Thursday, October 04, 2007

El Coquito


Día a día, hay que tomarse las cosas. La verdad es que pueden pasar horas, días, meses, años, siglos, y siempre habrán recuerdos que no se amilanan al pasar del tiempo, día a día, un día a la vez o con paciencia infinita hay cosas que no puedes borrar. Eran tiempos distintos de la historia, de una historia que como muchas tuvo un comienzo pero que no termina, los cambios inminentes se aproximaban con pereza, eso pues, los hace penetrar con mayor fuerza. Aún a veces me pregunto como terminé entre las cuatro paredes blancas.

La respuesta a las cuatro paredes blancas la supe desde siempre, es simplemente que a veces variamos nuestras propias respuestas para buscar sentido en el andar, la vida te puede pasar pero sin pasar por ella bien podemos estar. Es así como me acuerdo, como empezó aquel momento, en el cual decisiones tomé y del cual no me puedo arrepentir pues sería traicionar a mi memoria, la cual vuela entre la realidad y la cordura pues la realidad no es simplemente otra cosa que la locura.

Un grito en la noche me despertó, aún no logro recordar si era propio o del vacío, hacía frío aquella noche en el valle que me vió crecer, las gotas de sudor corrían por mi almohada, la tela no era suficiente para contener el terror que puedes sentir en sueños, sueños que pasan de un plano a otro con sutil facilidad. Estaba escondido en aquellos tiempos, alejado del jugar, mirando a lo lejos el ir y venir de lo mundano y temiendo cual sería el momento justo para regresar.

El gato que tocaba mi ventana se había ido, finalmente entendí que nuestros miedos los creamos, muchas cosas pueden quitarme pero volveré sigiloso a cobrar lo mío, puramente a crear el miedo que trataron de arrebatarme. Una luz intermitente de color rojo alumbraba mi cuarto, la policía podrían pensar, era Nabor Cheltinsky, amigo de mi infancia, a quien su padre le había puesto una luz de policía en su camioneta para que ahuyentara a los bandidos, o los atrajera en su defecto.

Gritó, “Policarpio, estás?, asomándome por la ventana hice una seña para que no despertara a mis familiares, camino a la calle mi padre me miró e hizo una seña de desaprobación con su cabeza, era tarde, la ciudad peligrosa, la maldad nunca descansa mientras la bondad se duerme placentera. En el carro Nabor contaba su desgracia, una de esas típicas, comunes entre sentimientos, de aquellas que pueden burlar tus sentidos, acabar con ilusiones y cercenar para siempre a un ser viviente.

“Mira Policarpio, tu tienes que ayudarme” repetía Nabor con la firme creencia que yo tenía una vara mágica que lo quitaría su dolor con el toque en su hombro. “Me dejaron Policarpio, me dejaron, y yo que he hecho de mal”, seguía con su letanía mientras manejaba con un objetivo fijo, sus ojos pálidos y vidriosos miraban fijamente el pavimento, recuerdo que llovía, a cántaros, en aquella noche como otras, como todas aquellas que entran al ponerse el sol, como esas que no se olvidan.

Entramos en aquel lugar, lo mismo de siempre, escenas que repetimos pues no sabemos de otras, lo mismo, una vez mas. Nabor llevaba su cruz encima, la cual no se veía, pero aplastaba su espalda. “Coño no puede ser” soltó Nabor, “ahí está, ahí está”. Nunca entendí porque no nos enseñan a dejar ir, nos ahorrarían dolores. “Ahora que hago?, que coño hago ahora? preguntó Nabor, yo me limité a sonreír como suelo hacer cuando me enfrento a lo inexplicable, a todo aquello que los humanos inventaron para torturarnos. Nabor esperaba mi respuesta pero yo para variar estaba distraído hasta que Vanessa y Joaquín, quien vestía un elegante frac en aquella noche capitalina, el nuevo, el de turno, se acercaron. Nabor trató de evitarlos pero estaban enfrente. “Hola Nabi” dijo la causante de su dolor, Nabor no podía hablar, el acompañante saludó de manera educada y se limitó a esperar.

“Vanesa, tenemos que”…..las palabras fueron cortadas por la voz de Joaquín quien dijo “mira payaso de pueblo, déjanos tranquilos y lárgate”. A todas estas yo no podía dejar de mirar a aquella transeúnte nunca antes vista, de ojos amarillos, pose altanera y dominio total de la escena. Creo que Nabor esperaba por mi ayuda, a veces ni siquiera los superhéroes podemos con el cauce del río humano, las cosas pasan y que hay aceptarlas, o llevarlas a cuestas, olvidarlas quizás, pero pasan sin embargo. Me llevé a Nabor y lo coloqué delante del bar, hay quienes ahogan sus penas otros dan simplemente pena.

Aquella noche pensaba en mis días con capa, corriendo con medias en el frío piso de mi hogar, luchando contra bandidos y ladrones imaginarios, viviendo diría yo. Me acerqué con cautela y me miró feo, posiblemente no la enseñaron a mirar de otra forma o se protegía de los zamuros en busca de carne. La tropecé, a propósito quien sabe, o mi torpeza casual. “Perdón” alcancé a decir cuando su voz sin mediar razones contestó “bueno mijo tu no ves por donde caminas, uy estos bichos, todos iguales, todos tratando de buscar llamar la atención, lo mismo, lo de siempre, zapatea para otro lado”. Sonriendo le dije “caerás como un coquito” y me fui. A lo lejos logré escuchar como furiosa decía “coquito tu abuela, pasado, malandro.”

Olía a lluvia aquella noche, a tierra mojada, sin pensar mucho me paré en el balcón de aquella casa donde todos jugaban, Nabor me buscaba desesperado pues yo era su único ancla en aquel mar revuelto. Me reía solo al pensar que hubiera sido un buen contador de estrellas profesional, contarlas, enumerarlas, darles nombres, sin algún motivo escondido, solo por el placer de darles importancia. El mundo es menos complicado de lo que pensamos, pero hacerlo difícil es el arte de los humanos. Nabor finalmente se paró a mi lado, “no puede ser Policarpio, tu viste eso?, tu viste?, yo me voy a tirar al Guaire a ver si me muero de una vez”.

“Yo tu Naborcito” le dije “me le paro enfrente y le canto sus cosas, sin pasiones, le dices todo, todo lo que llevas adentro, no importa si el bicho ese está jamado, no importa nada”, Nabor quien no podía creer que yo estuviera diciendo eso me dijo “tu estás jodiendo no?, no pude evitarlo y sonreí de nuevo, por supuesto que estaba jodiendo, yo creo en dejar seguir y no en impedir, mi sonrisa fue interrumpida por la cara de pocos amigos de la dama de ojos amarillentos que por casualidad pasaba por ahí y pensó que le sonreía a ella, de nuevo volteó su cara e hizo un gesto a sus amigas de desprecio.

La vi parada a lo lejos, en el bar, me acerqué y pedí agua de coco, el barman me dijo “con whiskey?, “no, no hermanazo, solita” le respondí. Después de mi conversación obligada con el barman acerca de todos los imbéciles que pululaban en aquel lugar y sin poder evitar reír al ver que la dama no se podía ir del bar por estar esperando su trago rebuscado le dije “agua de mar, agua de coco ni tu me paras ni yo tampoco”. “Como es eso que voy a caer como un coquito? preguntó, mi risa estremeció el lugar, y volví a decir “como un coquito” y me alejé sin chistar media palabra mas.

Nabor seguía debatiéndose entre el dolor y la irracionalidad, yo por mi parte caminaba en silencio, saludando a todos aquellos de siempre, los mismos, lo mismo. Nabor se hablaba a si mismo, se daba fuerzas, buscaba entender lo incomprensible de aquella noche, mis pensamientos divagaban, pero había uno recurrente que me incomodaba, Nabor sudaba frío al pensar que las cosas habían cambiado, yo hace tiempo había entendido que el cambio no es necesario pero nos obliga a aceptarlo.

Siempre me he preguntado como puede ser tan fácil convertirse en una estadística, no he conseguido la respuesta. El grito sordo acompañado de un tiro al aire hizo que el disc jockey apagara la música. Me lo habían contado pero no lo creía, una banda de ladrones, liderada por Armando Yael se dedicaba a atracar fiestas de “niños bien” en el valle de cemento. Armando y sus secuaces entraron vestidos de frac, con bolsas de plástico en mano para obligar a todo el mundo a entregar sus pertenencias.

Nabor quien solo tenía un propósito en mente ya había comenzado a moverse, sin darse cuenta de lo que sucedía se topó con uno de los secuaces de frac, pensando Nabor que se trataba de aquel que le había arrebatado su mas preciado tesoro le echó un vaso de vodka en la cara y lo retó a una pelea. El ladrón sin pensarlo le disparó, una bala fría atravesó el cuerpo de Nabor, el terror y la confusión se apoderaron del lugar, Armando Yael trataba de calmar el ambiente para proseguir con el robo pero el disc jockey tenía en mente otra cosa.

La música estridente golpeó mis oídos, siempre he aprovechado los momentos de caos para obtener lo que deseo. Saqué mi china y disparé a la frente de Armando quien cayó al suelo sin entender que sucedía. La multitud se tomó justicia en sus manos y comenzaron a linchar a los hampones. Dos pensamientos cruzaron mi mente, Nabor herido y la dama de ojos amarillos, parece mentira como nuestra mente no sabe como ordenar las prioridades cuando de aquello se trata.

De un brinco salté a la pista de baile donde la banda de ladrones, “Los Manhattan”, como eran conocidos eran ahora birlados por la multitud. Agarré a Nabor y corrí hacia la puerta, sus ojos pálidos y vidriosos ahora parecían abandonarle, su mirada fijada en el firmamento me recordaban mi trabajo de contador de estrellas, su dolor aún latente esbozaba la fiel verdad del momento. “Nabi, Nabi” gritaba Vanessa, mientras yo de reojo veía como su acompañante la ponía en su sitio. Al levantar la mirada alcancé mi objetivo, la agarré de la mano y la saqué de la fiesta.

Afuera y con Nabor delirando nos subimos al carro, la sorprendida dama quien reclamaba mi osadía de haberle sacado de aquel lugar además de seguir preguntando como era la historia del coquito gritaba que Nabor se estaba muriendo, Nabor quien no entendía que pasaba gritaba “si yo lo que quiero es morirme”, yo miraba hacia delante, y trataba de explicarle a la dama de ojos amarillos que era por su bien que la había sacado de la fiesta. Ella aún sin convencerse exigía respuestas inmediatas. Nabor moría, de una bala y de un sentimiento, la dama gritaba pues no solo estaba en presencia de aquel hombre que poco a poco se apagaba sino que yo no contestaba su pregunta acerca del coquito.

En la sala de emergencia de aquel hospital un médico se acercó y me informó que Nabor viviría, la bala simplemente le había quitado un poco de grasa de su prontuaria barriga. Sus familiares llegaban y hacían las mismas preguntas y los mismos comentarios, en eso vivimos en lo mismo que sucedió ayer. Me despedí de Nabor quien todavía en su delirio no lograba poner las piezas del rompecabezas en orden, trató de hablarme de su pena pero me retiré para que pudiera descansar.

Afuera aquella dama aún esperaba por una respuesta, tomándole de la mano caminamos hacia el carro, después de mirarla de arriba abajo me limité a decir “como ves caíste como un coquito, menos mal que te tengo la mano agarrada para que no te pegues con el suelo……”

4 comments:

pau said...

Policarpio, Policarpio... eres genial.

Puri said...

Hola! Me he pasado a saludarte y la verdad es que me ha gustado así que volveré más a menudo :) lo que como soy tímida suelo quedarme en un rinconcito sin hacer mucho ruido. :)

mi otro yo said...

Un gusto como siempre leer tus palabras.

espero que estés muy bien.
Te dejo saludos

carly said...

wow...sencillamente...wow