A veces cuando pienso en la humanidad me decepciono. De inmediato recuerdo que pertenezco a ella, entonces no la juzgo, pues como yo debe soportar todos los embates que supone el existir. Debemos escoger, pues, si nos escondemos de todo y no arriesgamos o simplemente nos lanzamos a las vivencias que pueden darte vida, sin nunca olvidar que podrían quitártela también. Aquellos fueron días confusos, eso debo admitir, por momentos no los logro encuadrar en mi infalible memoria, se me muestran como cuadros abstractos que desean tomar forma pero temen ser descubiertos.
Estaba sentado como siempre en el techo de mi casa, pensando en lo distinto que vemos las cosas con el simple pasar de las horas, lo que queríamos una semana atrás no es lo mismo que deseamos hoy día, el movimiento es parte del cambio, el cambio trae consecuencias, las causas son distintas pero el individuo permanece igual, o quizás no, hasta el sol de hoy no lo he podido responder. Siempre llevamos ese deseo intrínseco de volver al pasado, para acomodar lo que no pudimos arreglar, para no tropezar igual que cada día, es posible que solo debido a que no aceptamos que se fue.
Como siempre hago al sentirme triste me lanzo a la calle a caminar, usualmente a un parque donde juegan niños, ellos me recuerdan lo que un día fui, y que se no volverá, pero que disfruté al máximo a pesar de estar consciente que algún día llegaría la hora de enfrentar al mal purificado. Sonríen felices, es que todavía no saben de dolores ni melancolías, las cosas simples les llenan, los persigo, ellos gozan un mundo mientras me gritan que soy un monstruo que les quiere atrapar, quizás en eso me he convertido, en un monstruo, es que he visto muchas cosas, demasiada injusticia para mi gusto.
Ese día pareciera que nada podrá levantar mis ánimos, me canso fácilmente y me siento. Una pequeña niña se me acerca y me ofrece la mitad de su helado, se ensucia las manos mientras lo parte, la verdad es que no tengo hambre, pero acepto su generosidad, se limpia sus manos en mi pantalón, luego se echa a reír cuando ve el desastre que ha hecho, hablo con ella, un rato, de las letras que ha aprendido en el colegio, de los muchachitos que la fastidian, me dice que se quiere pintar los labios y su mamá no la deja, me echo a reír, la pequeña me roba una sonrisa, si ella supiera lo que debe enfrentar cuando crezca.
Me levanto y me voy, me escondo tras unos árboles, últimamente he estado así, abstraído, pensativo, me protejo de algo, pero no se de que se trata. Hay quien piensa que ser superhéroe es un pasatiempo como cualquier otro, no saben que a diario vemos de cerca el terror en los ojos, la lucha de poderes, nuestros valores son cuestionados por minuto, la tentación nace en nuestras venas, la maldad encarnecida, la violencia supina, y el dolor humano a la máxima potencia, que no es más que la vitamina de aquellos que usan el mismo como bastón para apoyar sus torcidas vidas.
A lo largo del tiempo he ganado muchos amigos, pero la cuenta de enemigos se desborda, me hace sentir bien que no le gusto a todo el mundo, sino sería muy aburrido, pero hay gente de gente. Hay batallas que se que volverán a mi vida, en algún momento, hay cosas que se que ellos no saben, pero los caminos están construidos con bifurcaciones para alejar, y para luego acercar, hay batallas que han quedado divididas, tarde o temprano me enfrentaré de nuevo a viejos demonios que no han saldado sus cuentas, me evitarán, pero los encontraré de alguna u otra forma.
Regresando a mi casa y distraído como siempre tropecé con una alcantarilla abierta, el resultado un hueco en mi rodilla. Sangrando seguí mi camino al hospital, entré a la emergencia y me senté en una silla a esperar que alguien se apiadara de mi. Así fue como conocí a Tina Garcilazo, la única alma caritativa entre la multitud de personas que se acercó y procedió a limpiar mi herida con suavidad y delicadeza, finalmente convenció a un médico para que cosiera mi rodilla, después de indicarme que debía andar con más cuidado se levantó y se retiró, perdiéndose entre la gente que pululaba en el hospital.
Afuera del hospital esperé, pensando en todo como siempre, en que las situaciones se presentan por razones obvias pero que siempre le estamos buscando soluciones complicadas por el hecho de no aceptar que la vida es más constante y predecible de lo que parece. Finalmente salió por la puerta del hospital, me acerqué y le entregué una rosa que había tomado prestada de un jardín, sin decir ninguna palabra hice una reverencia de agradecimiento por haber tenido la gentileza de acercarse a mi cuando mi rodilla sangraba, si ella no lo hubiera hecho quizás seguiría en el hospital, la bondad se encuentra, es solo que la maldad tiene ojos color miel.
No pude quitarme su rostro de mi mente, no me quedó otra que seguirle para verle, ella caminó pausadamente y llegó a un pre-escolar. Pensé que se trataba de su hijo, su cara de angustia se esbozó de inmediato, el llanto la hizo presa, la desesperación rondaba en el ambiente. Me paré a su lado y ella me abrazó, procedió a explicarme que se trataba de su hermanito, al parecer había sido raptado por una banda de maestras inescrupulosas que habían decidido llevarse a cinco pequeñuelos con fines desconocidos, me miró y me dijo que debía ayudarle, sus padres de viaje, regresarían a la mañana siguiente. A ella le habían encomendado ser el guardián del infante, su desolación era abismal.
Mi rodilla dolía, creo que otras cosas también, adonde se habrían podido llevar a los pequeños?, de que se trataba todo esto?. Hice algunas llamadas sin lograr obtener información precisa sobre el asunto, un informante que a veces me ayudaba me dio ciertas luces, habló de Maria Luisa Salvatierra, cruel mujer, malvado pedazo de carne. Según me contó esta descorazonada transeúnte del planeta había amenazado varios meses atrás con llevarse varias almas puras en venganza por haber sido víctima de los hombres, su odio eterno, lo iba a pagar con cinco infantes a los cuales no los dejaría desarrollarse para poder herir a las mujeres en su adultez.
“Menuda cretinada”, pensé para mi, “eliminar pequeños para que al crecer no puedan hacer de las suyas”. Me quedé callado para no preocupar a Tina, le dije que íbamos a resolver el asunto, que todo era cuestión de tener un poco de calma, que debía creer en mi, que para eso estaba allí, que para eso estamos los superhéroes. Ella sin entender de que hablaba pero poseída por la angustia me dijo que sus padres me pagarían, que me darían todo con tal que rescatara sano y salvo al querubín de la familia. Sonriendo le informé que yo no cobro por salvar, que está en mi, que de eso me alimento, que allí crezco, me hago, me multiplico, no hay que darme nada a cambio, quizás algo de gratitud, pero eso nunca lo digo, me lo reservo.
Había un solo lugar donde la macabra Maria Luisa y sus secuaces podían haber llevado a los niñitos engañados, un lugar donde se quedarían tranquilos hasta ser dormidos para siempre, enviados de golpe a la eternidad. Se trataba de una especie de parque de diversiones, feria de comida, sala de juegos, un espacio para divertirse. Allí los pequeñuelos se sentirían tranquilos y acompañados por sus maestras, nunca sospecharían que su fin se acercaba. Subido en mi carro, con mi perro Alerón a mi lado y Tina casi en trance en la parte de atrás me comía los pedazos de asfalto para llegar con rapidez al lugar siniestro.
Le pedí a Tina que me esperara afuera, pues las maestras del mal le conocían, yo simplemente era un don nadie más dentro de la masa que se entretenía. Caminé tratando de localizar al grupo de niños, sin aval, no les veía por ninguna parte, pregunté y nadie supo responderme. La vida tiene momentos donde la desesperación nos domina, sino somos capaces de sentarnos a pensar por siquiera dos minutos y armar el rompecabezas en nuestras mentes las decisiones que tomamos usualmente descansan tres metros bajo tierra. Me compré una Coca-Cola y me puse a jugar algún video juego, mi mente voló con la gracia de los dibujos animados, pensé como podía pensar una mente siniestra como la de Maria Luisa, por unos minutos sentí lo que es ser de los malos.
La casa embrujada del local era famosa por sus trucos que asustaban y por los personajes que eran humanos disfrazados. Haciendo uso de mi poder de convencimiento me logré disfrazar de diablo, con cachos, tridente, cola, y por momentos creo que llegué a sentir el olor a azufre. Aprovechando el momento asusté a varias parejitas de noviecitos que utilizaban la casa del terror para hacer de las suyas, mi tridente de plástico servía de ente abusador que les cortaba la nota en que se encontraban sumidos, pero no me podía distraer, los pequeños eran mi prioridad.
El lugar algo oscuro no se prestaba para errores, sigilosamente me moví mientras sudaba con aquella vestimenta roja, buscaba algo que me hiciera sentir que los pequeñuelos estaban cerca. Montado en un pequeño trencito que recorría la mansión del horror posaba mis ojos sobre cada lugar donde podían estar escondidos, di varias vueltas sin encontrar rastro alguno, mi esperanza decaía con el pasar de los minutos. Decidí bajarme y adentrarme hacia una especie de bosque construido con material de utilería, un diablo en el bosque no es lo más común, uno de los empleados que hacía de hombre lobo me indicaba que debía salir de allí e irme al infierno.
Escapando del hombre lobo quien trató de luchar conmigo para mantener el orden en la casa embrujada terminé cayendo al piso, al subir la mirada, un grupo de niñitos se reían de mi, cinco para ser exactos. De inmediato Maria Luisa se me paró al frente y trató de seducirme como supongo hacía con todos los hombres que conocía, ella pensaba que era uno de los empleados del lugar y que simplemente con meterme un cuento chino me iría tranquilamente mientras ella culminaba con su obra trágica. Los niñitos algo asustados por mi disfraz se escondían tras un árbol de anime, Maria Luisa seguía jugando su juego para no levantar sospechas.
No hay nada peor para una mujer que no hacerle caso, en el momento en que sienten que uno ya no está detrás de ellas chillan cual tortuga herida de granada. Esto se aplica también en esos momentos en que intentan atraparlo a uno, mientras más frío se mantengan ellas perderán el control con facilidad. Maria Luisa un tanto desesperada porque yo trataba de jugar con los niños me agarraba la cola de diablo y me decía que por que no jugábamos al diablo y a la diablita, ya algo cansado de aquella burla incansable de la mujer decidí que era hora de ponerle fin a su intento de liquidar a los infantes.
Haciendo uso de mi tridente de plástico la ensarté, bueno el tridente se dobló y realmente no me quedó más remedio que darle una patada por el trasero. Maria Luisa era fuerte, y sus secuaces se abalanzaron sobre mi de inmediato, yo comencé a gritar para crear el caos dentro de la mansión del terror, mis amigos, es decir, el hombre lobo, drácula, frankenstein y otros monstruos corrieron a ayudarme, los niños pensaban que todo se trataba de un juego y reían y lloraban en medio de la confusión. En plena lucha mi careta de diablo cayó al piso y los empleados disfrazados me miraban extrañados al ver mi cara que nunca antes habían procesado, pero igual siguieron luchando con las maestras del mal hasta dejarlas rendidas en el suelo de aquella mansión del miedo.
Me subí al trencito con los cinco niñitos, pero no sin antes tener que combatir una vez más con la malvada Maria Luisa, quien con toda su fuerza me golpeó en la cabeza e hizo que me saliera del carrito. Ella siguió con los infantes, yo apenas recuperándome del golpe logré correr detrás de ellos, y haciendo uso de la cola de plástico logré lanzarla hacia los rieles en donde el trencito quedó detenido de golpe haciendo que Maria Luisa saliera volando y se abriera la frente en dos. Una vez reestablecido el orden me escabullí sin que nadie me viera.
Afuera me acerqué a Tina y sonreí, ella nuevamente insistía en querer pagarme de alguna manera, señalé la sonrisa de su hermanito, esa era mi paga por ese día, el pequeño quien no me reconocía sin mi traje de diablo se encontraba agarrado a la pierna de su hermana. Tina moviéndose hacia mi me besó, el pequeño algo celoso por el hecho me pegó una patada en la espinilla, mientras Tina volteó a reprenderlo yo escapé sin más ni menos, a desaparecerme, a seguir mi camino, mi vía solitaria pero tranquila.
A lo lejos escuché como el pequeño le decía a su hermana “Tina, Tina el diablo nos salvó”, la bella dama mirándole tiernamente y aún con su vestimenta de enfermera le dijo, “no mi amor, un ángel te ha salvado, a veces lo que llevamos por fuera no es lo que sentimos adentro”…
Friday, February 17, 2006
Friday, February 10, 2006
Letargo
Los superhéroes no amenazamos, actuamos, de eso pueden estar seguros, eso nos diferencia, con esto no quiero decir que no pensamos antes de actuar, pensamos más rápido, por ende mientras otros necesitan amenazar para pensar, yo simplemente actúo. Eso fue lo primero que aprendí cuando acepté en mi interior que debía salvar a la humanidad, o a una parte de ella, bueno más bien a unos cuantos que se metieran en problemas. Después de haber perdido a lo que años más tarde me daría cuenta era el amor de mi vida, me mantuve alejado, escondido, dolido, sin entender porqué hay heridas que nunca sanan, que permanecen intactas, que se ríen de la bondad humana. Me enfrenté a mis demonios, algunos que conocía, otros nuevos, viejos, jóvenes, astutos, sabios, tuve que buscar en lo más adentro de mis entrañas para desafiarles y conseguir un poco de paz en esas noches donde soñaba con ella.
La ciudad estaba igual a siempre, triste y agobiada, usualmente dormía horas largas para tratar de olvidar, de olvidar ese pasado que me perseguía. No le deseo a nadie tener que lidiar con el hecho de reposar tu cabeza en la almohada y saber que ella más nunca estará allí, que se ha ido, que el mundo te la robó, o quizás que tu mismo no supiste retenerla. Aún la buscaba en todos lados, en cada persona que me cruzaba en la calle, me acercaba, las tocaba, para ver una cara extraña y dura mirarme de vuelta, me excusaba, y me iba, solitario, a tratar de entender las razones, las respuestas no han llegado, pienso que nunca arribarán, el modo de aceptar las cosas es proporcionalmente igual al dolor que podemos soportar, créanme en el mercado no venden sonrisas ni felicidad, no las busquen allí.
Dudé de mi mismo, creo que ese es el peor sentimiento que se puede sufrir, no creer que existes, que no eres más que un sueño de un científico loco que te creó en una borrachera. Recuerdo aquella noche, en el techo de mi casa, contemplando la ciudad, no creía en mi persona, el hecho de saber que más nunca le vería helaba mi sangre, ni siquiera de niño lloré tanto, estaba inconsolable. Mi perro Alerón me lamía las mejillas, quitando aquellas gotas llenas de dolor, pasé horas y días de luto, se transformaron en meses, varios de ellos. Soñaba para recordar, siempre en sueños aparecía, serena y tranquila, me miraba, sonreía, luego su risa se transformaba en burla, se arrastraba por el suelo de la risa, mostraba una especie de tabla de posiciones en donde ella ganaba y yo perdía, yo trataba de explicar, de pedir una oportunidad para demostrar, ella soberbia y alzada me tiraba un beso al aire y se iba.
Despertaba gritando su nombre, mis padres corrían a mi cuarto, asustados por mis alaridos, yo sentado en mi cama, mostrando mi bien cuidado y sudoroso abdomen lloraba. Mi madre no soportaba verme así, mi padre se sentaba a mi lado y me hablaba por horas, debo confesar que no lo escuchaba, pero su presencia me calmaba, si a eso se le puede llamar calma. Mi padre inventaba historias, ustedes saben lo que es inventar cuentos para un “niño” de veinte y dos años?, yo le miraba detrás de mis ojos vidriosos y le decía que no mintiera, el solo ha tenido ojos para mi madre, el solo puede hablar de eso. Salía el sol y no quería mirarle, su aroma se había quedado en mi piel, me metía al baño a quitármelo, pero allí permanecía, hay cosas que no podemos borrar por más que intentemos, es solo cuestión de aprenderlas a llevar, hacerlas nuestras y no traicionarlas, firmar un contrato de no agresión, así hice, su olor y yo ahora convivíamos juntos.
De lo malo siempre sale algo bueno, descubrí que mis amigos a pesar de no ser superhéroes estaban allí para apoyarme, me uní a mi pequeño hermano a quien comencé a entrenar en el arte de ser superhéroe después de darme cuenta que era mi clon. Finalmente eduqué a mi perro para que se sentara en el asiento trasero del carro y mi alma conoció finalmente el dolor que causa el sentir, ese dolor que no puedes explicar, pero que tarde o temprano se diluye y te acostumbras a llevarle encima. No se va del todo, siempre queda allí impregnado, es solo que lo miras como a un farsante, no le das el crédito que el cree merecer, lo olvidas de a ratos y cuando arremete estás preparado o al menos eso te haces creer.
Sonó el teléfono, tenía días sin contestarle, sentí miedo de atender pues de escuchar esa voz de nuevo no sabría como reaccionar. Vencer los miedos es parte del crecer, ahora bien, un superhéroe con miedo es otra cosa, es pasar de lo sublime a lo ridículo, en un instante, sin derecho a revertir, sin chance a dejar de sentir. Lo dejé repicar varias veces, me paré de la cama, mis huesos crujieron, mi alma sonó, finalmente atendí, mis padres asomados en la puerta de mi cuarto celebraban como si hubiera resucitado de entre los muertos, les miré y sonreí, por primera vez en largo tiempo. Del otro lado, había una voz, por supuesto, no la que mis anhelos deseaban, pero voz al fin, otro ser humano, en su juego de las relaciones.
“Hola Poli”, dijo Gaby, Gabriela Laardner, una amiga de la infancia quien siempre me usó como papá en sus juegos de pequeña a pesar que yo siempre terminaba colocándome una capa y diciéndole que iba a salvar al mundo ante su llanto inclemente. “Finalmente atiendes” dijo la bella dama, “sabes que estamos preocupados por ti ¿no?, ¿por cierto, que tal si te paso buscando y nos tomamos algo?. Dudas, el peor enemigo del planeta, me invadieron, respiré hondo y contesté, “ok, está bien Gaby, pásame buscando”, “ese es mi Poli” gritó Gaby, mis padres del tiro salieron a celebrar, iba a pisar la calle por primera vez, acompañado, después de mis vacaciones inducidas, provocadas por eso que llaman “amor”.
Nunca he entendido porqué las personas tratan de aprovecharse cuando la guardia de un ser humano ha sido vulnerada, yo no hago esas cosas, pero Gaby tenía planes. Llegó vestida espectacular, eso debo reconocer, ella es una mujer linda, sin lugar a dudas, al subirme a su carro comenzó a coquetear, una mujer con una misión, yo apenas un superhéroe recuperándome. “Hola guapo” soltó Gaby, “hola ¿que tal?” le respondí, “ay! miren a mi Poli que lindo” dijo ella, yo simplemente bajé la mirada y me limité a mirar el camino hacia el restaurant. Cenamos, hablamos de todo un poco, claramente Gaby se insinuó, pensaba que era el momento preciso para atacar, yo estaba aún golpeado, y ella trató de suplir algo que no se puede reemplazar nunca.
No quise ser descortés, seguí el ritmo de su juego, de su intento en vano por hacerme de ella. Recordamos viejos tiempos, cuando siendo niños peleábamos por determinar que juego jugar, me acordaba de aquella vez cuando se le había caído un diente y le dije que era una bruja y ella lloró por horas por mi comentario mal intencionado, ¿que mala intención se puede tener a los seis años?. Me fui dejando llevar por la conversación, por minutos olvidaba mi pesar, en otros parecía distraído, aún buscaba su bella sonrisa en los labios de Gaby. “Entonces Poli” dijo Gaby “¿vamos a darle un chance a lo nuestro?, “¿a lo que? contesté de inmediato, “tu te volviste loca de verdad, no Gaby, ¿de que hablas?”.
Ella bajó la mirada y me dijo “bueno, yo solo intenté, disculpa, de verdad, que pena”, “no te preocupes, no hay problema” le dije mientras finalizaba mi Coca-Cola. Hay momentos donde provoca huir, desaparecer, salir corriendo sin parar hasta que tus pulmones no puedan aceptar aire y caer desmayado en algún lugar desolado. Gaby siguió hablando, para adelante y para atrás, de lo que ella hacía, ser veterinario, yo reconozco no haberle parado por un tiempo, pero luego al hablar de su trabajo en el hipódromo con los equinos, noté como su semblante cambiaba, como si algo le intrigara al hablar, sentí miedo en su voz, como si quisiera que preguntara, yo me paré de la mesa dando muestras que era hora de regresar.
Esa noche, como muchas otras, no dormí, la tentación de volver al ruedo era mucha, la voz de Gaby, temblorosa, sin lugar a dudas necesitada de ayuda, para eso estoy aquí, para salvar, sin miedos ni restricciones. Subí al techo de mi casa, con toda mi fuerza grité su nombre por última vez en mi vida, nunca supe si grité para que me escuchara y me viniera a rescatar o simplemente para mandarla lejos. En mi closet, abrí una caja plateada, muy bien pulida, con un candado, adentro mi china, mi arma fiel, esperaba para ser empuñada una vez más, mi mano temblaba, la tomé y la puse en el bolsillo trasero de mi pantalón, como había hecho desde mi infancia, de allí me fui al hipódromo.
No hay nada más placentero que una sonrisa de sorpresa, esa que esbozó Gaby al verme allí. En el hospital veterinario, los equinos se paseaban, elegantes y majestuosos. “Que haces aquí? preguntó Gaby a la vez que besaba mi mejilla, “pues nada, te vine a visitar, quería ver a la doctora en acción”, ella soltó una risa sincera, me tomó de la mano y me dijo “vamos, te muestro todo esto”, yo con sutileza solté mi mano y seguimos caminando. Cuando el tour estaba completo, nos sentamos a almorzar, para mi Gaby era la misma niña de seis años con que jugaba, para ella yo era uno de sus candidatos a papá, pero en la vida real, en el mundo de los adultos, a veces los humanos no estamos en la misma página, de esto se trata el existir, de compaginarse.
Se acercó un veterinario, algo mal encarado, “me puedo sentar?”, preguntó, yo de inmediato le extendí una silla, con ella mi mano, “encantado” le dije “bonito lugar tienen acá”. El hombre ni siquiera respondió, “Gaby estás lista?” dijo, Gaby algo incómoda dijo “si, si Juan Antonio, estoy lista”, se volteó a mirarme y dijo “Poli, te quedas un rato por aquí?, ya vuelvo, en un minutito”, yo asentí con la cabeza. Ellos salieron por la puerta, yo por la otra, les seguí, con cautela, iba sonriendo mientras hacía esto, mis facultades regresaban a mi ser. En un quirófano en donde un caballo yacía sobre la mesa operatoria había mucho movimiento, yo buscaba con afán para localizar a Gaby pero no la veía, de pronto el panorama se aclaró, en otra mesa operatoria estaba Gaby acostada, amarrada, con lágrimas en sus ojos.
Un peón que pululaba por el lugar me divisó husmeando, se acercó y dijo “quien es usted?, yo sorprendido mirando lo que no debía ver le contesté que era un veterinario invitado a ver la gran operación, debo confesar que no tenía ni puta idea de que hablaba. El peón me dijo “ah si?, cual es la clave?, “que clave?, de que hablas hermanazo?, el diminuto hombre, quizás jinete en su pasado, desenfundó una navaja y trató de cortarme, el enano no sabía que mis reflejos eran más rápidos que su vida, la navaja se clavó en un barril que contenía gasoil, sin pensarlo un codazo al coco del peón, el diminuto personaje cayó al piso, pero se puso en pie y lanzó un golpe recto a mi estómago, su puño golpeó la pared, la pared que era mi masa abdominal, el enano sorprendido trató de huir, le hice una zancadilla, y brincando sobre él lo tomé por el cabello y estrellé su cabeza contra el cemento.
El barril de gasoil me dio una idea inmediata, abrí un armario en donde encontré un tetero, supongo que para alimentar, potros recién nacidos, quien sabe, lo llené de gasoil y me escondí en un cuarto. Allí encontré todo el ropaje de los jinetes, me vestí de jinete, no se a quien pretendía engañar pero me causó gracia verme vestido así, no hay jinete que mida un metro ochenta, ese era yo, ahora jinete. Corrí de nuevo hacia el quirófano en donde habían comenzado a trabajar en la yegua, pues ahí me di cuenta que se trataba de una yegua, con precisión le extraían su útero y demás órganos circundantes, la mirada macabra de aquellos veterinarios me dijo que debía actuar rápido o Gaby estaría en problemas.
Me dirigí a una caballeriza y abrí las puertas de los establos, los animales libres corrían salvajemente, el caos se apoderó de la situación, tal cual como me gusta, el desorden al máximo, corriendo volví al quirófano en donde los veterinarios habían tenido que parar su actuación ya que los equinos corriendo por doquier estaban causando revuelo. Escondido tras la puerta me cercioré que a medida que los veterinarios salían, mi tetero lleno de gasoil los mojara, ellos distraídos por el desastre armado ni cuenta se dieron, aproveché para introducirme al quirófano y sacar a Gaby de allí, ella al verme no sabía quien era, luego entendió que me había disfrazado de jinete y solo pudo sonreír, la cargué y nos escondimos dentro de un establo.
Allí Gaby me explicó que iban a colocar su útero dentro de la yegua, todo como parte de un experimento macabro para fecundar a un humano dentro de un equino con la misión de hacerle más fuerte y crear una raza superior. La verdad no entiendo la razón de la humanidad para tratar de ir en contra de las leyes naturales, en vez de preocuparnos por esas pendejadas deberíamos resolver otros problemas, crear un mundo en donde se pueda vivir, ser libres, capaces, poder desarrollarnos plenamente, pero no joder la existencia de una pobre muchacha por el afán de jugar a ser Dios. “Van a venir por nosotros” me dijo Gaby, “vete Poli, por favor, ya yo acepté que este es mi destino”, la miré como suelo hacer, “el destino no existe, y te lo voy a probar aquí mismo, tomamos decisiones y eso lo queremos llamar destino, una simple respuesta auto complaciente para sentirnos mejor cuando las cosas nos pasan, mi decisión es quedarme aquí, contigo, y por eso lo que llamas destino va a cambiar, tu no vas a ser parte de esta locura, así que esta vez yo digo que juego vamos a jugar.”
En ese instante se abrieron las puertas del establo, los tres veterinarios armados sonrieron confiados que su plan se iba a cumplir a cabalidad. “Tu, imbécil, el vestido de jinete, payaso de pueblo, párate de ahí” gritó uno de los hombres, otro de ellos tomó a Gaby por el brazo. Yo dije “miren, a mi nadie me dice payaso de pueblo, yo solo se que mejor nos dejan ir, dejan de hacer sus experimentos idiotas, y aquí no ha pasado nada”, los hombres soltaron la carcajada y profirieron unos cuantos insultos más, “escuchen sino nos dejan ir los voy a prender vivos”, uno de ellos dijo “nos estás amenazando? payasete?, en el acto solté un fósforo al aire, al contacto con la ropa de uno de los veterinarios se prendieron pues estaban impregnados de gasoil, los hombres quemándose vivos se lanzaban a unos barriles de agua, tomé a Gaby por la mano, no sin antes decirles a los verdaderos payasos de la historia “yo no amenazo, actúo, acuérdense siempre de eso.”
Corriendo por la pista del hipódromo llevaba a Gaby agarrada de la mano, como dos niños jugábamos a los caballos de carrera, al llegar a la meta, la cruzamos juntos, la foto no reveló ganador, iguales, equilibrados, ella me miró con ojos de nostalgia, yo sonreí, la besé en la frente, agradecí su empuje para sacarme del letargo, y me fui, caminando, solo, conmigo mismo, como siempre hice, si bien es cierto que la recordé, mi interior aceptó que yo no temo a nada, que tampoco amenazo, que por si no lo saben, les vuelvo a repetir, actúo...
La ciudad estaba igual a siempre, triste y agobiada, usualmente dormía horas largas para tratar de olvidar, de olvidar ese pasado que me perseguía. No le deseo a nadie tener que lidiar con el hecho de reposar tu cabeza en la almohada y saber que ella más nunca estará allí, que se ha ido, que el mundo te la robó, o quizás que tu mismo no supiste retenerla. Aún la buscaba en todos lados, en cada persona que me cruzaba en la calle, me acercaba, las tocaba, para ver una cara extraña y dura mirarme de vuelta, me excusaba, y me iba, solitario, a tratar de entender las razones, las respuestas no han llegado, pienso que nunca arribarán, el modo de aceptar las cosas es proporcionalmente igual al dolor que podemos soportar, créanme en el mercado no venden sonrisas ni felicidad, no las busquen allí.
Dudé de mi mismo, creo que ese es el peor sentimiento que se puede sufrir, no creer que existes, que no eres más que un sueño de un científico loco que te creó en una borrachera. Recuerdo aquella noche, en el techo de mi casa, contemplando la ciudad, no creía en mi persona, el hecho de saber que más nunca le vería helaba mi sangre, ni siquiera de niño lloré tanto, estaba inconsolable. Mi perro Alerón me lamía las mejillas, quitando aquellas gotas llenas de dolor, pasé horas y días de luto, se transformaron en meses, varios de ellos. Soñaba para recordar, siempre en sueños aparecía, serena y tranquila, me miraba, sonreía, luego su risa se transformaba en burla, se arrastraba por el suelo de la risa, mostraba una especie de tabla de posiciones en donde ella ganaba y yo perdía, yo trataba de explicar, de pedir una oportunidad para demostrar, ella soberbia y alzada me tiraba un beso al aire y se iba.
Despertaba gritando su nombre, mis padres corrían a mi cuarto, asustados por mis alaridos, yo sentado en mi cama, mostrando mi bien cuidado y sudoroso abdomen lloraba. Mi madre no soportaba verme así, mi padre se sentaba a mi lado y me hablaba por horas, debo confesar que no lo escuchaba, pero su presencia me calmaba, si a eso se le puede llamar calma. Mi padre inventaba historias, ustedes saben lo que es inventar cuentos para un “niño” de veinte y dos años?, yo le miraba detrás de mis ojos vidriosos y le decía que no mintiera, el solo ha tenido ojos para mi madre, el solo puede hablar de eso. Salía el sol y no quería mirarle, su aroma se había quedado en mi piel, me metía al baño a quitármelo, pero allí permanecía, hay cosas que no podemos borrar por más que intentemos, es solo cuestión de aprenderlas a llevar, hacerlas nuestras y no traicionarlas, firmar un contrato de no agresión, así hice, su olor y yo ahora convivíamos juntos.
De lo malo siempre sale algo bueno, descubrí que mis amigos a pesar de no ser superhéroes estaban allí para apoyarme, me uní a mi pequeño hermano a quien comencé a entrenar en el arte de ser superhéroe después de darme cuenta que era mi clon. Finalmente eduqué a mi perro para que se sentara en el asiento trasero del carro y mi alma conoció finalmente el dolor que causa el sentir, ese dolor que no puedes explicar, pero que tarde o temprano se diluye y te acostumbras a llevarle encima. No se va del todo, siempre queda allí impregnado, es solo que lo miras como a un farsante, no le das el crédito que el cree merecer, lo olvidas de a ratos y cuando arremete estás preparado o al menos eso te haces creer.
Sonó el teléfono, tenía días sin contestarle, sentí miedo de atender pues de escuchar esa voz de nuevo no sabría como reaccionar. Vencer los miedos es parte del crecer, ahora bien, un superhéroe con miedo es otra cosa, es pasar de lo sublime a lo ridículo, en un instante, sin derecho a revertir, sin chance a dejar de sentir. Lo dejé repicar varias veces, me paré de la cama, mis huesos crujieron, mi alma sonó, finalmente atendí, mis padres asomados en la puerta de mi cuarto celebraban como si hubiera resucitado de entre los muertos, les miré y sonreí, por primera vez en largo tiempo. Del otro lado, había una voz, por supuesto, no la que mis anhelos deseaban, pero voz al fin, otro ser humano, en su juego de las relaciones.
“Hola Poli”, dijo Gaby, Gabriela Laardner, una amiga de la infancia quien siempre me usó como papá en sus juegos de pequeña a pesar que yo siempre terminaba colocándome una capa y diciéndole que iba a salvar al mundo ante su llanto inclemente. “Finalmente atiendes” dijo la bella dama, “sabes que estamos preocupados por ti ¿no?, ¿por cierto, que tal si te paso buscando y nos tomamos algo?. Dudas, el peor enemigo del planeta, me invadieron, respiré hondo y contesté, “ok, está bien Gaby, pásame buscando”, “ese es mi Poli” gritó Gaby, mis padres del tiro salieron a celebrar, iba a pisar la calle por primera vez, acompañado, después de mis vacaciones inducidas, provocadas por eso que llaman “amor”.
Nunca he entendido porqué las personas tratan de aprovecharse cuando la guardia de un ser humano ha sido vulnerada, yo no hago esas cosas, pero Gaby tenía planes. Llegó vestida espectacular, eso debo reconocer, ella es una mujer linda, sin lugar a dudas, al subirme a su carro comenzó a coquetear, una mujer con una misión, yo apenas un superhéroe recuperándome. “Hola guapo” soltó Gaby, “hola ¿que tal?” le respondí, “ay! miren a mi Poli que lindo” dijo ella, yo simplemente bajé la mirada y me limité a mirar el camino hacia el restaurant. Cenamos, hablamos de todo un poco, claramente Gaby se insinuó, pensaba que era el momento preciso para atacar, yo estaba aún golpeado, y ella trató de suplir algo que no se puede reemplazar nunca.
No quise ser descortés, seguí el ritmo de su juego, de su intento en vano por hacerme de ella. Recordamos viejos tiempos, cuando siendo niños peleábamos por determinar que juego jugar, me acordaba de aquella vez cuando se le había caído un diente y le dije que era una bruja y ella lloró por horas por mi comentario mal intencionado, ¿que mala intención se puede tener a los seis años?. Me fui dejando llevar por la conversación, por minutos olvidaba mi pesar, en otros parecía distraído, aún buscaba su bella sonrisa en los labios de Gaby. “Entonces Poli” dijo Gaby “¿vamos a darle un chance a lo nuestro?, “¿a lo que? contesté de inmediato, “tu te volviste loca de verdad, no Gaby, ¿de que hablas?”.
Ella bajó la mirada y me dijo “bueno, yo solo intenté, disculpa, de verdad, que pena”, “no te preocupes, no hay problema” le dije mientras finalizaba mi Coca-Cola. Hay momentos donde provoca huir, desaparecer, salir corriendo sin parar hasta que tus pulmones no puedan aceptar aire y caer desmayado en algún lugar desolado. Gaby siguió hablando, para adelante y para atrás, de lo que ella hacía, ser veterinario, yo reconozco no haberle parado por un tiempo, pero luego al hablar de su trabajo en el hipódromo con los equinos, noté como su semblante cambiaba, como si algo le intrigara al hablar, sentí miedo en su voz, como si quisiera que preguntara, yo me paré de la mesa dando muestras que era hora de regresar.
Esa noche, como muchas otras, no dormí, la tentación de volver al ruedo era mucha, la voz de Gaby, temblorosa, sin lugar a dudas necesitada de ayuda, para eso estoy aquí, para salvar, sin miedos ni restricciones. Subí al techo de mi casa, con toda mi fuerza grité su nombre por última vez en mi vida, nunca supe si grité para que me escuchara y me viniera a rescatar o simplemente para mandarla lejos. En mi closet, abrí una caja plateada, muy bien pulida, con un candado, adentro mi china, mi arma fiel, esperaba para ser empuñada una vez más, mi mano temblaba, la tomé y la puse en el bolsillo trasero de mi pantalón, como había hecho desde mi infancia, de allí me fui al hipódromo.
No hay nada más placentero que una sonrisa de sorpresa, esa que esbozó Gaby al verme allí. En el hospital veterinario, los equinos se paseaban, elegantes y majestuosos. “Que haces aquí? preguntó Gaby a la vez que besaba mi mejilla, “pues nada, te vine a visitar, quería ver a la doctora en acción”, ella soltó una risa sincera, me tomó de la mano y me dijo “vamos, te muestro todo esto”, yo con sutileza solté mi mano y seguimos caminando. Cuando el tour estaba completo, nos sentamos a almorzar, para mi Gaby era la misma niña de seis años con que jugaba, para ella yo era uno de sus candidatos a papá, pero en la vida real, en el mundo de los adultos, a veces los humanos no estamos en la misma página, de esto se trata el existir, de compaginarse.
Se acercó un veterinario, algo mal encarado, “me puedo sentar?”, preguntó, yo de inmediato le extendí una silla, con ella mi mano, “encantado” le dije “bonito lugar tienen acá”. El hombre ni siquiera respondió, “Gaby estás lista?” dijo, Gaby algo incómoda dijo “si, si Juan Antonio, estoy lista”, se volteó a mirarme y dijo “Poli, te quedas un rato por aquí?, ya vuelvo, en un minutito”, yo asentí con la cabeza. Ellos salieron por la puerta, yo por la otra, les seguí, con cautela, iba sonriendo mientras hacía esto, mis facultades regresaban a mi ser. En un quirófano en donde un caballo yacía sobre la mesa operatoria había mucho movimiento, yo buscaba con afán para localizar a Gaby pero no la veía, de pronto el panorama se aclaró, en otra mesa operatoria estaba Gaby acostada, amarrada, con lágrimas en sus ojos.
Un peón que pululaba por el lugar me divisó husmeando, se acercó y dijo “quien es usted?, yo sorprendido mirando lo que no debía ver le contesté que era un veterinario invitado a ver la gran operación, debo confesar que no tenía ni puta idea de que hablaba. El peón me dijo “ah si?, cual es la clave?, “que clave?, de que hablas hermanazo?, el diminuto hombre, quizás jinete en su pasado, desenfundó una navaja y trató de cortarme, el enano no sabía que mis reflejos eran más rápidos que su vida, la navaja se clavó en un barril que contenía gasoil, sin pensarlo un codazo al coco del peón, el diminuto personaje cayó al piso, pero se puso en pie y lanzó un golpe recto a mi estómago, su puño golpeó la pared, la pared que era mi masa abdominal, el enano sorprendido trató de huir, le hice una zancadilla, y brincando sobre él lo tomé por el cabello y estrellé su cabeza contra el cemento.
El barril de gasoil me dio una idea inmediata, abrí un armario en donde encontré un tetero, supongo que para alimentar, potros recién nacidos, quien sabe, lo llené de gasoil y me escondí en un cuarto. Allí encontré todo el ropaje de los jinetes, me vestí de jinete, no se a quien pretendía engañar pero me causó gracia verme vestido así, no hay jinete que mida un metro ochenta, ese era yo, ahora jinete. Corrí de nuevo hacia el quirófano en donde habían comenzado a trabajar en la yegua, pues ahí me di cuenta que se trataba de una yegua, con precisión le extraían su útero y demás órganos circundantes, la mirada macabra de aquellos veterinarios me dijo que debía actuar rápido o Gaby estaría en problemas.
Me dirigí a una caballeriza y abrí las puertas de los establos, los animales libres corrían salvajemente, el caos se apoderó de la situación, tal cual como me gusta, el desorden al máximo, corriendo volví al quirófano en donde los veterinarios habían tenido que parar su actuación ya que los equinos corriendo por doquier estaban causando revuelo. Escondido tras la puerta me cercioré que a medida que los veterinarios salían, mi tetero lleno de gasoil los mojara, ellos distraídos por el desastre armado ni cuenta se dieron, aproveché para introducirme al quirófano y sacar a Gaby de allí, ella al verme no sabía quien era, luego entendió que me había disfrazado de jinete y solo pudo sonreír, la cargué y nos escondimos dentro de un establo.
Allí Gaby me explicó que iban a colocar su útero dentro de la yegua, todo como parte de un experimento macabro para fecundar a un humano dentro de un equino con la misión de hacerle más fuerte y crear una raza superior. La verdad no entiendo la razón de la humanidad para tratar de ir en contra de las leyes naturales, en vez de preocuparnos por esas pendejadas deberíamos resolver otros problemas, crear un mundo en donde se pueda vivir, ser libres, capaces, poder desarrollarnos plenamente, pero no joder la existencia de una pobre muchacha por el afán de jugar a ser Dios. “Van a venir por nosotros” me dijo Gaby, “vete Poli, por favor, ya yo acepté que este es mi destino”, la miré como suelo hacer, “el destino no existe, y te lo voy a probar aquí mismo, tomamos decisiones y eso lo queremos llamar destino, una simple respuesta auto complaciente para sentirnos mejor cuando las cosas nos pasan, mi decisión es quedarme aquí, contigo, y por eso lo que llamas destino va a cambiar, tu no vas a ser parte de esta locura, así que esta vez yo digo que juego vamos a jugar.”
En ese instante se abrieron las puertas del establo, los tres veterinarios armados sonrieron confiados que su plan se iba a cumplir a cabalidad. “Tu, imbécil, el vestido de jinete, payaso de pueblo, párate de ahí” gritó uno de los hombres, otro de ellos tomó a Gaby por el brazo. Yo dije “miren, a mi nadie me dice payaso de pueblo, yo solo se que mejor nos dejan ir, dejan de hacer sus experimentos idiotas, y aquí no ha pasado nada”, los hombres soltaron la carcajada y profirieron unos cuantos insultos más, “escuchen sino nos dejan ir los voy a prender vivos”, uno de ellos dijo “nos estás amenazando? payasete?, en el acto solté un fósforo al aire, al contacto con la ropa de uno de los veterinarios se prendieron pues estaban impregnados de gasoil, los hombres quemándose vivos se lanzaban a unos barriles de agua, tomé a Gaby por la mano, no sin antes decirles a los verdaderos payasos de la historia “yo no amenazo, actúo, acuérdense siempre de eso.”
Corriendo por la pista del hipódromo llevaba a Gaby agarrada de la mano, como dos niños jugábamos a los caballos de carrera, al llegar a la meta, la cruzamos juntos, la foto no reveló ganador, iguales, equilibrados, ella me miró con ojos de nostalgia, yo sonreí, la besé en la frente, agradecí su empuje para sacarme del letargo, y me fui, caminando, solo, conmigo mismo, como siempre hice, si bien es cierto que la recordé, mi interior aceptó que yo no temo a nada, que tampoco amenazo, que por si no lo saben, les vuelvo a repetir, actúo...
Friday, February 03, 2006
Baúl
En uno de esos días monótonos decidí abrir un cajón en donde guardaba recuerdos. Confieso que llevaba más de diez años sin abrirle, quizás por temor a encontrar ciertos olores que me trasladaran a tiempos pasados, tiempos de grandes hazañas, tiempos dorados. Hay golpes físicos, que sanan en la medida de su gravedad, hay otros etéreos que no tienen solución, se aprende a vivir con ellos o se sufre de por vida. Dentro del baúl, y como suele suceder en ese tipo de almacenes personales, había un sin fin de elementos variados que recolecté a lo largo del tiempo, de un tiempo que no existe pero que hace mella en nuestras almas, que nos recuerda con su pasar silente que no somos infinitos, más bien que simplemente somos un pedacito.
Me armé de valor, lo pensé nuevamente, di vueltas en círculo en mi desordenado cubículo, volví a tomar fuerzas y lo abrí. Hay sensaciones que no se pueden describir, pues no pertenecen al manual de sentires humanos, no las ha descubierto nadie, y de haber sido destapadas pues cada una lleva un sabor distinto pues así somos, diferentes, lo que para mi es verde o huele jazmín, para el otro puede ser azul y oler a rosas. Pero no es tan simple, quizás trato de poner en idioma humano aquello que solo entienden las almas, y si lo humanos tenemos almas por qué no las entendemos?, creo se nos olvida que somos más que carne y hueso, nos llenamos del exterior cuando la realidad es que valemos dentro.
Supuse que mi mente iba a volar con una rapidez inigualable, de hecho lo hizo, soy así, libre y sin ataduras, soy un superhéroe más. No quise hurgar mucho, al frente mío estaba un viejo libro, uno que me presentaron como obsequio en una de mis tantas batallas libradas, su vieja y empolvada carátula pedía a gritos limpieza, sus hojas desgastadas por la vida se llenaban de sabiduría con el pasar de un segundo. Tomo el libro en mis manos y lo desempolvo, cierro el cajón, he encontrado lo que he venido a buscar, me pongo cómodo en mi gastada silla de madera, sonrío pues me acuerdo de aquellos días, un sorbo de Coca-Cola me pasa frío, abro la primera página, allí una dedicatoria simple, "para mi amigo Policarpio, sueña!, Nabor Semprún".
Nabor murió hace unos años atrás, la noticia me llegó en una carta sucia y remojada, es la cadena a que estamos atados, nunca posible de librar, es el precio que tenemos que pagar por existir en este lugar. Eso me hace revivir dolores extraños, con delicadeza pongo el libro a un lado, suena el teléfono, es una amiga, una de esas que ve que su vida se escapa y no llega su príncipe azul, ese día no tengo paciencia, le recuerdo que no llevo capa ni tengo un caballo blanco, su insistencia me fastidia, pero eso lo guardo para mi, el herir no es caballeroso, menos a una dama, me marea con sus cotidianeidades, yo le sigo la corriente, finalmente me dice que tiene una fiesta esa noche, no desea ir sola, es mal visto en sociedad, según sus palabras, lo pide como un favor, ella sabe que los favores son mi fuerte, se aprovecha y acepto.
Antes de salir de la casa, meto el libro de Nabor en mi bolsillo, en mi carro con Alerón a mi lado me paseo por Caracas, dando tiempo a que mi amiga se acicale. Llego a su casa, debo entrar, saludar a sus padres quienes insisten en frente de ella que yo soy el hombre ideal, me da pena por mi amiga, para demostrar que no soy tan ideal me meto el dedo en la nariz, la jurungo hasta el fondo. Los padres de mi amiga se retuercen de la risa, para ellos hasta mi manera de sacarme los mocos es ideal, no entiendo si es que se quieren liberar de ella, o simplemente que temen que la sociedad les pregunte por su hija solterona, solterona a los treinta años, que absurdo ese concepto. Melissa, así se llama mi amiga, aparece radiante, ella hace lo posible por captar mi atención, varias veces le he dicho que yo claramente no soy la opción.
Me cuesta un trabajo terrible convencer a Alerón que se mueva a la parte de atrás del carro, este perro es testarudo, finalmente lo convenzo y paseo por Caracas, con princesa a mi lado, y un perro alborotado, llego al sitio de la fiesta, me estaciono y nos bajamos. Alerón le ha soltado el moño a Melissa, ella quiere asesinar a mi perro, ahora es ella quien no quiere entrar a la fiesta, pero su cabello se ve mejor todo suelto, la convenzo de que es así, ella cree en mi persona, finalmente entramos. Una recepción como cualquier otra, llena de opulencia y superficialidades, yo pongo cara de idiota y sonrío por doquier, me confundo entre la gente, me mimetizo, mantengo el contacto con la mirada de Melissa, ella necesita saber que estoy ahí, de pronto me aburro, una vieja habla de sus cirugías plásticas, otro de sus acciones en la bolsa, carros nuevos y viajes, me disculpo vuelvo a mirar a mi amiga, ella sonríe, de un brinco me meto detrás del bar, de allí me voy a la mesa más alejada, me escondo bajo de ella, me suelto la corbata, y saco el libro de Nabor.
Comienzo a leer, el capítulo número cinco, es el que más me gusta, esta historia no la viví pero quisiera compartirla. Paso las dos primeras páginas del capítulo, es que me las se de memoria, llego al punto que quiero leer, me concentro, ya no escucho la música, las voces se diluyen con las letras del viejo libro. Melissa debe estar buscándome por todos lados, confieso disfrutar su desesperación, no es maldad, es simplemente que ella como muchos no ha aprendido a valerse por si sola, no confía en sus capacidades, se menosprecia sin saberlo. Vuelvo a poner mi atención en el libro, Melissa puede esperar, que baile, o hable de modas o cualquier cosa, yo fijo la mirada en esas letras borrosas y me traslado.
"Eran días como todos, la humanidad no había cambiado, se debatían entre la realidad y lo esperado, siempre buscando ese punto anhelado en donde la paz y la tranquilidad reinaran desde tiempos pasados. El futuro se veía algo incierto, es esa habilidad que tenemos para preocuparnos por el mañana sin saber siquiera que va a pasar hoy, dudas inmensas invaden nuestros seres, y no sabemos por donde comenzar, créanme es difícil dar un paso si estamos mirando donde vamos a dar los otros diez que nos faltan. Un joven entró a la tienda, llevaba una pequeña bolsa azul, de terciopelo, con una cinta dorada amarrada en su punta. Me la entregó y la clasifiqué de inmediato, me muevo hacia la caja registradora y saco unas monedas, se las entrego, en su cara se ve la decepción del momento, yo solo hago mi trabajo."
"Si tan solo creyéramos un poco más en nosotros pues nos sería más fácil creer en los demás, es solo que nos enseñan a tener miedo desde pequeños, en pocos años somos una enredadera de de temores que nos limitan por doquier. Algunos los superan, otros viven inmersos en ellos a lo largo de su existencia, los arrastran y los siembran, los distribuyen a la entera raza humana, nos discapacitamos a diario, frenamos ante cualquier situación que no hemos enfrentado, nos escondemos, en una madriguera sin salida, en la oscuridad, los rayos del sol se vuelven el enemigo, no crecemos, no seguimos, sin lugar a dudas nos volvemos mezquinos."
"Tocó la puerta, era un señor de avanzada edad, en su mano, una bolsita, de tul roja, con un lazo plateado, sonrío y la entregó. Miró la vitrina, con cautela sopesó su decisión, evaluó, y pidió una pequeña bolsita de color naranja. En la balanza coloqué las dos bolsitas, la naranja era más pesada, el anciano sacó de su bolsillo otra pequeña bolsa color turquesa, la colocó en la balanza y todo se equilibró, tomó su bolsita color naranja y se despidió. Aquel hombre llevaba tristeza en sus ojos, el cambio era algo necesario, o quizás producto del cansancio que determina el existir. De inmediato entró un niño, llevaba una bolsa grande de color marrón, parecía de cuero, pero no lo era, apenas llegaba al mostrador, se elevó en sus talones, y colocó la bolsa en el vidrio, señaló una bolsa felpuda, de tamaño normal, igualmente colocó unas monedas sobre el vidrio, le entregué la bolsa felpuda, tomé la bolsa entregada por el infante y me retiré a tomar mi almuerzo".
"Están en todos lados, no distingue de edades, todos los llevamos, se convierten en parte integral de nuestro ser. Si solo tuviéramos el necesario valor para sacarles de su envoltura, si solo pudiéramos imaginarles por segundos, tan solo unos segundos, les haríamos nacer, quizás hasta crecer. Hay quienes los viven, hay quienes los lloran, hay otros que los guardan, los atesoran, los coartan, los alaban, los molestan, los describen, los pintan, los escriben, los comparten, pero viven en un mundo paralelo, muy tranquilos, sopesados, sin dueño real, ni título que entregar, pero por sobre todo nunca mueren."
"Caminó aburrido, arrastrando sus pies, con la mirada abajo, sus ropas no eran claras, sus mejillas algo mojadas. Se detuvo al cruzar la puerta, parecía meditando, observaba a todos lados, aceptó su condena y se dirigió al mostrador. De su bolsillo sacó una pequeña y artesanal bolsita, con dibujos estampados, la miró, la levantó en su mano, le dio un último adiós, me la entregó, la coloqué en la balanza y la misma se hundió, saqué una cuenta rápida y no supe que hacer, le ofrecí toda la tienda, todas las bolsitas y las monedas allí encontradas. El hombre con mirada fuerte levantó su mano en señal que no deseaba nada a cambio, se volteó y desapareció".
"Ser el director de una tienda de empeño de sueños no es tarea fácil, la gente entra y sale, desean que sus sueños sean pagados por cuanto valen, a veces protestan, a veces se alegran, es un riesgo que toman, yo simplemente soy el instrumento entre el mundo de los sueños y la realidad, nada más que eso, otras personas se llevan tus sueños y los viven por ti, perdón los viven por ellos, el tuyo lo dejaste aquí, en mi tienda, en la tienda de todos, lo perdiste, y es posible que al volver ya no se encuentre, son decisiones que se toman, que marcan nuestro andar, yo vuelvo y repito, solo sirvo mi misión, yo no doy, yo no quito, solo entrego y recibo, soy un simple peón de la mente humana, un intermediario de la razón."
Cierro el libro, y es entonces cuando recuerdo como murió Nabor, aquel hombre de mirada fuerte le asesinó, al ver su sueño hecho realidad, pero en carne de otros. Aquel individuo entregó aquel día su anhelo, el deseo de vender al mundo, al planeta, con humanos, con el bien y con el mal, con tristezas y alegrías, con desastres y logros. Otro compró ese sueño, más bien quizás simplemente lo cambió, o lo robó, eso nunca se sabrá pues Nabor no está para contarlo. Salgo de abajo de la mesa, la fiesta sigue en pleno esplendor, doy unas vueltas, vuelto a establecer contacto con los ojos de Melissa, no ha notado mi ausencia, me sonríe, me le acerco y le pregunto "oye Meli cual es tu sueño?, ella me mira extrañada, mi pregunta no tiene sentido, ni bases, ni motivos, ni está hecha en el momento adecuado, en el lugar equivocado, ella no sabe que decir, ella como otros ha dejado sus sueños en una casa de empeño de sueños y por eso no los puede realizar, son de otros y ella los anhela, es que no se ha dado cuenta que les ha dejado ir, que en una bolsita los metió y los dio en adopción.
Me sonrío, Melissa hace lo mismo, ella cree que su sueño está parado frente a ella, me retiro y me voy, no soy sueño, no soy nada, soy uno más, con defectos y virtudes. Salgo de la fiesta y me meto la mano en el bolsillo, allí llevo una pequeña bolsita de fieltro verde, la saco, la miro, me vuelvo a reír, Alerón ladra desde el carro, y me vuelvo a repetir, es que nunca he dejado de soñar, y el mío ahí guardado espera por su tiempo, por su hora, por su día, muy tranquilo y paciente, es solo cuestión de que yo esté presente…
Me armé de valor, lo pensé nuevamente, di vueltas en círculo en mi desordenado cubículo, volví a tomar fuerzas y lo abrí. Hay sensaciones que no se pueden describir, pues no pertenecen al manual de sentires humanos, no las ha descubierto nadie, y de haber sido destapadas pues cada una lleva un sabor distinto pues así somos, diferentes, lo que para mi es verde o huele jazmín, para el otro puede ser azul y oler a rosas. Pero no es tan simple, quizás trato de poner en idioma humano aquello que solo entienden las almas, y si lo humanos tenemos almas por qué no las entendemos?, creo se nos olvida que somos más que carne y hueso, nos llenamos del exterior cuando la realidad es que valemos dentro.
Supuse que mi mente iba a volar con una rapidez inigualable, de hecho lo hizo, soy así, libre y sin ataduras, soy un superhéroe más. No quise hurgar mucho, al frente mío estaba un viejo libro, uno que me presentaron como obsequio en una de mis tantas batallas libradas, su vieja y empolvada carátula pedía a gritos limpieza, sus hojas desgastadas por la vida se llenaban de sabiduría con el pasar de un segundo. Tomo el libro en mis manos y lo desempolvo, cierro el cajón, he encontrado lo que he venido a buscar, me pongo cómodo en mi gastada silla de madera, sonrío pues me acuerdo de aquellos días, un sorbo de Coca-Cola me pasa frío, abro la primera página, allí una dedicatoria simple, "para mi amigo Policarpio, sueña!, Nabor Semprún".
Nabor murió hace unos años atrás, la noticia me llegó en una carta sucia y remojada, es la cadena a que estamos atados, nunca posible de librar, es el precio que tenemos que pagar por existir en este lugar. Eso me hace revivir dolores extraños, con delicadeza pongo el libro a un lado, suena el teléfono, es una amiga, una de esas que ve que su vida se escapa y no llega su príncipe azul, ese día no tengo paciencia, le recuerdo que no llevo capa ni tengo un caballo blanco, su insistencia me fastidia, pero eso lo guardo para mi, el herir no es caballeroso, menos a una dama, me marea con sus cotidianeidades, yo le sigo la corriente, finalmente me dice que tiene una fiesta esa noche, no desea ir sola, es mal visto en sociedad, según sus palabras, lo pide como un favor, ella sabe que los favores son mi fuerte, se aprovecha y acepto.
Antes de salir de la casa, meto el libro de Nabor en mi bolsillo, en mi carro con Alerón a mi lado me paseo por Caracas, dando tiempo a que mi amiga se acicale. Llego a su casa, debo entrar, saludar a sus padres quienes insisten en frente de ella que yo soy el hombre ideal, me da pena por mi amiga, para demostrar que no soy tan ideal me meto el dedo en la nariz, la jurungo hasta el fondo. Los padres de mi amiga se retuercen de la risa, para ellos hasta mi manera de sacarme los mocos es ideal, no entiendo si es que se quieren liberar de ella, o simplemente que temen que la sociedad les pregunte por su hija solterona, solterona a los treinta años, que absurdo ese concepto. Melissa, así se llama mi amiga, aparece radiante, ella hace lo posible por captar mi atención, varias veces le he dicho que yo claramente no soy la opción.
Me cuesta un trabajo terrible convencer a Alerón que se mueva a la parte de atrás del carro, este perro es testarudo, finalmente lo convenzo y paseo por Caracas, con princesa a mi lado, y un perro alborotado, llego al sitio de la fiesta, me estaciono y nos bajamos. Alerón le ha soltado el moño a Melissa, ella quiere asesinar a mi perro, ahora es ella quien no quiere entrar a la fiesta, pero su cabello se ve mejor todo suelto, la convenzo de que es así, ella cree en mi persona, finalmente entramos. Una recepción como cualquier otra, llena de opulencia y superficialidades, yo pongo cara de idiota y sonrío por doquier, me confundo entre la gente, me mimetizo, mantengo el contacto con la mirada de Melissa, ella necesita saber que estoy ahí, de pronto me aburro, una vieja habla de sus cirugías plásticas, otro de sus acciones en la bolsa, carros nuevos y viajes, me disculpo vuelvo a mirar a mi amiga, ella sonríe, de un brinco me meto detrás del bar, de allí me voy a la mesa más alejada, me escondo bajo de ella, me suelto la corbata, y saco el libro de Nabor.
Comienzo a leer, el capítulo número cinco, es el que más me gusta, esta historia no la viví pero quisiera compartirla. Paso las dos primeras páginas del capítulo, es que me las se de memoria, llego al punto que quiero leer, me concentro, ya no escucho la música, las voces se diluyen con las letras del viejo libro. Melissa debe estar buscándome por todos lados, confieso disfrutar su desesperación, no es maldad, es simplemente que ella como muchos no ha aprendido a valerse por si sola, no confía en sus capacidades, se menosprecia sin saberlo. Vuelvo a poner mi atención en el libro, Melissa puede esperar, que baile, o hable de modas o cualquier cosa, yo fijo la mirada en esas letras borrosas y me traslado.
"Eran días como todos, la humanidad no había cambiado, se debatían entre la realidad y lo esperado, siempre buscando ese punto anhelado en donde la paz y la tranquilidad reinaran desde tiempos pasados. El futuro se veía algo incierto, es esa habilidad que tenemos para preocuparnos por el mañana sin saber siquiera que va a pasar hoy, dudas inmensas invaden nuestros seres, y no sabemos por donde comenzar, créanme es difícil dar un paso si estamos mirando donde vamos a dar los otros diez que nos faltan. Un joven entró a la tienda, llevaba una pequeña bolsa azul, de terciopelo, con una cinta dorada amarrada en su punta. Me la entregó y la clasifiqué de inmediato, me muevo hacia la caja registradora y saco unas monedas, se las entrego, en su cara se ve la decepción del momento, yo solo hago mi trabajo."
"Si tan solo creyéramos un poco más en nosotros pues nos sería más fácil creer en los demás, es solo que nos enseñan a tener miedo desde pequeños, en pocos años somos una enredadera de de temores que nos limitan por doquier. Algunos los superan, otros viven inmersos en ellos a lo largo de su existencia, los arrastran y los siembran, los distribuyen a la entera raza humana, nos discapacitamos a diario, frenamos ante cualquier situación que no hemos enfrentado, nos escondemos, en una madriguera sin salida, en la oscuridad, los rayos del sol se vuelven el enemigo, no crecemos, no seguimos, sin lugar a dudas nos volvemos mezquinos."
"Tocó la puerta, era un señor de avanzada edad, en su mano, una bolsita, de tul roja, con un lazo plateado, sonrío y la entregó. Miró la vitrina, con cautela sopesó su decisión, evaluó, y pidió una pequeña bolsita de color naranja. En la balanza coloqué las dos bolsitas, la naranja era más pesada, el anciano sacó de su bolsillo otra pequeña bolsa color turquesa, la colocó en la balanza y todo se equilibró, tomó su bolsita color naranja y se despidió. Aquel hombre llevaba tristeza en sus ojos, el cambio era algo necesario, o quizás producto del cansancio que determina el existir. De inmediato entró un niño, llevaba una bolsa grande de color marrón, parecía de cuero, pero no lo era, apenas llegaba al mostrador, se elevó en sus talones, y colocó la bolsa en el vidrio, señaló una bolsa felpuda, de tamaño normal, igualmente colocó unas monedas sobre el vidrio, le entregué la bolsa felpuda, tomé la bolsa entregada por el infante y me retiré a tomar mi almuerzo".
"Están en todos lados, no distingue de edades, todos los llevamos, se convierten en parte integral de nuestro ser. Si solo tuviéramos el necesario valor para sacarles de su envoltura, si solo pudiéramos imaginarles por segundos, tan solo unos segundos, les haríamos nacer, quizás hasta crecer. Hay quienes los viven, hay quienes los lloran, hay otros que los guardan, los atesoran, los coartan, los alaban, los molestan, los describen, los pintan, los escriben, los comparten, pero viven en un mundo paralelo, muy tranquilos, sopesados, sin dueño real, ni título que entregar, pero por sobre todo nunca mueren."
"Caminó aburrido, arrastrando sus pies, con la mirada abajo, sus ropas no eran claras, sus mejillas algo mojadas. Se detuvo al cruzar la puerta, parecía meditando, observaba a todos lados, aceptó su condena y se dirigió al mostrador. De su bolsillo sacó una pequeña y artesanal bolsita, con dibujos estampados, la miró, la levantó en su mano, le dio un último adiós, me la entregó, la coloqué en la balanza y la misma se hundió, saqué una cuenta rápida y no supe que hacer, le ofrecí toda la tienda, todas las bolsitas y las monedas allí encontradas. El hombre con mirada fuerte levantó su mano en señal que no deseaba nada a cambio, se volteó y desapareció".
"Ser el director de una tienda de empeño de sueños no es tarea fácil, la gente entra y sale, desean que sus sueños sean pagados por cuanto valen, a veces protestan, a veces se alegran, es un riesgo que toman, yo simplemente soy el instrumento entre el mundo de los sueños y la realidad, nada más que eso, otras personas se llevan tus sueños y los viven por ti, perdón los viven por ellos, el tuyo lo dejaste aquí, en mi tienda, en la tienda de todos, lo perdiste, y es posible que al volver ya no se encuentre, son decisiones que se toman, que marcan nuestro andar, yo vuelvo y repito, solo sirvo mi misión, yo no doy, yo no quito, solo entrego y recibo, soy un simple peón de la mente humana, un intermediario de la razón."
Cierro el libro, y es entonces cuando recuerdo como murió Nabor, aquel hombre de mirada fuerte le asesinó, al ver su sueño hecho realidad, pero en carne de otros. Aquel individuo entregó aquel día su anhelo, el deseo de vender al mundo, al planeta, con humanos, con el bien y con el mal, con tristezas y alegrías, con desastres y logros. Otro compró ese sueño, más bien quizás simplemente lo cambió, o lo robó, eso nunca se sabrá pues Nabor no está para contarlo. Salgo de abajo de la mesa, la fiesta sigue en pleno esplendor, doy unas vueltas, vuelto a establecer contacto con los ojos de Melissa, no ha notado mi ausencia, me sonríe, me le acerco y le pregunto "oye Meli cual es tu sueño?, ella me mira extrañada, mi pregunta no tiene sentido, ni bases, ni motivos, ni está hecha en el momento adecuado, en el lugar equivocado, ella no sabe que decir, ella como otros ha dejado sus sueños en una casa de empeño de sueños y por eso no los puede realizar, son de otros y ella los anhela, es que no se ha dado cuenta que les ha dejado ir, que en una bolsita los metió y los dio en adopción.
Me sonrío, Melissa hace lo mismo, ella cree que su sueño está parado frente a ella, me retiro y me voy, no soy sueño, no soy nada, soy uno más, con defectos y virtudes. Salgo de la fiesta y me meto la mano en el bolsillo, allí llevo una pequeña bolsita de fieltro verde, la saco, la miro, me vuelvo a reír, Alerón ladra desde el carro, y me vuelvo a repetir, es que nunca he dejado de soñar, y el mío ahí guardado espera por su tiempo, por su hora, por su día, muy tranquilo y paciente, es solo cuestión de que yo esté presente…
Monday, January 30, 2006
Siempre
Siempre estoy allí de alguna u otra forma, hay cosas que no vemos pero sentimos, hay otras que vemos y no las sentimos. No se puede juzgar sin aprender a entender, no podremos descansar sino sabemos soñar. Hay juegos con reglas, otros sin ellas, algunos regidos por árbitros corrompidos otros balanceados como la espada de la justicia. El sol a veces brilla, a veces lo tapan las nubes, ahí permanece, salvo cuando se va a dormir, a dormir en nuestros ojos cerrados, pero a calentar en otros estados. La simpleza y complejidad de las manos, lo olvidamos siempre, un arma letal o una suave caricia, las llevamos pero no nos maravillamos de su excelsa perfección.
Al llover nos mojamos, salvo que estemos bajo techo, se dice muy fácil pero encontrar refugio en días lluviosos puede ser laborioso. Si cuentas tus pasos te llaman pichirre si en cambio no piensas en ello te acusarán de despistado. Hay reyes sin trono, hay otros lujosos, hay mendigos capaces y otros fugaces. El blanco traspasa, el negro detiene, o es simplemente acaso que su mezcla confunde. Hay días de días, noches de noches, pero entonces donde guardamos aquellos que nos dan en la torre?, sin duda es un cuento, un dulce cantar, lloramos, reímos y nos vemos pasar, verdades y mentiras nos llenan nuestras vidas, equilibran el arte, comparten lo que algunos le llaman desastre, existir es difícil, vivir es un sueño y por más grandes que nos sintamos siempre seremos pequeños.
Como combates aquello que tus ojos no pueden mirar, y no hablo de dolores internos a causa de fallos en el juego macabro, más bien me refiero a seres traslúcidos que atrapan sin tocar, que pululan sin cesar, que buscan y buscan razones constantes para escapar de su agonía martirizante. Mi vida estaba calmada, encontrar una ruta no es fácil pero llega, según recuerdo el mal no se estaba canalizando en su forma habitual, los humanos habían aprendido a respetarse un poco más, miento, es una idea que quise creer, simplemente cansados y hastiados de tantos desengaños, la raza planetaria estaba en tregua. Mis días pasaban sin tocarme, serenos, pausados, sin emociones grandes o desilusiones tremendas, nos cansamos de la estabilidad pero detestamos los tiempos movidos, inconformes?, eso creo, así somos.
Salí a la hora de almuerzo y no regresé, al trabajo quiero decir. Me paseé por las sucias calles y avenidas de la ciudad, algo me decía que la calma reinante tenía un causante, pensé como siempre en muchos caminos, en tantos destinos posibles de hallar. Cuando me siento algo solo me siento en un parque, en el cual juegan los niños, pequeños por demás está decir, los miro correr, gritar y saltar, ellos todavía no conocen la palabra libertad. No puedo evitarlo, me pongo a jugar, sus madres adultas no entienden mi actuar, me miran recelosas, pero se acostumbran y optan por no mirar, un guardián desconocido los ha venido a visitar. Me encontraba jugando, cuando vi a esta niñita, flaquita y con lentes, parada solita.
Dejé de brincar y me le acerqué, llevaba una bomba color rojo amarrada a su muñeca, en su otro brazo una muñeca desteñida. "Donde está tu mamá?, pregunté, la pequeña señaló hacia un espacio vacío entre los frondosos árboles del parque. No pude ver a nadie y pensé que la infante solo jugaba conmigo, "y por qué no juegas con los otros niñitos? le dije, "es que mi mamá no me deja" contestó, "pero donde está tu madre?, volví a preguntar, "ya le dije señor, allá" y señaló nuevamente al espacio vacío. "Y tu mami sabes que estás aquí?, "si señor, ella siempre está conmigo". Confieso que quedé desconcertado, pero yo trato de seguir el juego de los niños, yo de pequeño me molestaba cuando los adultos me hacían preguntas tontas a mis historias imaginarias, es que los adultos no saben de eso, nunca sabrán.
Señalando hacia el espacio vacío en donde la pequeña insistía que su mamá se encontraba, le dije "ahí no?, allí está tu mamá". La pequeña asintió con la cabeza, la tomé de la mano y caminé hacia donde las otras madres se encontraban sentadas, les pregunté si conocían a la infante o a su madre en su defecto, todas negaron con la cabeza. "Donde vives tu? le pregunté a la niñita, "en mi casa" respondió, "por supuesto donde más" me dije a mi mismo, a veces, solo a veces mi mente se vuelve adulta y pregunto estupideces. Caminamos hacia donde la pequeña insistía se encontraba su madre, un espacio abierto, sin nada, grama y unos árboles, yo la verdad es que no veía nada.
La pequeña levantaba su mano en donde llevaba el globo y me decía que su madre le estaba sosteniendo la misma, aquí reconozco que mi lógica fue desafiada y ya no supe que decir. "Mi mami dice que tu eres un ser bueno, con alma limpia y que debes ayudarme", "ayudarte?" contesté, "si, si, por favor no me dejes sola, mi mami te lo pide". En ese momento comencé a asustarme, no entendía de que se trataba todo aquello, "pero ayudarte a que?" repetí, la niñita se arregló sus lentes, me tomó de la mano y me dijo "sígueme, ya verás". Atravesamos el parque entero, yo y una niña de 4 años, guiado por una infante, unas calles más allá y unos minutos más confundido estaba yo parado al frente de una casa muy vieja, con rasgos de mansión embrujada y una cruz roja en el centro del portón.
"Aquí es" dijo la niña, yo ya me estaba limitando a no preguntar más. Entramos al lugar y pude constatar que se trataba de la escuela de enfermería "José Leocadio Barreto", en el escritorio de información nos recibió una dama muy amable quien al ver a la pequeña se levantó y dijo "hola María Isabel, que haces aquí mi amor?, tu papi está ocupado, y quien es este señor?. La niña le dijo "hola Antonia, no vine a ver a mi papi, mi mami me dijo que le dijera a este señor que me ayudara". La señora no respondió, me miró y me dijo "quien es usted?, que hace con la niña?, "mire señora", le respondí "yo estaba de lo más feliz jugando en el parque y ella me jaló de la mano", al terminar la frase me di cuenta que la cara de la mujer estaba aún más dura, un viejo como yo jugando en el parque?, eso no sonaba coherente. La mujer me dijo, "mire, deje a la niña acá y váyase por favor".
Me volteé y caminé hacia la puerta, los gritos de la niña que insistía en que su madre le pedía que la ayudara retumbaban en el siniestro lugar. Afuera los rayos del sol me encandilaron, me subí al metro y me enrumbé hacia mi casa, sentado allí viendo las caras de las personas mi mente volaba a otros mundos, cada cara una expresión, un mundo dentro de si, un cúmulo de deseos y anhelos, que de por si nunca se cumplirían, pero de eso se trata, de ir y venir, de ver y no ver, de andar sin saber. Sentado en la cocina de mi casa me comía un helado con mi padre, "Alerón" mi perro, estaba sentado al otro lado y también comía helado, no recuerdo de que conversábamos, solo que no podía olvidar los gritos de la niña, mi papá hablaba sin parar, como siempre hace, yo le escuchaba a lo lejos, creo que "Alerón" le hacía más caso, finalmente me paré de la silla y me fui al cuarto, a descansar.
Anocheció, hacía frío eso recuerdo, salí de mi casa supuestamente para ir al cine con una amiga, nunca llegué, la dejé plantada, ella era bonita así que otro conseguiría, mi presencia no era requerida. Estacioné mi carro al frente de la escuela de enfermería, me bajé y vi sus puertas cerradas. El vigilante me vio husmeando y se acercó, "que desea señor?," me dijo, "disculpe amigo, pero estoy perdido, yo no soy de acá y me dijeron que por aquí había un lugar donde me puede atender un médico", el vigilante me contestó "a claro, se siente mal?, fíjese aquí en la escuela de enfermería funciona el ambulatorio, en donde hay una emergencia y las enfermeras así practican". El hombre abrió la reja y me hizo pasar, "que tiene compadre?" me preguntó, yo le dije "dolor de barriga, pero muy fuerte", "adelante pues, ojalá y se le quite" me dijo el guardián.
Caminé por unos pasillos oscuros y tenebrosos, finalmente pude ver una luz en lo que parecía el final del corredor, me acerqué y escuché ruidos, sonidos de esos del juego macabro, con cuidado pude ver al doctor y a una enfermera en plena faena, yo para joder, abrí la puerta de golpe y me tiré al piso diciendo que me iba a reventar la barriga. En el piso y con los dos tórtolos desnudos y apenados no podía contener la risa, el médico se puso su bata y la enfermera hizo lo propio, se acercaron a mi y dijeron "que le pasa señor?, disculpe de verdad, es que no esperábamos a nadie en estas fechas". Yo seguía fingiendo mi dolor de barriga, cada vez gritaba más y me echaba gases olorosos para confundir, el médico me ayudó a levantarme y me acostó en una camilla, "hay que hacerle exámenes" me dijo, "mire ya creo que me siento mejor" le contesté, deme unas pastillas para el estómago y esperemos un rato, el médico algo extrañado me entregó las pastillas y se sentó en su silla, en donde nuevamente se excusó por el espectáculo que había presenciado.
Me dieron de alta, y en vez de salir por la puerta me escondí en un closet donde guardaban implementos de limpieza. Al día siguiente y vestido con braga de obrero y una escoba en la mano caminaba por la escuela de enfermería. Debo reconocer que no veía nada raro, nada fuera de lo común, estudiantes, algunos doctores, enfermeras, pacientes, aulas de estudio y la biblioteca. Entré a la biblioteca y me senté a leer un libro de anatomía humana, sigilosamente me escondí entre las paredes de libros, finalmente encontré algo que me hizo estremecer, mis fibras se conmovieron, mi ritmo cardíaco se aceleró, en la pared guindada una foto en donde se veía a un grupo de enfermeras, entre ellas, una que cargaba a una niña, la misma pequeña del parque del día anterior.
Tomé el cuadro prestado y me escabullí por una puerta trasera, corrí al parque y para mi alivio la infante estaba allí parada, sola, quizás como hacía todos los días. Al verme sonrío, "mi mami dice que me tienes que ayudar" dijo cuando me acerqué, le mostré la fotografía y la niña no dijo nada, no hubo forma ni manera de hacerla hablar nuevamente. Volví a la escuela de enfermería en donde subí al último piso, el mismo estaba clausurado, o eso querían hacer ver, después de pasar unos escombros y caminar un pasillo muy sucio escuché voces en la lejanía, atrás de la puerta pude captar la conversación de unos médicos que airadamente discutían sobre algo que no podía identificar. Los dejé salir de la oficina y entré a la misma, en la misma había varios expedientes perfectamente ordenados, revisé uno por uno, parecían fichas con diagnósticos variados, solo uno me llamó la atención por encima de los otros, y la razón fue que estaba la foto de la enfermera que cargaba a la niña del parque, no había diagnóstico por ningún lado, unas notas escritas a mano, pero sin mucho sentido, al menos no para mi.
Miré hacia el techo, buscando respuestas, los bloques de anime, de un techo falso me llamaron la atención, me encaramé en una silla, quité los pedazos de anime y entré a una nueva dimensión. Un laboratorio impecable y perfectamente construido apareció ante mis ojos, lo que pude ver después me heló por completo, todos los pacientes que había visto sus expedientes en la oficina estaban acostados en sus camas, pálidos, quebradizos, ojos cerrados, almas distantes. Caminé sigiloso sin saber de que se trataba aquello, el ruido de la puerta me hizo tirarme al piso y esconderme debajo de una cama. Dos médicos paseaban y hablaban, se detuvieron en la cama en donde me encontraba, uno le dijo al otro "este no se ve bien", el otro le respondió "creo que esta medicina es un fracaso" y siguieron de largo.
De nuevo en pie y sin tener idea que pasaba caminé todo el lugar, solo una cama estaba vacía, me detuve nuevamente sobre cada paciente, ninguno parecía estar consciente, ya me iba cuando un viejito me agarró la mano, "sálveme mijo", me dijo, "yo entré aquí con un dolor de garganta y ahora tengo hepatitis, mono-nucleosis y pare usted de contar, esto es en contra de mi voluntad, ni me di cuenta, cuando desperté estaba aquí, esta gente está experimentando con nosotros". Se abrieron las puertas de mi entendimiento, probaban con humanos, los enfermaban adrede y luego trataban de curarlos con medicina experimental, profesionales de la medicina jugando a ser dioses, ángeles de la muerte laborando tras una bata blanca.
Ayudé al viejito a pararse de la cama, del otro lado vi unas escaleras que daban a un patio, bajé al viejo cargado y lo escondí tras una mata, "espéreme aquí, yo vuelvo por usted". Corrí a una tienda en donde me compré un traje, disfrazado me presenté como inspector del Ministerio de Sanidad, pedí hablar con el director del establecimiento, en pocos minutos estaba sentado frente al doctor Eugenio Parilli. Me dio un tour de las instalaciones, muy amable y educado, al llevarme al patio le dije si podíamos caminar para conversar ciertas cosas, lo llevé hasta el árbol donde había escondido al anciano, ahí al verlo, exclamé "que es esto?, que está pasando aquí?, el médico visiblemente nervioso, comenzó a tratar de dar explicaciones, el viejo al verle comenzó a respirar con dificultad, el doctor se metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja, sin darse cuenta recibió un garbanzo en la frente, mi china es más rápida que una navaja, en el piso me le tiré encima y lo dejé fuera de combate, coloqué la navaja entre la tierra y su ojo, de manera que cuando despertara se enterrara la misma y sufriera por sus actos corruptos.
Adentro del hospital me dirigí a la sala de médicos, sin pensar pateé la puerta y comencé a disparar chinazos a diestra y a siniestra, algunos médicos huyeron, otros cayeron abatidos, la sorpresa los dejó sin muchas opciones, finalmente capturé al mismo médico que me había atendido la noche anterior, el galeno asustado pedía perdón y me preguntaba quien era yo, sin decirle nada me lo llevé hasta la biblioteca, lo paré frente a la foto donde aparecía la niñita, quien es esa?, el hombre llorando me respondió que era su hija, y la que la cargaba su madre y esposa de el, difunta esposa para ser más claros. El mismo se había encargado de matarla, cuando ella se negó a participar en los experimentos diabólicos, ella enfermó muy grave, se salió de control y había fallecido unas semanas antes. Afuera del sitio y con las autoridades pertinentes observaba como se llevaban detenidos a los médicos macabros, los pacientes eran trasladados a otras instituciones. Recogí al viejito en el jardín aprovechando la confusión y lo dejé en una ambulancia, el hombre visiblemente debilitado me agradeció, yo simplemente asentí con la cabeza y me despedí.
En el parque me comía un helado, con la niñita, "mi mami dice que muchas gracias, que ya puede descansar en paz". Reconozco que se me partió el alma al escuchar esas palabras, abracé a la infante quien me dijo "gracias señor, si mi mami está contenta yo también lo estoy". No tuve palabras para ese momento, solamente pude repetir para mi mismo mientras me alejaba "así como tu mami siempre ha estado allí, yo siempre estaré aquí"…
Al llover nos mojamos, salvo que estemos bajo techo, se dice muy fácil pero encontrar refugio en días lluviosos puede ser laborioso. Si cuentas tus pasos te llaman pichirre si en cambio no piensas en ello te acusarán de despistado. Hay reyes sin trono, hay otros lujosos, hay mendigos capaces y otros fugaces. El blanco traspasa, el negro detiene, o es simplemente acaso que su mezcla confunde. Hay días de días, noches de noches, pero entonces donde guardamos aquellos que nos dan en la torre?, sin duda es un cuento, un dulce cantar, lloramos, reímos y nos vemos pasar, verdades y mentiras nos llenan nuestras vidas, equilibran el arte, comparten lo que algunos le llaman desastre, existir es difícil, vivir es un sueño y por más grandes que nos sintamos siempre seremos pequeños.
Como combates aquello que tus ojos no pueden mirar, y no hablo de dolores internos a causa de fallos en el juego macabro, más bien me refiero a seres traslúcidos que atrapan sin tocar, que pululan sin cesar, que buscan y buscan razones constantes para escapar de su agonía martirizante. Mi vida estaba calmada, encontrar una ruta no es fácil pero llega, según recuerdo el mal no se estaba canalizando en su forma habitual, los humanos habían aprendido a respetarse un poco más, miento, es una idea que quise creer, simplemente cansados y hastiados de tantos desengaños, la raza planetaria estaba en tregua. Mis días pasaban sin tocarme, serenos, pausados, sin emociones grandes o desilusiones tremendas, nos cansamos de la estabilidad pero detestamos los tiempos movidos, inconformes?, eso creo, así somos.
Salí a la hora de almuerzo y no regresé, al trabajo quiero decir. Me paseé por las sucias calles y avenidas de la ciudad, algo me decía que la calma reinante tenía un causante, pensé como siempre en muchos caminos, en tantos destinos posibles de hallar. Cuando me siento algo solo me siento en un parque, en el cual juegan los niños, pequeños por demás está decir, los miro correr, gritar y saltar, ellos todavía no conocen la palabra libertad. No puedo evitarlo, me pongo a jugar, sus madres adultas no entienden mi actuar, me miran recelosas, pero se acostumbran y optan por no mirar, un guardián desconocido los ha venido a visitar. Me encontraba jugando, cuando vi a esta niñita, flaquita y con lentes, parada solita.
Dejé de brincar y me le acerqué, llevaba una bomba color rojo amarrada a su muñeca, en su otro brazo una muñeca desteñida. "Donde está tu mamá?, pregunté, la pequeña señaló hacia un espacio vacío entre los frondosos árboles del parque. No pude ver a nadie y pensé que la infante solo jugaba conmigo, "y por qué no juegas con los otros niñitos? le dije, "es que mi mamá no me deja" contestó, "pero donde está tu madre?, volví a preguntar, "ya le dije señor, allá" y señaló nuevamente al espacio vacío. "Y tu mami sabes que estás aquí?, "si señor, ella siempre está conmigo". Confieso que quedé desconcertado, pero yo trato de seguir el juego de los niños, yo de pequeño me molestaba cuando los adultos me hacían preguntas tontas a mis historias imaginarias, es que los adultos no saben de eso, nunca sabrán.
Señalando hacia el espacio vacío en donde la pequeña insistía que su mamá se encontraba, le dije "ahí no?, allí está tu mamá". La pequeña asintió con la cabeza, la tomé de la mano y caminé hacia donde las otras madres se encontraban sentadas, les pregunté si conocían a la infante o a su madre en su defecto, todas negaron con la cabeza. "Donde vives tu? le pregunté a la niñita, "en mi casa" respondió, "por supuesto donde más" me dije a mi mismo, a veces, solo a veces mi mente se vuelve adulta y pregunto estupideces. Caminamos hacia donde la pequeña insistía se encontraba su madre, un espacio abierto, sin nada, grama y unos árboles, yo la verdad es que no veía nada.
La pequeña levantaba su mano en donde llevaba el globo y me decía que su madre le estaba sosteniendo la misma, aquí reconozco que mi lógica fue desafiada y ya no supe que decir. "Mi mami dice que tu eres un ser bueno, con alma limpia y que debes ayudarme", "ayudarte?" contesté, "si, si, por favor no me dejes sola, mi mami te lo pide". En ese momento comencé a asustarme, no entendía de que se trataba todo aquello, "pero ayudarte a que?" repetí, la niñita se arregló sus lentes, me tomó de la mano y me dijo "sígueme, ya verás". Atravesamos el parque entero, yo y una niña de 4 años, guiado por una infante, unas calles más allá y unos minutos más confundido estaba yo parado al frente de una casa muy vieja, con rasgos de mansión embrujada y una cruz roja en el centro del portón.
"Aquí es" dijo la niña, yo ya me estaba limitando a no preguntar más. Entramos al lugar y pude constatar que se trataba de la escuela de enfermería "José Leocadio Barreto", en el escritorio de información nos recibió una dama muy amable quien al ver a la pequeña se levantó y dijo "hola María Isabel, que haces aquí mi amor?, tu papi está ocupado, y quien es este señor?. La niña le dijo "hola Antonia, no vine a ver a mi papi, mi mami me dijo que le dijera a este señor que me ayudara". La señora no respondió, me miró y me dijo "quien es usted?, que hace con la niña?, "mire señora", le respondí "yo estaba de lo más feliz jugando en el parque y ella me jaló de la mano", al terminar la frase me di cuenta que la cara de la mujer estaba aún más dura, un viejo como yo jugando en el parque?, eso no sonaba coherente. La mujer me dijo, "mire, deje a la niña acá y váyase por favor".
Me volteé y caminé hacia la puerta, los gritos de la niña que insistía en que su madre le pedía que la ayudara retumbaban en el siniestro lugar. Afuera los rayos del sol me encandilaron, me subí al metro y me enrumbé hacia mi casa, sentado allí viendo las caras de las personas mi mente volaba a otros mundos, cada cara una expresión, un mundo dentro de si, un cúmulo de deseos y anhelos, que de por si nunca se cumplirían, pero de eso se trata, de ir y venir, de ver y no ver, de andar sin saber. Sentado en la cocina de mi casa me comía un helado con mi padre, "Alerón" mi perro, estaba sentado al otro lado y también comía helado, no recuerdo de que conversábamos, solo que no podía olvidar los gritos de la niña, mi papá hablaba sin parar, como siempre hace, yo le escuchaba a lo lejos, creo que "Alerón" le hacía más caso, finalmente me paré de la silla y me fui al cuarto, a descansar.
Anocheció, hacía frío eso recuerdo, salí de mi casa supuestamente para ir al cine con una amiga, nunca llegué, la dejé plantada, ella era bonita así que otro conseguiría, mi presencia no era requerida. Estacioné mi carro al frente de la escuela de enfermería, me bajé y vi sus puertas cerradas. El vigilante me vio husmeando y se acercó, "que desea señor?," me dijo, "disculpe amigo, pero estoy perdido, yo no soy de acá y me dijeron que por aquí había un lugar donde me puede atender un médico", el vigilante me contestó "a claro, se siente mal?, fíjese aquí en la escuela de enfermería funciona el ambulatorio, en donde hay una emergencia y las enfermeras así practican". El hombre abrió la reja y me hizo pasar, "que tiene compadre?" me preguntó, yo le dije "dolor de barriga, pero muy fuerte", "adelante pues, ojalá y se le quite" me dijo el guardián.
Caminé por unos pasillos oscuros y tenebrosos, finalmente pude ver una luz en lo que parecía el final del corredor, me acerqué y escuché ruidos, sonidos de esos del juego macabro, con cuidado pude ver al doctor y a una enfermera en plena faena, yo para joder, abrí la puerta de golpe y me tiré al piso diciendo que me iba a reventar la barriga. En el piso y con los dos tórtolos desnudos y apenados no podía contener la risa, el médico se puso su bata y la enfermera hizo lo propio, se acercaron a mi y dijeron "que le pasa señor?, disculpe de verdad, es que no esperábamos a nadie en estas fechas". Yo seguía fingiendo mi dolor de barriga, cada vez gritaba más y me echaba gases olorosos para confundir, el médico me ayudó a levantarme y me acostó en una camilla, "hay que hacerle exámenes" me dijo, "mire ya creo que me siento mejor" le contesté, deme unas pastillas para el estómago y esperemos un rato, el médico algo extrañado me entregó las pastillas y se sentó en su silla, en donde nuevamente se excusó por el espectáculo que había presenciado.
Me dieron de alta, y en vez de salir por la puerta me escondí en un closet donde guardaban implementos de limpieza. Al día siguiente y vestido con braga de obrero y una escoba en la mano caminaba por la escuela de enfermería. Debo reconocer que no veía nada raro, nada fuera de lo común, estudiantes, algunos doctores, enfermeras, pacientes, aulas de estudio y la biblioteca. Entré a la biblioteca y me senté a leer un libro de anatomía humana, sigilosamente me escondí entre las paredes de libros, finalmente encontré algo que me hizo estremecer, mis fibras se conmovieron, mi ritmo cardíaco se aceleró, en la pared guindada una foto en donde se veía a un grupo de enfermeras, entre ellas, una que cargaba a una niña, la misma pequeña del parque del día anterior.
Tomé el cuadro prestado y me escabullí por una puerta trasera, corrí al parque y para mi alivio la infante estaba allí parada, sola, quizás como hacía todos los días. Al verme sonrío, "mi mami dice que me tienes que ayudar" dijo cuando me acerqué, le mostré la fotografía y la niña no dijo nada, no hubo forma ni manera de hacerla hablar nuevamente. Volví a la escuela de enfermería en donde subí al último piso, el mismo estaba clausurado, o eso querían hacer ver, después de pasar unos escombros y caminar un pasillo muy sucio escuché voces en la lejanía, atrás de la puerta pude captar la conversación de unos médicos que airadamente discutían sobre algo que no podía identificar. Los dejé salir de la oficina y entré a la misma, en la misma había varios expedientes perfectamente ordenados, revisé uno por uno, parecían fichas con diagnósticos variados, solo uno me llamó la atención por encima de los otros, y la razón fue que estaba la foto de la enfermera que cargaba a la niña del parque, no había diagnóstico por ningún lado, unas notas escritas a mano, pero sin mucho sentido, al menos no para mi.
Miré hacia el techo, buscando respuestas, los bloques de anime, de un techo falso me llamaron la atención, me encaramé en una silla, quité los pedazos de anime y entré a una nueva dimensión. Un laboratorio impecable y perfectamente construido apareció ante mis ojos, lo que pude ver después me heló por completo, todos los pacientes que había visto sus expedientes en la oficina estaban acostados en sus camas, pálidos, quebradizos, ojos cerrados, almas distantes. Caminé sigiloso sin saber de que se trataba aquello, el ruido de la puerta me hizo tirarme al piso y esconderme debajo de una cama. Dos médicos paseaban y hablaban, se detuvieron en la cama en donde me encontraba, uno le dijo al otro "este no se ve bien", el otro le respondió "creo que esta medicina es un fracaso" y siguieron de largo.
De nuevo en pie y sin tener idea que pasaba caminé todo el lugar, solo una cama estaba vacía, me detuve nuevamente sobre cada paciente, ninguno parecía estar consciente, ya me iba cuando un viejito me agarró la mano, "sálveme mijo", me dijo, "yo entré aquí con un dolor de garganta y ahora tengo hepatitis, mono-nucleosis y pare usted de contar, esto es en contra de mi voluntad, ni me di cuenta, cuando desperté estaba aquí, esta gente está experimentando con nosotros". Se abrieron las puertas de mi entendimiento, probaban con humanos, los enfermaban adrede y luego trataban de curarlos con medicina experimental, profesionales de la medicina jugando a ser dioses, ángeles de la muerte laborando tras una bata blanca.
Ayudé al viejito a pararse de la cama, del otro lado vi unas escaleras que daban a un patio, bajé al viejo cargado y lo escondí tras una mata, "espéreme aquí, yo vuelvo por usted". Corrí a una tienda en donde me compré un traje, disfrazado me presenté como inspector del Ministerio de Sanidad, pedí hablar con el director del establecimiento, en pocos minutos estaba sentado frente al doctor Eugenio Parilli. Me dio un tour de las instalaciones, muy amable y educado, al llevarme al patio le dije si podíamos caminar para conversar ciertas cosas, lo llevé hasta el árbol donde había escondido al anciano, ahí al verlo, exclamé "que es esto?, que está pasando aquí?, el médico visiblemente nervioso, comenzó a tratar de dar explicaciones, el viejo al verle comenzó a respirar con dificultad, el doctor se metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja, sin darse cuenta recibió un garbanzo en la frente, mi china es más rápida que una navaja, en el piso me le tiré encima y lo dejé fuera de combate, coloqué la navaja entre la tierra y su ojo, de manera que cuando despertara se enterrara la misma y sufriera por sus actos corruptos.
Adentro del hospital me dirigí a la sala de médicos, sin pensar pateé la puerta y comencé a disparar chinazos a diestra y a siniestra, algunos médicos huyeron, otros cayeron abatidos, la sorpresa los dejó sin muchas opciones, finalmente capturé al mismo médico que me había atendido la noche anterior, el galeno asustado pedía perdón y me preguntaba quien era yo, sin decirle nada me lo llevé hasta la biblioteca, lo paré frente a la foto donde aparecía la niñita, quien es esa?, el hombre llorando me respondió que era su hija, y la que la cargaba su madre y esposa de el, difunta esposa para ser más claros. El mismo se había encargado de matarla, cuando ella se negó a participar en los experimentos diabólicos, ella enfermó muy grave, se salió de control y había fallecido unas semanas antes. Afuera del sitio y con las autoridades pertinentes observaba como se llevaban detenidos a los médicos macabros, los pacientes eran trasladados a otras instituciones. Recogí al viejito en el jardín aprovechando la confusión y lo dejé en una ambulancia, el hombre visiblemente debilitado me agradeció, yo simplemente asentí con la cabeza y me despedí.
En el parque me comía un helado, con la niñita, "mi mami dice que muchas gracias, que ya puede descansar en paz". Reconozco que se me partió el alma al escuchar esas palabras, abracé a la infante quien me dijo "gracias señor, si mi mami está contenta yo también lo estoy". No tuve palabras para ese momento, solamente pude repetir para mi mismo mientras me alejaba "así como tu mami siempre ha estado allí, yo siempre estaré aquí"…
Thursday, January 26, 2006
Me rompió el corazón
Me rompió el corazón, esa frase se la repetía Neblino Jiménez a diario, no solo se la repetía a si mismo, sino a todos los que le rodeaban. Segundos, minutos, horas y días giraban en torno al simple y macabro hecho que a Neblino le habían roto el corazón. Hay que verle la cara a llamarse Neblino y además tener que caminar por la vida con el corazón roto, un momento, que carajo es un corazón roto?. Si se te rompe el corazón pues te jodistes, te meten en una caja y tres metros bajo tierra, al menos eso pensaba yo antes de conocer a Neblino. Esos conceptos metafóricos amorosos nunca fueron de la mano conmigo, pero tengo la leve impresión que Neblino me probaría que a él le partieron su músculo bombeador de sangre por el medio y que nunca pero nunca regresaría de ese limbo adonde lo enviaron.
María Katerina, así se llamaba la causante de la aflicción de Neblino, debo reconocer que en mi despiste eterno tiendo a no fijarme en las cualidades físicas de las personas, por el contrario les veo más allá. Eso me permite establecer en mi mente quien puede ser buena gente o quien no, concepto básico, hasta un tanto idiota, pero que rige las bases de las relaciones humanas. Hay gente buena, hay gente mala, y si que los hay, en esto no existen medias tintas, o buenos o malos, pero nada de medio buenos y medio malos, o eres una mierda o eres buena gente. Me desvío, es que mi mente a veces flota, pero el hecho es que María Katerina era la piedra de tranca en el andar de Neblino, como puede una persona ser el eje de nuestra existencia, no lo se, esa pregunta no la puedo contestar, aunque trataré de aproximarme a una respuesta con la historia de Neblino, el hombre que me corroboró lo estúpidos que podemos ser en materia de sentimientos, o más bien en auto-sadomasoquismo infligido, el dolor no cuesta nada, de hecho ni siquiera lo venden, lo regalan, lo obsequia la vida.
Neblino era mi compañero de trabajo, María Katerina también, aunque en dos planos distintos. Neblino era un especie de alma en pena que pululaba por la oficina, brillante debo decir, pero alma en pena al fin. Por otro lado María Katerina brillaba cual estrella en el firmamento, yo insisto en pensar que ella juraba que estaba buena, ella decía que como se puede estar buena si mides medio metro, te sobra maleta, tienes manos feas y voz chillona. Deben haber sido sus ojos, de un color nunca antes visto, penetrantes sin lugar a dudas, hay miradas que matan, hay otras que dan risa, la de ella creo que llevaba a los humanos a fantasear, me excluyo, yo no pierdo tiempo en pendejadas, yo respiro porque mis pulmones se abren y se contraen solos, pero no me paro a ver ojos lindos ni esas mariqueras. Quizás fue su nariz, perfecta, digna de Hollywood, operada creo yo, natural decía ella. María Katerina era de esa gente que te saludaba si quería, sino estaba de buenas te ignoraba, cosa que a mi no me hace ni cosquillas, pues a las seis de la tarde ya ni me acordaba quien me había saludado o no. Para Neblino las cosas eran distintas, tenía un calendario donde anotaba como lo había tratado María Katerina cada día. El calendario era digno de estudio, detalles, horas, regalos que le había hecho, estados de ánimo y hasta una especie de tabla pitagórica en donde medía las oportunidades de hacer en algún momento a la damicela suya.
En materia de cruzadas amorosas, la gente busca aliados, confidentes, segunderos, lo que sea. Es una necesidad humana tener alguien a quien echarle el cuento de los avances o retrocesos. Ahora bien esa no es mi necesidad, si yo decido atacar lo hago sin usar aliados, voy solo a la guerra, gano o pierdo, no hago preguntas ni llevo cuentas en mi cabeza de que he dicho y que no, simplemente avanzo o me freno de acuerdo a las circunstancias. Neblino, mi buen amigo Neblino, el no era así, los nervios lo hacían presa, se le trababa la lengua, se metía en mi oficina para obtener consejos, cosa que es contraproducente desde cualquier punto de vista pues yo soy yo y él es él, es decir, lo que me resulta a mi no necesariamente le resultará a otro y viceversa. Pero Neblino insistía en que le diera luces para llegar al destino final, para ganar la carrera contra aquello que sentimos y no podemos explicar, contra ese hueco que se forma en el centro del esqueleto y que se infla o desinfla acorde al son que toque la otra persona, el enemigo, pues en eso se convierte, en un enemigo que hay que derrotar para que decida caminar siendo parte del azar, como uno más en nuestro andar.
Hay ciertos puntos dentro de esta historia que nunca logré determinar. Siempre pensé que María Katerina estuvo consciente todo el tiempo que a Neblino le gustaba ella. Ella siempre me dijo que nunca lo vió venir, que ella no tenía ni idea que realmente Neblino sintiera algo por ella más allá que una simple amistad laboral. Las cosas que uno tiene que escuchar, de verdad eso es lo que me hace sonreír a diario, las múltiples interpretaciones que los humanos dan a distintas situaciones, siempre poniéndolas a su merced, bajo su ala, a su conveniencia, nunca vemos que puede ser lo que los demás sientan o piensen, primero nosotros, después si hay tiempo, ellos.
Una parte, de hecho la que más disfruto, de las letanías del jueguito macabro este que pusieron en la Tierra para entretenernos, es cuando la gente empieza a hacer todo tipo de promesas con tal que se le de la movida. Entré a la oficina de Neblino y me encontré con veinte y cuatro velas prendidas a distintos santos, una estatua de Buda y varias estampitas religiosas pegadas al corcho en distintas posiciones. "Que coño es esto Neblino?, le pregunté, "Bueno hermanazo" me dijo "un poquito de ayuda celestial no viene mal, tu sabes un empujoncito pa' que la María K. sea mía", confieso que me tuve que reír, aquel santuario ardiente era para cagarse de la risa, la cosa se puso mejor cuando Neblino nervioso por mis risas se incendió el flux, tuve que echarle agua, para apagar el incendio, la chaqueta del traje a la basura, y algunos documentos importantes hechos cenizas todo por lograr el amor de la difícil María Katerina.
Otro día pasé por la oficina de Neblino y me lo encontré haciendo barras y abdominales, el pobre sudaba como un cochino, al sorprenderlo así y guindado como un vampiro para maximizar el ejercicio sobre el músculo se cayó de espalda dándose un carajazo monumental. Lo tuve que cargar hasta la clínica para que lo revisaran completito, calmantes, dolor, y no más ejercicio en al menos tres meses. Recuerdo cuando pasamos por al lado de la oficina de María Katerina y Neblino iba adolorido y doblado, ella se paró y preguntó que había sucedido, Neblino de alguna manera oculta e irracional estaba molesto pues atribuía su caída a María K., como solía decirle el propio Neblino. Yo tuve que hablar, explicar que había pasado, María Katerina como cualquier mujer bromeó y le dijo a Neblino "ay Nebli, haciendo ejercicios, a quien te querrás levantar?, Neblino no contestó, yo por atrás le hice una seña a la dama para que no se molestara. Neblino tenía ahora una lesión permanente en la espalda por la caída aparatosa.
Los días pasan y esas esperas eternas hacen mella en las almas, te carcomen, empiezas a sentir que el tiempo se va y que tu no eres parte de el. El cúmulo de emociones comprimidas por la presión del no saber causa locura, Neblino no se atrevía a preguntar, según su teoría, iba lento pero seguro, con pasos firmes, bien pensados, poco a poco, un sin fin de momentos que se unirían en la hora indicada para entrelazarse y lograr el cometido final. Que grande es la esperanza, de verdad, una de las virtudes, si me permiten llamarla así, más grande los seres humanos es la capacidad de no rendirse en sus anhelos, esa llamarada interna que nos invita a pensar en un futuro mejor, así sepamos que nunca llegará.
Debo admitir que me asustó un poco el día que vi marcado en el calendario de Neblino una fecha con una letra x gigante, la letra x llevaba a su alrededor unos rayos, unas flores, todos hechos a mano por Neblino. Supuse de qué se trataba, es solo que al imaginar las consecuencias por apenas dos segundos me aterré aún más y preferí hacerme el loco. Neblino, tan amable como siempre, me invitó a sentarme, creo que hablamos un rato de la vida, de un negocio que planeaba montar, de su infancia, de sus ritos, sus delirios y sus fantasías. Finalmente salió el nombre fatídico, "me he decidido" me dijo, "voy a declararle mi amor a María K." y suspiró profundamente, yo traté de advertirle de los riesgos y consecuencias de toda aquella campaña pero Neblino había tomado su decisión.
Hasta ese momento yo creía saber todo lo que había pasado por la mente de Neblino en relación a su dulce tormento, estaba equivocado. Neblino se liberó, se abrió y dio paso a una cadena de pensamientos y sentimientos que nunca antes había visto emanar de la boca de un ser humano, de un hombre debo decir, alguna vez escuché a mis amigas sufrir por amor, si es que eso que llaman amor existe en algún rincón del planeta. Una lágrima cayó sobre la mejilla de Neblino, "ves esto?, me dijo, "tu sabes cuantas gotas con sabor a sal han caído por mi cara desde que conocí a María K?, tu lo sabes?, tienes alguna idea?", Neblino prosiguió, "tu te imaginas cuantas noches en vela he pasado a causa de ella?, cuantas fiestas he dejado de asistir, cuantas veces he sentido que mi vida se va por la cañería?", "no, la verdad no Neblino" le dije, "pues mira, te digo, muchas, incontables, innumerables, infinitas, no lo se, tu sabes lo que es el dolor?".
"Bueno" le contesté, "yo se lo que es un dolor de una esguince, de un golpe en la cabeza, de cuando me corté la pierna con el pedal de la bicicleta, eso si duele Neblino", "no, no, tu no sabes nada" gritó enfurecido, "tu no sabes lo que significa que te duela en un lugar que no sabes donde es, que no hay remedio, no hay suturas, no hay solución". Prosiguió, "sabes lo que es poner tu vida en la línea, estar dispuesto a morir, por alguien, lo sabes?, "bueno Neblino" le respondí, "yo se de muchas cosas, pero quizás de eso tu sabes más", el hombre endemoniado, poseído me contaba de su tristeza, de su andar sin destino, su cabeza abajo, su dolor eterno, su escasez de sonrisas, su olvidar de la risa, sus acciones perpetuas, su amor, su amor sin protesta.
Enamorarse solo es deleznable, al menos para los otros, yo no se de eso. Mi razón domina mi sentir, es así como puedo existir, como vivo, donde crezco, es el pan de mi seguir. Para Neblino su existencia reposaba sobre otra persona, sobre otro ser humano, con virtudes y defectos, pero que no se había dado a la tarea de indagar sobre cuales eran las consecuencias de ese nexo fantasioso que Neblino había creado en su mente. Claro estamos, nadie debe pagar porque a otro se le ocurre enamorarse de uno, eso es problema de la otra persona, acaso lo es?, quizás por un principio no escrito en las reglas inexistentes del jueguito macabro, pues, debemos interesarnos por el sentir del otro ser, caridad?, nada de eso, quizás curiosidad, aún más es posible que hasta para estudiar la posibilidad del chance escondido que puede estar por llegar.
Neblino llegó vestido con su mejor traje, afeitado al ras, colonia en mano, creo que hasta se había blanqueado los dientes, cortado el cabello bañado tres veces. Pasó por mi oficina, simplemente sonrío, llevaba las manos en los bolsillos, su sonrisa parecía estar dominada de pasión y locura, esa sonrisa que tiene vicios de dolor por donde se le mire. Sin que nadie me viera me escondí perfectamente posicionado para ver el espectáculo, en primera fila, aquello era digno de jugar al espía. Neblino salió de su oficina con una carretilla, es que en las manos no le cabían los obsequios, se adentró en la oficina de María Katerina y soltó un discurso que no pretendo repetir acá por honor a su memoria. Sacó un ramo de rosas rojas, tres cajas de bombones finos, se arrodilló, mostró un anillo, creo que lloró en algún momento, luego sacó otro ramo de rosas, se volvió a arrodillar, cantó unos boleros con guitarra y todo, ofreció casa, hijos, viajes, seguridad, estabilidad y por sobre todo amor, eso fue lo que ofreció Neblino en realidad.
Sentado en mi oficina y llorando a moco tendido no entendía que había podido salir mal, la carretilla llena de corotos estaba a mi lado, yo me comía los bombones que de paso estaban muy sabrosos. Dejé que el pobre y abatido hombre se desahogara, me explicara desde treinta y tres puntos de vista distintos la profundidad de su discurso y como él pensaba que no podía haber fracasado, luego se volteaba y me decía con más de ochenta teorías la razón por la cual las cosas se habían ido a la mierda. Ese día no trabajé, me limité a escuchar al hombre caído en desgracia, al ave herida, a un niño llorando por la partida. Finalmente Neblino, y luego de nueve cajas de kleenex, me pidió un favor, un favor algo extraño por demás, pero favor al fin.
Solo me bastó entregarle un papel a María Katerina con la letra de "don't get me wrong" por Pretenders y pelarle el diente una vez para que cayera rendida a mis pies. Si, así tan fácil como lo leen, es que a veces las cosas son tan simples en el planeta y nos complicamos demasiado. En su oficina la moví de un lado a otro, cerciorándome que no se olvidara nunca de aquello, que soñara, que creyera, que viviera, que quisiera. Minutos pasaron, el tiempo parado, palabras al aire, promesas eternas, si ella hubiera sabido que en mi domina la razón, nunca hubiera dejado que le rompiera el corazón…
María Katerina, así se llamaba la causante de la aflicción de Neblino, debo reconocer que en mi despiste eterno tiendo a no fijarme en las cualidades físicas de las personas, por el contrario les veo más allá. Eso me permite establecer en mi mente quien puede ser buena gente o quien no, concepto básico, hasta un tanto idiota, pero que rige las bases de las relaciones humanas. Hay gente buena, hay gente mala, y si que los hay, en esto no existen medias tintas, o buenos o malos, pero nada de medio buenos y medio malos, o eres una mierda o eres buena gente. Me desvío, es que mi mente a veces flota, pero el hecho es que María Katerina era la piedra de tranca en el andar de Neblino, como puede una persona ser el eje de nuestra existencia, no lo se, esa pregunta no la puedo contestar, aunque trataré de aproximarme a una respuesta con la historia de Neblino, el hombre que me corroboró lo estúpidos que podemos ser en materia de sentimientos, o más bien en auto-sadomasoquismo infligido, el dolor no cuesta nada, de hecho ni siquiera lo venden, lo regalan, lo obsequia la vida.
Neblino era mi compañero de trabajo, María Katerina también, aunque en dos planos distintos. Neblino era un especie de alma en pena que pululaba por la oficina, brillante debo decir, pero alma en pena al fin. Por otro lado María Katerina brillaba cual estrella en el firmamento, yo insisto en pensar que ella juraba que estaba buena, ella decía que como se puede estar buena si mides medio metro, te sobra maleta, tienes manos feas y voz chillona. Deben haber sido sus ojos, de un color nunca antes visto, penetrantes sin lugar a dudas, hay miradas que matan, hay otras que dan risa, la de ella creo que llevaba a los humanos a fantasear, me excluyo, yo no pierdo tiempo en pendejadas, yo respiro porque mis pulmones se abren y se contraen solos, pero no me paro a ver ojos lindos ni esas mariqueras. Quizás fue su nariz, perfecta, digna de Hollywood, operada creo yo, natural decía ella. María Katerina era de esa gente que te saludaba si quería, sino estaba de buenas te ignoraba, cosa que a mi no me hace ni cosquillas, pues a las seis de la tarde ya ni me acordaba quien me había saludado o no. Para Neblino las cosas eran distintas, tenía un calendario donde anotaba como lo había tratado María Katerina cada día. El calendario era digno de estudio, detalles, horas, regalos que le había hecho, estados de ánimo y hasta una especie de tabla pitagórica en donde medía las oportunidades de hacer en algún momento a la damicela suya.
En materia de cruzadas amorosas, la gente busca aliados, confidentes, segunderos, lo que sea. Es una necesidad humana tener alguien a quien echarle el cuento de los avances o retrocesos. Ahora bien esa no es mi necesidad, si yo decido atacar lo hago sin usar aliados, voy solo a la guerra, gano o pierdo, no hago preguntas ni llevo cuentas en mi cabeza de que he dicho y que no, simplemente avanzo o me freno de acuerdo a las circunstancias. Neblino, mi buen amigo Neblino, el no era así, los nervios lo hacían presa, se le trababa la lengua, se metía en mi oficina para obtener consejos, cosa que es contraproducente desde cualquier punto de vista pues yo soy yo y él es él, es decir, lo que me resulta a mi no necesariamente le resultará a otro y viceversa. Pero Neblino insistía en que le diera luces para llegar al destino final, para ganar la carrera contra aquello que sentimos y no podemos explicar, contra ese hueco que se forma en el centro del esqueleto y que se infla o desinfla acorde al son que toque la otra persona, el enemigo, pues en eso se convierte, en un enemigo que hay que derrotar para que decida caminar siendo parte del azar, como uno más en nuestro andar.
Hay ciertos puntos dentro de esta historia que nunca logré determinar. Siempre pensé que María Katerina estuvo consciente todo el tiempo que a Neblino le gustaba ella. Ella siempre me dijo que nunca lo vió venir, que ella no tenía ni idea que realmente Neblino sintiera algo por ella más allá que una simple amistad laboral. Las cosas que uno tiene que escuchar, de verdad eso es lo que me hace sonreír a diario, las múltiples interpretaciones que los humanos dan a distintas situaciones, siempre poniéndolas a su merced, bajo su ala, a su conveniencia, nunca vemos que puede ser lo que los demás sientan o piensen, primero nosotros, después si hay tiempo, ellos.
Una parte, de hecho la que más disfruto, de las letanías del jueguito macabro este que pusieron en la Tierra para entretenernos, es cuando la gente empieza a hacer todo tipo de promesas con tal que se le de la movida. Entré a la oficina de Neblino y me encontré con veinte y cuatro velas prendidas a distintos santos, una estatua de Buda y varias estampitas religiosas pegadas al corcho en distintas posiciones. "Que coño es esto Neblino?, le pregunté, "Bueno hermanazo" me dijo "un poquito de ayuda celestial no viene mal, tu sabes un empujoncito pa' que la María K. sea mía", confieso que me tuve que reír, aquel santuario ardiente era para cagarse de la risa, la cosa se puso mejor cuando Neblino nervioso por mis risas se incendió el flux, tuve que echarle agua, para apagar el incendio, la chaqueta del traje a la basura, y algunos documentos importantes hechos cenizas todo por lograr el amor de la difícil María Katerina.
Otro día pasé por la oficina de Neblino y me lo encontré haciendo barras y abdominales, el pobre sudaba como un cochino, al sorprenderlo así y guindado como un vampiro para maximizar el ejercicio sobre el músculo se cayó de espalda dándose un carajazo monumental. Lo tuve que cargar hasta la clínica para que lo revisaran completito, calmantes, dolor, y no más ejercicio en al menos tres meses. Recuerdo cuando pasamos por al lado de la oficina de María Katerina y Neblino iba adolorido y doblado, ella se paró y preguntó que había sucedido, Neblino de alguna manera oculta e irracional estaba molesto pues atribuía su caída a María K., como solía decirle el propio Neblino. Yo tuve que hablar, explicar que había pasado, María Katerina como cualquier mujer bromeó y le dijo a Neblino "ay Nebli, haciendo ejercicios, a quien te querrás levantar?, Neblino no contestó, yo por atrás le hice una seña a la dama para que no se molestara. Neblino tenía ahora una lesión permanente en la espalda por la caída aparatosa.
Los días pasan y esas esperas eternas hacen mella en las almas, te carcomen, empiezas a sentir que el tiempo se va y que tu no eres parte de el. El cúmulo de emociones comprimidas por la presión del no saber causa locura, Neblino no se atrevía a preguntar, según su teoría, iba lento pero seguro, con pasos firmes, bien pensados, poco a poco, un sin fin de momentos que se unirían en la hora indicada para entrelazarse y lograr el cometido final. Que grande es la esperanza, de verdad, una de las virtudes, si me permiten llamarla así, más grande los seres humanos es la capacidad de no rendirse en sus anhelos, esa llamarada interna que nos invita a pensar en un futuro mejor, así sepamos que nunca llegará.
Debo admitir que me asustó un poco el día que vi marcado en el calendario de Neblino una fecha con una letra x gigante, la letra x llevaba a su alrededor unos rayos, unas flores, todos hechos a mano por Neblino. Supuse de qué se trataba, es solo que al imaginar las consecuencias por apenas dos segundos me aterré aún más y preferí hacerme el loco. Neblino, tan amable como siempre, me invitó a sentarme, creo que hablamos un rato de la vida, de un negocio que planeaba montar, de su infancia, de sus ritos, sus delirios y sus fantasías. Finalmente salió el nombre fatídico, "me he decidido" me dijo, "voy a declararle mi amor a María K." y suspiró profundamente, yo traté de advertirle de los riesgos y consecuencias de toda aquella campaña pero Neblino había tomado su decisión.
Hasta ese momento yo creía saber todo lo que había pasado por la mente de Neblino en relación a su dulce tormento, estaba equivocado. Neblino se liberó, se abrió y dio paso a una cadena de pensamientos y sentimientos que nunca antes había visto emanar de la boca de un ser humano, de un hombre debo decir, alguna vez escuché a mis amigas sufrir por amor, si es que eso que llaman amor existe en algún rincón del planeta. Una lágrima cayó sobre la mejilla de Neblino, "ves esto?, me dijo, "tu sabes cuantas gotas con sabor a sal han caído por mi cara desde que conocí a María K?, tu lo sabes?, tienes alguna idea?", Neblino prosiguió, "tu te imaginas cuantas noches en vela he pasado a causa de ella?, cuantas fiestas he dejado de asistir, cuantas veces he sentido que mi vida se va por la cañería?", "no, la verdad no Neblino" le dije, "pues mira, te digo, muchas, incontables, innumerables, infinitas, no lo se, tu sabes lo que es el dolor?".
"Bueno" le contesté, "yo se lo que es un dolor de una esguince, de un golpe en la cabeza, de cuando me corté la pierna con el pedal de la bicicleta, eso si duele Neblino", "no, no, tu no sabes nada" gritó enfurecido, "tu no sabes lo que significa que te duela en un lugar que no sabes donde es, que no hay remedio, no hay suturas, no hay solución". Prosiguió, "sabes lo que es poner tu vida en la línea, estar dispuesto a morir, por alguien, lo sabes?, "bueno Neblino" le respondí, "yo se de muchas cosas, pero quizás de eso tu sabes más", el hombre endemoniado, poseído me contaba de su tristeza, de su andar sin destino, su cabeza abajo, su dolor eterno, su escasez de sonrisas, su olvidar de la risa, sus acciones perpetuas, su amor, su amor sin protesta.
Enamorarse solo es deleznable, al menos para los otros, yo no se de eso. Mi razón domina mi sentir, es así como puedo existir, como vivo, donde crezco, es el pan de mi seguir. Para Neblino su existencia reposaba sobre otra persona, sobre otro ser humano, con virtudes y defectos, pero que no se había dado a la tarea de indagar sobre cuales eran las consecuencias de ese nexo fantasioso que Neblino había creado en su mente. Claro estamos, nadie debe pagar porque a otro se le ocurre enamorarse de uno, eso es problema de la otra persona, acaso lo es?, quizás por un principio no escrito en las reglas inexistentes del jueguito macabro, pues, debemos interesarnos por el sentir del otro ser, caridad?, nada de eso, quizás curiosidad, aún más es posible que hasta para estudiar la posibilidad del chance escondido que puede estar por llegar.
Neblino llegó vestido con su mejor traje, afeitado al ras, colonia en mano, creo que hasta se había blanqueado los dientes, cortado el cabello bañado tres veces. Pasó por mi oficina, simplemente sonrío, llevaba las manos en los bolsillos, su sonrisa parecía estar dominada de pasión y locura, esa sonrisa que tiene vicios de dolor por donde se le mire. Sin que nadie me viera me escondí perfectamente posicionado para ver el espectáculo, en primera fila, aquello era digno de jugar al espía. Neblino salió de su oficina con una carretilla, es que en las manos no le cabían los obsequios, se adentró en la oficina de María Katerina y soltó un discurso que no pretendo repetir acá por honor a su memoria. Sacó un ramo de rosas rojas, tres cajas de bombones finos, se arrodilló, mostró un anillo, creo que lloró en algún momento, luego sacó otro ramo de rosas, se volvió a arrodillar, cantó unos boleros con guitarra y todo, ofreció casa, hijos, viajes, seguridad, estabilidad y por sobre todo amor, eso fue lo que ofreció Neblino en realidad.
Sentado en mi oficina y llorando a moco tendido no entendía que había podido salir mal, la carretilla llena de corotos estaba a mi lado, yo me comía los bombones que de paso estaban muy sabrosos. Dejé que el pobre y abatido hombre se desahogara, me explicara desde treinta y tres puntos de vista distintos la profundidad de su discurso y como él pensaba que no podía haber fracasado, luego se volteaba y me decía con más de ochenta teorías la razón por la cual las cosas se habían ido a la mierda. Ese día no trabajé, me limité a escuchar al hombre caído en desgracia, al ave herida, a un niño llorando por la partida. Finalmente Neblino, y luego de nueve cajas de kleenex, me pidió un favor, un favor algo extraño por demás, pero favor al fin.
Solo me bastó entregarle un papel a María Katerina con la letra de "don't get me wrong" por Pretenders y pelarle el diente una vez para que cayera rendida a mis pies. Si, así tan fácil como lo leen, es que a veces las cosas son tan simples en el planeta y nos complicamos demasiado. En su oficina la moví de un lado a otro, cerciorándome que no se olvidara nunca de aquello, que soñara, que creyera, que viviera, que quisiera. Minutos pasaron, el tiempo parado, palabras al aire, promesas eternas, si ella hubiera sabido que en mi domina la razón, nunca hubiera dejado que le rompiera el corazón…
Wednesday, January 25, 2006
Razones
Cuando estoy solo y sin oficio me da por buscar razones, entonces siempre, solo y sin oficio, ese soy yo, me la paso hurgando, metiendo la cabeza donde no debo, siempre y desde pequeño busqué el por qué de las cosas. No con esto digo que sea preguntón, para nada, más bien soy serio y callado, no del tipo antipático, quizás más tímido de lo que parezco. El hecho es que para mi mente algo fría y racional necesito obtener respuestas a cosas que no las tienen. Menuda tarea, preguntarme cretinadas que no tienen lógica humana y yo cual perro fiel persigo sus razones que en realidad no existen hasta llevarme a la locura, respuestas que no deben llegar, preguntas que están para ensalzar, causas y consecuencias de un andar, es que nunca pero nunca entendí la razón de este caminar.
Redactaba alguna idea alocada en mi ordenador cuando entró a mi cuarto, dio varias vueltas moviendo sus alas, creo que se encontraba inspeccionando mi bunker antes de posarse sobre la pantalla en donde trataba de escribir uno de los tantos cuentos que viví. El Yigüirro, es que así se llama el pájaro, por demás está decir, ave Costarricense. Claro, todos se preguntan que hace un ave Costarricense en mi cuarto en Caracas, confieso que yo también lo hice al verlo, de hecho me costó identificarlo como tal, y hasta le lancé un zapato el cual esquivó hábilmente alzando vuelo y posándose sobre mi cabeza. Finalmente y después de darme cuenta que el ave era un pajarraco amigo, noté como en su pata derecha traía un mensaje, un pequeño pedazo de papel, una nota que demandaba mi presencia.
Inmediatamente tomé la nota de su pata, el pájaro parecía atormentado, asustado, cansado también por el largo viaje. “Porqué no pudo escribir una nota normal y corriente” me dije a mi mismo cuando la observé, esas cosas en clave no me gustan, me distraen y termino siempre haciendo lo que no debo. "Mátame a estañazos, que quiero morir lentamente", de seguido decía "perro que come huevos, ni quemándole el hocico". "Que carajo significa esto?" pensé, mi hermano que se paseaba por mi cuarto buscando que le diera el teléfono de alguna dama para invitar a salir, leyó la nota y se echó a reír, obtuvo el número y se largó. Reconozco que no me puedo quedar tranquilo, "usa el cerebro Policarpio" repetía en mi interior, de pronto comprendí que esos dichos simplemente estaban allí para cuando llegara a Costa Rica, el Yigüirro era la primera clave para saber que hasta la bella nación Centro-Americana debía trasladarme y quizás un indicio para más tarde en mi odisea.
Saliendo por la puerta de mi casa, mi perro "Alerón" detectó que me iba, el pequeño mastodonte se abalanzó sobre mi para no dejarme ir. En el suelo y con sus patas encima mío me di cuenta que la nota tenía una palabra en su parte de atrás, como podía ser tan distraído para no mirar la parte trasera de la hoja, "Heredia", eso decía, nada más. Luego de quitarme al canino de encima le metí un grito a mi hermano para que hiciera una búsqueda rápida en el Atlas, a los pocos segundos me confirmó que Heredia era una provincia Costarricense. Al menos ya sabía hacia donde debía ir, siempre es bueno saber algo, aunque sea mínimo, la ignorancia es el fracaso de los pueblos, sabiendo se crece, se arman destinos, se lucha en justicia, se abren caminos. Después de engañar a "Alerón" para que me dejase ir, tomé el taxi que me llevó al aeropuerto, un vuelo de TACA hasta San José en donde al tocar tierra recordé que el "venado cola blanca" era famoso por sus poderes de agilizar la mente humana, es decir, una sopa de pelos de la cola del venado, traía consigo efectos inimaginables sobre la capacidad de desarrollar el cerebro más allá de los límites normales.
Tan pronto salí del aeropuerto liberé al Yigüirro, el cual había cargado escondido en mi camisa todo el viaje, el ave se había cagado en mi y en el avión varias veces hizo sus ruidos propios provocando que la aeromoza se me acercara. Yo poniendo cara de pájaro trataba de imitar el sonido para que no sospecharan que llevaba un animal en mi bolsillo. Todo en la vida tiene un comienzo y un fin, este era el principio, el nacer de una aventura más, no se el por qué, pero siempre asocié los comienzos a la esperanza y los finales a la reflexión, cosas mías, tonterías de mi mente. Lo interesante del existir radica en el descubrir, lo que no sabemos y estamos por aprender o lo que conocemos y podemos comprender, todo esto fabrica una base de sendas y oportunidades que deben ser transitadas en la búsqueda infinita de las razones, que en definitiva son respuestas al clamor de nuestra curiosidad, nutrientes para nuestras almas que desean liberarse de los miedos y dudas que persiguen nuestras vidas.
Irazú, así se llama uno de los volcanes más importantes de Costa Rica, por allí decidí pasar antes de dirigirme a Heredia, un viejo amigo radicaba en las faldas de la montaña del hueco humeante con la esperanza que al hacer erupción lo sepultara en ese lugar. Arribé al lugar en horas nocturnas, Abel, mi amigo no sabía de mi llegada, al verme comenzó a reír, la risa se transformó en lágrimas cuando recordó que la última vez que habíamos actuado juntos las cosas no habían salido del todo bien, pero eso es otra historia y después de consolarle nos sentamos a hablar bajo un árbol de Guanacaste. Le mostré la nota y Abel se mostró cauteloso ante la misma, el mensaje no era claro, podría tratarse de una trampa para capturarme. Abel no estaba en condiciones de acompañarme, su nivel de heroísmo había decaído con el pasar de los años y no pensaba correr riesgos ni poner en peligro mi existencia debido a su falta de práctica.
Bello fue el amanecer a las faldas del volcán, me despedí de mi viejo amigo y me encaminé hacia la provincia. Al parecer la persona que deseaba mi ayuda estaba en peligro de muerte, lenta, pero muerte al fin, igualmente no veía el sentido de un perro que no comiera huevos sin quemarse su hocico, por supuesto, esta frase debía significar otra cosa, o quizás solo era un artilugio para confundirme. El paseo en autobús me llevó por paisajes inigualables, como siempre me puse a hablar con una viejita que se sentó al lado mío en un intento de saber que podía estar pasando en Heredia. La dama de cabellos grises me habló de su tierra, de sus costumbres, de sus anhelos, de su familia, yo la escuchaba con atención, haciendo preguntas tontas e inofensivas. Por último decidí preguntarle como estaban las cosas en Heredia, la viejita suspiró y volteó los ojos, algo le incomodaba, trató de cambiar el tema, balbuceó algunas palabras y no me habló en el resto del trayecto. Al bajarse del autobús, se colocó al frente de mi ventana, en el sucio vidrio escribió "979" y desapareció.
El día estaba bastante caliente, al bajarme y sin comprender el por qué de esos números decidí comer algo antes de seguir con mi travesía. En el local me tomaba una Coca-Cola muy fría, acompañada de la sopa de pelos de cola de "venado cola blanca" cuando escuché que la radio decía "97.9 la estación del momento, Costa Rica es de nosotros". En un primer instante no capté pero gracias al cielo y la inmediata acción de la sopa conservo una agilidad mental poderosa y sin pensarlo dos veces tomé un taxi hacia los predios de la estación de radio. El taxista, algo inquisidor, me preguntaba la razón de mi visita, yo cauteloso le hablé que era un venezolano productor de programas de radio y venía a hacer algunas consultas, el hombre dudoso continuaba su interrogatorio tal cual detective de Scotland Yard, a mi no me gustan los taxistas, me parecen de alquiler como sus madres, y menos uno que se crea investigador privado. Cansado ante la insistencia del as del volante decidí bajarme del carro, pagué y pregunté por donde seguir hasta la estación de radio.
La vida nos pone ante situaciones que hay sortear día a día, acertijos los llamaba de pequeño. En la puerta de la emisora, un perro guardián se encontraba al lado de un guardia que parecía estar muy fuertemente armado para cuidar una simple estación, en la otra esquina vi un abasto en donde me introduje y compré un huevo. Me acerqué a la puerta y saludé, el hombre nada amigable me preguntó que hacía en los predios de la radio, yo me saqué el huevo del bolsillo y se lo di al perro. El guardia de inmediato y con un cambio de semblante me dijo "perro no come huevo", yo contesté " ni quemándole el hocico", una sonrisa de oreja a oreja se esbozó en la cara del hombre de armas y me dijo "bienvenido a la 97.9, pase, pase señor, que tenga un buen día".
La clave era esa, un huevo, un perro, que se yo, el hecho es que adentro estaba. En la recepción me atendió una dama muy amable, yo inventando historias le convencí que tenía que hablar con algún locutor para una tesis que estaba haciendo como parte de mi doctorado en la industria radiofónica. Me dio un pase y me dijo que fuera al piso cuatro, yo me subí al ascensor y en el primer piso me bajé. Con cuidado y con cara de paisano me recorrí el primer piso sin encontrar indicios de alguna situación extraña, el segundo piso pasó de largo y el tercero no trajo mayores consecuencias. Al bajar en el cuarto piso sentí un escalofrío, de esos que atraviesan tu alma. Varias cabinas de locución con sus respectivos locutores adentro daban la impresión de estar todo en orden, me acerqué a una de ellas en donde la vi sentada con sus audífonos y su micrófono delante, en la pared la foto de un Yigüirro.
Abrí la puerta y la mujer quedó helada, sus ojos me miraron fijamente, se quitó los audífonos y me abrazó. "Sabía que vendrías", confieso que en mi vida había visto a la dama en cuestión, ella después de decir su nombre, Bel Leguirre, me explicó que dentro de la estación no había desconocidos y yo era el único con cara de perdido así que tenía que ser el hombre que había recibido el mensaje del ave mensajera. Luego de lograr quitármela de encima pues permanecía guindada cual koala recién nacido, le pedí por favor me explicara que estaba sucediendo allí. De pronto se abrió la puerta y tuve que tirarme al suelo, abajo del escritorio, un hombre con voz de maldad le dijo a Bel "todo bien?, me pareció escuchar que conversabas con alguien, vamos, vamos, a trabajar, hay mucho que hacer".
Escondido en ese hueco y sin saber que pasaba asomé mi cabeza, Bel se sentó en su silla y con mucha sutileza me explicó de que se trataba aquello. Los Caballeros de la Guaria Morada, así se hacían llamar, una banda de inescrupulosos Costarricenses que se aprovechaban de una nueva tecnología desarrollada por ellos en donde las ondas de la radio al ser escuchadas por los radioescuchas les hacían volverse adictos a una nueva droga, igualmente manufacturada en la estación. La droga se llamaba "Alajuela" y debía su nombre a una planta que crecía en esa región de Costa Rica, la misma era totalmente adictiva y causaba estragos en la población joven de la pacífica y próspera nación. Bel me dijo que los locutores como ella eran obligados por estos mercaderes del mal a crear programas de interés para jóvenes con lo cual las ondas podían ser enviadas a través de sus oídos y por ende tornándose adictos a la "Alajuela".
Tomé a Bel de la mano, y le dije que teníamos que salir de allí, de inmediato. Salimos del estudio y me dirigí al techo del edificio, allí comencé a balancearme en las antenas logrando que se partieran una a una, Bel me miraba atónita pero al poco tiempo comenzó a ayudarme. "Pronto nos van a descubrir" me dijo la interesante Tica, yo estaba poseído en mi tarea de destruir las antenas, de hecho le había agarrado el truco a la cosa y me balanceaba cual infante mientras entonaba canciones de kinder. Después de tumbar alrededor de doce antenas me acerqué a la más peligrosa, la que emitía las ondas que causaban la adicción, saqué mi china y disparé un garbanzo, otro, otro más, y nada, la misma estaba hecha con algún material infranqueable, una especie de aleación nunca antes vista. La antena comenzó a moverse, me saqué la franela y la lancé haciendo que la misma se trabara, un chirrido estremeció mis oídos y un poquito de humo se despidió desde el motor de la antena, aprovechando que estaba estática le tumbé de un zapatazo la punta de la misma, otro zapatazo al centro de la misma hizo que soltara unas chispas, Bel se quitó sus zapatos de tacones, con fuerza lancé cada zapato que se clavaron como lanzas en la esfera de la antena, después de todo el material no era tan resistente, en ese instante lo que no sabía si iban a resistir eran nuestras vidas.
Abel, mi amigo, apareció en el techo, fuertemente armado, "suelta la china Policarpio" me gritó. Yo no comprendía nada de aquello, "pero Abel, que haces, te volviste loco? logré decir, Bel me miró y me dijo "tu conoces a este individuo?, el es de los cabecillas, de los magnates de la droga". Abel se acercó y golpeó a Bel en su cara, la pobre dama cayó al piso y yo sin poder hacer nada, la ayudé a levantarse, unas lágrimas caían de sus ojos, el cachete rojo mostraba el duro golpe recibido. "Vamos, caminen, par de idiotas" dijo Abel, creo que no hay nada peor en el planeta que un superhéroe corrompido, aquellos que defendemos el bien sin lugar a dudas podemos ser muy malos en el otro bando. Adentro del edificio nos esperaban los otros líderes de la banda, entre ellos el taxista que tantas preguntas me había hecho. Nos amarraron fuertemente, espalda con espalda, nos metieron dentro de un estudio de grabación, otros locutores nos miraban con sus ojos perdidos, sin lugar a dudas poseídos por los efectos de la "Alajuela".
Entró un matón a sueldo al estudio, se le veía en su cara, portaba un machete tamaño casa. "Los voy a cortar en pedacitos" dijo y soltó una carcajada, “poco a poco, una muerte lenta para ustedes, les extirparé órgano por órgano y me los comeré”. Para ese momento y gracias a mi entrenamiento ninja, que debo agradecer realmente a mi padre que me llevaba a patadas desde que tenía seis años al dojo había logrado desalojar mi cuerpo físico y estar parado atrás del matón. El hombre levantó el machete y me golpeó en la cabeza con el mango del mismo, desde afuera no entendía el dolor ni la razón de la expresión de mi cara, no le permití una más al bandido, desde mi estado espiritual y con la fuerza de la mente dominé su mano, el próximo machetazo que iba dirigido hacia Bel se volvió contra el hombre que se auto-cortó la femoral. El sangrero parecía un río, volví a mi caparazón y me dolió la vida, el cachazo en la cabeza me había dejado aturdido y tardé en saber donde estaba, luego vi sus ojos, los ojos más profundos que he alcanzado a ver en mi existencia.
Salimos del estudio después de desatarnos, subí al techo y recuperé mi china, en el ínterin Bel se dedicó a sacar a sus amigos locutores del trance en que se encontraban, como lo hizo, es un misterio para mi hasta el día de hoy. China en mano me dirigí al cuarto donde estaban los monigotes reposando, contaban el dinero de las ganancias, bebían vodka con limón. Con cuidado bajé hasta la entrada en donde el guardia con el perro me despidieron amablemente, a pesar de preguntarme la razón de andar sin franela, me hice el loco y seguí mi camino. Crucé la calle y compré unas botellas de Coca-Cola, las vacié mientras lloraba por desperdiciar aquel preciado líquido, también adquirí unas botellas de kerosene, las introduje dentro las botellas de vidrio y con la ayuda de mi pantalón les creé una mecha. Me devolví a la estación, sin franela, sin pantalones, sin zapatos, el guardia ya no estaba, me apresuré y llegué al cuarto piso en donde los bandidos habían capturado a Bel y se disponían a eliminarla del planeta.
Saqué mi china y disparé a la frente de Abel, de inmediato prendí la primera bomba casera y la lancé. Crear el caos es la manera más fácil de salir de aprietos, la confusión hace mella en las mentes inferiores, un nuevo chinazo puso fuera de combate a otro maleante, otra bomba, las llamas comenzaban a hacer de las suyas, los otros bandidos huyeron por la retaguardia, solo logré alcanzar a uno con un garbanzo incendiado, lo prendí vivo, y se quemó sin más remedio. Me acerqué a Abel y sentí lástima por el otrora superhéroe convertido en hampón, me miró algo perdido por el garbanzazo en la frente y pidió clemencia.
Entre Bel y yo sacamos a los locutores del edificio que se quemaba, cargué con Abel hasta la puerta y lo dejé en la acera de enfrente. Yo estoy por encima del bien y del mal, no juzgo, no pongo objeciones, no lo iba a dejar morir, sus razones tendría para haberse cambiado de bando, razones que aún desconozco. Bel se acercó y me dijo que no sabía como agradecerme, me pidió permiso para darme un beso, y sin concedérselo la besé yo sin más ni menos, con sutileza fui quitando mis labios de los suyos, poco a poco, como un fantasma, como lo que soy, una sombra salvadora, un solitario incansable. Cuando abrió sus ojos ya me había ido, lejos, como siempre, solo puedo decir que yo tengo mis razones...
Redactaba alguna idea alocada en mi ordenador cuando entró a mi cuarto, dio varias vueltas moviendo sus alas, creo que se encontraba inspeccionando mi bunker antes de posarse sobre la pantalla en donde trataba de escribir uno de los tantos cuentos que viví. El Yigüirro, es que así se llama el pájaro, por demás está decir, ave Costarricense. Claro, todos se preguntan que hace un ave Costarricense en mi cuarto en Caracas, confieso que yo también lo hice al verlo, de hecho me costó identificarlo como tal, y hasta le lancé un zapato el cual esquivó hábilmente alzando vuelo y posándose sobre mi cabeza. Finalmente y después de darme cuenta que el ave era un pajarraco amigo, noté como en su pata derecha traía un mensaje, un pequeño pedazo de papel, una nota que demandaba mi presencia.
Inmediatamente tomé la nota de su pata, el pájaro parecía atormentado, asustado, cansado también por el largo viaje. “Porqué no pudo escribir una nota normal y corriente” me dije a mi mismo cuando la observé, esas cosas en clave no me gustan, me distraen y termino siempre haciendo lo que no debo. "Mátame a estañazos, que quiero morir lentamente", de seguido decía "perro que come huevos, ni quemándole el hocico". "Que carajo significa esto?" pensé, mi hermano que se paseaba por mi cuarto buscando que le diera el teléfono de alguna dama para invitar a salir, leyó la nota y se echó a reír, obtuvo el número y se largó. Reconozco que no me puedo quedar tranquilo, "usa el cerebro Policarpio" repetía en mi interior, de pronto comprendí que esos dichos simplemente estaban allí para cuando llegara a Costa Rica, el Yigüirro era la primera clave para saber que hasta la bella nación Centro-Americana debía trasladarme y quizás un indicio para más tarde en mi odisea.
Saliendo por la puerta de mi casa, mi perro "Alerón" detectó que me iba, el pequeño mastodonte se abalanzó sobre mi para no dejarme ir. En el suelo y con sus patas encima mío me di cuenta que la nota tenía una palabra en su parte de atrás, como podía ser tan distraído para no mirar la parte trasera de la hoja, "Heredia", eso decía, nada más. Luego de quitarme al canino de encima le metí un grito a mi hermano para que hiciera una búsqueda rápida en el Atlas, a los pocos segundos me confirmó que Heredia era una provincia Costarricense. Al menos ya sabía hacia donde debía ir, siempre es bueno saber algo, aunque sea mínimo, la ignorancia es el fracaso de los pueblos, sabiendo se crece, se arman destinos, se lucha en justicia, se abren caminos. Después de engañar a "Alerón" para que me dejase ir, tomé el taxi que me llevó al aeropuerto, un vuelo de TACA hasta San José en donde al tocar tierra recordé que el "venado cola blanca" era famoso por sus poderes de agilizar la mente humana, es decir, una sopa de pelos de la cola del venado, traía consigo efectos inimaginables sobre la capacidad de desarrollar el cerebro más allá de los límites normales.
Tan pronto salí del aeropuerto liberé al Yigüirro, el cual había cargado escondido en mi camisa todo el viaje, el ave se había cagado en mi y en el avión varias veces hizo sus ruidos propios provocando que la aeromoza se me acercara. Yo poniendo cara de pájaro trataba de imitar el sonido para que no sospecharan que llevaba un animal en mi bolsillo. Todo en la vida tiene un comienzo y un fin, este era el principio, el nacer de una aventura más, no se el por qué, pero siempre asocié los comienzos a la esperanza y los finales a la reflexión, cosas mías, tonterías de mi mente. Lo interesante del existir radica en el descubrir, lo que no sabemos y estamos por aprender o lo que conocemos y podemos comprender, todo esto fabrica una base de sendas y oportunidades que deben ser transitadas en la búsqueda infinita de las razones, que en definitiva son respuestas al clamor de nuestra curiosidad, nutrientes para nuestras almas que desean liberarse de los miedos y dudas que persiguen nuestras vidas.
Irazú, así se llama uno de los volcanes más importantes de Costa Rica, por allí decidí pasar antes de dirigirme a Heredia, un viejo amigo radicaba en las faldas de la montaña del hueco humeante con la esperanza que al hacer erupción lo sepultara en ese lugar. Arribé al lugar en horas nocturnas, Abel, mi amigo no sabía de mi llegada, al verme comenzó a reír, la risa se transformó en lágrimas cuando recordó que la última vez que habíamos actuado juntos las cosas no habían salido del todo bien, pero eso es otra historia y después de consolarle nos sentamos a hablar bajo un árbol de Guanacaste. Le mostré la nota y Abel se mostró cauteloso ante la misma, el mensaje no era claro, podría tratarse de una trampa para capturarme. Abel no estaba en condiciones de acompañarme, su nivel de heroísmo había decaído con el pasar de los años y no pensaba correr riesgos ni poner en peligro mi existencia debido a su falta de práctica.
Bello fue el amanecer a las faldas del volcán, me despedí de mi viejo amigo y me encaminé hacia la provincia. Al parecer la persona que deseaba mi ayuda estaba en peligro de muerte, lenta, pero muerte al fin, igualmente no veía el sentido de un perro que no comiera huevos sin quemarse su hocico, por supuesto, esta frase debía significar otra cosa, o quizás solo era un artilugio para confundirme. El paseo en autobús me llevó por paisajes inigualables, como siempre me puse a hablar con una viejita que se sentó al lado mío en un intento de saber que podía estar pasando en Heredia. La dama de cabellos grises me habló de su tierra, de sus costumbres, de sus anhelos, de su familia, yo la escuchaba con atención, haciendo preguntas tontas e inofensivas. Por último decidí preguntarle como estaban las cosas en Heredia, la viejita suspiró y volteó los ojos, algo le incomodaba, trató de cambiar el tema, balbuceó algunas palabras y no me habló en el resto del trayecto. Al bajarse del autobús, se colocó al frente de mi ventana, en el sucio vidrio escribió "979" y desapareció.
El día estaba bastante caliente, al bajarme y sin comprender el por qué de esos números decidí comer algo antes de seguir con mi travesía. En el local me tomaba una Coca-Cola muy fría, acompañada de la sopa de pelos de cola de "venado cola blanca" cuando escuché que la radio decía "97.9 la estación del momento, Costa Rica es de nosotros". En un primer instante no capté pero gracias al cielo y la inmediata acción de la sopa conservo una agilidad mental poderosa y sin pensarlo dos veces tomé un taxi hacia los predios de la estación de radio. El taxista, algo inquisidor, me preguntaba la razón de mi visita, yo cauteloso le hablé que era un venezolano productor de programas de radio y venía a hacer algunas consultas, el hombre dudoso continuaba su interrogatorio tal cual detective de Scotland Yard, a mi no me gustan los taxistas, me parecen de alquiler como sus madres, y menos uno que se crea investigador privado. Cansado ante la insistencia del as del volante decidí bajarme del carro, pagué y pregunté por donde seguir hasta la estación de radio.
La vida nos pone ante situaciones que hay sortear día a día, acertijos los llamaba de pequeño. En la puerta de la emisora, un perro guardián se encontraba al lado de un guardia que parecía estar muy fuertemente armado para cuidar una simple estación, en la otra esquina vi un abasto en donde me introduje y compré un huevo. Me acerqué a la puerta y saludé, el hombre nada amigable me preguntó que hacía en los predios de la radio, yo me saqué el huevo del bolsillo y se lo di al perro. El guardia de inmediato y con un cambio de semblante me dijo "perro no come huevo", yo contesté " ni quemándole el hocico", una sonrisa de oreja a oreja se esbozó en la cara del hombre de armas y me dijo "bienvenido a la 97.9, pase, pase señor, que tenga un buen día".
La clave era esa, un huevo, un perro, que se yo, el hecho es que adentro estaba. En la recepción me atendió una dama muy amable, yo inventando historias le convencí que tenía que hablar con algún locutor para una tesis que estaba haciendo como parte de mi doctorado en la industria radiofónica. Me dio un pase y me dijo que fuera al piso cuatro, yo me subí al ascensor y en el primer piso me bajé. Con cuidado y con cara de paisano me recorrí el primer piso sin encontrar indicios de alguna situación extraña, el segundo piso pasó de largo y el tercero no trajo mayores consecuencias. Al bajar en el cuarto piso sentí un escalofrío, de esos que atraviesan tu alma. Varias cabinas de locución con sus respectivos locutores adentro daban la impresión de estar todo en orden, me acerqué a una de ellas en donde la vi sentada con sus audífonos y su micrófono delante, en la pared la foto de un Yigüirro.
Abrí la puerta y la mujer quedó helada, sus ojos me miraron fijamente, se quitó los audífonos y me abrazó. "Sabía que vendrías", confieso que en mi vida había visto a la dama en cuestión, ella después de decir su nombre, Bel Leguirre, me explicó que dentro de la estación no había desconocidos y yo era el único con cara de perdido así que tenía que ser el hombre que había recibido el mensaje del ave mensajera. Luego de lograr quitármela de encima pues permanecía guindada cual koala recién nacido, le pedí por favor me explicara que estaba sucediendo allí. De pronto se abrió la puerta y tuve que tirarme al suelo, abajo del escritorio, un hombre con voz de maldad le dijo a Bel "todo bien?, me pareció escuchar que conversabas con alguien, vamos, vamos, a trabajar, hay mucho que hacer".
Escondido en ese hueco y sin saber que pasaba asomé mi cabeza, Bel se sentó en su silla y con mucha sutileza me explicó de que se trataba aquello. Los Caballeros de la Guaria Morada, así se hacían llamar, una banda de inescrupulosos Costarricenses que se aprovechaban de una nueva tecnología desarrollada por ellos en donde las ondas de la radio al ser escuchadas por los radioescuchas les hacían volverse adictos a una nueva droga, igualmente manufacturada en la estación. La droga se llamaba "Alajuela" y debía su nombre a una planta que crecía en esa región de Costa Rica, la misma era totalmente adictiva y causaba estragos en la población joven de la pacífica y próspera nación. Bel me dijo que los locutores como ella eran obligados por estos mercaderes del mal a crear programas de interés para jóvenes con lo cual las ondas podían ser enviadas a través de sus oídos y por ende tornándose adictos a la "Alajuela".
Tomé a Bel de la mano, y le dije que teníamos que salir de allí, de inmediato. Salimos del estudio y me dirigí al techo del edificio, allí comencé a balancearme en las antenas logrando que se partieran una a una, Bel me miraba atónita pero al poco tiempo comenzó a ayudarme. "Pronto nos van a descubrir" me dijo la interesante Tica, yo estaba poseído en mi tarea de destruir las antenas, de hecho le había agarrado el truco a la cosa y me balanceaba cual infante mientras entonaba canciones de kinder. Después de tumbar alrededor de doce antenas me acerqué a la más peligrosa, la que emitía las ondas que causaban la adicción, saqué mi china y disparé un garbanzo, otro, otro más, y nada, la misma estaba hecha con algún material infranqueable, una especie de aleación nunca antes vista. La antena comenzó a moverse, me saqué la franela y la lancé haciendo que la misma se trabara, un chirrido estremeció mis oídos y un poquito de humo se despidió desde el motor de la antena, aprovechando que estaba estática le tumbé de un zapatazo la punta de la misma, otro zapatazo al centro de la misma hizo que soltara unas chispas, Bel se quitó sus zapatos de tacones, con fuerza lancé cada zapato que se clavaron como lanzas en la esfera de la antena, después de todo el material no era tan resistente, en ese instante lo que no sabía si iban a resistir eran nuestras vidas.
Abel, mi amigo, apareció en el techo, fuertemente armado, "suelta la china Policarpio" me gritó. Yo no comprendía nada de aquello, "pero Abel, que haces, te volviste loco? logré decir, Bel me miró y me dijo "tu conoces a este individuo?, el es de los cabecillas, de los magnates de la droga". Abel se acercó y golpeó a Bel en su cara, la pobre dama cayó al piso y yo sin poder hacer nada, la ayudé a levantarse, unas lágrimas caían de sus ojos, el cachete rojo mostraba el duro golpe recibido. "Vamos, caminen, par de idiotas" dijo Abel, creo que no hay nada peor en el planeta que un superhéroe corrompido, aquellos que defendemos el bien sin lugar a dudas podemos ser muy malos en el otro bando. Adentro del edificio nos esperaban los otros líderes de la banda, entre ellos el taxista que tantas preguntas me había hecho. Nos amarraron fuertemente, espalda con espalda, nos metieron dentro de un estudio de grabación, otros locutores nos miraban con sus ojos perdidos, sin lugar a dudas poseídos por los efectos de la "Alajuela".
Entró un matón a sueldo al estudio, se le veía en su cara, portaba un machete tamaño casa. "Los voy a cortar en pedacitos" dijo y soltó una carcajada, “poco a poco, una muerte lenta para ustedes, les extirparé órgano por órgano y me los comeré”. Para ese momento y gracias a mi entrenamiento ninja, que debo agradecer realmente a mi padre que me llevaba a patadas desde que tenía seis años al dojo había logrado desalojar mi cuerpo físico y estar parado atrás del matón. El hombre levantó el machete y me golpeó en la cabeza con el mango del mismo, desde afuera no entendía el dolor ni la razón de la expresión de mi cara, no le permití una más al bandido, desde mi estado espiritual y con la fuerza de la mente dominé su mano, el próximo machetazo que iba dirigido hacia Bel se volvió contra el hombre que se auto-cortó la femoral. El sangrero parecía un río, volví a mi caparazón y me dolió la vida, el cachazo en la cabeza me había dejado aturdido y tardé en saber donde estaba, luego vi sus ojos, los ojos más profundos que he alcanzado a ver en mi existencia.
Salimos del estudio después de desatarnos, subí al techo y recuperé mi china, en el ínterin Bel se dedicó a sacar a sus amigos locutores del trance en que se encontraban, como lo hizo, es un misterio para mi hasta el día de hoy. China en mano me dirigí al cuarto donde estaban los monigotes reposando, contaban el dinero de las ganancias, bebían vodka con limón. Con cuidado bajé hasta la entrada en donde el guardia con el perro me despidieron amablemente, a pesar de preguntarme la razón de andar sin franela, me hice el loco y seguí mi camino. Crucé la calle y compré unas botellas de Coca-Cola, las vacié mientras lloraba por desperdiciar aquel preciado líquido, también adquirí unas botellas de kerosene, las introduje dentro las botellas de vidrio y con la ayuda de mi pantalón les creé una mecha. Me devolví a la estación, sin franela, sin pantalones, sin zapatos, el guardia ya no estaba, me apresuré y llegué al cuarto piso en donde los bandidos habían capturado a Bel y se disponían a eliminarla del planeta.
Saqué mi china y disparé a la frente de Abel, de inmediato prendí la primera bomba casera y la lancé. Crear el caos es la manera más fácil de salir de aprietos, la confusión hace mella en las mentes inferiores, un nuevo chinazo puso fuera de combate a otro maleante, otra bomba, las llamas comenzaban a hacer de las suyas, los otros bandidos huyeron por la retaguardia, solo logré alcanzar a uno con un garbanzo incendiado, lo prendí vivo, y se quemó sin más remedio. Me acerqué a Abel y sentí lástima por el otrora superhéroe convertido en hampón, me miró algo perdido por el garbanzazo en la frente y pidió clemencia.
Entre Bel y yo sacamos a los locutores del edificio que se quemaba, cargué con Abel hasta la puerta y lo dejé en la acera de enfrente. Yo estoy por encima del bien y del mal, no juzgo, no pongo objeciones, no lo iba a dejar morir, sus razones tendría para haberse cambiado de bando, razones que aún desconozco. Bel se acercó y me dijo que no sabía como agradecerme, me pidió permiso para darme un beso, y sin concedérselo la besé yo sin más ni menos, con sutileza fui quitando mis labios de los suyos, poco a poco, como un fantasma, como lo que soy, una sombra salvadora, un solitario incansable. Cuando abrió sus ojos ya me había ido, lejos, como siempre, solo puedo decir que yo tengo mis razones...
Los 5 hábitos extraños de Dinobat y Policarpio
Buenas, debo decir que no soy adepto a las cadenas, dejando claro eso, me dispongo a contestar esta pues es una especie de enfermedad entre los "bloggeros", igualmente la persona que me instó a hacerla tiene todo mis respetos, así que pedí permiso aquí en el manicomio donde vivo para hablar públicamente de mis manías, hábitos extraños y mañas de niño malcriado. Nota: Los Superhéroes no tenemos manías raras simplemente somos raros.
1) La primera sin lugar a dudas es que me como la uña del dedo gordo de mi mano derecha, solo esa, creo que me recuerda mis días de infancia cuando chupaba dedo y mi padre intentando salvarme de la ortodoncia colocaba sal en el dedo para que me diera asco llevarlo a la boca. En realidad desarrollé un gusto exquisito por la sal.
2) Al caminar en la calle o en cualquier lugar no piso las rayas, grietas y demás, quizás me venga de mis tiempos de jugador de baseball, en donde nunca pise la raya de cal, supersticiones es posible. Se imaginarán que divertido me veo al cruzar por el rayado peatonal, voy dando brincos cual Canguro herido.
3) Tomo Coca-Cola a toda hora, muy fría y con hielo, sirvo poca en el vaso, para que se mantenga helada, la saboreo, y puedo distinguir si es de lata, botella, botellita de vidrio, botellón, de máquina o si algún enemigo trata de envenenarme.
4) Duermo boca arriba, con las manos en mi pecho, uno nunca sabe cuando vendrá la llamada celestial. Una sola almohada, sin sábanas, solo una cobija. Igual la razón de dormir así es para no joder mucho cuando me tengan que meter en la caja, el rigor mortis puede causar posiciones extrañas.
5) Si alguien prende un cigarro al lado mío le pido amablemente que lo apague, si no lo hace me retiro, sea quien sea, familiar, amigo, conocido, extraño o personalidad importante.
"Aclaraciones: las reglas del juego son las siguientes: Titular “Los cinco extraños hábitos de....” (acá su nombre). Elegir luego 5 personas y dejar su nombre linkeado a su blog. Pasar por el blog de esa persona para avisarle de la invitación y que pueda leer sus respuestas. En el post, cada uno/a debe dejar en claro las reglas." Igualmente y estas reglas son las mías pues no se la paso a nadie, el que la quiera hacer pues que se desnude ante el planeta…
1) La primera sin lugar a dudas es que me como la uña del dedo gordo de mi mano derecha, solo esa, creo que me recuerda mis días de infancia cuando chupaba dedo y mi padre intentando salvarme de la ortodoncia colocaba sal en el dedo para que me diera asco llevarlo a la boca. En realidad desarrollé un gusto exquisito por la sal.
2) Al caminar en la calle o en cualquier lugar no piso las rayas, grietas y demás, quizás me venga de mis tiempos de jugador de baseball, en donde nunca pise la raya de cal, supersticiones es posible. Se imaginarán que divertido me veo al cruzar por el rayado peatonal, voy dando brincos cual Canguro herido.
3) Tomo Coca-Cola a toda hora, muy fría y con hielo, sirvo poca en el vaso, para que se mantenga helada, la saboreo, y puedo distinguir si es de lata, botella, botellita de vidrio, botellón, de máquina o si algún enemigo trata de envenenarme.
4) Duermo boca arriba, con las manos en mi pecho, uno nunca sabe cuando vendrá la llamada celestial. Una sola almohada, sin sábanas, solo una cobija. Igual la razón de dormir así es para no joder mucho cuando me tengan que meter en la caja, el rigor mortis puede causar posiciones extrañas.
5) Si alguien prende un cigarro al lado mío le pido amablemente que lo apague, si no lo hace me retiro, sea quien sea, familiar, amigo, conocido, extraño o personalidad importante.
"Aclaraciones: las reglas del juego son las siguientes: Titular “Los cinco extraños hábitos de....” (acá su nombre). Elegir luego 5 personas y dejar su nombre linkeado a su blog. Pasar por el blog de esa persona para avisarle de la invitación y que pueda leer sus respuestas. En el post, cada uno/a debe dejar en claro las reglas." Igualmente y estas reglas son las mías pues no se la paso a nadie, el que la quiera hacer pues que se desnude ante el planeta…
Monday, January 23, 2006
Cosas Bonitas
Me miraba, pero creo que realmente veía algo distinto a mi reflejo, sus ojos palidecían con el transcurrir de los segundos, yo trataba, juro que intenté hacer todo lo que estaba en mis manos. Sentía como la fuerza de la mano de Beatriz se extinguía, que le dices a alguien que está dando el salto de un plano a otro en ese preciso instante, se iba, tranquila y serena, como muchos, con un conjunto de sueños y anhelos, con tantos años por vivir. Batalló con su interior para fijar la mirada nuevamente en este lado de acá, suspiró, trató de hablar y no pudo, volvió a suspirar, me apretó con fuerza la mano, la última fuerza, y me dijo "gracias", soltó mi mano, para pasar al sueño eterno, cumpliendo mi promesa le cargué y la llevé a casa de sus padres, tal cual como me había pedido dejé su cuerpo inerte al lado del buzón de correos, la miré por última vez y me alejé, derrotado, el sabor del perder en mis entrañas, un superhéroe abatido, incapaz de salvar al planeta.
Eran tiempos normales de la historia, sin mucho porque alegrarse pero sin mucho porqué llorar. El aceptar hace más fácil el caminar, todo en su medida precisa, mientras más interno en nuestros seres logramos digerir que debemos ser lo suficientemente sabios para diferenciar entre las cosas que podemos cambiar y las que no podemos nuestro existir se balanceará eficientemente. Lo digo como si fuera una tarea simple de aprender, la realidad es otra, usualmente deseamos cambiar lo que no podemos, o quizás no debemos, el deber y el poder, conceptos que usualmente no son discutidos dentro de la misma ensalada. Dicen que es mejor mantener la calma, ver las cosas con una óptica esencialmente pausada, analizar para luego actuar, racionalizar antes de explotar, respirar hondo y meditar, pero como haces eso cuando se apaga frente a ti la luz de un ser, igual a ti, hecho a tu imagen y semejanza.
Acababa de salir de una entrevista de trabajo, me desabrochaba la corbata, me la había tenido que poner, vestirme de payaso, con mi traje, los convencionalismos que tuve que aceptar. Era un edificio moderno, eso creo, grandes ventanales permitían ver a las personas haciendo su trabajo, un concepto inédito, aprobado por algunos, odiado por otros. Ya me iba, camino al ascensor, mala maña la mía de pegar mi nariz en los cristales, y fue como la ví, allí sentada, haciendo sus deberes, ellos no podían ver hacia fuera, para evitar la distracción, me quedé paseando como un guardia, de un lado a otro, esperando a que saliera, conversé con gente que salía del ascensor, conté cuantos bombillos había en el techo, me dije algún chiste para reírme y mantener la moral en alto, y ya les dije que esperé?, que me mantuve por más de cuatro horas, cual león enjaulado, pensando, soñando, buscando palabras que decir.
Apareció de repente, me sorprendió debo confesar, todas mis líneas preconcebidas se esfumaron en un instante, por suerte usé mi habilidad para subirme al mismo ascensor, sonreí, ella devolvió la sonrisa con menos ganas. Nos bajamos, ella caminó hacia un establecimiento de comida, yo hice lo propio, en la cola y detrás de ella, escuchaba el sonido de su olor, si, es que los olores suenan, es solo que no hemos aprendido a entenderlo. Finalmente se volteó y me preguntó "tu me estás siguiendo?, en principio me dió por reírme, pero con cara de seriedad le dije "pues si, yo sigo lo que quiero", ella respondió "confianza uh?, por cierto tienes la corbata mal puesta", me sonrojé, cosa que nunca hago, me arreglé y le dije "pues y ahora?, con mi corbata bien puesta si comes conmigo?, ella me miró con cara de pocos amigos, "yo no como con extraños", "pero es que ya no soy un extraño, paseamos en ascensor y hasta mi corbata mal puesta criticaste", "insistente" dijo ella "pero bueno, al menos agradable, vamos a hacer algo, me acompañas a comer, pero nada de pedir teléfonos ni invitarme a salir, te parece?, accedí, es que como no iba a acceder.
"Beatriz Dorante" me dijo, y extendió su mano, yo hice lo mismo, nos sentamos, yo había olvidado comprar mi comida, es que hay momentos donde pierdo la razón, ese fue uno de ellos. Ella me ofreció la mitad de su sándwich, compartir, otra cosa que se nos ha olvidado a todos, así pues comimos, yo sin decir mucho, a pesar que sabía esa era mi única oportunidad, preferí disfrutar. Beatriz habló de ella, pero a la vez habló del todo, una voz suave y tranquila, sin prisas ni temores, a veces creo que no pasó, que es solo un sueño que tuve en una noche de esas, y que simplemente nunca he podido olvidar, la línea que divide a la realidad de los sueños puede ser muy fina, puede acabar con la existencia pero es capaz de lograr cosas inimaginables.
Mi hora había llegado, el tiempo pasó, Beatriz se levantó y con una sonrisa agradeció que la hubiera acompañado a almorzar. "No acostumbro a almorzar con desconocidos, pero esta ha sido una experiencia distinta" dijo mientras se despedía. Nuevamente la seguí al ascensor, hay momentos donde pienso que ella quería que la siguiera, hay otros donde no estoy tan seguro, usé uno de mis tantos trucos, me escondí atrás de una mata, de una mata de edificio, una especie de palmerita escueta. Las puertas del ascensor se iban a cerrar, y sin más se abrieron nuevamente, ella salió del mismo, y se acercó a la mata, la estudió, hizo como si no me viera, en silencio y con su boca dijo unos números, aún los recuerdo, se volteó y se fue.
Sentado en el techo de mi casa observaba al sol caer, en una mano un vaso de Coca-Cola, en la otra el teléfono, Alerón, mi perro, me lamía aprovechando que mis dos manos estaban ocupadas, del otro lado del teléfono escuché su voz, "sabía que ibas a llamar" me dijo, "entonces si lo sabías porqué estás sonriendo nerviosamente" le dije, esta vez ella fue la que se puso roja, no la vi, pero lo se. Le dije que la pasaba buscando, y ella accedió, en la puerta de aquel edificio en el cual había estado horas antes, estaba parada, esperando, es que siempre estamos esperando algo, así nos metemos la existencia. Se subió en la parte trasera del carro, Alerón, venía como mi copiloto y no permitió que Beatriz se sentara delante por más que traté de convencerle, de esa forma llegamos a un pequeño lugar, en donde conversamos abiertamente.
Entrada ya la noche y con la esperanza en su punto más alto la llevé a su casa, allí me dijo algo que para entonces no entendí, mencionó que si moría pues que la trajera y la dejara al lado del buzón de correos de su casa, así sus padres recibirían la noticia como una carta más, nunca sabemos que vendrá en el correo, nunca sabemos cuando seremos nosotros. Se despidió con un beso en la mejilla, preguntó si me volvería a ver, debe ser que más de una vez la habían usado por una noche para nunca volver. Yo decidí devolver el beso, en la mejilla también, aseguré que si me volvería a ver y que la próxima trataría de engañar a Alerón antes de salir de la casa para que se pudiera sentar en el puesto de adelante. Caminó hacia la entrada de su casa, abrió la puerta, hizo un gesto con su mano y desapareció.
Esa noche no dormí, es que no podía sacar ciertas imágenes de mi mente, hay días que las vuelvo a ver, en cualquier lado, en cualquier rostro, en cualquier situación. A la mañana siguiente me paré detrás de la mata que estaba al frente de los ascensores donde Beatriz trabajaba, la persona que me había entrevistado el día anterior pasó por allí y me vió, quedando mi oportunidad de trabajar allí negadas ipso facto, por supuesto, un loco detrás de una mata, esperando a la nada, pero en ese momento nada me importaba. Llegó al poco tiempo, con dos hombres con mala cara, vestidos de negro, reconozco que no entendí y sin que se dieran cuenta me subí al ascensor con ellos, Beatriz no me saludó, aunque sus ojos brillaron de manera extraña, yo me hice el loco y me bajé en un piso más arriba, por las escaleras llegué a su piso y esperé. Finalmente salieron de la oficina, con cuidado y sigiloso les seguí, en el estacionamiento subieron a Beatriz a un carro, yo me subí al mío, en la autopista mi carrito no podía mantenerse cerca de aquel bólido infernal, por suerte se metieron en la salida de El Rosal, y de allí a un motel, para este momento estaba desconcertado, quizás debería decir decepcionado. Estacioné mi carro, crucé la calle y me introduje en el motel.
El papá de un amigo que estaba haciendo de las suyas me vio, el pobre viejo no sabía que hacer, optó por sacarse unos reales del bolsillo y dármelos, mi conciencia no se compra, los dejé caer al piso, pero le prometí que no diría nada, en realidad eso no era problema mío. Sin perder de vista a Beatriz, continué mi camino, al último piso del motel, a la "suite real", vi como entraban a la misma, me acerqué a la puerta y pegué el oído. Se escuchaban voces, gritos a veces, adentro habían unas ocho personas, pude calcular, debía actuar rápido, al fondo del piso había un cuartito, adentro estaba uno de los botones del motel, saqué un billete del bolsillo y se lo ofrecí a cambio de su disfraz, si, porque esa vaina con sombrerito es un disfraz, el hombre dudó, pero la necesidad puede con todo y tomó mi dinero a cambio de su traje.
Toqué la puerta de la habitación, me abrieron los dos hombres de negro, nada amables por cierto, adentro habían como cuatro muchachas, todas sentadas alrededor de un hombre bien vestido, entre ellas, Beatriz. "Que quieres?, me dijo uno de los hombres de negro, "mire me dijeron que revisara si hay toallas en el baño, usted sabe, todo lo mejor para nuestro cliente estrella", el hombre bien vestido, se levantó y dijo "déjalo pasar". Miré a Beatriz quien no sabía que hacer al verme, seguí hasta el baño y salí diciendo que todo estaba en orden. El hombre bien vestido, me recordaba a alguien, y de pronto todo cuajó, se trataba de Marcos Vargas, el banquero de la trampa, un hombre poderoso, inescrupuloso, que había pisado a media Caracas en su ascenso hacia la fortuna.
Ya me iba, cuando Vargas me dijo "oye botones, y tu no quieres participar en la fiesta?, aquí hay para todos". Dudé, por un momento tuve sentimientos encontrados, pero mi deber es ulterior, y esas muchachas que allí estaban merecían una oportunidad, un empuje para salirse de aquello, para cambiar sus vidas, no las juzgo, nunca juzgo a nadie, es solo que sus ojos me dijeron que no eran felices. "Pues si patrón", le dije a Vargas, "me quedo pues a disfrutar de la fiesta", Beatriz no me quitaba los ojos de encima, Vargas se dio cuenta y me dijo "agarra a esta bichita que no te deja de mirar, esta divina no?, yo me limité a sonreír, una sonrisa falsa, sin lugar a dudas, la tomé de la mano y me paré a esperar que sucedía.
Marcos Vargas me indicó que la cosa era en comunidad, todos allí en la sala, a todas estas los monigotes de negro ya estaban en pelotas, el banquero también. Beatriz alcanzó a decirme "que carajo estás haciendo tu aquí?, yo sin mirarla y con cuidado le dije que no eran momentos de preguntas, más bien de respuestas, que se tranquilizara y siguiera el juego. El revuelo había comenzado, Vargas me indicaba que me quitara el disfraz de botones, yo apenado y no acostumbrado a ese tipo de joditas comencé por quitarme la chaqueta con suma lentitud, aún recuerdo las miradas vacías, de todas ellas, una por una pasean en mis sueños y me reprochan no haberles salvado, se sientan en círculo y lloran desconsoladas, yo simplemente me despierto sudando.
"Que te parece este clubcito de niñas 'bien'" me dijo Vargas, "pura seda, estas son niñas de la sociedad como puedes ver, quien lo iba a pensar no?, tu un botones, disfrutando de este banquete". Allí el asco penetró mis venas, el ser repugnante que tenía al frente me provocó nauseas, miré a Beatriz y le dije "nos vamos de esta mierda, ya, ahora mismo", Vargas dejó de hacer lo que estaba haciendo, al igual que los monigotes y dijo "Ay me salió salvadorcito de la patria el maricón este", refiriéndose a mi por supuesto, lo miré desafiante y le dije "es más, no solo Beatriz, sino que las demás también se vienen conmigo, se acabó esta joda". Las otras muchachas se pararon, de inmediato, así como reforzadas por mi aliento, con una nueva esperanza, se colocaron detrás de mi y se vistieron con rapidez.
Vargas sin entender me dijo "como coño sabes tu el nombre de la perrita esta?, antes de dejarle decir algo más saqué mi china y le disparé sacándole un diente con un poderoso garbanzo. Vargas escupiendo el diente, y los monigotes de negro, desenfundaron unas armas poderosas, y sin mediar palabras comenzaron a disparar. Yo estaba entrenado, las muchachas no, mi brinco me colocó detrás de un sofá, un chinazo, esta vez con una bolita de plomo a la cabeza de uno de los monigotes lo puso fuera de combate, en ese momento Vargas gritó "hay que escapar, nadie puede saber de esta vaina", así el banquero y uno de sus guardaespaldas salieron disparados por la puerta no sin antes echar varios tiros hacia adentro.
Miré a mi alrededor y el cuadro no era bonito, corrí al teléfono y pedí ayuda, me acerqué a Beatriz quien parecía estar bien, las otras muchachas estaban heridas, heridas de muerte. Beatriz me abrazó y comenzó a llorar, nuevamente mis sentimientos se encontraron, "hay que salir de aquí" le dije, ella no quería dejar a sus amigas, lo cual es loable, pero en ese momento había que actuar rápido, al pasar por al lado del monigote Beatriz se detuvo, se agachó y lo besó, un sonido sórdido inundó el cuarto, Beatriz cayó hacia atrás, el líquido rojo brotaba de su abdomen. Un nuevo chinazo, esta vez el centro de la frente desmayó por completo al monigote. Brinqué hacia Beatriz quien se desvanecía entre mis manos, como recuerdo, y ya dije, me miraba, pero ya no estaba allí, me agradeció, aún no se el por qué, eso fue lo último que dijo.
Hay cosas que debo aceptar, hay cosas que no puedo cambiar, hay cosas que no debemos cambiar, hay cosas que puedo cambiar, hoy en día miro atrás y quizás solo pueda esperar…
Eran tiempos normales de la historia, sin mucho porque alegrarse pero sin mucho porqué llorar. El aceptar hace más fácil el caminar, todo en su medida precisa, mientras más interno en nuestros seres logramos digerir que debemos ser lo suficientemente sabios para diferenciar entre las cosas que podemos cambiar y las que no podemos nuestro existir se balanceará eficientemente. Lo digo como si fuera una tarea simple de aprender, la realidad es otra, usualmente deseamos cambiar lo que no podemos, o quizás no debemos, el deber y el poder, conceptos que usualmente no son discutidos dentro de la misma ensalada. Dicen que es mejor mantener la calma, ver las cosas con una óptica esencialmente pausada, analizar para luego actuar, racionalizar antes de explotar, respirar hondo y meditar, pero como haces eso cuando se apaga frente a ti la luz de un ser, igual a ti, hecho a tu imagen y semejanza.
Acababa de salir de una entrevista de trabajo, me desabrochaba la corbata, me la había tenido que poner, vestirme de payaso, con mi traje, los convencionalismos que tuve que aceptar. Era un edificio moderno, eso creo, grandes ventanales permitían ver a las personas haciendo su trabajo, un concepto inédito, aprobado por algunos, odiado por otros. Ya me iba, camino al ascensor, mala maña la mía de pegar mi nariz en los cristales, y fue como la ví, allí sentada, haciendo sus deberes, ellos no podían ver hacia fuera, para evitar la distracción, me quedé paseando como un guardia, de un lado a otro, esperando a que saliera, conversé con gente que salía del ascensor, conté cuantos bombillos había en el techo, me dije algún chiste para reírme y mantener la moral en alto, y ya les dije que esperé?, que me mantuve por más de cuatro horas, cual león enjaulado, pensando, soñando, buscando palabras que decir.
Apareció de repente, me sorprendió debo confesar, todas mis líneas preconcebidas se esfumaron en un instante, por suerte usé mi habilidad para subirme al mismo ascensor, sonreí, ella devolvió la sonrisa con menos ganas. Nos bajamos, ella caminó hacia un establecimiento de comida, yo hice lo propio, en la cola y detrás de ella, escuchaba el sonido de su olor, si, es que los olores suenan, es solo que no hemos aprendido a entenderlo. Finalmente se volteó y me preguntó "tu me estás siguiendo?, en principio me dió por reírme, pero con cara de seriedad le dije "pues si, yo sigo lo que quiero", ella respondió "confianza uh?, por cierto tienes la corbata mal puesta", me sonrojé, cosa que nunca hago, me arreglé y le dije "pues y ahora?, con mi corbata bien puesta si comes conmigo?, ella me miró con cara de pocos amigos, "yo no como con extraños", "pero es que ya no soy un extraño, paseamos en ascensor y hasta mi corbata mal puesta criticaste", "insistente" dijo ella "pero bueno, al menos agradable, vamos a hacer algo, me acompañas a comer, pero nada de pedir teléfonos ni invitarme a salir, te parece?, accedí, es que como no iba a acceder.
"Beatriz Dorante" me dijo, y extendió su mano, yo hice lo mismo, nos sentamos, yo había olvidado comprar mi comida, es que hay momentos donde pierdo la razón, ese fue uno de ellos. Ella me ofreció la mitad de su sándwich, compartir, otra cosa que se nos ha olvidado a todos, así pues comimos, yo sin decir mucho, a pesar que sabía esa era mi única oportunidad, preferí disfrutar. Beatriz habló de ella, pero a la vez habló del todo, una voz suave y tranquila, sin prisas ni temores, a veces creo que no pasó, que es solo un sueño que tuve en una noche de esas, y que simplemente nunca he podido olvidar, la línea que divide a la realidad de los sueños puede ser muy fina, puede acabar con la existencia pero es capaz de lograr cosas inimaginables.
Mi hora había llegado, el tiempo pasó, Beatriz se levantó y con una sonrisa agradeció que la hubiera acompañado a almorzar. "No acostumbro a almorzar con desconocidos, pero esta ha sido una experiencia distinta" dijo mientras se despedía. Nuevamente la seguí al ascensor, hay momentos donde pienso que ella quería que la siguiera, hay otros donde no estoy tan seguro, usé uno de mis tantos trucos, me escondí atrás de una mata, de una mata de edificio, una especie de palmerita escueta. Las puertas del ascensor se iban a cerrar, y sin más se abrieron nuevamente, ella salió del mismo, y se acercó a la mata, la estudió, hizo como si no me viera, en silencio y con su boca dijo unos números, aún los recuerdo, se volteó y se fue.
Sentado en el techo de mi casa observaba al sol caer, en una mano un vaso de Coca-Cola, en la otra el teléfono, Alerón, mi perro, me lamía aprovechando que mis dos manos estaban ocupadas, del otro lado del teléfono escuché su voz, "sabía que ibas a llamar" me dijo, "entonces si lo sabías porqué estás sonriendo nerviosamente" le dije, esta vez ella fue la que se puso roja, no la vi, pero lo se. Le dije que la pasaba buscando, y ella accedió, en la puerta de aquel edificio en el cual había estado horas antes, estaba parada, esperando, es que siempre estamos esperando algo, así nos metemos la existencia. Se subió en la parte trasera del carro, Alerón, venía como mi copiloto y no permitió que Beatriz se sentara delante por más que traté de convencerle, de esa forma llegamos a un pequeño lugar, en donde conversamos abiertamente.
Entrada ya la noche y con la esperanza en su punto más alto la llevé a su casa, allí me dijo algo que para entonces no entendí, mencionó que si moría pues que la trajera y la dejara al lado del buzón de correos de su casa, así sus padres recibirían la noticia como una carta más, nunca sabemos que vendrá en el correo, nunca sabemos cuando seremos nosotros. Se despidió con un beso en la mejilla, preguntó si me volvería a ver, debe ser que más de una vez la habían usado por una noche para nunca volver. Yo decidí devolver el beso, en la mejilla también, aseguré que si me volvería a ver y que la próxima trataría de engañar a Alerón antes de salir de la casa para que se pudiera sentar en el puesto de adelante. Caminó hacia la entrada de su casa, abrió la puerta, hizo un gesto con su mano y desapareció.
Esa noche no dormí, es que no podía sacar ciertas imágenes de mi mente, hay días que las vuelvo a ver, en cualquier lado, en cualquier rostro, en cualquier situación. A la mañana siguiente me paré detrás de la mata que estaba al frente de los ascensores donde Beatriz trabajaba, la persona que me había entrevistado el día anterior pasó por allí y me vió, quedando mi oportunidad de trabajar allí negadas ipso facto, por supuesto, un loco detrás de una mata, esperando a la nada, pero en ese momento nada me importaba. Llegó al poco tiempo, con dos hombres con mala cara, vestidos de negro, reconozco que no entendí y sin que se dieran cuenta me subí al ascensor con ellos, Beatriz no me saludó, aunque sus ojos brillaron de manera extraña, yo me hice el loco y me bajé en un piso más arriba, por las escaleras llegué a su piso y esperé. Finalmente salieron de la oficina, con cuidado y sigiloso les seguí, en el estacionamiento subieron a Beatriz a un carro, yo me subí al mío, en la autopista mi carrito no podía mantenerse cerca de aquel bólido infernal, por suerte se metieron en la salida de El Rosal, y de allí a un motel, para este momento estaba desconcertado, quizás debería decir decepcionado. Estacioné mi carro, crucé la calle y me introduje en el motel.
El papá de un amigo que estaba haciendo de las suyas me vio, el pobre viejo no sabía que hacer, optó por sacarse unos reales del bolsillo y dármelos, mi conciencia no se compra, los dejé caer al piso, pero le prometí que no diría nada, en realidad eso no era problema mío. Sin perder de vista a Beatriz, continué mi camino, al último piso del motel, a la "suite real", vi como entraban a la misma, me acerqué a la puerta y pegué el oído. Se escuchaban voces, gritos a veces, adentro habían unas ocho personas, pude calcular, debía actuar rápido, al fondo del piso había un cuartito, adentro estaba uno de los botones del motel, saqué un billete del bolsillo y se lo ofrecí a cambio de su disfraz, si, porque esa vaina con sombrerito es un disfraz, el hombre dudó, pero la necesidad puede con todo y tomó mi dinero a cambio de su traje.
Toqué la puerta de la habitación, me abrieron los dos hombres de negro, nada amables por cierto, adentro habían como cuatro muchachas, todas sentadas alrededor de un hombre bien vestido, entre ellas, Beatriz. "Que quieres?, me dijo uno de los hombres de negro, "mire me dijeron que revisara si hay toallas en el baño, usted sabe, todo lo mejor para nuestro cliente estrella", el hombre bien vestido, se levantó y dijo "déjalo pasar". Miré a Beatriz quien no sabía que hacer al verme, seguí hasta el baño y salí diciendo que todo estaba en orden. El hombre bien vestido, me recordaba a alguien, y de pronto todo cuajó, se trataba de Marcos Vargas, el banquero de la trampa, un hombre poderoso, inescrupuloso, que había pisado a media Caracas en su ascenso hacia la fortuna.
Ya me iba, cuando Vargas me dijo "oye botones, y tu no quieres participar en la fiesta?, aquí hay para todos". Dudé, por un momento tuve sentimientos encontrados, pero mi deber es ulterior, y esas muchachas que allí estaban merecían una oportunidad, un empuje para salirse de aquello, para cambiar sus vidas, no las juzgo, nunca juzgo a nadie, es solo que sus ojos me dijeron que no eran felices. "Pues si patrón", le dije a Vargas, "me quedo pues a disfrutar de la fiesta", Beatriz no me quitaba los ojos de encima, Vargas se dio cuenta y me dijo "agarra a esta bichita que no te deja de mirar, esta divina no?, yo me limité a sonreír, una sonrisa falsa, sin lugar a dudas, la tomé de la mano y me paré a esperar que sucedía.
Marcos Vargas me indicó que la cosa era en comunidad, todos allí en la sala, a todas estas los monigotes de negro ya estaban en pelotas, el banquero también. Beatriz alcanzó a decirme "que carajo estás haciendo tu aquí?, yo sin mirarla y con cuidado le dije que no eran momentos de preguntas, más bien de respuestas, que se tranquilizara y siguiera el juego. El revuelo había comenzado, Vargas me indicaba que me quitara el disfraz de botones, yo apenado y no acostumbrado a ese tipo de joditas comencé por quitarme la chaqueta con suma lentitud, aún recuerdo las miradas vacías, de todas ellas, una por una pasean en mis sueños y me reprochan no haberles salvado, se sientan en círculo y lloran desconsoladas, yo simplemente me despierto sudando.
"Que te parece este clubcito de niñas 'bien'" me dijo Vargas, "pura seda, estas son niñas de la sociedad como puedes ver, quien lo iba a pensar no?, tu un botones, disfrutando de este banquete". Allí el asco penetró mis venas, el ser repugnante que tenía al frente me provocó nauseas, miré a Beatriz y le dije "nos vamos de esta mierda, ya, ahora mismo", Vargas dejó de hacer lo que estaba haciendo, al igual que los monigotes y dijo "Ay me salió salvadorcito de la patria el maricón este", refiriéndose a mi por supuesto, lo miré desafiante y le dije "es más, no solo Beatriz, sino que las demás también se vienen conmigo, se acabó esta joda". Las otras muchachas se pararon, de inmediato, así como reforzadas por mi aliento, con una nueva esperanza, se colocaron detrás de mi y se vistieron con rapidez.
Vargas sin entender me dijo "como coño sabes tu el nombre de la perrita esta?, antes de dejarle decir algo más saqué mi china y le disparé sacándole un diente con un poderoso garbanzo. Vargas escupiendo el diente, y los monigotes de negro, desenfundaron unas armas poderosas, y sin mediar palabras comenzaron a disparar. Yo estaba entrenado, las muchachas no, mi brinco me colocó detrás de un sofá, un chinazo, esta vez con una bolita de plomo a la cabeza de uno de los monigotes lo puso fuera de combate, en ese momento Vargas gritó "hay que escapar, nadie puede saber de esta vaina", así el banquero y uno de sus guardaespaldas salieron disparados por la puerta no sin antes echar varios tiros hacia adentro.
Miré a mi alrededor y el cuadro no era bonito, corrí al teléfono y pedí ayuda, me acerqué a Beatriz quien parecía estar bien, las otras muchachas estaban heridas, heridas de muerte. Beatriz me abrazó y comenzó a llorar, nuevamente mis sentimientos se encontraron, "hay que salir de aquí" le dije, ella no quería dejar a sus amigas, lo cual es loable, pero en ese momento había que actuar rápido, al pasar por al lado del monigote Beatriz se detuvo, se agachó y lo besó, un sonido sórdido inundó el cuarto, Beatriz cayó hacia atrás, el líquido rojo brotaba de su abdomen. Un nuevo chinazo, esta vez el centro de la frente desmayó por completo al monigote. Brinqué hacia Beatriz quien se desvanecía entre mis manos, como recuerdo, y ya dije, me miraba, pero ya no estaba allí, me agradeció, aún no se el por qué, eso fue lo último que dijo.
Hay cosas que debo aceptar, hay cosas que no puedo cambiar, hay cosas que no debemos cambiar, hay cosas que puedo cambiar, hoy en día miro atrás y quizás solo pueda esperar…
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