todo aquello, como había podido olvidarlo, mi rutina casi obsesiva de llevarme el líquido preciado para calmar mi andar, mi andar en la noche, en ese momento desconocido, de tiempo parado, más bien detenido.

Conciliar el sueño era casi imposible, temores radiantes de ondas constantes. Mis padres ajenos a mi trampa mortífera descansaban placidamente, es más creo hasta escuchaba sus risas. De un lado a otro mi cuerpo intentaba, buscar posición para enfrentar a la nada, prender una luz, feliz solución, regaño seguro. Buscaba razones más fuertes que yo, para bajar de la cama y lanzarme al abismo, no se nace aprendido, quien iba a saber, la sed me agobiaba, y yo me aferraba con dureza a la cama, contar ovejitas, que risa me da, pareces una niñita parecía escuchar decir a mis padres, vencer lo no visto más fuerte te hará.

Tomé mi china, en aquel entonces no sabía yo quien era. La apreté con fuerza en mi mano bañada en sudor, de un brinco al suelo, la alfombra muy fría sintieron mis pies. Miré a todos lados buscando razón, la noche es noche y no pide perdón, al sentir su presencia mi alma tembló, sus ojos brillaban con gran resplandor, peludo y rechoncho, con cara de malo, me atacó sin piedad haciendo uso del arma letal, un momento de oscuridad. Sin mucho pensarlo disparé mi china, golpe certero a la frente, algunas plumillas volaron cansadas, el pecho al suelo, subí la mirada, el monstruo no estaba, sentí un consuelo.

De pie salí de mi cuarto, el pequeño estar guardaba un secreto, allí descansaba sutil y parada. La vi de reojo, cual guardia de plomo, aún apagada causaba estragos, prendió una pequeña luz pero no le di chance, disparé sin mediar palabras en un solo instante. Sentí el crujir de mi infalible garbanzo, sus huesos frágiles se partieron con el impacto. Acto seguido enfilé hacia el pasillo, largo corredor de buenos recuerdos, fotos pasadas adornaban sus paredes, mi vista centrada en el mismo destino, un paso, dos pasos, divisé un movimiento sin lugar a dudas la noche y sus cuentos.

Sigiloso caminé por la milla gloriosa, asustado pues aquel movimiento mi corazón paralizó. Saliendo del baño su sombra asechaba, mi china conmigo y siempre preparada. Mi sed era mucha, mi miedo mayor, el camino es largo y solo es peor. Sin mucho pensar disparé violentamente, un leve chillido sonó estridente, algunas palabras en un idioma extraño logré escuchar, sin lugar a dudas un monstruo menos al cual enfrentar. De nuevo al piso, pues nunca se sabe si un monstruo vengativo habita en tu casa, pasados los ruidos y despejado el camino seguí mi destino, y pensar pasar todo esto por un simple olvido.

A un lado miré y allí muy tranquilos esperaban por mi, cuatro círculos, ojos más bien, brillando en la noche, placidamente descansaban en el aire, flotando, levitando. El miedo hizo mella y pensé en regresar, pero en la mitad de la nada no podía gritar, cansado y sudando libré otra batalla en mi guerra nocturna. Chinazo al primero, chinazo al segundo, un ruido muy seco sonó un segundo, tercer garbanzo surcando el tiempo, y el cuarto caía a manos mías en un dos por tres. Mi mano metí en la bolsita plástica donde llevaba mis garbanzos, conté con cuidado mis municiones, todavía llevaba esperanza circular, el agua esperaba a mi dulce paladar.

Bajé la escalera difusa y confusa, mi casa es así, por supuesto que yo no la construí. Sorpresa mayor, un ruido macabro, el amo del tiempo tocó su sonido, un monstruo erguido de números redondos, flechas apuntando con sentido las horas. La mirada coloqué sobre mis pies, pensé que eso era todo y que perdería otra vez. Busqué en lo más profundo de mi ser, una razón para seguir, para combatir y no dejarme morir. Chinazo al reflejo, directo al centro, sonidos extraños, el monstruo está muerto.

Poco a poco me acercaba a mi precioso tesoro. Sin sombra no hay luz, pensé aquel día, unos pasos más y divisé la jarra con agua. Llené el vaso que había olvidado, bebí de inmediato, sin miedo aparente, lo volví a llenar para poder escapar, a mi cuarto, al calor de mi cobija, a sudar nuevamente y esperar por el día. El vaso en una mano, la china en la otra, en la mano de la china una botella de Coca Cola, es que no podía faltar, cerré mis ojos y corrí sin parar, no soy vampiro, ni tengo radar, no se como hice, quizás la memoria, quizás solo suerte, o el principio de muchas historias.

Mi andar fue preciso, apenas tocando el piso, soñé con hazañas, peleas libradas, en un minuto se entiende la nada, de noche y muy solo acepté mi misión, comprobé que la vida se vive un momento, un salto, un brinco, el tiempo paré. Al entrar a mi cuarto otro monstruo enfrenté, el vaso de agua cayó hacia el piso, sentado en mi cama estaba el condenado, felpudo animal, furioso y rabioso, no pude pensar, chinazo inmediato lo voló de mi cama, mi hermano un ojo abrió en su sueño, me vio de reojo, de nuevo a lo suyo.

Sentado en mi cama tomaba la Coca Cola, orgulloso de haber logrado la hazaña aunque el vaso de agua había terminado el piso. Había cruzado mi casa de lado a lado, como un hombre consagrado, los clásicos monstruos había vencido, hoy en día aún no los olvido. El sueño finalmente hizo de las suyas, me entregué en sus brazos, rendido y cansado, soñé con mi vida, soñé con el todo, soñé con la nada, sin lugar a dudas mi vida empezaba.

A la mañana siguiente desperté algo tarde, no había colegio, ni nada que hacer. Me estiré y agradecí que la luz del día se había apoderado nuevamente de mi existencia, salí de mi cuarto buscando razones, la cara de mis padres detuvo mi andar. Me hicieron una seña, “Policarpio, ven aquí” dijo, mi padre en tono fuerte, en la cama de ellos vi dos peluches, destrozados, llenos de plumas, sin vida y desechos, un Mickey Mouse, un Pato Donald, igualmente cuatro platos de la vajilla del matrimonio de mis padres hechos añicos, el reloj de la escalera se adornaba de resortes y sus agujas estaban dobladas, la aspiradora acusaba el dolor de un garbanzo duro, el plástico retorcido, el sucio en la alfombra. Reconozco que no pude contener la risa al ver a mi tío con un ojo morado, el era la sombra que salía del baño, muy mal encarado me miraba esperando que pidiera disculpas, yo por mi parte sudaba de nuevo.

“Bueno, pues este año, no hay regalos de cumpleaños” dijo mi madre, “el dinero que estaba destinado para eso se usará en reparar las cosas rotas”. Aquello me dolió en el fondo de mi alma, yo solo combatía en una noche de terror con monstruos de las sombras, pero como explicarle eso a tres adultos que no podían saber de mis miedos de niño. Mi hazaña se había vuelto una cagada en un segundo, perdí mis regalos, mis padres molestos, mi tío encabronado, quien lo hubiera pensado.

Cuando se tienen nueve años hay cosas que no se comprenden, simplemente hay que dejarlas seguir, después de todo batallar con monstruos inocuos y sombras de fantasía es parte de la niñez, al menos de la mía. Mi cumpleaños llegó, apagué las velas sin un solo regalo, mi padre me llamó cuando todos se habían ido, sacó de una caja un bello cachorro. Algunas palabras dijo, la verdad no recuerdo, los niños son niños y ciertas lecciones deben aprender. Mi padre entendió que aquel canino me acompañaría y me daría confianza para superar ciertos miedos, hoy miro atrás y entiendo su línea de pensamiento, confieso que en aquel momento no lo entendí, pero igual seguí.

De noche de nuevo y con sed palpitante, esta vez “Alerón” pequeño y brincón a mi lado recorrió el camino hacia la cocina. No iba por agua, simplemente a tocar la nevera para como prueba auto-impuesta, llegué a la misma, la abrí de par en par, no resistí la tentación, saqué una Coca Cola y comencé a tomar, le di un poco a “Alerón”, caminé hasta mi cuarto y de nuevo a soñar...